FT-CI

Análisis y opinión - Diarios de México

20/11/2006

Aportes

Carlos Fazio, La Jornada

Dictadura, dice el diccionario, es el "Gobierno que, invocando el interés público, se ejerce fuera de las leyes constitutivas del país". Los diccionarios no marchan siempre a la par con la semántica; los hechos no se compadecen con las palabras. En Oaxaca, por ejemplo, la población está sometida a una virtual dictadura estatal. El Ejecutivo oaxaqueño, encarnado por el gobernador Ulises Ruiz, simboliza un poder autoritario, clasista, corrupto, corporativo, racista y caciquil que, carente de toda legitimidad, utiliza los medios represivos a su alcance, transgrede la paz social y agudiza la violencia y el desgobierno en todos los ámbitos y niveles sociales.

Apoyado a nivel federal por el presidente Vicente Fox, su sucesor espurio Felipe Calderón y el Partido Acción Nacional (PAN), el sátrapa Ruiz, con el aval de su partido, el Revolucionario Institucional (PRI) y con aliados en el poder empresarial, ha establecido un régimen represivo que practica la tortura, la desaparición forzosa y el asesinato de opositores, vía la acción violenta de grupos paramilitares y sicarios a sueldo como componentes básicos de una guerra sucia típica del terrorismo de Estado. Con el respaldo de la Policía Federal Preventiva -que actúa como ejército de ocupación en su propio país- se mantiene en el poder mediante leyes de excepción, en un virtual Estado de sitio.

En la coyuntura, Oaxaca exhibe la crisis del sistema de dominación en México, incluidas sus instituciones, que responden a los intereses de la clase en el poder. Se trata de una crisis nacional, donde se está cuestionando todo un sistema económico, político, jurídico y social, que, basado en la superexplotación, el saqueo, la corrupción, la impunidad, el fraude electoral y la antidemocracia, sólo puede mantenerse en el poder mediante la represión.

Frente a ese estado de cosas, hace cinco meses surgió la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) como un embrión de poder popular que se ha ido transformando de manera acelerada de un modelo de organización inicialmente defensivo en una propuesta orgánica de tipo horizontal y asamblearia, donde, con eje en una amplia política de alianzas y órganos de dirección colectiva, se practica la democracia directa. Se trata de un movimiento plural y diverso, participativo, autonómico, autogestionario, que, a partir de una fecunda resistencia civil en los plantones y las barricadas, se ha ido autodeterminando y ciudadanizando en el ejercicio concreto de la soberanía popular. Pero expresa, a la vez, el resultado de un largo proceso de acumulación de fuerza producto de las luchas comunales, regionales y sectoriales que se han venido registrando en el territorio oaxaqueño.

Como un escalón más en ese proceso de lucha, en su congreso constitutivo, los días 10, 11 y 12 de noviembre, la APPO decidió transformar la revuelta popular en una revolución pacífica, democrática y humanista. También definió el carácter antimperialista, anticapitalista y antifascista del movimiento. Si bien sus objetivos inmediatos son la caída de Ruiz, el cese de la represión y la salida de la PFP del estado, al mismo tiempo, se plantea impulsar la transformación profunda y transversal del actual régimen autoritario para generar un nuevo pacto social y las reformas necesarias que permitan transformar las instituciones y sentar las bases para la creación de una asamblea constituyente que elabore una nueva Carta Magna bajo la premisa de la transparencia, la rendición de cuentas y la revocación del mandato.

Conviene tomar en cuenta que la estrategia de poder de la plutocracia y sus aliados es impedir una revolución popular y cualquier cambio, por pequeño que sea, que amenace los resortes básicos de su dominación. El continuismo en el plano económico no puede separarse del continuismo en el plano político, aunque cambien las tácticas que se emplean dentro de la misma estrategia de poder. Tácticas que se resumen en desmovilizar y dividir al movimiento popular, para imponer la política económica sin recurrir, en lo posible, al ejercicio abierto y continuado de la violencia. La violencia reaparece cuando un conflicto social o sindical ataca dicha política, y recrudece cuando el ataque afecta a los instrumentos del poder. Verbigracia, Sicartsa, Atenco y Oaxaca. En esos casos la clase dominante se olvida por completo del marco de legalidad que impuso.

