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Crisis en el gobierno italiano
por : Ciro Tappeste

22 Feb 2007 |

En las últimas horas en Italia se aceleraron vertiginosamente los tiempos de la política. En la mañana del 21/2 el ministro de Asuntos Extranjeros Massimo D’Alema debía presentar en el Senado, donde la mayoría de centroizquierda (oficialismo) es muy restringida, un informe sobre la política exterior italiana. El objetivo era contrarrestar una artimaña montada por la centroderecha y mostrar que, a pesar de todas las críticas provenientes de la izquierda de la coalición gobernante, y no obstante la fuerte movilización “No Dal Molin” (por el aeropuerto que lleva ese nombre) del sábado 17/2 en la ciudad de Vicenza contra la ampliación de la base norteamericana, el gobierno disponía de una mayoría en la Cámara Alta. Esa misma mañana, la prensa daba por entendido que D’Alema lograría recomponer su mayoría, disciplinando inclusive a aquellos senadores levantiscos que amenazaban con votar en contra del texto por la cuestión del financiaciamiento de la misión militar italiana en Afganistán y la cuestión de Vicenza.

El 21/2, sin embargo, los senadores de la mayoría ponían mala cara mientras sus colegas de centroderecha gritaban exultantes “¡dimisión!”. El presidente Giorgio Napolitano volvía en forma anticipada de una gira por Boloña para entrevistarse con el primer ministro Romano Prodi, quien anunció que iba a presentarle la renuncia. Aunque formalmente el gobierno no había subordinado su continuidad a la aprobación del informe sobre la política exterior, D’Alema había planteado claramente: “si no llegamos a ser mayoría en el Senado, el gobierno vuelve a casa”. Nadie se lo esperaba, pero a fin de cuentas de los 160 votos necesarios, D’Alema sólo logró juntar 158.

La mayoría prodiana en el Senado, una bomba de tiempo que tenía que estallar

Estalló en realidad una bomba de tiempo que tarde o temprano iba a explotar, aunque nadie se esperaba que fuera el miércoles 21/02. Uno de los problemas político-institucionales que minaba internamente el gobierno Prodi desde el inicio, era su escasa mayoría en el Senado. Esta situación era más que nada la expresión de la victoria electoral pírrica de la centroizquierda en abril de 2006 y del hecho de que el bloque berlusconiano (en referencia al ex primer ministro Silvio Berlusconi) seguía siendo fuerte a pesar de todos los esfuerzos de la gran patronal, las direcciones sindicales, en fin, las “fuerzas vivas” de la nación, que habían hecho campaña por Prodi. Esto se traducía en su gran vulnerabilidad en el Senado. La mayoría gubernamental debía basarse, en caso de defección puntual por izquierda o por derecha de algún sector reducido de parlamentarios, en los senadores vitalicios. En este contexto “equilibrista”, tanto sectores de la derecha como de la izquierda de la coalición utilizaron en los últimos meses el chantaje del escaso margen de maniobra en el Senado como herramienta de presión. Cualquier desliz en este contexto podía llegar a tener consecuencias gravísimas. Es lo que sucedió. Ante la inflexibilidad de D’Alema, que reivindicó que la política exterior del gobierno no se movería un centímetro (ni en relación a Vicenza ni tampoco respecto a la cuestión afgana), la abstención de dos senadores de la izquierda de la coalición contribuyó parcialmente a precipitar el derrumbe de Prodi.

La ampliación de la base norteamericana de Vicenza, un acelerador inesperado de la situación política

La política que llevó hasta ahora la coalición prodiana a nivel interno se inscribe en el marco de la profundización de las políticas antiobreras y antipopulares impulsadas en los últimos cinco años por el gobierno de Berlusconi, aunque con métodos más eficientes, “honestos” y sobre todo con mayor control sobre el movimiento obrero y juvenil mediante las mediaciones sindicales y políticas de la centroizquierda. En cuanto a la política exterior, reforzando el protagonismo de Italia en un marco multilateral, Prodi mantuvo las tropas en Afganistán y fue uno de los artífices de la misión en Líbano. La reubicación europeísta del gobierno de la Unión (coalición de gobierno) no significó sin embargo ningún tipo de ruptura, más allá de algún roce o fricción con Washington. Prodi planteó que en relación a la ampliación de la base de Vicenza, el gobierno debía cumplir con las promesas hechas por Berlusconi, y que el proyecto se llevaría a cabo. Gracias a la colaboración de la burocracia sindical y de la izquierda de la Unión, la política llevada adelante por Prodi no había generado hasta ahora movimientos sociales de oposición de gran envergadura como los que había conocido el país bajo el berlusconismo. Es más, los movimientos que sí habían surgido (en defensa del empleo público, contra la precariedad laboral, y las intervenciones en Afganistán y Líbano) además de haber sido relativamente limitados, ni siquiera habían logrado generar suficiente presión como para tener repercusiones a nivel institucional, en particular entre los partidos de la Unión (Demócratas de Izquierda, Partido de los Comunistas Italianos, Verdes y Partido de la Refundación Comunista), encargados de desempeñar el doble papel de estar en el gobierno y en los movimientos cuando surgen para mejor canalizarlos.
Esta situación idílica de relativa paz social para Prodi iba a transformarse decisivamente con la cuestión del Dal Molin. Si la cuestión del robo del salario diferido por parte del gobierno o el envío de tropas a Líbano no habían generado movimientos consecuentes de oposición, la cuestión de Vicenza iba a convertirse en un caso testigo. La extensión de la base representaba una materialización brutal, en el mismísimo territorio italiano, de las políticas guerreristas llevadas a cabo en el exterior. Se fueron concientizando amplios sectores de centroizquierda y de izquierda de Vicenza (equivalente local de la base social de la Unión que había protagonizado las multitudinarias marchas pacifistas de 2003) de que la extensión de la base correspondía a la ampliación de las capacidades militares y operacionales norteamericanas, que utilizó EE.UU. para los ataques contra Afganistán en 2001 e Irak en 2003. Por ende, lo que había empezado siendo más que nada localmente un movimiento de opinión por cuestiones urbanísticas y ambientales, rápidamente se convirtió en un movimiento altamente político y de alcance nacional que rebasaba las fronteras de la región. Ahí donde la vanguardia obrera y juvenil había fracasado en movilizarse o no había logrado aglutinar alrededor de ella un movimiento de oposición a los ataques prodianos, la misma base de la Unión a nivel local y la base social de la izquierda de la coalición a nivel nacional iban a empezar a movilizarse y sentar las bases de un movimiento de carácter nacional, objetivamente antiprodiano, en contra de la ampliación de la base. Llamativamente, si en la manifestación “No Dal Molin” de diciembre habían participado 15.000 personas, más de 50.000 participaron en la del sábado pasado.

