FT-CI

Análisis y opinión - Diarios de México

11/12/2006

Oaxaca no merece la represión

Editorial, La Jornada

Para ponderar la trascendencia de la manifestación y el mitin pacíficos realizados ayer en la capital oaxaqueña es fundamental asociarla a su propio contexto: el movimiento social que se estructura en la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) sufre una enconada persecución política por parte del gobierno federal, se ha intensificado la guerra sucia que las autoridades locales realizan contra los disidentes y éstos carecen de los medios y las posiciones que ocuparon en meses recientes.

En efecto, hace ya semanas que entregaron a la Universidad Benito Juárez de Oaxaca (UABJO) las instalaciones de Radio Universidad, la última que tuvieron en su poder, y han sido desalojados de todas las barricadas que habían instalado en la ciudad. Más de un centenar de dirigentes, activistas y simpatizantes -además de numerosas personas que no tenían vínculo alguno con el movimiento- se encuentran detenidos a miles de kilómetros de distancia de Oaxaca, en Nayarit, tras ser capturados en redadas en las que se cometió una masiva violación de derechos humanos; otros líderes y miembros de la organización han debido pasar a la clandestinidad ante el riesgo de ser aprehendidos por imputaciones de clara orientación política; por su parte, el gobierno estatal mantiene intacto su aparato de provocación y represión, y sus integrantes involucrados en homicidios, desapariciones y actos de provocación permanecen impunes y actuantes.

La semana pasada las autoridades federales realizaron una mascarada con fines propagandísticos para, supuestamente, poner bajo control a los cuerpos de seguridad locales y detener a los policías oaxaqueños -estatales y municipales- involucrados en asesinatos y otros crímenes graves contra integrantes y simpatizantes de la APPO. En cuanto a Ulises Ruiz, es evidente que ha obtenido el favor y el respaldo activo del gobierno que encabeza Felipe Calderón Hinojosa y que las tácticas de guerra sucia aplicadas por la gubernatura armonizan con la orientación represiva imperante en Los Pinos.

En tales circunstancias, el hecho de que pese a todo la APPO haya logrado movilizar este domingo a unas 15 mil personas, y el que haya realizado una protesta pacífica y disciplinada en una ciudad tomada por cuerpos policiales hostiles y agresivos, constituyen muestras indiscutibles de fortaleza y de arraigo. La marcha de ayer sólo puede explicarse porque, al contrario de lo que afirman los gobernantes del país y de la entidad, este movimiento goza de un respaldo social muy extendido, de una palpable cohesión organizativa y de evidente coherencia política.

El grupo que llegó al poder el primero de diciembre no debe seguir cerrando los ojos ante esta realidad, a menos que esté dispuesto, en su afán por mantener el pacto de mutuo beneficio con Ulises Ruiz -y, con él, un respaldo legislativo incierto y voluble del Partido Revolucionario Institucional- a provocar un incendio de consecuencias incalculables en Oaxaca y también, acaso, en el resto del país. Ese pacto se ha traducido en una embestida contra los derechos humanos que es, también, una negación del derecho a secas. Un gobierno que idolatra la legalidad en el discurso y la quebranta en la práctica -con golpizas, torturas y numerosas vejaciones, en el caso del federal, y con asesinatos y actos incendiarios de provocación, por lo que hace al oaxaqueño- se vuelve moralmente insostenible y políticamente inviable.

Antes que sea demasiado tarde, es preciso liberar a los presos políticos de Oaxaca, poner alto a las violaciones de los derechos humanos, desmantelar a los grupos que ejecutan la guerra sucia en la entidad y reabrir el diálogo con los inconformes. Oaxaca no merece la represión.


Superar el miedo

Julio Hernández López, La Jornada

A pesar de la noche cerrada en que las fuerzas federales y estatales le han sumido, la parte de la sociedad oaxaqueña que ha estado en lucha volvió a salir a las calles a ejercer los derechos civiles que le han tratado de arrebatar. Esa recuperación de derechos fue el primer resultado de la manifestación dominical que explicablemente tuvo menos asistentes que las versiones anteriores -el saldo de miedo posterior a los enfrentamientos del pasado 25 de noviembre-, pero que, sin embargo, volvió a la brega política. A diferencia de las marchas precedentes, la de ayer no tiene su punto de valoración en la cantidad de asistentes -siendo, de cualquier manera, masiva-, sino en la actitud reiterada, terca, indoblegable, de protestar, denunciar, actuar.