No hay que confundir gobierno con poder. Tampoco ignorar que lo más probable será que la oligarquía se oponga por la violencia a los cambios que Oaxaca y el país requieren. A medida que el pueblo profundice sus objetivos y radicalice sus movilizaciones, los señores del dinero irán aumentando la violencia de la represión. Es un proceso determinado por el ascenso en la combatividad de las masas y la inseparable escalada represiva. Un proceso de cambio radical es siempre un ininterrumpido proceso de acumulación. Dada la actual correlación de fuerzas, la tarea y la táctica principal es seguir acumulando fuerzas políticas y sociales, no en la pasividad, sino en el combate, generando a la vez conciencia política, impulsando formas de organización basadas en la solidaridad y la participación para la defensa de los intereses del pueblo, auspiciando direcciones colectivas. Esas formas organizativas constituyen gérmenes de poder popular, como los que existen en las autonomías zapatistas y los que se están forjando en la comuna de Oaxaca. En una etapa cualitativamente superior, de doble poder, la multiplicidad de gérmenes complementados por una conducción política posibilitará la conformación de un polo opuesto al del actual Estado plutocrático y estará cerca, entonces, la posibilidad de construir una república democrática y humanista como la que desean millones de mexicanos. Sólo entonces habrá patria para todos.


El acertijo APPO

Gustavo Esteva, La Jornada

El 17 de noviembre, a las tres de la tarde, una mujer de 48 años sufrió abuso sexual en el zócalo de Oaxaca, convertido en cuartel de la Policía Federal Preventiva (PFP). Cuando se retiraba, humillada y ofendida, le dijeron burlonamente: "puedes ir a Derechos Humanos; nos vale". Mostraron el mismo desprecio que su jefe, el secretario de Seguridad Pública, ante las recomendaciones de la Comisión Nacional de Derechos Humanos por lo que hicieron en Atenco.

En la ciudad ocupada, esos policías cometen cotidianamente toda clase de abusos, mientras delincuentes y sicarios de Ulises Ruiz se pasean con impunidad. El presidente del Congreso local, que solicitó las fuerzas públicas federales para restablecer el "estado de derecho", felicitó públicamente a una radio pirata que día y noche incita a la violencia contra la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), estimula la guerra civil y celebra descaradamente a Ulises Ruiz, protegida por la misma agencia que interfiere las transmisiones de Radio Universidad.

Fue una hazaña peculiar celebrar con éxito, en esas condiciones, el congreso constitutivo de la APPO. Produjo en libertad sus estatutos, declaración de principios y plan de acción y creó una instancia de coordinación de 260 miembros. Sus acuerdos comenzaron a circular 48 horas después de terminado el acto. No es poca cosa.

El lenguaje de la APPO contribuye a la confusión que causa su novedad. Sirve vino nuevo en odres viejos. No tiene aún las palabras apropiadas para sus innovaciones. Por ejemplo: se empezó a constituir el 20 de junio, sufrió varias mutaciones constitutivas y sigue en pleno proceso de constitución. ¿Cuál fue entonces el carácter de su congreso constitutivo?

La APPO es una iniciativa política del pueblo oaxaqueño que se constituyó a sí mismo como protagonista principal de la vida política de Oaxaca y se expresó organizativamente como asamblea. La iniciativa tomó en el camino formas de revuelta y rebelión, hasta cristalizar en un movimiento social y político de nuevo cuño. Nacido a ras de tierra, desde las entrañas más hondas de la sociedad oaxaqueña, expresó un descontento tan antiguo como general, que encontró en Ulises Ruiz un emblema eficaz de todo lo que quiere cambiar. Guiado por un vigoroso impulso de transformación, se orienta a crear una nueva sociedad y trae al mundo, en medio del ambiente políticamente enrarecido, un viento alegre y fresco de cambio radical.

