FT-CI

Manifiesto

Por un Movimiento por una Internacional de la Revolución Socialista -Cuarta Internacional-

10/10/2013

Por un Movimiento por una Internacional de la Revolución Socialista -Cuarta Internacional-

El presente maniï¬ esto fue aprobado por la VIII Conferencia Internacional de la Fracción Trotskista - Cuarta Internacional, realizada en agosto de 2013 en Buenos Aires.

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Construyamos un Movimiento por una Internacional de la Revolución Socialista (Cuarta Internacional)



El sistema capitalista mundial está atravesando el sexto año de una crisis económica, política y social de dimensiones históricas. Bajo los golpes de la crisis y los ataques de los gobiernos y los capitalistas, la lucha de los explotados está retornando a la escena política.

La “Primavera árabe” abrió un nuevo ciclo ascendente de la lucha de clases, luego de décadas de retroceso y ofensiva burguesa. La resistencia obrera, juvenil y popular recorre los centros del capitalismo mundial, principalmente en países de la Unión Europea sometidos a los planes de ajuste, como Grecia, el Estado español o Portugal.

Desde los levantamientos del mundo árabe hasta la lucha estudiantil en Chile, pasando por los indignados en el Estado español, los jóvenes del #yosoy132 en México, el movimiento OWS en Estados Unidos, las movilizaciones de la Plaza Taksim en Turquía y los cientos de miles que inundaron las ciudades de Brasil, la juventud está actuando como caja de resonancia de las contradicciones sociales, anticipando, en muchos casos, conflictos de clase.

Los trabajadores vienen teniendo un protagonismo cada vez mayor. Algunos ejemplos de esta creciente intervención obrera son los paros y huelgas generales en Grecia y Portugal, la resistencia contra los despidos en Francia, los conflictos en grandes multinacionales en China, el estallido de odio obrero en Bangladesh y otros países asiáticos contra condiciones brutales de explotación, y las grandes huelgas mineras en Sudáfrica como parte de la ruptura de franjas del movimiento obrero con el Congreso Nacional Africano y la conducción de la COSATU.

Si bien la crisis no ha golpeado aun de lleno en América latina, la región se ha transformado en escenario de grandes movilizaciones, principalmente de jóvenes y estudiantes, como hemos visto en Brasil y Chile. En el movimiento obrero, estamos asistiendo a las primeras etapas del desarrollo de fenómenos sindicales y políticos, con distinto ritmo y alcance en diversos países. Esto se da en el marco de un agotamiento progresivo de los gobiernos “posneoliberales” como el de Evo Morales, el de Cristina Fernández de Kirchner o el del chavismo sin Chávez en Venezuela.

Esta nueva situación que se está abriendo pone de relieve la crisis de dirección que arrastra el movimiento obrero pero, al mismo tiempo, abre importantes oportunidades para empezar a resolverla, es decir, para construir fuertes partidos revolucionarios basados en la clase obrera y avanzar en poner en pie una internacional de la revolución social, que para nosotros implica la refundación de la IV internacional sobre bases revolucionarias. El presente manifiesto está enteramente al servicio de esta perspectiva.

Una crisis histórica del capitalismo

A diferencia de la “primavera de los pueblos” de 1848, la actual oleada de luchas no es consecuencia de los dolores de parto del capitalismo sino fruto de su decadencia. A pesar de la ofensiva neoliberal de las últimas tres décadas y de la restauración capitalista en los ex estados obreros, el capitalismo no pudo encontrar el camino a un nuevo ciclo de crecimiento prolongado. Las contradicciones entre la socialización mayor de la producción y la apropiación cada vez más concentrada de la riqueza social producida, y entre la internacionalización de las fuerzas productivas y las fronteras nacionales, han vuelto a estallar llevando al sistema a una crisis de magnitud histórica.

El capitalismo en su decadencia no solo amenaza la continuidad de la vida en el planeta con su creciente militarismo, el saqueo sistemático y la utilización anárquica de los recursos naturales, y la contaminación ambiental, sino que somete a millones de trabajadores a condiciones de explotación y precariedad insoportables, arrastrando al desempleo y a la miseria a gran parte de quienes solo disponen de su fuerza de trabajo para ganarse la vida.

La política de los gobiernos, tanto “neokeynesianos” como “ajustadores”, es hacerles pagar la crisis a los trabajadores, los jóvenes y las clases medias empobrecidas, mientras que los bancos y las grandes empresas reciben miles de millones de dólares para salvarse y siguen haciendo jugosos negocios. Las patronales más concentradas están aprovechando la crisis para aumentar la tasa de explotación, beneficiándose de la generación de un enorme ejército industrial de reserva.

Con los rescates estatales de los grandes bancos y corporaciones y la inyección de dinero en el sistema financiero, los gobiernos capitalistas y los bancos centrales pudieron alejar la perspectiva de un crack tras la caída de Lehman Brothers. Sin embargo, estos mecanismos no llevaron a la recuperación económica sino a recesión o bajo crecimiento en los países centrales y desaceleración en los “emergentes”, lo que a su vez convive con la creación de nuevas bombas de tiempo: las enormes deudas estatales que de manera recurrente parecen llevar la economía al borde del precipicio. En Estados Unidos, las dificultades para retirar los estímulos monetarios de la Reserva Federal, o el temor que genera la posibilidad recurrente de que el Congreso no logre elevar el techo de la deuda estatal, muestran que los escenarios catastróficos no han desaparecido del horizonte.

Ni China ni ningún país de los llamados “emergentes”, con una estructura económica dependiente del capital internacional, puede actuar como motor capaz de sacar al capitalismo de su crisis, cuando esta tiene su epicentro en el corazón del sistema imperialista.

A pesar de las desigualdades, la crisis tiene un alcance verdaderamente mundial. La desaceleración del crecimiento en China no solo puede afectar a países que dependen de su demanda de materias primas, como gran parte de América Latina, sino que puede hacer estallar las profundas contradicciones sociales internas, que se gestaron en las décadas que lleva la restauración capitalista, y llevar al centro de la escena al proletariado más concentrado del mundo.

Aun no hay ninguna potencia tradicional o “emergente” en condiciones de disputarle la hegemonía mundial a Estados Unidos. Tampoco la crisis ha llevado a guerras comerciales de envergadura o a que los gobiernos adopten políticas abiertamente proteccionistas. Pero eso no quiere decir que no haya rivalidades y competencia.

Los marxistas revolucionarios estamos en las antípodas de quienes consideran que las disputas interimperialistas, que en el siglo XX llevaron a dos guerras mundiales, son algo del pasado y que siempre las burguesías encontrarán salidas negociadas a la crisis. O que pacíficamente China puede transformarse en un país imperialista y desplazar a Estados Unidos sin que este intente mantener sus privilegios de gran potencia o, por el contrario, ser colonizada por los países imperialistas dominantes sin ofrecer ninguna resistencia.

Si lo que caracteriza a la época imperialista es la puja entre diversas potencias, las condiciones creadas por la crisis capitalista lejos de favorecer las soluciones armónicas exacerban las tendencias a las tensiones interestatales y al militarismo.

Estados Unidos, la principal potencia imperialista, continúa su decadencia luego de las derrotas en Irak y Afganistán, en el marco de la emergencia de potencias regionales –como Rusia y China– que persiguen sus propios objetivos. Esta pérdida de liderazgo se vio en que el gobierno de Obama tuvo que retroceder en lanzar un ataque militar unilateral en Siria y aceptar la solución diplomática propuesta por Rusia. También en la enorme división política que amenaza con paralizar a la administración demócrata.

Pero a pesar de su declinación, Estados Unidos intentará por todos los medios reafirmar su rol dominante, sacando ventajas de las fortalezas que aún conserva –como su superioridad militar y el señoreaje del dólar– aprovechando las dificultades mayores que enfrentan sus competidores, sobre todo Alemania que debe lidiar con la crisis de la UE. Eso supone políticas imperialistas más agresivas –como se ve en el intento de Estados Unidos de recuperar terreno en América Latina o en su giro diplomático y militar hacia la región del Asia Pacífico para contener el ascenso de China– lo que puede derivar en conflictos regionales y, eventualmente, llevar a guerras entre potencias, en caso de que la crisis económica diera un nuevo salto.

Movimiento obrero y dirección revolucionaria

El retorno a escena del movimiento obrero y la continuidad de la crisis mundial plantean la perspectiva de mayores enfrentamientos entre las clases.

Sin embargo, a pesar de la disposición a la lucha que están mostrando los trabajadores alrededor del mundo, estos todavía tienen al frente de sus organizaciones a burocracias sindicales cuyo rol es contener la bronca obrera y popular contra los capitalistas y sus gobiernos. Para esto, se limitan a llamar a movilizaciones y acciones aisladas, evitando así la perspectiva de verdaderas huelgas generales capaces de frenar los planes de la burguesía, a la vez que condenan al ostracismo a las luchas duras de la vanguardia obrera. De esta manera permiten que pasen los ajustes y preparan el camino para la derrota.

La clase obrera entra al combate cargando con las consecuencias de una larga etapa de ofensiva patronal bajo el programa neoliberal. La burguesía cuenta a su favor con la fragmentación interna sin precedentes de las filas obreras, a lo que se suma la restauración capitalista en los ex Estados obreros burocratizados y la desaparición de la revolución socialista del horizonte de los explotados, producto de la identificación de los regímenes estalinistas con el socialismo.

Esta crisis del movimiento obrero tiene raíces profundas en los procesos revolucionarios y contrarrevolucionarios del siglo XX, entre ellos la burocratización de la Unión Soviética, la imposición del estalinismo como “socialismo realmente existente”, y la preservación de la socialdemocracia como dirección reformista del movimiento obrero en occidente luego de la Segunda Guerra Mundial.

Las direcciones reformistas impidieron que los triunfos parciales –como los estados obreros surgidos en la segunda posguerra, las conquistas del estado benefactor e incluso la derrota imperialista en la guerra de Vietnam– fueran puestas al servicio del objetivo estratégico de la revolución proletaria internacional.

Durante la ofensiva neoliberal, la clase obrera vio cómo sus organizaciones sindicales y políticas colaboraban con el ataque burgués. El capital aprovechó esto pero, al mismo tiempo, debilitó estratégicamente las mediaciones con que contaba y las bases materiales del reformismo. El ejemplo máximo fue el pasaje de la burocracia estalinista al campo de la restauración capitalista. La socialdemocracia dio un giro al social liberalismo y se transformó en agente directo de la ofensiva burguesa, aplicando las contrarreformas neoliberales. Los Partidos Comunistas siguieron un curso similar, muchas veces gobernando junto con la socialdemocracia.

El retroceso en los niveles de conciencia y organización de las últimas décadas es producto de una crisis prolongada de dirección revolucionaria.

La experiencia acumulada del movimiento obrero tuvo sus máximas expresiones en los cuatro primeros congresos de la III Internacional, previo a su degeneración estalinista y luego en la IV Internacional fundada por Trotsky.

Sin embargo, la IV Internacional, que representaba la alternativa al estalinismo y la continuidad del marxismo revolucionario, no se transformó en una organización con peso de masas. Una combinación de factores, entre ellos, el asesinato de Trotsky, el resultado contradictorio de la guerra que terminó represtigiando a la burocracia estalinista por el triunfo de la URSS ante el nazismo, el bloqueo de la dinámica revolucionaria en países centrales y el fortalecimiento del reformismo sobre la base del desarrollo parcial de las fuerzas productivas partiendo de la destrucción de la guerra, hizo que el trotskismo quedara marginado y enfrentando las presiones de las tendencias reformistas, estalinistas y tercermundistas.

