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Acuerdo entre Estados Unidos e Irán. ¿Unidos por el espanto?

03/12/2013

Acuerdo entre Estados Unidos e Irán. ¿Unidos por el espanto?

En las primeras horas del 24 de noviembre se anunciaba en Ginebra el acuerdo entre Irán y el llamado grupo P5 +1 (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas –Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, China y Rusia-, más Alemania). Según los términos de este acuerdo, que se viene negociando secretamente bajo la dirección del gobierno norteamericano desde hace meses, Irán aceptó congelar su programa nuclear de enriquecimiento de uranio al 20% (para uso militar) durante 6 meses, a cambio de lo cual las potencias occidentales suspenden parcialmente algunas de las sanciones económicas, por un monto que apenas llega a 7.000 millones de dólares, este alivio también permite de manera limitada ampliar la operatividad de la industria automotriz, uno de los principales empleadores del país. Esto es algo todavía menor si se tiene en cuenta que estas sanciones redujeron a la mitad la producción de petróleo y congelaron alrededor de U$ 80.000 millones que Irán tiene depositados en el sistema bancario internacional, aunque tiene un gran valor simbólico para el régimen que ya está empezando a buscar inversiones extranjeras. Una vez concluido los 6 meses de vigencia de este acuerdo interino, que será supervisado por inspecciones de Naciones Unidas, se abrirían las negociaciones para establecer un acuerdo final sobre el programa nuclear iraní.

La gran mayoría de los medios occidentales saludaron el acuerdo, incluso comparándolo con el acuerdo entre Nixon y Mao Tse Tung en 1972 qu alineó a China con Estados Unidos en contra de la Unión Soviética. Muchos alientan expectativas sobre cambios geopolíticos de largo alcance, partiendo de una “normalización” de las relaciones entre Estados Unidos e Irán, interrumpidas desde la revolución de 1979, lo que facilitaría, por ejemplo, la salida norteamericana de Afganistán, o llegar a una resolución negociada de la guerra civil en Siria. Sin embargo, aunque el acuerdo puede ser un avance en ese sentido, difícilmente cierre las profundas contradicciones regionales que se alimentan de la derrota norteamericana en Irak y Afganistán y del estallido de la “Primavera Árabe”.

Ganadores y perdedores

Aunque el resultado final es incierto, en una primera lectura el texto del acuerdo es lo suficientemente ambiguo para que tanto Estados Unidos y sus aliados occidentales como Irán reclamen victoria.

Los grandes derrotados de este primer round diplomático son el Estado de Israel y Arabia Saudita que venían presionando para que el gobierno de Obama endureciera la política hacia Irán, lo que incluía acciones militares, en función no solo de detener el avance nuclear sino sobre todo de limitar la expansión de la influencia iraní en el Medio Oriente. Para la seguridad de Israel, es de primer orden que Irán no acceda al armamento nuclear. Para Arabia Saudita la proyección de poderío regional de Irán podría alentar a las minorías shiitas, como en Bahrein o en su propio territorio en la Provincia del Este donde se concentra la industria petrolera.

El primer ministro israelí B. Netanyahu explícitamente rechazó el acuerdo y la calificó de “error histórico” mientras que la monarquía saudita fue más cauta. Sin embargo, más allá de las muestras de descontento ni Israel ni la casa Saud pueden prescindir de la alianza estratégica con Estados Unidos.

Obama pretende presentar la negociación como triunfo de su política diplomática, basada fundamentalmente en la presión de las sanciones económicas y una cada vez menos creíble amenaza militar. El régimen de los ayatolás, bajo el nuevo presidente Hassan Rouhani, accedió a negociar y a hacer concesiones, algo que parecía muy poco probable con M. Ahmadinejad. Irán estará someitdo a un estricto régimen de supervisión de la ONU que monitoreará el cumplimiento de los compromisos asumidos. En el peor de los casos, si no se llega a un acuerdo final, dicen los funcionarios de la administración demócrata y la tendencia “realista” de la política exterior norteamericana, se habrá ganado tiempo retrasando la posibilidad de que Irán desarrolle armamento nuclear. Además, las empresas norteamericanas podrán entrar en el jugoso negocio del petróleo iraní. Por esto el grueso de la burguesía norteamericana apoya el trato, aunque el lobby sionista seguramente conseguirá expresar su oposición en el Congreso.

El régimen iraní también puede reivindicar no haber entregado su soberanía al “Graan Satán” en un acuerdo humillante. En última instancia, y a pesar de haber recrudecido el régimen de sanciones, las concesiones realizadas son menores incluso que las ofrecidas en la última negociación fallida de 2005, y el acuerdo reconoce implícitamente el “derecho a enriquecer uranio”. Efectivamente, más allá de las declaraciones de J. Kerry, el texto plantea que “una solución abarcadora implicará un programa de enriquecimiento mutuamente definido y con parámetros mutuamente acordados”. El gobierno iraní alega que las medidas son reversibles, ya que en esta primera etapa no se exige el desmantelamiento de ningún reactor nuclear. A cambio, Irán consigue aliviar las sanciones que están hundiendo su economía lo que plantea un escenario social convulsivo para un régimen desgastado y con una fuerte oposición social.