Frente a las agresiones y provocaciones de los poderes constituidos, la APPO ha reaccionado con un espíritu de no violencia, que define su vocación central, y el enorme ingenio y valor de la gente. Necesita ahora algo más: la capacidad de concertar la acción de sus innumerables componentes para llevar adelante su empeño transformador. ¿Cómo dar coherencia y articulación a su inmensa diversidad? ¿Cómo dotarla de una organización apropiada al calor de la lucha, en medio de la brega cotidiana, cuando no ha transcurrido aún tiempo suficiente para que el movimiento madure en el mutuo conocimiento y en el acotamiento del camino a seguir? ¿Cómo evitar los vicios habituales de la izquierda, con su capacidad de dividirse y su propensión a llevar siempre agua al propio molino ideológico o político, sacrificando al conjunto? ¿Cómo evitar el riesgo de que el recipiente organizativo resulte rígido o cerrado, en términos ideológicos u operativos, y el movimiento lo desborde de inmediato?

A pesar de los riesgos era indispensable intentarlo. Las presiones externas provocaban dispersión y desconcierto. La coordinación provisional de 30 personas, nacida cuando aún predominaba el espíritu de revuelta, no daba ya más de sí.

El congreso de la APPO enfrentó brillantemente todos estos riesgos. Creó una organización flexible y abierta, capaz de articular y vertebrar los empeños colectivos sin pretender controlar las múltiples autonomías que la forman. Retiene su vitalidad y sus impulsos creativos, que siguen apelando a la imaginación sociológica y política para dar cauce apropiado a esos impulsos.

Enfrenta ahora un nuevo desafío. Obligada a crear o extender alianzas con otras organizaciones, a escala nacional e internacional, tendrá que hacerlo con quienes por su carácter y estilo de organización constituyen su reverso, como AMLO y el PRD. A pesar de múltiples coincidencias, serán como agua y aceite. Deberán aprender a estar juntos, pero no revueltos.

La APPO tiene sobrada capacidad para enfrentar este reto. Nació en la pluralidad. Su mérito principal es quizá haber sabido aglutinar ímpetus tan diversos como los que la formaron. Es por ello, acaso, anticipo eficaz del mundo que quiere crear: un mundo en que quepan muchos mundos, como dicen los zapatistas.


Oaxaca: borrón y cuenta nueva

Ricardo Alemán, El Universal

Parece que Ulises Ruiz, el aún gobernador, habría salvado el cuello, remontado la crisis de gobernabilidad, y se pasea tan campante, como si nada

De manera repentina la crisis política, social y económica que vive Oaxaca pasó a un segundo plano no sólo en las prioridades mediáticas, sino de la agenda política nacional. Oaxaca salió de las pantallas, de las primeras planas y hasta dejó de ser un problema para los estrategas del gobierno y del presidente electo, en el diseño de los escenarios para salvar el precipicio que significa el 1 de diciembre, la toma de posesión de Felipe Calderón y la protesta, ante el Congreso, como presidente constitucional.

La otrora rijosa Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) parece un fantasma de lo que fue hace unos cuantos días, y salvo acciones esporádicas -de grupos ultrarradicales que insisten en la violencia política y física-, se ha producido un notable repliegue de los appistas, quienes de manera repentina olvidaron las emblemáticas causas de los pobres y los desposeídos, por las que decían entregar la vida, y escondieron la cabeza en entendible estrategia de negociación político-económica.

Bueno, hasta parece que el señor Ulises Ruiz, el aún gobernador formal, habría salvado el cuello, remontado la crisis política, de gobernabilidad y legitimidad que enfrentó, y se pasea tan campante, como si nada, en eventos en donde grupos religiosos y chamanes invocan su buena fortuna y le auguran fortaleza en su gestión. Y el señor Ruiz hasta se atreve a declarar que no hay fuerza terrenal capaz de quitarle el poder, "porque sólo el Señor es quien da y quita el poder". Conclusión brillante, retadora, que por lo menos mereció una respuesta contundente de sectores católicos. El señor Ruiz es un cínico.