En el período 1951-53 el trotskismo se transformó en un movimiento centrista y, en lugar de reactualizar las bases programáticas y estratégicas en las nuevas condiciones, terminó adaptándose a direcciones estalinistas, nacionalistas o pequeño burguesas, desde Tito, Mao y Castro hasta el Frente de Liberación Nacional argelino. En este marco donde lo que primó fue la ruptura con la tradición revolucionaria, hubo luchas parciales correctas y conquistas programáticas que permitieron mantener ciertos hilos de continuidad, aunque estos se fueron debilitando hasta prácticamente cortarse tras la ofensiva neoliberal y la restauración capitalista.

Paradójicamente, hoy en día, cuando la clase obrera ha empezado a intervenir más claramente con sus propios métodos de lucha en distintas regiones del mundo, en el marco de la crisis capitalista, un sector importante de la izquierda internacional profundiza su escepticismo en la potencialidad revolucionaria de los trabajadores. Este escepticismo llevó a gran parte de las organizaciones que se reivindican trotskistas a construir partidos anticapitalistas amplios sin arraigo en la lucha de clases ni delimitación estratégica, o a adaptarse a direcciones nacionalistas burguesas y populistas, como el chavismo, o variantes reformistas de izquierda, como el Front de Gauche y Syriza, sustituyendo la estrategia de la revolución proletaria por la de gobiernos “antiajuste” o “antineoliberales”.

En este contexto de crisis del marxismo revolucionario y ante la falta de alternativas obreras, en los últimos años se han desarrollado una variedad de tendencias inspiradas en el zapatismo mexicano referenciadas en el autonomismo y el anarquismo, que niegan la necesidad de construir una organización revolucionaria y rechazan la perspectiva de la toma del poder por parte del proletariado. Sin embargo, a pesar de su retórica, estas tendencias se han adaptado mayoritariamente a variantes estatales populistas burguesas.

La crisis capitalista nos da la oportunidad de intervenir de manera audaz en los procesos de lucha de clases y en los fenómenos obreros de reorganización sindical y política, para avanzar en la construcción de fuertes partidos revolucionarios e internacionalistas y dar pasos hacia poner en pie una internacional obrera. Desde nuestro punto de vista, este Partido Mundial de la Revolución Social debería ser la Cuarta Internacional refundada sobre bases revolucionarias, con un programa de reivindicaciones transitorias que permita que el proletariado se transforme en una fuerza hegemónica, capaz de poner en pie una alianza con los pobres urbanos, los campesinos pobres y todos aquellos explotados y oprimidos, para derrotar el poder burgués y dar una salida verdaderamente progresiva a la crisis capitalista. De lo contrario, serán las clases dominantes las que a su manera, con miseria, guerras y destrucción, encuentren una salida, como ya lo hicieron con las dos guerras mundiales del siglo pasado.

Por un internacionalismo de combate y un Movimiento por una Internacional de la Revolución Socialista (Cuarta Internacional)

La necesidad del internacionalismo proletario surge del carácter mundial de las fuerzas productivas y de la propia clase obrera, que debe poner sus intereses comunes por sobre las fronteras nacionales y las divisiones que impone la burguesía.

La experiencia de las revoluciones sociales del siglo XX demostró en los hechos lo que Marx ya había señalado en el siglo XIX: que es imposible construir el socialismo en un solo país. Para derrotar al imperialismo, es preciso que los triunfos nacionales que obtenga el proletariado estén puestos en función de la revolución mundial, con el objetivo de conquistar el “reino de la libertad”, es decir, una sociedad comunista basada en la planificación racional, democrática e internacional de la economía que termine con la explotación del trabajo asalariado y toda opresión.

Los diferentes imperialismos, además de sus “Estados Mayores” nacionales, han contado con sus instituciones internacionales al servicio de mantener la opresión de los pueblos y evitar la revolución. Históricamente, han respondido con todos los medios a su disposición, políticos, económicos y militares para derrotar los intentos de los trabajadores de expropiar a los capitalistas y construir un nuevo estado. Como ya demostró la Revolución Rusa, proponerse la conquista del poder en un país implica contar con la solidaridad del movimiento obrero internacional que permita mantenerlo y expandir la revolución. Por esto, el internacionalismo no es un principio abstracto sino una cuestión estratégica.

La etapa que comenzó a abrirse con la crisis mundial capitalista y los nuevos fenómenos de la lucha de clases plantea con más urgencia que nunca la tarea de poner en pie nuevamente la Cuarta Internacional como organización de combate de la vanguardia obrera y juvenil.

La Fracción Trotskista – Cuarta Internacional surgió a finales de la década de 1980 en una etapa de retroceso, signada por la ofensiva del imperialismo y la restauración capitalista en los ex Estado obreros, en momentos donde la mayoría de las organizaciones que se reivindicaban del trotskismo lo abandonaban. Nos constituimos como un reagrupamiento principista con el objetivo de defender la teoría, el programa y la estrategia revolucionaria, buscando profundizar nuestra inserción en el movimiento obrero y la vanguardia juvenil, y desarrollar una práctica internacionalista. Somos conscientes de que ninguna organización de las actualmente existentes que se reclaman revolucionarias puede resolver por sí misma esta tarea de magnitud histórica. Contra toda autoproclamación sectaria, sostenemos que la construcción de partidos obreros revolucionarios y la refundación de la Cuarta Internacional no será producto del desarrollo evolutivo de nuestras organizaciones ni de nuestra tendencia internacional, sino resultado de la fusión de alas izquierda de las organizaciones trotskistas y sectores de la vanguardia obrera y juvenil que se orienten hacia la revolución social, que tenderán a surgir y generalizarse al calor de la crisis y la lucha de clases.

Sin embargo, no se trata de esperar pasivamente a que se produzcan estos acontecimientos, sino de llegar a ellos con la mejor preparación teórica, programática, estratégica y organizativa posible. Con esta perspectiva estamos proponiendo abrir una discusión sobre la necesidad de impulsar un Movimiento por una Internacional de la Revolución Socialista, como paso para avanzar hacia la refundación de la IV Internacional sobre bases revolucionarias.

Hacemos esta propuesta especialmente a los compañeros del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) de Francia, tanto a quienes integran con nosotros la Plataforma Z como a aquellos que se agrupan en la Plataforma Y, que ven necesario enfrentar la política de la dirección mayoritaria del NPA de establecer un bloque permanente con el reformista Front de Gauche de Mélenchon, y a los compañeros del ex Secretariado Unificado de otros países que enfrentan la orientación mayoritaria de generalizar este tipo de bloques con reformistas, como quienes resisten la línea de subordinación a Syriza en Grecia; a los dirigentes y trabajadores que constituyen el ala izquierda de los mineros de Huanuni en Bolivia [1], con quienes venimos dando una pelea contra las presiones del gobierno y sus aliados en la burocracia de la COB para hacer retroceder el proceso de fundación de un Partido de Trabajadores basado efectivamente en los sindicatos e independiente del gobierno, el Estado y los partidos patronales; a los compañeros del Partido Obrero de Argentina y a la Coordinadora por la Refundación de la Cuarta Internacional, con quienes integramos en Argentina el Frente de Izquierda y los Trabajadores y hemos coincidido en diversos hechos de la lucha de clases nacional e internacional, y a todos aquellas organizaciones de la izquierda revolucionaria, o de la vanguardia obrera y juvenil que busquen un camino hacia la revolución.

El reagrupamiento revolucionario que hoy necesitamos no puede basarse solo en principios generales, sino que debe partir de acuerdos frente a las grandes cuestiones estratégicas que ya la crisis capitalista ha puesto en debate en la izquierda mundial. Este manifiesto no pretende ser un programa acabado, sino poner a consideración los principales núcleos estratégicos y programáticos que, junto con la prueba de la práctica política y la lucha de clases, desde nuestro punto de vista delimitan en el campo de la izquierda una estrategia verdaderamente revolucionaria. Sobre esta base llamamos al debate y a la acción práctica en común en la lucha de clases.

La importancia de las demandas transitorias para enfrentar la crisis capitalista

La crisis capitalista hace más vigentes que nunca las consignas transitorias para evitar que las patronales y sus gobiernos descarguen los costos sobre los trabajadores. Ante los cierres de empresas y los recortes, que amenazan con descomponer las filas de la clase obrera, la política de las direcciones burocráticas y reformistas es aceptar los despidos y, en el mejor de los casos, pelear por conseguir una indemnización mayor. Esto lo hemos visto, por ejemplo, en Continental y otras fábricas en Francia en 2009, donde los trabajadores protagonizaron luchas con métodos radicales pero con un programa mínimo. Lamentablemente, ninguna de las organizaciones de la extrema izquierda francesa levanta consecuentemente una perspectiva que vaya más allá de la legalidad burguesa o que ponga en cuestión la propiedad privada y la ganancia.

Los capitalistas aducen quiebras o pérdidas como justificación de los despidos y cierres. Para enfrentar este chantaje es necesario plantear la apertura de los libros de contabilidad y la abolición del secreto comercial.

Contra la política de resignación ante los cierres de fábricas, levantamos la expropiación sin pago de las empresas que cierren o reduzcan drásticamente sus puestos de trabajo y su puesta en funcionamiento bajo control obrero. Ninguna intervención de funcionarios del Estado burgués va a velar por los intereses de los trabajadores, solo el control obrero de la producción, en tanto escuela de planificación económica, puede preparar una alternativa a la anarquía capitalista.

Los trabajadores de Zanon en Argentina, que durante la crisis de 2001 tomaron la fábrica y la pusieron a producir y ya llevan más de diez años de gestión obrera, son un ejemplo para todos los trabajadores que hoy enfrentan la crisis, y que ya han inspirado a los trabajadores de la fábrica Vio.me en Grecia. Zanon pudo sobrevivir bajo la forma de una cooperativa porque hubo crecimiento de la economía argentina. Pero su punto fuerte fue que siempre peleó por un programa para el conjunto de la clase trabajadora para que la crisis la paguen los explotadores, en contra de establecer como fin cooperativas donde la presión de la competencia capitalista impone la autoexplotación de la clase obrera. Los revolucionarios luchamos por la nacionalización de ramas enteras de la producción y de los servicios bajo control obrero y la planificación al servicio de los intereses de los trabajadores y sectores populares. Experiencias como las de Zanon, o como la de los trabajadores de Phillips Dreux en Francia (aunque posteriormente fue derrotada) y Vio.me en Grecia, tienen un gran valor educativo porque muestran que los trabajadores no necesitan de los capitalistas, a la vez que constituyen posiciones desde donde impulsar la lucha contra la propiedad burguesa.

Estas demandas, junto con el reparto de las horas de trabajo entre todos los trabajadores sin afectar el salario, mantienen total actualidad, sobre todo en los países más afectados por la crisis como Grecia, o en países como Francia donde las patronales con el apoyo del gobierno están recurriendo a despidos y cierres para recuperar su rentabilidad.

La gran banca recibió miles de millones de dólares de rescates estatales que utilizan para seguir especulando y aumentando sus ganancias. Ante esto, está planteada la nacionalización de la banca y su unificación en un sistema estatal único de crédito e inversión en función de los intereses de los trabajadores y los sectores populares y que preserve los depósitos de los pequeños ahorristas, los primeros en ser confiscados ante la amenaza de crisis bancaria.

Además de defender las condiciones de vida de los trabajadores este programa está dirigido a que el proletariado gane como aliados a los sectores medios arruinados y expoliados por el capital, y a las capas más sumergidas de los pobres urbanos. Para llevarlo adelante, la clase obrera deberá tomar medidas de autodefensa, lo que incluye en perspectiva la organización de milicias obreras para responder al ataque de los capitalistas, ya sea de las fuerzas represivas como de bandas paramilitares, como los grupos de choque de la extrema derecha europea.