A pesar del éxito de la última movilización, el gobierno confirmaba su intransigencia confiando en que sus mediaciones de izquierda, muy presentes en el movimiento, lograrían controlarlo o al menos limitar lo más posible su alcance antigubernamental. Esto era sin contar con que el hecho de que individualmente, en un contexto de presión, senadores contrarios a la construcción de la base tal como está concebida se negaran a acatar las órdenes de D’Alema y se abstuvieran... mientras que dos senadores vitalicios que habían anunciado su voto a favor no participaban de la votación, otros no se encontraban presentes en la cámara para respaldar el gobierno y un senador de la mayoría votaba en contra de D’Alema.

Una profunda brecha que intentarán cerrar con un nuevo gobierno de Prodi

Esta combinación de inflexibilidad por parte de D’Alema, declaraciones previas del ministro sobre la mayoría en el Senado [1], abstenciones inesperadas, ausencias no previstas y presiones, desembocó en esta votación que dio lugar a una fuerte crisis gubernamental, en parte vinculada a la movilización de Vicenza “No Dal Molin”. No obstante, es menester más que nada considerar esa crisis como parte de un problema más estructural que hoy por hoy no han logrado solucionar los representantes políticos de la burguesía italiana. A pesar de basarse en un arco de partidos que va de la vieja Democracia Cristiana al viejo PC, la coalición prodiana es demasiado débil como para soportar las presiones exteriores que pueden producirse a su izquierda o derecha, producto, en el caso de Vicenza, de movilizaciones en creces hasta ahora relativamente controlables. Esto es un caso de preocupación importante para Confindustria (Central empresaria) que a pesar del episodio de esta mañana aún no ha retirado su confianza depositada en el gobierno de la centroizquierda. Es un elemento alrededor del cual han de reflexionar todos aquellos que se plantean la perspectiva de construir una oposición de clase y revolucionaria a los gobiernos de la burguesía en Italia. Si el movimiento “No Dal Molin” adquiere una dimensión cada vez más autónoma de los partidos de centroizquierda y logra profundizar su curso (condición sine qua non para impedir realmente la extensión de la base, lo que presupondría que la clase obrera intervenga en el movimiento con sus propios organismos y sus propios métodos), el equilibrio institucional se resquebrajaría más aún para la burguesía. Ni qué decir si el cuestionamiento multifacético a la política guerrerista y social implícitamente presente en el movimiento “No Dal Molin” se convirtiera en un movimiento nacional. Si Italia llegara a conocer un estallido social de características nacionales, la situación cambiaría mucho más rápidamente de lo que previeron hasta ahora los doctos columnistas de la prensa patronal confiando en las virtudes de Prodi y sus aliados de izquierda, hoy en día desesperados y que juran que lo que sucedió en la tarde del miércoles,arde no volverá a pasar.

Al cierre de esta edición los estados mayores de los partidos políticos todavía están reunidos. Napolitano aún no ha aceptado formalmente la renuncia de Prodi. Una de las hipótesis barajadas por una fracción de la patronal sería la extensión de la actual mayoría a la centroderecha (Unión de los Demócratas Cristianos y de Centro, UDC en particular) para conferir más base social al gobierno. Hoy por hoy esta posibilidad parece ser rechazada por la mayoría gubernamental y en particular por uno de los pilares de la coalición, los Demócratas de Izquierda. Lo más probable es que se reconfirme un nuevo gobierno de Prodi, disciplinando las alas “extremas” de la coalición, sin descartar obviamente, una eventual refundación de la mayoría.

Lo cierto sin embargo es que las brechas que aparecieron hoy en día con el derrumbe repentino de Prodi luego de apenas 281 días de gobierno tardarán en cerrarse. Es más, en caso de profundización del movimiento de Vicenza, podrían acentuarse más, abriendo perspectivas políticas alentadoras para los explotado/as y oprimido/as en Italia.

 

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