Esa reiteración de la vía política -cuando los estrategas de las cañerías insisten en relacionar la resistencia oaxaqueña con opciones armadas, genuinas o hechizas- tuvo además un acento humanitario que ayudó incluso a mitigar los apetitos clientelares de la izquierda electoral, que por primera vez acompañó al movimiento de la APPO. En la primera línea de la caminata fueron colocados los familiares de presos, desaparecidos y muertos políticos de la entidad, y las consignas ya tradicionales contra Ulises Ruiz tuvieron cerrada competencia con las que exigían liberación de detenidos y castigo a quienes retorcieron las leyes para instalar un no declarado estado de excepción en Oaxaca (con extensiones carcelarias a Nayarit y a Tamaulipas).

El número de manifestantes, su talante cuidadosamente pacífico y controlado -nadie con la cara cubierta, ninguna provocación- y el enfoque preferencial a la denuncia de la represión, mostraron a los propios marchistas, y al país entero -en especial al gabinete bonsái y sus ramificaciones en Los Pinos- que el movimiento social oaxaqueño sigue adelante y que no hay ni puede haber solución sin tratamiento político y social (y no con la fórmula policiaca y militar).

Domingo soleado en el que Leonel Cota llegó decidido a instalar al PRD como nuevo ingrediente escenográfico. Dirigentes del partido que nunca antes había asumido compromiso con la lucha de la APPO ahora caminaron en primera fila del segmento reservado para las "personalidades políticas" (atrás de los familiares de ciudadanos alcanzados por la represión). Y, ya en la Plaza de la Danza, donde desembocó la marcha, Cota se convirtió en orador enjundioso que prometió adhesiones, defensas, castigo a infidentes y traidores, solidaridad sin condiciones. Tanta ayuda y compromiso explícitos harán, desde luego, que la dupla PRI-PAN, de por sí macizamente aliada en la defensa de la plaza oaxaqueña, se aferre ahora más a la idea de que Ulises Ruiz continúe en el cargo, pues su eventual caída sería ahora un triunfo capitalizable por los siempre oportunos perredistas (Cota marchó al frente, cuando pudo hacerlo mezclado en el cuerpo de la marcha, y pronunció un discurso pensado esencialmente en proselitismos, que cerró -pero por supuesto- con la mención del "mensaje" especial que Andrés Manuel López Obrador les enviaba a los oaxaqueños). Por fortuna, luego de Cota habló doña Rosario Ibarra de Piedra.

El resurgimiento del ánimo oaxaqueño combatiente -madurado a golpe de represión, cuidadoso ahora de no desbordarse ni permitir aceleres "espontáneos"- es la primera derrota explícita del modelo calderonista de la mano dura. En una primera Decena Trágica, el presidente formal de México ha cometido demasiados errores -el relacionado con los presupuestos de la UNAM y lo cultural, por ejemplo, así como los nombramientos increíblemente equívocos, continuistas y, en algunos casos, aberrantes (como esos que significan el mantenimiento de la línea de política exterior de Luis Ernesto Derbez)-, pero hasta ahora no se ha generado ninguna oposición activa y organizada contra dislates y agravios. Si acaso se va nutriendo una silenciosa convicción colectiva de que los riesgos de la presidencia felipista son aún peores de lo que en una primera visión conformista se suponía. Pero la mayoría de esa gente preocupada por el neofranquismo Chapelén no logra ir más allá de la queja (en buena parte porque el referente político de esa inconformidad, que es López Obrador, sigue empecinado en giras de consolación que insisten en un discurso electoral desgastado y movilizan a la gente para ceremonias de condolencias políticas que no tienen mayor trascendencia estratégica).

Pero en Oaxaca, con dirigentes sujetos a órdenes de aprehensión, centenares de presos trasladados perversamente a cárceles situadas en otras entidades y a muchas horas de distancia, centenares de torturados, desaparecidos y amenazados, y la confabulación criminal de los intereses calderonistas y ulisistas, la gente que lucha en Oaxaca por un cambio de fondo ha decidido volver a salir a las calles, retomar las pancartas y las consignas y demostrar que la lucha política (obviamente pacífica) es el fatigoso pero necesario camino que hay que recorrer. Nunca antes ha habido un movimiento social (ni regional ni nacional) que resista tanto al peso represor del Estado. Lo que suceda en Oaxaca y con la APPO habrá de marcar la ruta y las expectativas de la resistencia popular a los excesos del poder (...)