Si bien la liquidación de la propiedad burguesa de los medios de producción solo será posible en el marco de un ascenso obrero generalizado, las demandas de expropiación sin pago de ramas de producción bajo control obrero tiene un carácter transicional porque preparan a la clase obrera para resolver esta tarea, por lo que están indisolublemente ligadas y conducen a la perspectiva del poder obrero.

El rol de las demandas democráticas en la lucha por la hegemonía y el poder obrero

Ante los ojos de millones de trabajadores y jóvenes se hace cada vez más evidente que por sobre las formas parlamentarias, lo que prima es el carácter despótico del dominio del capital. Esto se ve en la tendencia a reforzar el poder ejecutivo. En la Unión Europea, cobran cada vez más peso las instituciones burguesas no electas, como la burocracia de Bruselas, bajo fuerte influencia de Alemania, o el Banco Central Europeo. Estas instituciones liquidan aspectos de “soberanía nacional” de los Estados endeudados imponiendo programas económicos de ajuste y auditando sus presupuestos, como hacía el FMI en América Latina en la década de 1990, y toman decisiones que condenan a millones de personas a sufrir años de miseria. A su vez, estos planes de la “troika” se aplican con el aval de los gobiernos nacionales.

La crisis de los partidos tradicionales y las tendencias a la “antipolítica” son parte de un proceso más general de desgaste de los regímenes democrático burgueses, que han sufrido un gran descrédito al quedar prácticamente al desnudo su servilismo hacia los capitalistas.

Una de las expresiones más agudas de este descontento es la crisis del régimen de la transición en el Estado español, que incluye las tendencias centrífugas que amenazan la misma continuidad del dominio de la burguesía españolista. Otro ejemplo es Italia, la tercera economía de la eurozona, que viene arrastrando una crisis política de proporciones que está lejos de haberse cerrado con la constitución del gobierno de unidad nacional entre centro izquierda y centro derecha de Enrico Letta.

La degradación de la democracia burguesa ante la crisis se expresó también en las tendencias bonapartistas embrionarias, impulsadas por la dirección de la UE, que llevaron a la conformación de “gobiernos técnicos” o de “unidad nacional” (como el de Papademos en Grecia, el de Mario Monti e incluso el posterior gobierno de Letta también en Italia) para tratar de aplicar los planes de ajuste y las llamadas “reformas estructurales” al servicio del capital.

En Latinoamérica vemos el caso de Chile, donde el anacrónico régimen heredero de la transición pinochetista viene dando lugar a la movilización juvenil que actualmente se combina con la salida del movimiento obrero. En el Brasil, gobernado por el PT de Lula y Dilma Rousseff, multitudinarias manifestaciones han puesto sobre la mesa el desgaste de un régimen político divorciado de las necesidades de las masas.

Durante los últimos 30 años, la extensión geográfica de la democracia burguesa a gran parte del mundo semicolonial, así como la ampliación de derechos políticos formales para los “ciudadanos”, sobre todo en los países centrales (en contraposición a la persecución sostenida y la xenofobia hacia el “inmigrante”) fue la cobertura para la ofensiva del capital que consistió en un ataque en regla a los derechos de los trabajadores y las condiciones de vida de las masas.

La alternancia en el poder de los partidos tradicionales no comprende más que mínimas variantes de un mismo programa de ajuste y cercenamiento de los derechos sociales, como se vio a partir del giro neoliberal del conjunto de los partidos socialdemócratas y nacionalistas burgueses en las últimas décadas, y como se ve nuevamente ahora frente a la crisis.

Los “representantes del pueblo” aparecen cada vez más como lo que son, una inmensa casta de políticos burgueses y funcionarios, que junto con sus cuantiosas dietas utilizan sus puestos para garantizarse negocios personales, mientras que exigen a las masas, una y otra vez, medidas de “austeridad” por “el bien de la nación”.

Esto va acompañado de la profundización de rasgos bonapartistas. Junto a la mayor preeminencia del poder ejecutivo unipersonal, se desarrollan a niveles inusitados los mecanismos de control social. Se avasallan los derechos individuales apelando el discurso de la “seguridad” que se ha convertido en el argumento por excelencia para criminalizar la pobreza, perseguir a los inmigrantes, y financiar enormes aparatos de inteligencia interior para vigilar a la población. La revelaciones realizadas por Edward Snowden han puesto en evidencia no solamente la extensión mundial de los mecanismos de control y espionaje, sino también su carácter vital para la dominación capitalista, que Obama ha dejado en claro al ensayar una defensa cerrada del espionaje masivo.

En este marco, no es casual que la casta de políticos y funcionarios burgueses que imponen los ajustes estructurales concite el repudio de las grandes masas y se haya transformado en un símbolo, en el plano del régimen, del aumento de la desigualdad social.

Esta crítica ha sido tomada por movimientos como los indignados del Estado español, el Occupy en EE.UU., y el “yo soy 132” en México, aunque con ilusiones “autonomistas” (heredadas de las ideologías neozapatistas, de teóricos como Tony Negri, altermundialistas, etc., que marcaron los movimientos juveniles de finales de los años 1990 y del inicio del siglo XXI) y sin atacar el carácter de clase de los regímenes y de la casta gobernante.

Sin embargo, el cuestionamiento de estas “democracias para ricos” convivió, y aún convive, con la idea de que la democracia burguesa es la única democracia posible, una visión reforzada por su extensión a nuevos países y la burocratización de los ex estados obreros.

Ante esta crisis, las variantes populistas de derecha apelan al sentimiento “antipolítico” para canalizarlo y mantenerlo dentro de los límites del estado capitalista, mientras que las tendencias autonomistas llevan a la impotencia al negarse a pelear por la conquista del poder político.

Sectores importantes de la izquierda que se reivindica revolucionaria han cedido a las ilusiones democráticas. Antes de disolverse en el NPA, la Liga Comunista Revolucionaria francesa había retirado de su programa la dictadura del proletariado, y su dirección mayoritaria había adoptado como estrategia la lucha por la “democracia hasta el final”.

Por su parte, la LIT-CI y la UIT-CI tomaron como propia la teoría-programa de la “revolución democrática”, desligando las demandas democráticas de la perspectiva de la lucha por el poder obrero. Al contrario de esta separación, la lucha por las demandas que cuestionan al régimen burgués está ligada indisolublemente a la lucha por las demandas democrático-estructurales. No puede haber una democracia más generosa que no esté ligada en los países semicoloniales a tareas como la revolución agraria y la independencia nacional frente al imperialismo, y más en general, a un programa que no se detiene ante las prerrogativas de la propiedad privada capitalista.

Los marxistas revolucionarios levantamos consignas democrático radicales y demandas democráticas transicionales, legadas por la Comuna de París de 1871, entre ellas, que todos los funcionarios y cargos electivos cobren un salario igual al de un trabajador medio; la revocabilidad inmediata de mandatos para todos los cargos electivos; la eliminación de la institución bonapartista de la presidencia de la república, así como de la oligárquica Cámara de Senadores, y la conformación de una cámara única que fusione los poderes ejecutivo y legislativo y que sea electa por sufragio verdaderamente universal donde voten todos los residentes mayores de 15 años sin distinción de su nacionalidad de origen; la elección de todos los jueces por sufragio universal y la instauración de juicios por jurados, la separación de la religión del Estado.

En Argentina, el PTS agitó parte de este programa no solo en las campañas electorales, sino también cuando ocupó la bancada parlamentaria de la provincia de Neuquén como parte del Frente de Izquierda, planteando que los diputados ganen lo mismo que una maestra, ligando esta consigna a las luchas de los trabajadores para fortalecerlas en su enfrentamiento con el régimen.

Este conjunto de medidas están orientadas a acelerar la experiencia de las masas con sus ilusiones democráticas y facilitar el camino al poder obrero. El carácter transitorio de estas demandas surge del hecho de que su realización efectiva llevaría a enfrentar al régimen y el estado capitalista. Pero la hegemonía burguesa está acorazada por la coerción, por toda una serie de destacamentos armados y aparatos de represión que constituyen su sostén fundamental. Por eso los revolucionarios levantamos estas consignas democráticas transicionales en la perspectiva de la lucha por destruir el estado burgués, su ejército permanente y sus cuerpos de policía y reemplazarlo por un estado obrero basado en organismos de democracia directa y milicias obreras y populares.

Contra la Unión Europea del capital. Por los Estados Unidos Socialistas de Europa

Desde los inicios del proyecto de la UE los marxistas señalamos el carácter profundamente reaccionario de este bloque imperialista y antiobrero, construido en función de los intereses de las dos principales potencias –Alemania y Francia–. La UE incorporó como patio trasero a los países de Europa del Este, transformándolos en semicolonias y reservorio de mano de obra barata y calificada, principalmente para el capitalismo alemán, lo que contribuyó a bajar los costos laborales a nivel europeo, atacando conquistas de los trabajadores en los países imperialistas, como muestra la flexibilidad laboral impuesta en Alemania.

Contra quienes sostenían que la unidad era progresiva y que la adopción del euro era el primer paso hacia una unificación estatal mayor, afirmamos que esta chocaba con el límite infranqueable de los intereses de las burguesías imperialistas europeas, por lo que era imposible la transformación de este bloque en un Estado supranacional. La crisis ha puesto de relieve con toda claridad ese límite objetivo en la construcción de la UE, que se expresa en las tendencias centrífugas entre un núcleo fuerte en torno a Alemania y las economías del norte, y otro débil de los países del Mediterráneo y el sur. Hasta el momento, la gran burguesía europea tiene el proyecto de mantener la UE, en particular Alemania, ya que la UE le reporta grandes beneficios a sus corporaciones y sigue siendo el principal destino de sus exportaciones. Pero difícilmente la UE siga siendo tal como existió hasta ahora. Ya hay en curso una disputa por redefinir el estatus de sus miembros en la que Alemania busca reafirmar su rol imperialista dominante, imponiendo sus condiciones y avanzando en la semicolonización de los países periféricos como Grecia y Portugal.

Ante este panorama, han surgido dos posiciones igualmente burguesas y reaccionarias. Por un lado, están quienes partiendo de rechazar los planes de austeridad, plantean la posibilidad de reformar o democratizar la UE. La mayoría de la izquierda europea es tributaria de esta política, que expresa una adaptación a los marcos de la Europa del capital. Este es, por ejemplo, el programa de la dirección de Syriza que transformó la defensa de la UE y del euro en su principal bandera y generó ilusiones de que era posible negociar los planes de ajuste con la “troika”.

Por otro, la ofensiva imperialista alemana ha llevado al surgimiento o al fortalecimiento de tendencias soberanistas y nacionalistas de extrema derecha que plantean que la solución a la crisis es el abandono del euro y la vuelta a las monedas nacionales, haciendo demagogia con la defensa del “estado nacional”, ligada a sus políticas xenófobas, racistas y antiinmigrantes. Algunos sectores minoritarios de la izquierda, como el Partido Comunista Griego, sostienen políticas similares generando la ilusión de que puede haber una salida del “capitalismo nacional” favorable a los trabajadores.

Contra la utopía de democratizar la UE que levantan sectores progresistas, ignorando su carácter imperialista y reaccionario, y contra la demagogia de la extrema derecha que agita odios nacionales con el objetivo de separar a la clase obrera, no solo de los distintos países de la UE sino entre trabajadores nativos e inmigrantes y atarla a un sector de las burguesías nacionales, los trabajadores tienen que levantar un programa claro, independiente de toda variante patronal, para que la crisis la paguen los capitalistas.