¿Qué está pasando en Oaxaca? Pues resulta que contra lo que muchos auguraban, lo que suponían propios y extraños, el señor Carlos Abascal -al que no pocos motejan como Monseñor por sus públicas inclinaciones religiosas- finalmente le encontró la cuadratura al círculo. ¿Y adivinen qué? Sí, se confirmó la sabiduría del refranero popular: "Con dinero baila el perro". El dulce tintineo de las monedas -muchas más de 30, por supuesto- hicieron el milagro. Los señores de la APPO, esos cuya ferocidad impactaba en primeras planas y en imágenes televisivas, que recurrieron a medidas extremas, de violencia física, chantaje político; al reto abierto al Estado, a la ocupación ilegal de instalaciones privadas, que se vieron envueltos en delitos graves y hasta presuntos crímenes, al final de cuentas doblaron las manos por un puñado, nada despreciable, de monedas.

Y con el tiempo se confirmó que algunos de los más corpulentos liderazgos, como el de Flavio Sosa, no eran más que depuradas expresiones de lo más corrupto del viejo sistema político. La ex candidata presidencial Patricia Mercado se encargó de revelar, a todo el que quisiera saberlo, que Sosa no es más que un vividor de la política, un porro que pone, al servicio del que pague lo suficiente, en monetario o con el cacao de la política, sus servicios de agitador social, de reventador de asambleas, reuniones partidistas, encuentros gremiales o, si es necesario, gobiernos estatales.

Sosa prestó sus servicios de agitador profesional, lo mismo al PRD y su corriente de Los Chuchos, que a las causas del Partido Convergencia, que al ex gobernador José Murat, y hasta operó una buena parte de la campaña presidencial de Roberto Madrazo. Ese ejemplo de la congruencia política, de la solidez ideológica, de la lucha por los que muy poco o nada tienen, al final de cuentas decidió que ya había sido suficiente, que corría el riesgo de parar en prisión -y por eso corrió a ocultarse en las faldas negras, en donde al final no tuvo cabida-, y junto con otros líderes de la APPO decidió negociar. ¿Cual fue el acuerdo? El único posible, el restablecimiento de esos caudalosos ríos de dinero que, en el fondo, fueron el origen del diferendo.

El conflicto en Oaxaca, como todos saben, se inició por un reclamo salarial del magisterio. Pero ese sólo fue un pretexto utilizado por líderes como Flavio Sosa, entre muchos otros, que crearon la APPO, que se vincularon con grupos radicales emparentados con el EPR, y decidieron la defensa violenta de sus privilegios. Ulises Ruiz había "levantado la canasta" de recursos a un puñado de organizaciones que, a cambio de dinero, garantizaban la paz y la estabilidad. Y luego de seis meses de barricadas, bombas molotov, violencia y muerte, de un virtual levantamiento social, todo regresará a la normalidad, porque los ríos de dinero se restablecerán.

Antes se había garantizado otro caudal de dinero público al magisterio, que hizo posible el otro milagro; desvincular a la APPO de los maestros y el regreso a clases. Y por supuesto que el pacto para que la normalidad llegue a Oaxaca no incluyó la caída del gobernador Ulises Ruiz, pero sí la impunidad de los líderes appistas, quienes a pesar de tener responsabilidad en por lo menos 15 muertes, en la ruina económica de Oaxaca, en el criminal retraso educativo, y en la quiebra de cientos de empresarios y pequeños comerciantes, se pasearán por Oaxaca como si nada. Chulada de democracia. ¿O no?


En busca de la competitividad

Editorial, El Universal

A 11 días de que el gobierno cambie, el viernes 1 de diciembre, México está notoriamente en desventaja en la muy competida escena mundial y requiere con urgencia de acciones decisivas para recuperar su sitio.

