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Terremoto en Chile

Con pistolas y “ayuda”, calman las aguas… ¿Por cuánto tiempo?

11/03/2010

La activación de la ayuda social por parte de la clase patronal, sus políticos, la Iglesia, sus medios de prensa y sus instituciones “caritativas”, y la previa militarización de las regiones de El Maule y el Biobío, han dado como resultado una estabilización precaria del escenario catastrófico abierto con el terremoto y los tsunamis del pasado 27 de febrero.

Combinando la zanahoria y el garrote, han conseguido “normalizar” parcialmente la coyuntura política nacional, posponiendo, aunque solamente en lo inmediato, la posibilidad de que se produzcan acciones mayores de la lucha de clases, como respuesta al despliegue furibundo de las necesidades que abrió el sismo. Sin embargo, estas mismas necesidades, la miseria que tardará en irse –sobre todo en las regiones afectadas-, y la sobreexplotación que se anuncia para la clase obrera, pueden abrirle el paso a procesos de lucha –explosivos en las regiones más afectadas- y organización no vistos hasta ahora.

“Unidos por el espanto”

Concertacionistas y derechistas, a días de que asuma el gobierno el empresario Sebastián Piñera, ensayan un discurso de unidad nacional. El pasado sábado, los presidentes de los partidos concertacionistas –Partido Socialista, Democracia Cristiana, Partido por la Democracia y Partido Radical Socialdemócrata-, aceptaron coordinar los esfuerzos de la “reconstrucción de Chile” –donaciones, inversión privada y tratamiento de emergencias. Los tres primeros han aceptado también que sus militantes permanezcan, al menos un tiempo, en los cargos que requiera el nuevo gobierno. El Mercurio, diario que actúa como vocero de la derecha, ya prevé que “la línea que ahora seguirá” la Concertación en la “etapa inicial” del gobierno derechista “será de relativo bajo perfil y de espera respecto de las medidas político-económicas” (7 de marzo).

Así la Concertación le da espacios al piñerismo para que comience a agitar la necesidad de preservar el orden público recurriendo aun más a las fuerzas armadas, extendiendo el estado de excepción a otras ciudades (aun cuando los propios generales a cargo de las zonas más afectadas comienzan a reducir las horas del toque de queda). Así amenazan con que “vamos a ampliar el estado de catástrofe en forma selectiva en aquellas localidades que lo requieren” y aclaró que ello “supone mantener las fuerzas militares por más tiempo” (La Tercera, 8 de marzo, edición electrónica). También alentó el protagonismo militar la notoria inoperancia del aparato gubernamental, que se expresó agudamente durante el día uno de la catástrofe, y que tan bien ilustra el hecho de que la Oficina Nacional de Emergencias no haya alertado adecuadamente del riesgo de tsunamis, abandonando a su suerte a cientos de personas de las zonas costeras, muchas de ellas hoy muertas.

Crisis de la democracia pospinochetista

Este creciente protagonismo de las fuerzas armadas en la vida nacional -no visto desde la dictadura- implica una crisis del régimen de la democracia pospinochetista. De consolidarse una legitimación de su intervención –percibida como necesaria, incluso por amplios sectores de la población, sobre todo de las capas medias, trastornadas con la campaña mediática y la catástrofe social, y que no ven otra alternativa para recibir la ayuda-, podría producirse un salto en el peso de los elementos represivos del poder estatal, con lo que la “institucionalidad democrática chilena”, tan halagada en los foros internacionales de los políticos capitalistas, revela su debilidad, en el acto de recurrir a los “destacamentos de hombres armados” para estabilizarse y refortalecerse en el marco de la crisis nacional.

El Partido Comunista ante la militarización

La mayoría de las organizaciones de izquierda se han pronunciado rechazando la represión. Sin embargo, como explicamos en la edición anterior de La Verdad Obrera, su política no ha constituido una respuesta nítida y consecuente de rechazo a la militarización. El editorial de El Siglo, periódico del Partido Comunista, publicado el viernes 5 de marzo, se pregunta, a propósito de la tardanza en los planes de ayuda: “¿Por qué la FACH (Fuerza Aérea de Chile) no creó de inmediato un puente aéreo entre las ciudades más afectadas para repartir, aunque fuera desde el aire, los elementos esenciales de primeros auxilios? ¿Por qué hubo que esperar el Toque de Queda para sacar a siete mil tropas militares a las calles y no se hizo antes para repartir alimentos entre las poblaciones?”. Como vemos, para esta organización con peso en el mundo sindical y tres diputados electos- había que enviar antes a 7.000 milicos. Aunque es cierto que no plantean esto porque defiendan la represión -es más, la rechazan-, ¿es concebible que militarizar de tal forma estas regiones era posible sin coerción, sin detenciones? ¿No hubiese sido más bien un estado de excepción “de hecho”? Para el PC no, porque tienen confianza en que las Fuerzas Armadas pueden actuar “democráticamente”.