Frente a la crisis de la Europa del capital y los gobiernos ajustadores, para superar la fragmentación de las filas obreras, combatir la xenofobia y las políticas antiinmigrantes de los gobiernos europeos, ganar a los sectores medios pauperizados y arruinados por la crisis, que de lo contrario, podrían transformarse en la base social de la demagogia de la extrema derecha, y eventualmente del fascismo, es necesario poner la lucha contra los distintos gobiernos ajustadores y contra la “troika” y las instituciones imperialistas de la UE en la perspectiva estratégica de los Estados Unidos Socialistas de Europa. Esta es la única salida progresiva para los trabajadores.

La “Primavera árabe”, la lucha del pueblo palestino y la revolución permanente

Con el estallido de la “Primavera árabe” el Norte de África se transformó en el punto más agudo de la lucha de clases, abarcando desde procesos revolucionarios profundos como en Egipto y Túnez, hasta intervenciones imperialistas como en Libia y guerras civiles como en Siria. Por la importancia que tiene la región para los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos, el Estado de Israel y otras potencias imperialistas, y por sus motores democráticos y sociales comunes, más allá de las desigualdades, estos procesos han concentrado una serie de debates programáticos y estratégicos en la izquierda mundial.

La lucha contra la dictadura de Kadafi y la intervención imperialista planteó una discusión muy importante en la izquierda internacional con quienes (como con la Liga Internacional de Trabajadores, LIT-CI y los compañeros de Izquierda Socialista de Argentina) en nombre de la “revolución democrática” terminaron no solo adoptando una estrategia de colaboración de clases, sino avalando la intervención imperialista de la OTAN en Libia bajo cobertura “humanitaria”.

Lejos de ser “revoluciones democráticas”, las “transiciones controladas”, enmarcadas en la necesidad imperialista de mantener el statu quo regional y la rapaz expoliación de los países de la región, niegan la satisfacción efectiva de las profundas demandas de los explotados.

Las burguesías árabes muestran una vez más su histórica incapacidad de encarar consecuentemente las tareas de la liberación social y nacional, ya reflejada en el fracaso de los proyectos del nasserismo, el baathismo, el Frente de Liberación Nacional argelino, etc.

En algunos países como Egipto y Túnez, la clase obrera ha jugado un rol importante en la caída de los regímenes dictatoriales. En el caso de Egipto, sectores avanzados, como los trabajadores de la gran fábrica textil de Al Mahalla, venían siendo vanguardia en la lucha contra Mubarak y luego, contra las direcciones de empresas ligadas a los militares y contra las leyes antihuelgas. También enfrentaron las políticas neoliberales del gobierno islamista moderado encabezado por la Hermandad Musulmana, que llevaron a las históricas movilizaciones de millones que inundaron Egipto en julio de 2013. Sin embargo, para evitar un desarrollo revolucionario de los acontecimientos, el ejército dio un golpe “preventivo” erigiendo un nuevo gobierno bonapartista, antiobrero, y proimperialista, con las figuras de la oposición burguesa. Incluso terminó cooptando como ministro de trabajo al principal dirigente de la federación de sindicatos independientes que se había conformado luego de la caída de Mubarak.

El golpe en Egipto, que contó con el apoyo de la burguesía liberal y de sectores que se presentaron como progresistas, como el movimiento Tamarod, muestra el fracaso de las políticas de “revolución democrática” y colaboración de clases que pretenden desligar las demandas democrático-formales de las demandas estructurales y la lucha por el poder de los trabajadores.

Las organizaciones islamistas moderadas que accedieron al poder –como el partido Annahda en Túnez y el depuesto Partido Justicia y Libertad en Egipto– son fuerzas burguesas que predican una mezcla de rigorismo religioso, populismo clientelista y neoliberalismo económico. Los revolucionarios combatimos estas corrientes políticas partiendo de una orientación de clase y antiimperialista y no construyendo frentes con sectores de la burguesía liberal y laica o de su personal político.

La dinámica del proceso revolucionario egipcio demuestra que no hay revolución democrática sin dar respuesta definitiva a las demandas ligadas a las condiciones de vida de las masas, y estas últimas no pueden lograrse sin terminar con la opresión imperialista. Esta es la primera cuestión democrática estructural que debe resolver la revolución y solo podrá ser llevada hasta el final por la clase trabajadora.

Por eso, tomamos las demandas democráticas formales que han sido uno de los motores de los procesos de la Primavera árabe, en primer lugar la lucha contra los regímenes dictatoriales proimperialistas, así como la lucha por una Asamblea Constituyente Libre y Soberana, en tanto contribuyen a desarrollar la experiencia de las masas con sus ilusiones la democracia burguesa y facilitar el surgimiento de organismos de autodeterminación. Lo hacemos en el marco de un programa transicional que ligue las reivindicaciones más sentidas e inmediatas de las masas con las demandas democráticas estructurales como la liberación de yugo imperialista para ponerlas en la perspectiva de conquistar un gobierno obrero, campesino y del pueblo pobre.

En los casos de guerra civil abierta como en Libia, es insostenible separar la lucha militar contra las dictaduras de la lucha contra el imperialismo dejando en segundo plano qué clase hegemoniza el proceso y cuál es su contenido social. La subordinación de lo político a lo militar lleva a confundir el éxito de la intervención de la OTAN en la caída de Kadafi con un “triunfo” del movimiento de masas, justamente cuando la política de Estados Unidos y otras potencias es montarse en los movimientos antidictatoriales para limitarlos a lo sumo a un cambio de gobierno para conquistar nuevos aliados-clientes, y evitar de esta manera que los procesos adquieran una dinámica “permanentista”, es decir, que se eleven a la lucha contra el estado burgués y el imperialismo. En Siria repiten la misma política quienes se ubican acríticamente en el “bando rebelde”, sin ninguna delimitación ni estrategia independiente de las direcciones proimperialistas, sostenidas por los aliados de Estados Unidos. En los países centrales esta política llevó a no luchar abiertamente contra la intervención, avalando la propaganda humanitaria del imperialismo.

Más en general, en caso de agresión u ocupación imperialista de un país semicolonial, como ocurrió en Irak o Afganistán, los revolucionarios nos pronunciamos por la derrota de los agresores y nos ubicamos del lado militar de la nación oprimida, sin que esto implique subordinación política a su dirección eventual. Luchamos para que en los países imperialistas la clase obrera y la juventud se oponga activamente a las aventuras guerreristas de sus burguesías, ya que todo avance exterior del imperialismo se traduce, internamente, en el reforzamiento de la capacidad de ataque al proletariado y a las clases populares.

Denunciamos también la estafa inversa de las corrientes chavistas y populistas que defendieron a Kadafi y hoy defienden la dictadura de Assad en Siria, presentándolos como regímenes “antiimperialistas” progresivos. En Libia, apoyamos el levantamiento armado contra la dictadura de Kadafi, un régimen despótico y proimperialista que lanzó una guerra civil para aplastar la rebelión popular y conservar el control del aparato estatal y las enormes prebendas surgidas de la distribución de la renta petrolera, pero a la vez denunciamos la intervención de la OTAN y la política proimperialista de la dirección del Consejo Nacional de Transición, así como el carácter reaccionario de las diversas organizaciones islamistas. En Siria, estamos por la caída revolucionaria del régimen de Assad y contra toda injerencia del imperialismo y sus aliados regionales, eso implica no darle ningún apoyo político a las direcciones proimperialista del bando “rebelde”, como el Ejercito Libre Sirio.

Estos procesos demuestran que más que nunca se trata de combatir por la emergencia del proletariado como sujeto social y político, capaz de dirigir a las masas de los oprimidos y explotados que luchan contra las dictaduras hacia el objetivo de la toma del poder político.

La lucha del pueblo palestino contra la opresión del estado sionista es parte indisoluble de los procesos en el mundo árabe. Los revolucionarios defendemos el derecho a la autodeterminación nacional del pueblo palestino negada por el imperialismo y el estado sionista. El estado de Israel trata como ciudadanos de segunda a la minoría árabe israelí y se opone furiosamente al derecho al retorno de los refugiados palestinos porque esto cuestiona objetivamente el carácter exclusivamente judío –y racista– del estado sionista. Por eso defendemos el derecho al retorno de todos los refugiados palestinos, expulsados de sus tierras por la colonización sionista y su continuidad bajo la ocupación militar y la extensión de asentamientos de colonos. Contra la falsa solución de dos estados, y la estrategia reaccionaria de las direcciones islámicas que buscan establecer un estado teocrático, luchamos por el desmantelamiento del Estado de Israel como enclave proimperialista y colonial y por un estado único palestino en todo el territorio histórico, una Palestina obrera y socialista donde puedan convivir en paz árabes y judíos.

La revolución árabe solo puede triunfar como revolución permanente, esto es, mediante la toma del poder por los trabajadores apoyándose en las masas pobres y a través de sus organismos de lucha, pues solo ese poder (es decir, la dictadura del proletariado apoyada en la alianza con las masas oprimidas del campo y la ciudad) puede garantizar y llevar hasta el final las tareas democráticas estructurales de la revolución, en primer lugar la liberación del imperialismo y la lucha contra su agente regional, el Estado colonialista de Israel, con el objetivo de establecer una Federación de Repúblicas Socialistas en toda la región.

La lucha contra el imperialismo y por la independencia política de la clase obrera en América Latina

Entre fines de la década de 1990 y los primeros años del siglo XXI, América latina vivió un ascenso de masas protagonizado, fundamentalmente, por los aliados del proletariado: los pobres de la ciudad y el campo y sectores más explotados de la clase obrera como los desocupados en Argentina. Producto de estas movilizaciones y levantamientos cayeron los gobiernos neoliberales que adherían al llamado “Consenso de Washington”, y asumieron gobiernos autodenominados “progresistas” de corte populista o nacionalista.

Estos gobiernos se beneficiaron de una década de crecimiento económico excepcional, durante la cual utilizaron una parte de la renta (agraria en Argentina, minera en Bolivia y petrolera en Venezuela) para desarrollar sectores burgueses ligados al mercado interno vía subsidios, tarifas bajas, devaluaciones, etc., pero no hicieron ninguna transformación estructural y las patronales siguieron amasando ganancias fabulosas. Más aun, a pesar de su discurso, utilizaron el estado para su propio beneficio y para intentar crear una burguesía amiga, como se ve en los escándalos de corrupción y el enriquecimiento de los funcionarios que sacuden a estos gobiernos.

Ahora, cuando se siente la desaceleración como efecto de la crisis mundial empiezan a mostrar su carácter antiobrero: Cristina Kirchner en Argentina enfrenta los reclamos salariales ante la inflación y sostiene el impuesto al salario; Maduro hizo una mega devaluación en Venezuela y negocia con las patronales golpistas y Evo Morales lanzó una ofensiva contra los trabajadores para defender el sistema de pensiones neoliberal. En Brasil el gobierno del PT reaccionó con la represión frente a quienes salieron a las calles contra el aumento del transporte, la corrupción y las enormes desigualdades de que atraviesan el país, el resultado fue que cientos de miles más se sumaron dando lugar a las movilizaciones más masivas de los últimos tiempos.