La situación se hace evidente en una visión panorámica que en su último número publica la revista británica The Economist, pero además lo vemos diafanamente en la realidad cotidiana.

Enfrentamos un cúmulo de problemas surgidos o agravados por la destitución del Partido Revolucionario Institucional, que no conllevó la modificación de una estructura de la que era pieza principal, junto con la Presidencia de la República.

En este aniversario de una Revolución que hizo contribuciones sustantivas, hay que reconocer que terminó su ciclo y ha sido superada por nuevas realidades. La disyuntiva es emprender reformas económicas de fondo y ajustes al sistema político vigente, o correr el riesgo de un retroceso.

Asia nos gana mercados y empleos. Cerca de casa Chile avanza a ritmo consistente mientras nosotros, sin ver hacia fuera, persistimos en discusiones mezquinas que ni siquiera nos permiten combatir con eficacia el narcotráfico, atender nuestras necesidades educativas, ensamblar buenos servicios médicos y de pensiones, reformar nuestro sistema fiscal y liberar a nuestras empresas energéticas antes de que comencemos a importar crudo.

El presidente Vicente Fox rompió marcas con sus viajes al extranjero, pero lejos de traducirse en mejor política exterior, brilló por sus diferencias con Fidel Castro, Hugo Chávez y Néstor Kirchner. Hasta con su amigo el presidente George W. Bush, ranchero y amante de las botas de campo como él, fracasó, por no advertir que la buena relación con Estados Unidos pasa también por el Congreso y los medios de comunicación.

El descuido de la política interna nos enfrenta hoy a la amenaza del entorpecimiento de la ceremonia de transmisión del Poder Ejecutivo y, hoy, a otra toma de protesta de quien sigue sin aceptar el resultado electoral.

Siete de las naciones más ricas del mundo han recomendado a sus ciudadanos que se abstengan de venir a un país que no puede garantizarles seguridad ni justicia, en una muestra de la preocupación sobre lo que aquí ocurre.

Nuestras fallas e ineficiencias nos están marginando de la región del mundo que crece con mayor rapidez, y si todavía flotamos es por dos factores exógenos: las remesas de los trabajadores migratorios, que este año llegarán a los 24 mil millones de dólares, y el aumento temporal en el precio del petróleo.

A todo esto se agrega la excesiva rigidez de nuestras leyes laborales, hechas para obtener preeminencia política sobre los trabajadores, y que ahora son, por los abusos generados, insoportables para los empresarios y un obstáculo para la inversión. La regulación debe homologarse a la tendencia mundial.

Aquí padecemos las malformaciones de un sindicalismo que ha impuesto sus privilegios por encima del interés nacional, y que para subsistir debe moderar sus apetitos económicos y políticos.

La revisión seria de este fenómeno es vital y oportuna a la luz del cambio de sexenio.


Opción legítima

Julio Hernández López, La Jornada

La crisis derivada del fraude electoral entra hoy en una nueva etapa. Andrés Manuel López Obrador habrá sobrevivido -al tomar posesión hoy de un cargo que en realidad es un compromiso de lucha- a la brutal embestida mediática y política que en su contra organizaron los principales autores, ejecutores y beneficiarios del citado fraude. Al llegar hoy el movimiento de resistencia civil pacífica a una etapa de cierta institucionalización -nombrar a un presidente que a ojos de sus seguidores es legítimo-, ese movimiento habrá sorteado la difícil fase poselectoral -un desierto diseñado para que nadie saliera vivo- y estará instalando sus nuevos cuarteles de guerra para continuar en mejores condiciones la lucha contra la usurpación.