Nuestra mejor frontera

Hermann Bellinghausen, La Jornada

¿Qué pensar cuando los de arriba devienen obsesivos, fanáticos invocadores del orden, actúan en completo desorden y se disponen a dar el salto mortal que separa "la legalidad", incluso la suya, del "estado de excepción"? Significa que están mal parados. Que el repudio popular que enfrentan es formidable y cada día, más costoso de apagar. Nos echan en cara escuadrones, aprehensiones ilegales, generales y almirantes, tortura normalizada, desapariciones, patadas en la mesa, empleo protonazi de los medios de comunicación (como esa "Radio Ciudadana" que Goebbels heredara a la banda de Ulises Ruiz). Brincan las cercas constitucionales con mucha mayor facilidad que cuando topan gente que resiste, barricadas y plantones.

El gobierno hace famosas cada día más cárceles del país, con ese método de escarmentar en ergástulas horribles, y si lejanas mejor, a los rebeldes de Oaxaca (y otra gente que venía pasando) y Atenco. Tal severidad la exhibían sólo al capturar grandes capos o hermanos incómodos. Qué tiempos aquellos, recientes pero idos. Y estos criminales la pasan en chirona más a gusto que Catarino Pereda, Ignacio del Valle, Jacobo Silva Nogales y los centenares más de presos políticos, quienes bajo la línea de flotación de los derechos humanos adornan las fachadas del régimen calderonista.

El escenario es preocupante, mas también alentador. Una burguesía poderosa y rica como nunca que sin embargo tiembla. La apanica su fragilidad. Cuerpos de hierro, piernas de madera apolillada.

Funcionarios como Francisco Ramírez Acuña, Eduardo Medina Mora, Miguel Angel Yunes o el investigable Juan Carlos Romero Hicks no aprobarían una solicitud de empleo en un país democrático.

Resulta que siempre sí hay clases sociales. Que las de abajo son inocultables, y mayoría. Agraviadas y hartas como nunca. Pareciera más práctico pegarles por separado para dividirlas, o meterles programas "sociales" de doble filo (Oportunidades, Procede y los que inventen), o mediante inducción de alcohol y drogas. Pues si la "chusma" (feliz expresión del ideólogo panista Chespirito) se junta, pegarle se complica. Puede salir una cabeza de Hidra, como en Oaxaca, y todo por no escuchar ni negociar sino traicionar a la manera zedillista (o peor, ulisista: acepto dialogar, y en la puerta de mi despacho te aprehendo y consigno).

No es el México de Díaz Ordaz, repiten muchos. Tampoco el de Zedillo. La sociedad es otra, y la ilegitimidad de los tres poderes sí importa. Prevalece un descontento general, profundo y organizado. El número de mexicanos infelices es mayor que nunca, y el nuevo régimen les garantiza menos educación, cultura, salud, protección legal.

Bienvenido a esta Oaxaca nacional. Allá arriba llegaron al límite. Los de abajo no se detienen ya ante el riesgo, de todos modos están muriendo. Y para mayor inconveniente aman la vida, por eso no les gusta como viven, y eso que saben hacerlo bien con bastante poco, comunitariamente. Saben que se puede.

Para empezar, México es más indígena de lo que se acepta censal, mental, históricamente. Y conforme avanza el siglo XXI se generaliza en el pueblo la experiencia de los indígenas, el sector más lúcido y claro de su mexicanidad. Enseñan a la Nación generosidad, tolerancia, comunalismo. Se encuentran preparados como nadie para resistir y perdurar. ¿Paradoja? Sucede que el sistema económico, el Estado y los medios de comunicación no son democráticos, no lo pueden ser ya, mientras las clases subordinadas se insubordinan porque son democráticas, practican el consenso, la responsabilidad, el bien común, el ejercicio desinteresado de los cargos que reciben. También ellos, y no sólo los depredadores corruptos de arriba, están transformando el país.

El aparato político y económico apesta. El judicial-represivo también. Pero abajo las aguas se mueven. México, el de abajo, anda, sigue andando. Los pueblos resienten el temor a la bota del poderoso y sin embargo no les gana. Están hartos, no desesperados. Son nuestra mejor frontera. Dentro de sus bordes cabe todo lo que México sí es. Las demás "fronteras" son una impostura en favor de quienes se enriquecen explicablemente y nos destruyen.