El proceso inicial de agotamiento del ciclo de estos gobiernos “posneoliberales” viene de la mano de la vuelta a escena del movimiento obrero, dando lugar tanto a fenómenos de lucha y reorganización sindical como políticos. En Argentina en noviembre de 2012 se paralizó el país con el primer paro general contra el gobierno kirchnerista en 10 años. El llamado al paro por parte de la CGT, central que había sido punto de apoyo fundamental del kirchnerismo, y el ala opositora de la CTA, fue aprovechado por los trabajadores para expresar su descontento, y los sectores antiburocráticos y de la izquierda clasista, de los que participa activamente nuestra corriente, protagonizaron las principales acciones de la jornada. La división del peronismo junto con el inicio de un proceso de ruptura de sectores de la clase trabajadora con el gobierno y la bronca extendida contra la burocracia, presentan una gran oportunidad para dar pasos en la construcción de un partido de trabajadores revolucionario en la Argentina.

En Bolivia, iniciada por el emblemático proletariado minero, se desarrolló en mayo de 2013 la gran lucha contra la ley de pensiones que tuvo en vilo al gobierno de Evo Morales durante dos semanas. Este hito en la lucha de la clase trabajadora boliviana, coincide a su vez el proceso de fundación del Partido de Trabajadores en Bolivia, impulsado fundamentalmente por los trabajadores mineros de Huanuni. El proyecto de poner en pie un PT enfrenta obstáculos: un sector de la burocracia ligada al gobierno de Evo boicotea directamente el surgimiento de una organización política de los trabajadores, mientras que otra ala de la burocracia de la COB busca contenerlo en los marcos del régimen, evitando que esté ligado a los procesos de la lucha de clases y sometido a la democracia obrera y la base de los sindicatos.

En Brasil, en julio de 2013, luego de las históricas movilizaciones de la juventud que conmovieron al país, se desarrolló una jornada de lucha nacional, convocada por la CUT y otras organizaciones sindicales, que si bien no tuvo el alcance de una huelga general, fue la primera acción en décadas de esta naturaleza. La dirección de la CUT buscó por todos los medios contener esta jornada de protesta. Sin embargo, en el marco de la huelga se produjeron importantes acciones del activismo obrero como los bloqueos de la General Motors.

En Chile, donde desde hace años la juventud viene movilizándose por el derecho a la educación gratuita, se realizó el 11 de julio de 2013 el paro nacional durante el cual se dieron las movilizaciones obreras más grandes desde la caída de la dictadura de Pinochet, a pesar de la política de la CUT que impidió que los trabajadores privados se sumen al paro. Avanzó la unidad obrero estudiantil en la calle y se expresó una vanguardia a izquierda de la burocracia de la CUT y el PC que fue la que protagonizó las barricadas el día del paro.

En Uruguay, también la histórica huelga de 32 días que protagonizaron los docentes durante la primera mitad de 2013, es parte de un cambio de clima en el movimiento obrero, con un creciente descontento con el Frente Amplio.

Durante la década pasada, ha habido un avance importante en la recomposición objetiva de las fuerzas de la clase trabajadora (si bien en condiciones de fragmentación entre sectores “en blanco” y precarios, sometidos a la extrema explotación). Esto fue acompañado en muchos casos como en Argentina, por una recomposición sindical de sectores de vanguardia del movimiento obrero.

Frente a las constantes políticas de los gobiernos “progresistas” para mantener la subordinación de los sindicatos, es fundamental el combate del movimiento obrero por la independencia completa e incondicional de sus organizaciones de lucha frente al Estado capitalista, la cual está indisolublemente ligada a la lucha por la democracia sindical y al combate por echar a la burocracia sindical y a que los sindicatos tomen en sus manos las demandas del conjunto de la clase trabajadora.

Sostenemos que es clave pelear por la plena independencia política de los trabajadores frente a los gobierno de la región, frente al Estado y los partidos de la burguesía.

El chavismo (ahora en crisis tras la desaparición física de Chávez), fue la variante más de “izquierda” de los populismos latinoamericanos. Este régimen tuvo rasgos de lo que Trotsky definió como bonapartismo sui generis de izquierda, es decir, elementos de los regímenes nacionalistas que se basaban en las Fuerzas Armadas y se situaban como árbitros entre las masas obreras y populares y la débil burguesía nacional y el imperialismo, de los cuales el cardenismo en México y el peronismo en Argentina son los ejemplos más salientes. Sin embargo, comparado históricamente, el chavismo tuvo un alcance mucho más limitado, lo que se expresa en que no produjo ningún cambio estructural en el carácter dependiente y rentístico del país.

Chávez hizo concesiones a los sectores más pobres de la población sobre la base de una cierta redistribución de la renta petrolera aprovechando la suba del precio del petróleo. En el plano externo, tuvo una política relativamente independiente de los dictados de Washington como se expresó en los casos de la oposición al ALCA, creación del ALBA, entrega de petróleo a Cuba, relación estrecha con Irán, alineamiento con China y Rusia, etc. Por otro lado, tuvo una política regional hacia los últimos años, que terminó siendo funcional a los intereses del imperialismo estadounidense en la zona, al colaborar estrechamente con el gobierno proimperialista de Santos en Colombia, primero pidiendo la rendición de las guerrillas y luego con trabajos de inteligencia común que implicaron el apresamiento y la entrega de militantes de las guerrillas, así como jugó un papel clave en la legitimación y estabilización del régimen surgido en Honduras tras el golpe auspiciado por los EE.UU., sellando luego su entrada en el Mercosur y pasando hacia un segundo plano la política del Alba.

El empresariado venezolano con el aval de Estados Unidos intentó derrocarlo mediante un golpe de estado fallido en 2002 además de sabotear la industria petrolera con el lock out de 2003 en PDVSA. Nuestra corriente se opuso activamente al golpe y participó de las acciones obreras y populares para derrotarlo.

Pero a pesar de sus contradicciones con las patronales tradicionales y con Estados Unidos, el chavismo no cambió en lo esencial la estructura del país. Aun con su fuerte retórica "revolucionaria", el proyecto de Chávez no dejó de ser un tibio nacionalismo burgués que perseguía lograr mejores condiciones de captación de la renta petrolera con el supuesto objetivo de "diversificar la economía nacional", “industrializar” el país, de la mano de los capitalistas nacionales y también capitales imperialistas asociados, como se expresa en las grandes empresas mixtas petroleras y de la explotación del gas, otorgándole un papel considerable al Estado en esta articulación por su cualidad de ser no solo el aparato de dominación política de la sociedad sino también el dueño de la renta petrolera. Estas pretensiones declaradas no pasaron de planes y discursos, con un país sumido en el rentismo y la enorme dependencia de las importaciones (y el alto endeudamiento estatal). La década y media que Chávez se mantuvo en el poder mostró los límites del nacionalismo burgués y su incapacidad para lograr una verdadera independencia nacional con respecto al imperialismo. Las nacionalizaciones que llevó adelante Chávez –y también Evo Morales en Bolivia– implicaron una cierta reversión de las privatizaciones de los ’90. Sin embargo, estas empresas fueron recompradas a los grandes grupos económicos, como Techint en el caso de Sidor, a precio de mercado o pagando jugosas indemnizaciones. Al mismo tiempo, se mantuvieron los negocios de los grandes capitalistas y surgió un sector de nuevos ricos, la llamada “boliburguesía” que hizo su fortuna a la sombra del control estatal.

El ascenso de Chávez al poder, luego del hundimiento del régimen del Punto Fijo producto del Caracazo, evitó que se desarrollara una dinámica revolucionaria. En última instancia, mediante un profundo cambio de régimen y a costa de hacer concesiones a las masas pobres y de politizar las fuerzas armadas, el chavismo recompuso el Estado capitalista, estatizó movimientos populares, contuvo la lucha de clases en momentos agudos, como en la derrota del golpe de 2002 y el lock out petrolero de 2003, e intentó disciplinar a la clase obrera mediante medidas la criminalización de las huelgas y la cooptación de las direcciones sindicales para hacer una central obrera afín al gobierno.

Aunque el chavismo hable de “socialismo”, es evidente que en Venezuela no se ha tocado la organización social basada en la propiedad privada y la explotación capitalista.

La izquierda se dividió ante estos gobiernos populistas. Por un lado, surgió una izquierda populista en el continente que tomó el “socialismo del siglo XXI” de Chávez como el modelo posible. Este posibilismo también se expresó en la adaptación de gran parte de las corrientes de izquierda que se reclaman revolucionarias o marxistas a las variantes chavistas o “evomoralistas” del populismo latinoamericano, abandonando la lucha elemental por la independencia política de la clase obrera.
Incluso hubo corrientes que directamente se sumaron al carro del reformismo burgués, la centroizquierda y el nacionalismo, y que han desaparecido a todos los efectos prácticos como tendencia independiente, entre ellos la mayoría de DS (SU) en el PT, proporcionándole incluso ministros, El Militante en el PRD y detrás de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México, así como integrándose al PSUV en Venezuela.

Otras corrientes como la LIT o la UIT tuvieron una política oscilante pero igual de capituladora. El grupo de la UIT pasó de la subordinación al chavismo durante largos años llamando a reventar las urnas de votos por Chávez en las presidenciales del 2006 a contraer alianzas con burócratas sindicales orgánicos de los partidos de la derecha, mientras que la LIT quien también llamó a votar por Chávez en las mismas presidenciales, confluyó en el voto “No” con la oposición burguesa en el referéndum constitucional de 2007. Detrás de estos vaivenes y zigzags, sin anclaje en la más firme independencia de clase y antiimperialista, está la lógica de la "teoría revolución democrática", lógica que conduce a que en los casos de regímenes con rasgos bonapartistas sui generis de izquierda, como el chavismo, los termina llevando a encolumnarse tras las supuestas banderas de la “democracia” de la derecha sin denunciar que detrás de las mismas actúa el imperialismo norteamericano.

Para los revolucionarios la lucha contra el imperialismo es un problema de principios. No es posible asegurar la liberación nacional ni la unidad latinoamericana sin romper con el imperialismo. No se puede resolver la cuestión agraria, liquidar la opresión de los pueblos originarios ni asegurar en forma duradera y generalizada pan, trabajo, educación, salud y vivienda dignos a los millones de latinoamericanos explotados, oprimidos y empobrecidos, sin afectar al gran capital y los terratenientes. La resolución de las tareas democráticas y nacionales no puede efectuarse de la mano de la colaboración con la burguesía, enfeudada al imperialismo y aterrorizada por la movilización de las masas, sin la cual la reacción no puede ser derrotada. Los representantes “de izquierda” del nacionalismo burgués, sean “oficiales bolivarianos” o políticos progresistas, no pueden ir más allá de sus limitaciones de clase.

La experiencia de una década no ha hecho sino ratificar la lección fundamental de los procesos revolucionarios y fenómenos políticos de todo tipo que ha vivido el continente desde hace más de un siglo: la vía de las reformas graduales para la liberación social y nacional en América Latina es una vía muerta, la mayor de las utopías por parte de los pretendidos “políticos realistas”, si no quiere considerársela el mayor de los fraudes políticos. No hay otra vía que la de la revolución. Y esta no es desde ya la pretendida “revolución bolivariana”, ni puede ser concebida en ninguna versión etapista o democrática, sino que se plantea en términos de revolución permanente.

Las tareas democráticas estructurales quedan por entero en manos de la clase obrera y sus aliados: campesinos pobres, indígenas, sectores populares empobrecidos. Su plena y efectiva resolución sólo puede ser garantizada mediante la toma del poder por los trabajadores. Pero al hacerlo, es inevitable e imprescindible que deban hacer cortes cada vez más profundos en el régimen de propiedad privada sentando las bases de la transición al socialismo, mientras que los estrechos lazos entre los países latinoamericanos, tanto como la necesidad de batir la reacción imperialista, llevarán a la extensión de la revolución a través del continente, en el camino de la Federación de Repúblicas Socialista de América Latina y la alianza con el proletariado norteamericano e internacional.