La bitácora de la lucha lopezobradorista registra, desde luego, desgastes y contradicciones. La densa campaña propagandística contra el tabasqueño, el PRD y la coalición, ahora convertida en frente, ha tenido éxito en sectores que fincaban su adhesión en las posibilidades de un triunfo sexenal y que a la hora del fraude han sufrido en carne viva las consecuencias del odio y la discriminación sociales y raciales. Pero también desde el propio flanco lopezobradorista se han cometido errores trascendentes, como el de seguir privilegiando la visión electoral en lugar de vincular la lucha por la defensa del voto con movimientos sociales como el oaxaqueño (mal y tarde se ha dado el reacomodo del PRD y de AMLO en ese terreno). No ha habido, además, una producción teórica a la altura de los agravios recibidos, que explique, más allá de los clichés discursivos y de la elaboración verbal insustancial, lo que está sucediendo en el país y que dé rumbo a los seguidores de esa izquierda electoral. Conceptualmente desatendida, atada aún a la figura individual del líder, y expuesta a la feroz crítica y burla de los segmentos oficialmente triunfadores, la masa lopezobradorista ha logrado mantenerse con vida pública solamente porque es profunda e imborrable la doble convicción de que hubo fraude electoral y de que el resultado de ese delito patrio ha sido la imposición de un débil personaje que causará gravísimos problemas a la nación.

Dada la terrible descomposición del país, hubiera parecido altamente improbable que una opción de lucha como la que representa López Obrador pudiera seguir adelante e incluso ofreciera una figura de audacia extrema como es la llamada presidencia legítima. El país se le cae a pedazos a Vicente Fox, pero ni siquiera es porque el sucesor en trámite estuviese tomando los hilos del poder y en esa transición entendible se produjeran aberraciones. No. Lo que sucede es que la derecha gobernante -el foxismo y el calderonismo- sigue sin entender que México cambió a partir del fraude electoral y que las cantaletas de la institucionalidad y el respeto al estado de derecho -entre otras- forman parte de un catálogo descontinuado con el que no tiene sentido diseñar soluciones ni en el presente ni para el futuro.

En ese desarreglo de la óptica política, a los detentadores del poder de las cúpulas les parece excéntrico e incluso caricatural -o les conviene hacer como que les parece- que una forma de presidir la República pueda ser instalada a voluntad de ciudadanos que desconocen la formalidad jurídica y prefieren sustentarse en la fuerza de sus convicciones. Aferrados a las viejas formas de entender y hacer política, los estrategas del régimen de complicidades PRI-PAN volcaron la mayor parte de su capacidad de exterminio en el tramo poselectoral, desatando metralla verbal a través de los principales medios electrónicos, para tratar de cerrar la pinza de descalificación extrema que comenzó tachando a AMLO de peligro para México y ahora pretende convertir toda crítica o disidencia en un riesgo similar.

Pero no ha sido suficiente el reino de las percepciones. A pesar de todas las cortinas de humo y de los humos alucinógenos de la manipulación electrónica, la realidad política sigue a la vista. El Congreso de la Unión está en estos momentos bajo control de la policía militar, en un segundo golpe de Estado light que va teniendo más descaro, como si la repetición de la ignominia fuese haciendo a los espectadores más proclives a aceptar sin protesta esas violaciones legales. En Oaxaca, los miles de soldados-policías allí acantonados usaron ayer el chorro de agua de sus tanquetas y el gas pimienta para enfrentar a mujeres que protestaban por los abusos, sobre todo de tipo sexual, que esas tropas han comenzado a cometer. Y en Michoacán un operativo policial de rescate, del que se echan la bolita los fueros federal y estatal, causó la muerte de la mitad de los rehenes. En Veracruz, por su parte, el llamado Cacique del sur, Cirilo Vázquez Lagunes, de riqueza y negocios siempre bajo sospecha, pondrá a los tres principales partidos en el dilema de enviar o no coronas de flores, pues en el reino del oportunismo ese cacique fue aprovechado sucesivamente por el PRI, el PAN y la coalición Por el Bien de Todos.