Oaxaca: la sangre que viene

Ricardo Rocha, El Universal

El gran pintor oaxaqueño y universal Francisco Toledo tiene razón: Oaxaca está al borde de la guerra civil. Y es que sólo estando ahí se puede percibir la descomposición a que ha llegado el actual estado de cosas: enfrentamientos entre la APPO y la PFP; detenciones arbitrarias de sospechosos de ser sospechosos; gavillas pagadas para destruir el patrimonio oaxaqueño y justificar la violencia; consignaciones masivas e ilegales de activistas o gente que pasaba por ahí y que son enviados a prisiones federales de alta seguridad, lejos, muy lejos de su estado; violaciones cotidianas a los derechos humanos mediante agresiones físicas, intimidación y tortura. En suma, el incubamiento de un nuevo capítulo que podría alcanzar dimensiones catastróficas en muertos y sangre.

Hasta ahora, Oaxaca y los oaxaqueños han sido rehenes de las disputas políticas de los grupos que pelean ferozmente por el poder: el todavía gobernador Ulises Ruiz en primer término; los ex gobernadores Carrasco y Murat; los líderes appistas y del magisterio; el propio gobierno federal y los partidos políticos. No hay duda. Pero tampoco la hay de que la misma sociedad oaxaqueña en su gran mayoría está agraviada e irritada. Que la gestación del conflicto no es breve ni nueva, sino que se remonta a más de 70 años de dominación priísta que se ha mantenido a base de corrupción, explotación e injusticias. Que los hechos de los seis meses recientes no sólo son resultado de la implacable guerra por el control del estado, sino de una auténtica manifestación de repudio hacia el hombre que encarna hoy los más execrables hechos del pasado y el presente de Oaxaca.

Lo más grave es que ahora la situación es todavía más amenazante. Porque cada día hay más muertos, desaparecidos, heridos, torturados y exiliados. Incluso, desde la percepción de los rebeldes, ahora también hay mártires. Y esta explosiva combinación propende por desgracia a las vías del ojo por ojo y del todo o nada.

En este marco entrevisté a Flavio Sosa, apenas el pasado lunes 4 en mi noticiario vespertino -ya el único-. Pregunté: -Flavio, ¿tendrás que salir corriendo de esta entrevista? -Probablemente. -Mejor ni decimos desde dónde estamos transmitiendo; hay una orden de aprehensión en contra tuya. -Sí, hay varias órdenes de aprehensión. -¿Qué ha pasado en los días recientes en Oaxaca? -El último mes, en noviembre, hubo un vacío de poder terrible en el país, que lo aprovechó perfectamente Ulises Ruiz. Tenía secuestrado el 1 de diciembre, tenía secuestrada la toma de posesión de Felipe Calderón. Así que él y el PRI pusieron las condiciones. -Ahora la PFP tiene ya tomadas prácticamente las posiciones que ustedes tenían antes. Se han levantado las barricadas. ¿Sienten la batalla perdida? -La batalla no está perdida. Hay un gran respaldo popular. Lo que sí hay también es un estado de sitio en Oaxaca. Tú no puedes caminar en la calle sin que te encuentres un retén, un grupo de policías que te detengan, que te revisen. Para ver si te encuentran algo que tenga que ver con la APPO, por si apareces en la lista, como en los regímenes militares. -¿Tienen pensado ustedes reactivar el diálogo? -Es uno de los objetivos, el traernos a la mesa con la presión durísima sobre nosotros. -Es una posición de debilidad en principio. -Nosotros traemos un mandato. Vamos a flexibilizar nuestra posición en el sentido de que mañana no es la prioridad la salida de Ulises. Vamos sobre el asunto de los presos... lo de Ulises lo seguiremos por los cauces jurídicos, es decir, vía Cámara de Diputados o de Senadores. Pero no vamos a declinar esa demanda.

¿Ya ha habido alguna señal de parte de la Secretaría de Gobernación? -Nosotros entendemos como una señal el que pueda darse el diálogo mañana. Que se platiquen las condiciones de la agenda. Que se garantice la seguridad de todos nosotros. Y si se da un primer paso, yo creo que estamos avanzando.