Contra el bloqueo imperialista y la restauración capitalista en Cuba

La política hacia Cuba divide aguas en la izquierda latinoamericana y mundial. Quienes capitulan a los gobiernos populistas como el de Chávez, adoptan una posición similar ante Cuba, confundiendo la defensa de las conquistas que aun se conservan de la revolución con la defensa incondicional del régimen de partido único del Partido Comunista Cubano y los Castro. Esta izquierda populista usa al viejo argumento de que cualquier crítica al gobierno de Raúl “le hace el juego a la derecha y al imperialismo” y, de esa manera, pretende obturar toda discusión seria sobre las medidas de restauración capitalista gradual que viene aplicando el régimen cubano y que están degradando cada vez más las bases del estado.

En el extremo opuesto, la LIT sostiene que en Cuba ya se ha restaurado el capitalismo, que la lucha contra el bloqueo imperialista no tiene ninguna importancia y que la clave es llevar adelante una “revolución democrática” contra el régimen cubano al que considera como una “dictadura capitalista” (incluso comparable con las dictaduras del Cono Sur de la década de 1970). Esta política oportunista que implica la unidad de todos los que se oponen a la dictadura, ubica a la LIT en el mismo campo restauracionista de la disidencia interna procapitalista, los gusanos de Miami y el gobierno de Obama.

Contra estas dos posiciones que llevan a capitular a los diferentes agentes de la restauración capitalista, levantamos un programa de revolución política y social que parta de la lucha contra el bloqueo imperialista y de la defensa de las conquistas que aunque degradadas por la acción de la burocracia, aún quedan de la revolución, para terminar con el régimen de partido único del PCC y la casta burocrática privilegiada. Defendemos el derecho de reunión, expresión y organización sindical y política de los trabajadores. Contra el régimen de partido único y la política imperialista de establecer una democracia burguesa parlamentaria, luchamos por un estado obrero revolucionario basado en consejos de trabajadores, campesinos y soldados y por la plena legalidad para los partidos que defiendan las conquistas de la revolución y los que se reivindiquen anticapitalistas. Luchamos por revertir las medidas de ajuste, como los despidos y los recortes de beneficios como los comedores obreros, revisar de manera exhaustiva y radical las medidas adoptadas durante el “período especial” y el gobierno de Raúl, incluyendo las concesiones al capital extranjero, por el control obrero de la producción y de las empresas hoy en manos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (uno de los agentes internos de la restauración capitalista), por el restablecimiento del monopolio del comercio exterior y por reorientar la economía en beneficio de los intereses de la revolución y de los trabajadores, los campesinos y las masas populares cubanas, estableciendo una planificación democrática de la economía. La lucha contra la restauración capitalista en Cuba es parte de la lucha por la revolución social en el conjunto de América Latina.

Por partidos de trabajadores revolucionarios e internacionalistas

Un partido de trabajadores revolucionario debe tomar –como decía Lenin– todas las injurias, las ofensas y los abusos que sufren los sectores populares y los oprimidos en general. Esta es la condición de una lucha consecuente para que la clase obrera conquiste la hegemonía sobre las clases oprimidas y sectores medios expoliados por el capital para derrotar a la burguesía y tomar el poder.

Cediendo al “espíritu de época” reaccionario, propio de la etapa de la restauración burguesa, un sector importante de las corrientes de izquierda de origen trotskista sostuvo que para huir del “corporativismo obrerista” y adoptar una estrategia hegemónica era necesario poner en pie “partidos amplios”, donde se diluya el carácter de clase para incluir dentro de ellos la pluralidad de los “nuevos movimientos sociales”. Un “partido de los movimientos” donde se liquidasen las barreras entre reformistas y revolucionarios, mediante organizaciones comunes o bloques políticos permanentes con programas mínimos, ya sea “anticapitalistas” en general o directamente “antineoliberales”.

Algunos ejemplos de esta política oportunista son la coalición RESPECT que integraba el SWP británico junto con sectores burgueses de la comunidad musulmana, o la conformación del NPA, un partido sin delimitación estratégica, cuya dirección ahora impulsa un bloque permanente con el reformista Front de Gauche de Mélenchon.

La idea de que la hegemonía se expresa al interior del aparato de un partido, y por lo tanto que este debe contener en su seno a todos los movimientos de lucha contra la opresión y de cuestionamiento a lo existente, con la clase obrera como un movimiento más, no solo es una ficción que pretende encorsetar toda la diversidad de las luchas de las clases oprimidas y los “movimientos” bajo un mismo aparato, sino que transforma la propia hegemonía en una abstracción por fuera de la lucha entre las clases.

Hoy, frente al creciente protagonismo de la clase trabajadora y el proceso de su recomposición subjetiva, este escepticismo en la clase obrera y su capacidad hegemónica, así como la política oportunista que le sirve de correlato, son cada vez más perniciosos.

Quienes desdeñan la construcción de fracciones revolucionarias, en primer lugar en los sindicatos, y en general en los movimientos en los que participan, no pueden llegar a sectores de masas de ninguna otra forma que no sea limitando su programa para lograr bloques políticos, casi siempre puramente electorales, con las direcciones reformistas.

Incluso en el terreno electoral, el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) en Argentina, que conformamos el PTS, junto al Partido Obrero e Izquierda Socialista, ha demostrado que no es necesario hacer seguidismo a las variantes de la centroizquierda para obtener el reconocimiento de franjas importantes de los trabajadores y la juventud.

Ante la crisis de estos proyectos de partidos amplios que en muchos casos llevan a la desmoralización y la impotencia, reafirmamos la necesidad de construir partidos obreros revolucionarios de vanguardia a escala nacional e internacional para la intervención en la lucha de clases.

Fracciones revolucionarias en los sindicatos, frente único y autoorganización

Durante las últimas tres décadas ha habido una reconfiguración de la clase obrera mundial. La incorporación de cientos de millones de nuevos trabajadores urbanos provenientes del campo, junto con extendido proceso de asalarización de nuevos sectores, especialmente en el sector servicios, hace que actualmente la clase trabajadora junto con sus familias constituya la mayoría de la población mundial por primera vez en la historia.

Sin embargo, este proceso se dio de la mano de un enorme aumento de la fragmentación. Junto a la tradicional división impuesta por el capital entre la clase obrera de los países imperialistas y las semicolonias y colonias, se le sumaron otras que dieron lugar, junto con la proliferación de desocupados permanentes, al surgimiento de trabajadores “de segunda” (contratos a término, subcontratados por empresas “tercerizadas”, trabajadores sin contrato legal, fuera de convenio, “sin papeles”, o diferentes combinaciones de estos), que conforman casi la mitad de la clase trabajadora mundial, en contraste con el sector de la clase obrera “en blanco”, con salarios y condiciones de trabajo superiores a la media.

Esta fractura fue producto de la ofensiva neoliberal y se dio conjuntamente con el retroceso de sus organizaciones, y con la complicidad no solo de sus direcciones políticas tradicionales (socialdemócratas, partidos comunistas, nacionalistas burgueses), sino también con la de las direcciones sindicales burocráticas. La regla fue que estas excluyeran sistemáticamente de los sindicatos a los desocupados, a los trabajadores precarios, a los sin papeles.

Esta contradicción entre el enorme peso social del proletariado por un lado, y su fragmentación interna por el otro, hace de la táctica del frente único obrero un arma esencial para la lucha de clases que cobra cada vez más peso al calor de la crisis capitalista y la creciente intervención de la clase obrera.

Los revolucionarios impulsamos la más amplia unidad de las masas en lucha para resistir los ataques del capital y exigimos el frente único a las direcciones burocráticas del movimiento obrero, sobre todo cuando existen diversas fracciones y organizaciones sindicales.

En países como Grecia, donde la clase obrera protagonizó decenas de paros generales pero sus direcciones oficiales impiden la unidad en la acción, está planteada con toda urgencia imponer el frente único obrero a las organizaciones de masas para desarrollar la lucha contra los planes de austeridad y los ataques del gobierno de Nueva Democracia-PASOK, para enfrentar y derrotar la amenaza neonazi de Aurora Dorada y para acelerar la experiencia de las masas y disputarles la dirección a los reformistas. Es necesario pelear para que los sindicatos levanten un programa transitorio que ataque los intereses de los capitalistas y supere toda política corporativa presentando una salida obrera para el conjunto de los explotados y oprimidos, que empiece por repudiar el memorándum y plantee la nacionalización de la banca bajo control de los trabajadores y la estatización de las empresas que quiebren bajo gestión obrera, mostrando así que hay una salida obrera a la crisis. En este sentido es criminal la política del Partido Comunista Griego (KKE) que dirige un sector importante del proletariado, pero se niega a levantar esta política de frente único hacia las direcciones mayoritarias, y organiza sus propias acciones, siendo un gran obstáculo para la perspectiva de una verdadera huelga general política que termine con el gobierno de la “troika”.

Distintas corrientes de la izquierda interpretan en clave oportunista la táctica del frente único, transformándola en adaptación pasiva a las direcciones sindicales burocráticas y reformistas. Al contrario, esta táctica tiene por objetivo estratégico el desarrollo de fracciones revolucionarias, capaces de pelearle la dirección de los sindicatos a la burocracia. Los revolucionarios luchamos por conquistar la democracia sindical expulsando a la burocracia y por la total independencia de los sindicatos respecto al Estado capitalista. Para esto desarrollamos un trabajo sistemático en los sindicatos, en tanto organizaciones obreras de masas.

Sin embargo, incluso donde la tasa de sindicalización se mantiene más elevada como en Argentina, los sindicatos agrupan solo a un sector de los trabajadores, que por lo general son los mejores pagos, mientras que dejan afuera no solo a los desocupados, sino a los trabajadores precarios que día a día engrosan las filas de la clase obrera. Por esta razón, en condiciones de crisis capitalista como la que estamos viviendo, cuando los sectores más postergados de la clase obrera se lanzan al combate, es necesario impulsar organismos de frente único que incluyan a todos los sectores en lucha.

La creación órganos de coordinación y autodeterminación de masas más aptos para el combate es de vital importancia, porque en determinado momento y ante un cambio en la relación de fuerzas, el frente único defensivo ante los ataques del capital, puede transformarse en ofensivo, esto implica romper la legalidad burguesa y pasar a la lucha por el poder.

En situaciones revolucionarias estos órganos, de desarrollarse, se pueden transformar en la expresión del poder de los trabajadores y los oprimidos en la lucha por derrotar al Estado capitalista, y que luego de la revolución en la base fundamental del futuro Estado proletario.

La lucha contra la opresión: “movimientos sociales” y partido revolucionario

Durante las décadas de la ofensiva neoliberal, el estado, principalmente en los países centrales, avanzó en un proceso de integración de los movimientos por los derechos civiles –surgidos originalmente en una perspectiva más radical en las décadas de 1950 y 1970–, otorgando ciertas derechos aunque sin modificar en lo esencial las condiciones de opresión. En la actualidad, mientras que en algunos países los gobiernos hacen concesiones democráticas limitadas, como las leyes de matrimonio igualitario, en otros los partidos de derecha y la iglesia amenazan lo conquistado, como sucede en el Estado español con el derecho al aborto.

El combate contra la opresión de género, la homofobia, el racismo y la xenofobia y contra toda forma de opresión y discriminación, es parte indisoluble de la lucha de la clase obrera por conquistar la hegemonía en el combate contra la dominación burguesa.

En el caso de las mujeres, no solo se trata de la mayoría de la humanidad, sino que esta crisis capitalista encuentra a la clase trabajadora en una situación inédita en la historia donde la fuerza de trabajo femenina representa el 40% del empleo mundial, siendo el 50,5% de esas trabajadoras precarizadas.