En ese contexto de putrefacción extendida hoy será posible extender el plazo de vigencia de una esperanza social de cambios pacíficos. En su desesperación ciega, el panismo y sus aliados extranjeros -la derecha española y las trasnacionales con sede en Estados Unidos- cometieron cuanta tropelía fue necesaria para impedir que electoralmente llegara al poder un hombre de izquierda tenue que sin embargo les parecía un monstruo inadmisible. Ese fraude electoral -y su acompañante designado, la manipulación mediática- no tiene salida pacífica, porque al negar el derecho popular a elegir opciones de gobierno, esos factores de poder están empujando a los segmentos sin expectativas a buscar caminos violentos. Nuevamente, aunque esos mismos factores de poder no lo entiendan, López Obrador abre una posibilidad de rencauzamiento institucional, irónicamente con una medida que a los golpistas les parece poco institucional: la presidencia legítima será una opción de lucha, una posibilidad de organizar en términos políticos a una corriente social hoy replegada, dolida y maltratada. Esa opción irónica se podría convertir en la única salida incruenta a la crisis generada por el fraude electoral.


El símbolo y su importancia

Leonardo Curzio, El Universal

La protesta presidencial es en efecto un ritual, pero no puede obviarse sin incurrir en costos. No es verdad que los rituales sean siempre prescindibles; la majestuosidad del poder es hija de ellos, de hecho no hay poder que no se sostenga en símbolos. Si no fuese así, López Obrador no haría su ceremonia de autoproclamación, ni hubiera elegido un águila juarista como estandarte; bastaría con ejercer su cargo desde el mismo día que se lo autoconfirió, y tener una sábana como bandera.

Las repúblicas se nutren de los símbolos civiles, construyen su religión cívica y se mantienen por la virtud de sus ciudadanos. Es verdad que las ceremonias no son todo, pero son un momento de solemnidad para aglutinar a la comunidad en torno a los valores de la República.

A diferencia de los regímenes parlamentarios en los que la investidura del jefe de gobierno proviene de las mayorías partidistas, en el presidencial la legitimidad no la otorgan los diputados, sino el soberano. La contradicción de los sistemas presidencialistas es que dos poderes son producto de la voluntad mayoritaria de los ciudadanos.

La protesta ante el Congreso no es un acto faraónico que humille la dignidad de los legisladores. Es, por el contrario, un acto republicano, contemplado en la ley y, en estricto sentido, es el momento en el cual el presidente con legitimidad propia, protesta ante la representación nacional, confiriendo así una centralidad al Legislativo que éste, por supuesto, no acaba de asumir.

Un desaire inicial complicaría el arranque de Felipe Calderón, pero a la larga podría llevarlo a no poner en todo su sexenio un pie en San Lázaro. La miopía que caracteriza en estas semanas al PRD, lo lleva a creer que impedir su protesta es un desprecio al presidente, cosa que sin duda es, pero la humillación de hoy puede ser la arrogancia de mañana.

El gesto catártico puede dar pábulo a tendencias personalistas similares a las descritas bajo la categoría de las democracias delegativas que procrearon personajes como Menem y Fujimori, que decretaron, con el apoyo de una opinión pública harta de la politiquería, que el Congreso era un estorbo.

Si el juego institucional se devalúa y una buena parte de la opinión pública considera que el Legislativo es un circo de pasiones mal disimuladas, ¿cómo vamos a construir una democracia balanceada?

Más allá de agravios partidistas, los legisladores ya integran un poder del Estado y como tal deben comportarse. Es mejor marcar desde el inicio el juego de equilibrios y esperar un talante de diálogo con las fuerzas políticas y no fomentar que tras el desaire el presidente se refugie en las amplias capacidades que conserva e intente gobernar sin tomar a la izquierda en cuenta.

Las instituciones no son más que conductas que permanecen y los rituales son los que les dan solemnidad y lustre. Si devaluamos el protocolo republicano, quien más pierde en dignidad y en capacidad de influir es el Congreso.

Creo, por lo tanto, que por la propia salud del Congreso y sus integrantes, Felipe Calderón debe rendir, como es de ley, protesta ante el Congreso en pleno, pues el poder anfitrión tiene la representación efectiva de toda la nación.

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