Nuestro estudio está en Insurgentes Sur 1605. A Flavio Sosa y sus acompañantes los detuvieron 15 minutos después en un taxi a la altura del 1665 y fue llevado a Almoloya. Después hablé con Toledo: -¿Con qué rasgos y colores trazarías y dibujarías la realidad en Oaxaca? -Con el violeta de los moretones de los detenidos. El negro de estos días. Y el rojo de la sangre que viene.


¿Qué orden?

Manuel Camacho Solís [1], El Universal

Vicente Fox heredó el vacío del poder. El nuevo Presidente debía llenarlo. La sociedad quiere orden y apoyará a quien se lo proporcione. Los primeros pasos de Felipe Calderón han sido para ocupar la silla presidencial y para empezar a establecer orden. La pregunta es: ¿de qué orden se trata?

La izquierda mira con creciente sospecha que el gobierno quiera imponer orden mediante la represión. Un cartón de El Fisgón, en La Jornada, resume la percepción dominante: "Aparece Francisco Franco, levantándose de su tumba, para leer el informe sobre las actividades de la primera semana del gobierno de Calderón: represión en Oaxaca; presos y desaparecidos; aprehensión de Flavio Sosa; amenazas a periodistas; recorte en educación y cultura; aumento al Ejército; amenaza de procesar a AMLO; Ramírez acuña a Segob. Ante ese informe, Franco concluye que no está mal para la primera semana".

La derecha está muy contenta precisamente por razones semejantes. Cree tener un Presidente que no estará limitado por el "síndrome del 68" y que, por lo tanto, utilizará la fuerza cuando sea necesario. Cree que no se volverán a repetir los "machetes de Atenco", ni los plantones de Reforma, ni las expresiones duras del movimiento popular de Oaxaca. Consideran que Calderón está resultando incluso mejor de lo que esperaban. La verdad es que el establecimiento del orden no está resuelto. La derecha hace cuentas alegres si supone que, sin consecuencias, podrán utilizar la fuerza en contra de la izquierda y la inconformidad social. La fuerza da resultado en el corto plazo, pero no garantiza que no habrá reacciones posteriores, ni que ese estilo sea sostenible sin dosis crecientes de represión. Quienes apuestan a la represión no saben de lo que están hablando. Si en cualquier situación su utilización conlleva los mayores riesgos, en una sociedad dividida, la represión es aún más peligrosa.

El presidente Calderón y su secretario de Gobernación necesitan precisamente lo contrario. Ganar autoridad sin recurrir a la represión. Pero no se gana autoridad con un gobierno faccioso, ni con uno que sea duro con los débiles y blando con los poderosos. Se gana cuando la autoridad se pone por encima de las partes, toma decisiones imparciales y sirve al interés general.

El gobierno ganará autoridad en la medida en la que demuestre dignidad y autonomía frente a los poderes fácticos. Cuando aprenda a decirles: ¡eso no! Lo otro, mandar detener a Flavio Sosa y hacerlo cuando se le había dicho a la APPO que habría diálogo, no es una muestra de pericia ni de fuerza.

En términos de autoridad política verdadera, todavía no se ve nada. Los intereses lograron cambios en el gabinete que los favorecen. Todos están tranquilos, pues se saben impunes. Saben que contarán con el Presidente para proteger sus mercados y sus privilegios. Se saben en ventaja: la principal es que ya midieron al Presidente. Saben que él se percibe a sí mismo como débil para emprender cualquier reforma de fondo, pues considera no tener el suficiente capital político. Felipe Calderón ha logrado su primer objetivo: sentarse. Ha estado tomando decisiones que llenen el vacío de poder que heredó. Lo uno y lo otro lo tenía que hacer. Pero si persiste en apretar sólo de un lado, rápidamente se meterá en un tobogán en el que él dejará de conducir el proceso. Tendrá que servir a intereses crudos que lo acompañarán mientras les convenga.

El orden duro no funciona. Basta echar un vistazo a las consecuencias desastrosas para Estados Unidos que está significando su intervención en Irak (el proyecto de la ultraderecha que festinaba después de la entrada de las tropas a Bagdad, como si todo estuviera resuelto), para recordar la tesis clásica: un gobierno necesita para sobrevivir de eficacia y legitimidad, pero si tuviera que prescindir de una de las dos, debería quedarse con la legitimidad.

El de Felipe Calderón es un gobierno con un problema de legitimidad. Su peor error sería concluir que no la necesita. Que con sólo decidirse a meter un orden duro, podrá gobernar. No es así.

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  • [1Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista

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