En las últimas décadas, la incorporación de la agenda feminista y de los derechos sexuales por parte de los Estados y organismos internacionales, que propició la integración al régimen de vastos sectores de los movimientos sociales, contrasta con el crecimiento inaudito de la desigualdad social que hace que millones de seres humanos sean condenados a la marginación y las peores humillaciones, mientras se desarrollan industrialmente el “negocio” de la trata de personas, la explotación sexual, la violencia contra las mujeres y otras formas de abuso.

Similar es el caso del racismo. Mientras las elites fueron integradas, en distintos grados en países como EE.UU., Sudafrica y Brasil –llegando incluso a que Estados Unidos tenga por primera vez en su historia un presidente afroamericano–, la gran mayoría de la población carcelaria y de los pobres son negros o latinos, se mantiene el racismo avalado por las instituciones, como muestra el asesinato impune de Trayvon Martin.

En los países imperialistas las comunidades de origen árabe-musulmán representan una fracción importante de las clases populares y de la clase trabajadora. Estas comunidades son objeto de políticas sistemáticas de estigmatización, promovidas desde el mismo Estado, sobre todo después de los atentados contra las torres gemelas y como parte de la “guerra contra el terrorismo”. En muchos casos, la discriminación se ejerce en nombre de la defensa de la laicidad u, otras veces, utilizando la cuestión del derecho de las mujeres o de los homosexuales. Más allá de su cobertura falsamente democrática, estas medidas tienen como meta fomentar una mayor fragmentación de la clase trabajadora.

La xenofobia y el racismo son herramientas fundamentales en la dominación clasista, con la que la burguesía desvía el odio de los explotados hacia los trabajadores inmigrantes y busca dividir las filas obreras entre “nativos” e “inmigrantes” y crear una unidad nacional reaccionaria.

Este racismo alentado desde el estado con sus políticas antiinmigrantes y sus campos de concentración para “ilegales” en los países imperialistas, hoy está en ascenso al calor de la crisis y ha llevado al fortalecimiento de variantes de extrema derecha que exacerban estos prejuicios.

En Sudáfrica, luego del Apartheid las condiciones de vida de la gran mayoría de la población negra no han cambiado, y la policía continúa reprimiendo y asesinando a los trabajadores, como ocurrió en la masacre de Marikana. En Brasil, donde la burguesía cuenta una historia de un país sin racismo, y ahora pueden mostrar hasta un popular ministro negro del Supremo Tribunal, la población negra sufre el trabajo precario, la falta de vivienda, y el acoso policial, con asesinados y desaparecidos.

De la lucha de los explotados y de los combates contra las múltiples opresiones que atraviesan la sociedad capitalista surgirán las fuerzas necesarias para derrotar la dominación de la burguesía. La condición es que esta pluralidad no se sea una sumatoria de disidencias, sino que tenga su centro en una fuerza social capaz de afectar los resortes estratégicos de la sociedad capitalista. Esa fuerza no es otra que la clase obrera.

Sin embargo, la posición estratégica que tiene la clase trabajadora en el capitalismo que la convierte en el sujeto fundamental de la revolución, no la hace de por sí portadora de una estrategia hegemónica. De hecho, el proletariado sometido a las condiciones de explotación que le impone el capital es uno de los principales destinatarios de la propaganda burguesa de los prejuicios sexistas, misóginos, homofóbicos, racistas y xenófobos, que en muchos casos moldean la conciencia del obrero medio y son aprovechados por partidos de la extrema derecha como la Liga Norte en Italia o el Frente Nacional en Francia.

Los movimientos de liberación de la mujer y por los derechos civiles son policlasistas, lo que los hace permeables a la ideología burguesa, que es la ideología dominante que se impone “naturalmente” en la sociedad capitalista. Pero a la vez, en momentos de agudización de la lucha de clases, estos movimientos pueden radicalizarse y dar surgimiento a alas anticapitalistas, como lo hemos visto en la década de 1970. A la inversa, la pérdida de radicalidad de estos movimientos durante las últimas décadas coincidió con el retroceso subjetivo de la clase obrera.

Para los revolucionarios es un problema de principios enfrentar todo tipo de opresión y combatir los prejuicios que la burguesía inculca a la clase obrera, a través del estado, de sus partidos y de instituciones como la Iglesia, para redoblar su explotación. Pero esto no significa adaptarse, por ejemplo, al feminismo pequeño burgués en sus distintas variantes, abandonar la estrategia proletaria y apostar a la construcción de partidos amplios basados en los múltiples movimientos.

La contraposición que pretenden establecer quienes reniegan de la revolución, entre un partido revolucionario de clase y los llamados “nuevos movimientos sociales” tiene como base la identificación entre el partido y la clase obrera de conjunto, por un lado, y de los “movimientos” con las ideologías impuestas por los sectores pequeñoburgueses que participan de ellos, por el otro.

El partido revolucionario lucha para que los trabajadores tome en sus manos el combate contra toda opresión. Al tiempo participa e impulsa los movimientos por la liberación de la mujer, por la liberación sexual, contra el racismo, busca construir fracciones revolucionarias en su interior, que se propongan confluir con la lucha de la clase obrera por la revolución socialista.

La cuestión del poder y la revolución: “gobierno de izquierda” vs. “gobierno obrero”

La adaptación de gran parte de la izquierda a variantes neorreformistas se expresó en la sustitución de la consigna de “gobierno obrero” (ligada en el marxismo revolucionario a la estrategia insurreccional para la conquista del poder), por la de “gobierno de izquierda” o “gobierno antiajuste”, es decir, un gobierno de gestión del capitalismo en el marco del estado burgués.

Esta política se expresó en el apoyo que la mayoría de estas corrientes que se reclaman trotskistas le dieron al llamado de Syriza a conformar un “gobierno de izquierda”, a pesar de que Syriza levantaba un programa de colaboración de clases y conciliador con el imperialismo europeo.

No hay punto de contacto entre esta política oportunista, que lleva a sembrar ilusiones en posibles gobiernos de colaboración de clase, y la táctica de “gobierno obrero” (como máxima expresión del frente único obrero) discutida por la III Internacional en la década de 1920 y luego incorporada por Trotsky al Programa de Transición como consigna antiburguesa y anticapitalista.

La condición para aplicar la táctica del “gobierno obrero”, dirigida a las organizaciones reales de la clase obrera, aunque estas sean reformistas, es que exista una situación revolucionaria y que esta política permita acelerar los preparativos para la toma del poder, principalmente el armamento del proletariado para la insurrección, y el desarrollo del partido revolucionario que sea capaz de disputar la dirección del movimiento obrero a las direcciones tradicionales.

La concepción revolucionaria del frente único, planteado hacia las organizaciones de masas de la clase obrera para desarrollar la lucha, no tiene nada que ver con llamar a votar, e incluso adoptar acríticamente el programa mínimo de variantes electorales reformistas de izquierda como Syriza, que de ninguna manera son direcciones con peso decisivo en el movimiento obrero, sino esencialmente aparatos electorales construidos en torno a figuras mediáticas. De lo que sea trata es de ganar, a través de su experiencia, a la mayoría de la clase obrera para la revolución.

La insurrección capaz de imponer el poder obrero no puede ser obra de una minoría y tampoco un producto espontáneo del levantamiento de masas; es un arte, que implica una dirección que pueda orientar conscientemente la acción de las masas hacia la toma del poder. La táctica de “gobierno obrero” está dirigida a enfrentar a las grandes mayorías de trabajadores con el conjunto del régimen burgués y busca acelerar la experiencia de las masas con las direcciones reformistas, y así incrementar la influencia de los revolucionarios.

Las condiciones objetivas y subjetivas que se están gestando con la crisis capitalista nos plantearán la necesidad de aplicar tácticas y políticas audaces como la de “gobierno obrero”, pero estas para conservar un carácter revolucionario, no deben transformarse en un fin en sí mismo, sino estar indisolublemente ligadas nuestro objetivo estratégico: la destrucción del estado burgués y la toma del poder por parte de la clase obrera, es decir, la dictadura del proletariado, como régimen transitorio, basada en órganos de democracia obrera.

Los soviets, la revolución obrera y socialista y la dictadura del proletariado

Los trabajadores solo podrán derrocar al capitalismo por medio de una insurrección violenta que divida y derrote al ejército y la policía, que destruya el estado burgués y que sobre sus ruinas establezca su propio poder político, un estado obrero transicional basado en los órganos de autodeterminación del proletariado y las masas explotadas y el armamento general de la población.

En situaciones revolucionarias estos organismos de autodeterminación, si se desarrollan, tienden a constituirse en expresión del poder de los trabajadores y los explotados, que se enfrentan al Estado capitalista. El siglo XX estuvo plagado de ejemplos, empezando por los soviets rusos, surgidos originalmente en la revolución de 1905, y que en la revolución de 1917 fueron la base del poder obrero. Pero también los consejos de fábrica en Alemania en 1919, o los consejos obreros de la revolución húngara de 1956, o las tendencias al surgimiento de estos organismos en los ’70 en Latinoamérica, con la Asamblea Popular boliviana de 1971, o los Cordones Industriales en Chile, entre muchos otros.

Los soviets, consejos, o el nombre que adopten en cada situación concreta los organismos de autoorganización, son expresión del frente único de masas, que a través de la unidad de acción y la lucha política de las tendencias en su interior preparan a las masas para la toma del poder, y que bajo una dirección revolucionaria se transforman en organismos de la insurrección. Una vez conquistado el poder los soviets son la base del nuevo Estado, de una nueva democracia obrera.

La experiencia estalinista pervirtió absolutamente la relación entre órganos de frente único de masas –los soviets– y el partido, transformando la dictadura del proletariado en dictadura del partido único. El trotskismo fue la única corriente revolucionaria que combatió consecuentemente al estalinismo.

Para los marxistas revolucionarios la dictadura del proletariado es equivalente a un nuevo tipo de democracia, la democracia proletaria basada en los órganos de autodeterminación de masas, los soviets o consejos de obreros y en el pluripartidismo soviético, es decir, en la libertad de partidos reconocidos por los soviets, donde el partido revolucionario pelea por la dirección y es la organización más consecuente en la defensa de la dictadura del proletariado ante la guerra civil y la amenaza de la burguesía y el imperialismo. Esta es la forma política más democrática del dominio de la clase obrera, que necesitará del estado obrero transicional mientras exista el imperialismo y las clases enemigas, y por lo tanto esté planteada la necesidad de defender la revolución frente a los ataques de la reacción burguesa, tanto interna como externa.

Este estado obrero se basa en el establecimiento de nuevas relaciones sociales surgidas de la expropiación y nacionalización de los principales medios de producción, el monopolio del comercio exterior y la planificación democrática de la economía y en el curso de la transición al socialismo, extendiendo sus funciones al conjunto del pueblo organizado en soviets, va generando las bases mismas para su futura extinción.

La conquista del poder por parte del proletariado es sólo es el inicio de un proceso de transformación de todos los aspectos de la vida económica, política y social de un país, a la vez que un punto de apoyo para la extensión de la revolución socialista en el terreno internacional, porque solo derrotando al capitalismo en sus centros será posible avanzar hacia el comunismo como proyecto de emancipación de la humanidad de la explotación y la opresión. Esta una de las más grandes lecciones que ha dejado la historia del siglo XX para los revolucionarios, de la que necesariamente debe partir una internacional que luche por la revolución socialista.

Nuestro objetivo es la conquista del comunismo

La palabra comunismo ha sido bastardeada durante gran parte del siglo XX en manos del estalinismo, pretendiendo identificarla con dictaduras burocráticas parasitarias de los Estados obreros y direcciones traidoras que terminaron pasándose con armas y bagajes a la restauración capitalista.