La clase obrera y los oprimidos, sus organizaciones y perspectivas

La catástrofe social ha despertado masivamente un sentimiento de solidaridad. Esta fuerza social, hasta ahora ha sido canalizada por la clase patronal. Las organizaciones de la clase obrera y los oprimidos han tardado en responder. Recién esta semana, la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), ha comenzado débilmente a organizar centros de acopio y coordinar la ayuda, tardanza que contribuyó a que predominara la iniciativa patronal. Por otra parte la Federación de Estudiantes de Chile (Fech), organizó la recolección de productos básicos, agrupando a alrededor de 2.000 jóvenes, casi desde el primer día. Sin embargo, sus dirigentes, en vez de aprovechar este sentimiento de solidaridad para conformar una alternativa de ayuda, contrapuesta a la ayuda patronal que no busca más que lavarle la cara a los empresarios, los verdaderos responsables de la catástrofe social, han transformado a la federación en la sección estudiantil de la “Oficina Nacional de Emergencia”. Aun así, al interior de esta organización comienzan a producirse interesantes fenómenos de coordinación con juntas de vecinos y sindicatos como la FENATS (de la salud), y se ha constituido un comité obrero-estudiantil.

Quizá lo más novedoso, en cuanto a fenómenos de organización, sea la activación y constitución de organismos vecinales en algunos poblados y barrios golpeados por el terremoto, que organizan el abastecimiento e incluso demandas por los servicios suspendidos. En el marco de la crisis de la Concertación y sus partidos y la debilidad de las organizaciones tradicionales de la clase obrera y los oprimidos, estos fenómenos aun reducidos y de baja notoriedad nacional podrían transformarse en una tendencia de largo aliento, que le abra las puertas a fenómenos novedosos de la lucha de clases.

Desde el punto de vista de las perspectivas de la lucha de clases, la imposibilidad de que los sectores más afectados recuperen a corto plazo sus niveles de vida previos con la mera ayuda patronal –que consiste en alimentos para paliar el hambre, y en viviendas sumamente precarias, que difícilmente alcancen a corto plazo para todos los damnificados-, se podría abrir una dinámica de explosiones espontáneas de lucha, de carácter “popular”. Esto se podría combinar con elementos de rabia obrera, y el desarrollo de luchas sindicales contra el aumento de la explotación, del desempleo y de la inflación de los productos alimenticios, debido a que la zona centro-sur, azotada por el terremoto, concentra la producción agrícola del país.

Es por estas razones que definimos que la actual estabilización a punta de pistolas y “ayuda” es precaria. La patronal tendrá que lidiar con nuevas dificultades para mantener su dominio de clase. No está dicho que el malestar y el generalizado sentimiento de solidaridad puedan ser mantenidos por siempre en los cauces de la política patronal.

¡Fuera los milicos de las calles! ¡Organicemos la ayuda obrera y popular!

Es necesario exigir que los milicos sean retirados de las calles, el fin del estado de excepción y el toque de queda. La patronal y sus fuerzas represivas cercenan los derechos democráticos, argumentando que es para detener los saqueos y organizar la ayuda, cuando en realidad buscan defender la propiedad privada capitalista y garantizar la “disciplina” que será necesaria para que sean los trabajadores y los pobres quienes carguen con los costos de la “reconstrucción”. ¿Acaso no podríamos organizar la ayuda obrera y popular, coordinando los locales sindicales centrales y de base, para transformarlos en centros de acopio e impulsando caravanas de camiones, que con las banderas de tal ayuda, y de cada organismo, recorran las zonas afectadas? ¿Acaso no es posible organizar en cada local sindical comedores populares para dar solución al problema del abastecimiento? Lamentablemente las direcciones de la CUT y FECH no se han querido jugar por este camino. Los trabajadores y estudiantes debemos tomar la iniciativa en nuestras manos e impulsar la ayuda obrera y popular coordinando desde nuestras organizaciones.

Ante el escenario que comienza a abrirse, los trabajadores necesitaran una alternativa de clase y un programa opuesto al de la reconstrucción capitalista. Para esto se hace necesario también levantar una izquierda obrera y socialista, que pelee por una sociedad alternativa al capitalismo, el cual ni siquiera es capaz de asegurar una mínima “protección” a la clase obrera y los pobres ante los embates de la naturaleza. Clase contra Clase pelea por esta perspectiva socialista.

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