Un acuerdo posible por la debilidad norteamericana y la crisis del régimen iraní

Más allá de los gestos diplomáticos y de su valor simbólico, el acuerdo es un producto más bien de la debilidad que de la fortaleza de los actores involucrados.
Desde el punto de vista de Estados Unidos, es un reconocimiento explícito por parte del gobierno de Obama de la incapacidad de imponer su política por la fuerza. Los resultados desastrosos y onerosos de las guerras y ocupaciones militares en Irak y Afganistán, como parte de la guerra contral el terrorismo, hicieron altamente impopular las intervenciones militares entre la población norteamericana. La administración Obama si bien escaló la guerra en Afganistán para tratar de evitar una derrota, en el resto de los frentes abiertos por Bush buscó replegar el poderío militar y perseguir sus objetivos a través de métodos, como los ataques con drones (aviones no piloteados) que disminuyen el riesgo de bajas propias. Esto responde también a un giro estratégico en la política exterior de reconcentrar los esfuerzos norteamericanos en la región del Asia Pacífico para contener el avance de China.
Este giro llevó a que Estados Unidos tomara un papel discreto en la intervención de la OTAN en Libia, aunque manteniendo el liderazgo político y militar. Y más recientemente, que Obama retrocediera de lanzar un ataque militar contra el régimen sirio de Bashar al Assad como medida punitiva por el supuesto uso de armas químicas contra la población civil. Ante una segura derrota en el Congreso nacional, como ya le había sucedido a su aliado, el primer ministro británico Cameron, el presidente norteamericano terminó aceptando la “solución rusa” de controlar la destrucción de los arsenales químicos por parte de Assad para salir del atolladero.
Desde el punto de vista de Irán la situación es también contradictoria. Como producto del derrocamiento de Saddam Hussein por parte de Estados Unidos y del ascenso de la mayoría shiita al centro del poder en Irak, Irán fortaleció su posición como potencia regional, basada en un sistema de alianzas que incluyen, además del gobierno iraquí, al régimen sirio, la milicia libanesa Hezbollah (fortalecida tras haber derrotado al ejército sionista en la guerra del Líbano de 2006) y a Hamas en los territorios palestinos. Esta relativa fortaleza geopolítica, además de que se trata de uno de los principales países de la región con 75 millones de habitantes, desalentó la acción miitar ofensiva de Estados Unidos, ya implicado en dos guerras. Sin embargo, la contracara de esta situación novedosa es la crisis económica y una fractura social irremontable entre el régimen conservador de los ayatolás y las clases medias y sectores de trabajadores, que se expresó en las movilizaciones masivas democráticas de 2009.

Bajo un duro régimen de sanciones económicas internacional, que afectan también a empresas que violen el embargo (en esto es similar al embargo que Estados Unidos mantiene contra Cuba), la producción petrolera iraní se redujo sensiblemente. Según la Agencia Internacional de Energía, en solo un año sus exportaciones de petróleo cayeron de más de 2 millones de barriles diarios a solo 1,1 millones. La economía se contrajo 6%, la inflación trepó al 40% y el desempleo al 20%. El expresidente Ahmadinejad trató de que no estallara esta bomba de tiempo mantiendo un costo esquema de subsidios de precios de bienes de consumo popular, en primer lugar la energía.

Sin embargo, el enorme descontento se expresó en la elección de Hassan Rouhani, que se presentó como la alternativa “reformista” a Ahmadinejad, que no solo había perdido apoyo popular sino también del establishment del clero y la Guardia Revolucionaria, donde reside el verdadero poder del Estado.

El acuerdo cuenta con el apoyo tanto de la burguesía iraní como de las distintas alas en que está fragmentado el régimen, que parece haber cerrado filas para sobrevivir. El actual presidente Rouhani, protegido del sector del clero representado por Rafsanjani, más afín a una apertura hacia Estados Unidos, cuenta también con la bendición del Líder Supremo de la República Islámica, el Ayatolá Khamenei que públicamente lo felicitó por haber logrado un acuerdo que “legitima el programa nuclear de la nación iraní en la escena internacional”.

¿Acordar con el “Gran Satán”?

En su discurso por sus 100 días en el gobierno, el presidente iraní no solo culpó a las sanciones occidentales por la “estanfalción sin precedentes” en la que se encuentra el país. Anunció la necesidad de una reestructuración de la economía hacia el libre mercado y una “reforma” en el sistema de subsidios que apunta a eliminar los precios subsidiados de los combustibles, servicios y alimentos.

Históricamente, el régimen teocrático ha utilizado la hostilidad imperialista y su oposición a Estados Unidos e Israel para mantener una unidad nacional reaccionaria y peseguir y masacrar a quienes, revindicando las banderas democráticas de la revolución de 1979, se oponían al establecimiento de un estado teocrático. Este giro pareciera indicar que ahora el régimen está buscando fortalecerse por la vía de girar hacia occidente y ser aceptado por la “comunidad internacional”. Esto explica que haya ofrecido eufemísticamente sus servicios para resolver conflictos, aludiendo a su rol “estabilizador” en Afganistán. Si efectivamente el régimen consolida este giro “prooccidental”, la próxima oleada de descontento popular lo encontrará despojado de una de sus principales armas internas de legitimación: sus supuestos blasones antiimperialistas.

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