Para quienes suscribimos este manifiesto, el comunismo, es decir la conquista de una sociedad sin Estado y sin clases sociales, libre de explotación y de toda opresión, es nuestro “objetivo político” más elevado al que pretendemos ligar, a través de la estrategia, todos los combates y las conquistas parciales. Luchamos por una nueva sociedad, “una asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción colectivos y empleen, conscientemente, sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social” (Marx).

Al igual que Marx y Engels, “llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual”. Las premisas de este movimiento se encuentran en la sociedad capitalista.

En sus orígenes, el capitalismo se propuso, impulsado por la competencia, disminuir el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías. Sin embargo, esta conquista de la sociedad en su conjunto para el trabajador derivó en su contrario. Para la minoría propietaria de los medios de producción, la burguesía, significó y significa más y más ganancias. Para la mayoría, los trabajadores, implica la separación definitiva de aquellos medios de producción, el robo de una parte cada vez mayor de su trabajo, y una brecha cada vez más grande entre sus condiciones de vida y las de la minoría capitalista privilegiada.

Con los actuales desarrollos de la ciencia, la tecnología y el nivel alcanzado de la productividad del trabajo, podría reducirse enormemente el tiempo que la sociedad insume en la producción y reproducción de sus condiciones de existencia materiales. Pero el capitalismo es incapaz de generalizar los avances de la técnica, confinada a un selecto grupo de países y a un grupo de ramas de la producción, mientras que la mayoría de las enormes masas de trabajadores producen con un nivel tecnológico y de productividad más propio del siglo XIX, con ramas enteras de la producción donde se utiliza el trabajo intensivo, proliferando las “fábricas de sudor” y las maquilas, que extraen hasta el último aliento a sus trabajadores.

El comunismo se diferencia de lo que buscaron todas las revoluciones anteriores al desarrollo del movimiento obrero. No se limita a una nueva distribución del trabajo entre los individuos, sino que se propone, mediante el desarrollo de la ciencia y de la técnica, reducir al mínimo el trabajo indispensable hasta que represente una porción insignificante de las ocupaciones de los seres humanos. Que las personas puedan dedicar sus energías al ocio creativo de la ciencia, el arte y la cultura, y desplegar así todas las capacidades humanas y establecer una relación más armónica con la naturaleza. Nada más lejos del culto al trabajo (stajanovismo) con que las direcciones estalinistas quisieron tergiversar el comunismo.

El comunismo tiene raíces profundas. Parte de la lucha constante de la clase obrera por sacudirse el yugo del trabajo, que se manifiesta espontáneamente en la resistencia “sorda” de todos los días: el intento de robarle minutos al patrón y a la máquina, o en el ausentismo. La misma tendencia que se expresó y se expresa en las luchas históricas por la reducción de la jornada de trabajo y la semana laboral, por vacaciones pagas, por bajar los ritmos de producción, por la organización en el lugar de trabajo contra la dictadura patronal, por el control obrero de la producción.

Ante la existencia irracional de millones de desocupados por un lado, y de trabajadores sometidos a la esclavitud de jornadas de 14, 16 horas, e incluso más, a ritmos extenuantes de trabajo que destruyen rápidamente los músculos, los nervios y la mente, por otro, una medida elemental como el reparto de las horas de trabajo entre todas las manos disponibles con un salario que cubra las necesidades de los trabajadores, no solo sería fundamental para la supervivencia misma de la clase obrera sino un primer paso lógico que reduciría la jornada de trabajo.

Pero los capitalistas enfrentan esta tendencia por todos los medios. Contra ella desarrollan cada vez más el aparato del Estado, con sus leyes y su justicia de clase, con sus ejércitos, sus policías, sus servicios de inteligencia, perfeccionan sus mecanismos de control social. Las guerras, la expoliación de los pueblos, la represión estatal, las reaccionarias instituciones religiosas, la opresión de las mujeres, el racismo, la xenofobia, la reproducción de ejércitos de millones de trabajadores desocupados, de precarizados, son todos mecanismos de los que se vale la burguesía en su búsqueda cada vez más reaccionario por mantener sometido al trabajo como fuente de la ganancia capitalista.

La llamada “globalización” no tuvo otra función que sostener este estado de cosas.
Para nosotros, al igual que para los fundadores del marxismo, el comunismo no es un ideal al que habría que sujetar la realidad para proponerse proclamar el “comunismo aquí y ahora” como sugirieron los teóricos del autonomismo. No se trata solo de crear una conciencia de lo existente sino de derrocar lo que existe.

De aquí el gran valor que tiene la teoría de la Revolución Permanente elaborada por León Trotsky: el ser una estrategia global que pone toda conquista parcial, incluida la toma del poder en un país, en función del objetivo de la revolución mundial y del proceso de cambios sociales, políticos, y culturales que luego de la toma del poder se orienten hacia la liberación del trabajo, la extinción misma del Estado, las clases, la explotación y la opresión.

La lucha por el comunismo implica necesariamente destruir la maquinaria estatal burguesa, principal garante de la explotación y la opresión, y que los trabajadores pongan en pie su propio poder a través del cual se reapropien de los medios de producción de la sociedad expropiados por los capitalistas. Solo así las fuerzas productivas pueden dejar de ser medios para la esclavización del trabajo y empezar a convertirse en medios para su liberación.

Pero esto no puede ser sino el inicio del proceso. El comunismo no surge preformado de las entrañas del capitalismo, sino al contrario, la nueva sociedad aún presenta en lo económico, lo moral y lo intelectual, todos los aspectos de la anterior. A su vez, la revolución no es un acontecimiento simultáneo a nivel mundial sino que comienza en un país o serie de países que nacen rodeados de un mundo capitalista.

De aquí la necesidad de la dictadura del proletariado como periodo transitorio entre el capitalismo y el comunismo donde se desarrolla un proceso de transformación de todos los aspectos de la vida económica, política y social de un país, a la vez que sirve como punto de apoyo para la extensión de la revolución socialista en el terreno internacional.

El comunismo no es un estado que puede implantarse coercitivamente por una burocracia. De hecho no está llamado a existir junto a ninguna forma de Estado ni con la existencia de clases sociales, como pretendió hacer creer el stalinismo en sus diversas variantes. La construcción del comunismo solo puede ser el fruto de una actividad consciente. El desarrollo de la más amplia democracia obrera basada en los organismos de autooraganización como los Soviets es el único medio para avanzar hacia el comunismo y la extinción de toda forma de Estado.

Las grandes revoluciones, empezando por la revolución rusa de 1917, que han logrado triunfar durante el siglo XX, lo han hecho en países atrasados, semicoloniales, o coloniales. Pero estas solo podían ser el primer paso de la revolución mundial. El comunismo no puede surgir dentro de los límites de los países atrasados, ya que no consiste en una mejor distribución de la escasez. La escasez no hace más que reavivar la lucha por la subsistencia y con ella todos los males de la vieja sociedad. La burocracia que se erigió por sobre la clase trabajadora en los Estados obreros deformados y degenerados que existieron, en última instancia, fue hija de esta lucha por subsistencia producto del atraso y el aislamiento. El siglo XX ya demostró la inviabilidad de la utopía reaccionaria del estalinismo de construir el “socialismo en un solo país”.

Si bajo la bota de un burocracia parasitaria, las bases sociales del estado –como la sustitución la propiedad privada y la anarquía capitalista por la propiedad estatal de los medios de producción y la planificación económica – permitiron que la URSS pasara de ser un país capitalista atrasado con resabios semifeudales a convertirse en la segunda potencia mundial, cuán enormes son las posibilidades que se abrirían para la construcción del comunismo si el aparato técnico y la enorme riqueza de países como Estados Unidos, Alemania o Japón fuesen tomados en sus manos por los trabajadores.

La dictadura del proletariado no tiene como fin en sí mismo el desarrollo de las fuerzas productivas nacionales, y menos aún puede tenerlo en el siglo XXI con la actual imbricación, como nunca antes en la historia, de la producción y el intercambio mundiales. Sólo derrotando al capitalismo en sus centros imperialistas será posible apropiarse de lo más avanzado de la técnica actual para ponerla al servicio de la liberación del trabajo.

Cuando sostenemos que el comunismo es nuestro “objetivo político” más elevado que orienta el conjunto de nuestra estrategia, no lo sostenemos como una consideración abstracta. Sino que es parte de la reafirmación de una estrategia revolucionaria sobre el balance de la lucha de clases de todo el siglo XX, donde la conquista de dictadura del proletariado fue planteada como un fin en sí, y no como un medio estratégico para la conquista del comunismo. No solo por el estalinismo sino por gran parte de las corrientes trotskistas.

La teoría-programa de la Revolución Permanente es la única que se enfrenta de conjunto a la teoría del socialismo en un solo país en todas sus variantes. No trata solamente de la mecánica de la revolución en los países atrasados, de la relación necesaria entre la revolución democrática y la revolución socialista, sino que plantea una estrategia global que liga el comienzo de la revolución a escala nacional con el desarrollo de la revolución internacional y su coronamiento a nivel mundial, así como la conquista del poder con las transformaciones en la economía, la ciencia, y las costumbres, que conducen a nuestro objetivo fundamental: la conquista de una sociedad de “productores libres y asociados”, el comunismo.

  • NOTAS
    ADICIONALES
  • [1El 11 de octubre de 2013 se realizaron las elecciones anticipadas en el Sindicato Mixto de Trabajadores Mineros de Huanuni (SMTMH), luego de que fueran obligados a renunciar los tres dirigentes del sindicato electos a principios de año. En estas elecciones triunfó una lista auspiciada por la burocracia de la COB de Pedro Montes que responde al MAS, lo que implica un importante retroceso no solo para los obreros de Huanuni sino también para el proyecto de Partido de Trabajadores. Esta situación es producto de la presión que viene ejerciendo el gobierno de Evo Morales sobre la vanguardia obrera de Huanuni, que incluye el procesamiento de 22 trabajadores por su participación en acciones en el marco de la huelga de la COB de mayo de 2013, el ataque a conquistas y al control obrero colectivo, la persecución por parte de organismos de contraloría estatal y amenazas de cooperativización. Esta política de hostigamiento del gobierno del MAS y sus aliados de la burocracia minera y de la COB creó un clima de amedrentamiento entre los trabajadores y facilitó el triunfo de la lista oficialista. Lamentablemente, la dirección del sindicato, que había sido electa con la consigna de independencia del gobierno, cometió un grave error político al negarse a presentar lista en las elecciones de octubre. De esta manera, dejó sin alternativa a la vanguardia y allanó el camino para que se impusieran las listas del MAS.

    La Fracción Trotskista - Cuarta Internacional está conformada por el PTS (Partido de los Trabajadores Socialistas) de Argentina, la LTS-CC (Liga de Trabajadores por el Socialismo - Contracorriente) de México, la LOR-CI (Liga Obrera Revolucionaria por la Cuarta Internacional) de Bolivia, LER-QI (Liga Estrategia Revolucionaria) de Brasil, PTR-CcC (Partido de Trabajadores Revolucionarios) de Chile, LTS (Liga de Trabajadores por el Socialismo) de Venezuela, LRS (Liga de la Revolución Socialista) de Costa Rica, Clase Contra Clase del Estado Español, Grupo RIO / Revolutionäre Internationalistische Organisation (Organización Internacionalista Revolucionaria) de Alemania, militantes de la FT en Uruguay y militantes de la FT en la CCR/Plataforma Z del NPA de Francia.

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