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Entre la utopía de los «cambios posibles» y el potencial revolucionario de las masas
por : Sofia Andrade

05 Feb 2006 |

El auge de los gobiernos «progresistas» en América Latina se confirmó con la llegada a la presidencia de Evo Morales en Bolivia. Más allá de esto, lo que predominó en los distintos países de América Latina desde el 2000 es un sentimiento de hartazgo de millones de trabajadores y sectores populares con los viejos gobiernos neoliberales y su secuela de miseria y explotación, donde lo más trascendente es la creciente disposición a luchar contra los mismos.

La respuesta de «los de arriba» a la acción de las masas

Los impresionantes levantamientos de masas propiciaron la caída de gobernantes «democráticamente» electos en varios paises del continente. Es fundamental considerar que en estos procesos, la clase trabajadora comienza a aparecer después de un largo periodo donde muchos intelectuales la daban por «muerta», como hemos visto con la destacada participación de los mineros de Huanuni en Bolivia, las luchas obreras y el surgimiento de sectores antiburocraticos en el caso de Argentina, así como nuevas acciones del movimiento obrero en Brasil o en México durante los últimos años. Aunque es incipiente, es un síntoma de que el proletariado del continente estaría retomando la senda de lucha recorrida en los años ’70.

Frente al desprestigio de los antiguos gobiernos neoliberales, millones decidieron confiar, a través de los procesos electorales, en alternativas que se presentan como «progresistas».

Tanto a las burguesías locales como al imperialismo, les resulta conveniente ese «cambio de rostro» en el personal político de gobierno de varios países, bajo el auspicio de sus propias instituciones y formas «democráticas» de participación. Estos gobiernos son una respuesta de las clases dominantes para contener la acción de los trabajadores, y evitar que peligre la dominación capitalista, como en Bolivia o Argentina. En otros países (Brasil, Uruguay o posiblemente México), estos gobiernos tienen un carácter más preventivo por el desprestigio de los regímenes y el ritmo lento de la acción de masas.

La llegada de estos gobiernos reformistas (que se limitan a proponer un rostro «humano» para el capitalismo) pretende mantener o recuperar la estabilidad necesaria para que los capitalistas continúen enriqueciéndose, mientras se mantiene la sangría de recursos a favor del imperialismo a través del pago de la deuda externa, como en Argentina y Brasil, donde sus gobiernos la pagaron con dos años de antelación.

En ese marco, la relación con Estados Unidos está cruzada -como se vio en la última cumbre de las Américas-, por el intento por parte de estos gobiernos de regatear y renegociar las condiciones de la subordinación a las distintas potencias imperialistas (donde el imperialismo europeo viene avanzando). Esto no expresa una política verdaderamente anti-imperialista, sino la búsqueda de un mayor margen en favor de los empresarios locales, mientras se garantizan los intereses del capital extranjero. Por ello es que las grandes petroleras como la española Repsol continúan sacando grandes ganancias de sus negocios en el Cono Sur, y que estos gobiernos reformistas, más allá de determinados discursos radicales, buscan preservar los lazos con la administración Bush, como es el caso del mismo Chávez o Evo Morales, con quien EE.UU. se «comprometió a colaborar» buscando no perder más terreno en su patio trasero a manos de los imperialismos europeos.

Las tendencias en América Latina

En ese contexto, las tendencias en el movimiento de masas y la situación de los regímenes políticos son la base de distintas variantes en los gobiernos «progresistas» del cono sur.

Por ejemplo, en Venezuela mientras la crisis social y política se volvía insostenible para el sistema de partidos tradicionales, surgió una alternativa al interior del ejército -uno de los pilares del estado- como respuesta preventiva a la crisis y la deslegitimación de las instituciones entre el movimiento obrero y popular. Hugo Chávez surge y se mantiene con un discurso radical, cuestionando la injerencia norteamericana en la región. Apoyándose en el ejército y en el aparato estatal, Chávez se erige en el árbitro máximo entre las masas y el imperialismo, disciplinando a sectores de la propia burguesía, y mostrándose como «abanderado» de las aspiraciones de éstas, con lo cual asume un carácter crecientemente bonapartista.

Contradictoriamente a su discurso, sus medidas no apuntan a terminar con la dominación imperialista, por el contrario, recientemente firmó nuevos contratos con la petrolera Repsol para garantizar su enriquecimiento en base al saqueo de la principal fuente de riqueza del país. Chávez no ha realizado ninguna medida similar a las que llevó adelante el gobierno nacionalista burgués de Cárdenas en 1938, por lo que puede ser definido como un reformismo sin reformas. Una mayor actividad de las masas venezolanas planteará una mayor inestabilidad política, y tenderá a confrontar con la negativa del chavismo a atacar el sistema capitalista.

En Bolivia, distinto a Venezuela, las contradicciones sociales condujeron a las jornadas revolucionarias de octubre del 2003, cuando se combinaron las demandas anti imperialistas con la exigencia de la caída del gobierno. Ante esto, el régimen apeló al rol de fuerzas «opositoras» con base popular (como el MAS del hoy presidente Evo Morales) , que colaboraron con la clase dominante para bloquear el camino de la lucha y mantener la estabilidad. Así, a la caída de Sánchez de Losada, el MAS concedió una tregua al nuevo gobierno. Posteriormente la reanudación del ascenso derrocó a su sucesor Carlos Mesa, pero finalmente se desvió el descontento hacia la elección reciente en la que triunfó Morales. Este nuevo gobierno, aunque implementó algunas medidas que cuentan con gran simpatía entre el pueblo boliviano (como la derogación de determinadas leyes laborales) ya anunció que preservará la «seguridad jurídica» (léase los negocios de las petroleras) y considera a los patrones como socios, con lo cual es evidente que respetará la propiedad privada y se limitará a algunas medidas para lograr «humanizar» la explotación capitalista. Como se plantea en el artículo siguiente, está por verse si el gobierno de Morales logra realmente conquistar una estabilidad política o si, por el contrario, comienza a chocar con las demandas de las masas obreras y campesinas de Bolivia.

Una estrategia independiente

Por su carácter, que explicamos antes, estos gobiernos no pueden resolver satisfactoriamente las aspiraciones de los trabajadores y las masas de la ciudad y del campo. Para hacer efectiva la entrega de la tierra a los campesinos (y los recursos necesarios para salir de la miseria), la renacionalizacion de los hidrocarburos o la demanda de trabajo digno para todos, hay que cuestionar la dominación de las transnacionales, el imperialismo y sus socios menores, y avanzar en medidas realmente anticapitalistas y anti-imperialistas. Esa perspectiva no será impulsada por ninguno de estos gobiernos, ni siquiera por aquellos que se presentan demagógicamente como revolucionarios, como el caso de Chávez.

El proletariado latinoamericano es la clase que puede efectivamente realizar sus demandas y las del conjunto del pueblo, comenzando por la expropiación de los capitalistas y terratenientes y la independencia efectiva del imperialismo. Pero para ello debe conquistar la independencia política y organizativa de los gobiernos posneoliberales, confiando solo en sus métodos de lucha y organización, y teniendo como norte estratégico la revolución obrera y socialista. Esa es la perspectiva por la cual lucha la Fracción Trotskista - Cuarta Internacional (FT-CI), planteando la necesidad de construir partidos revolucionarios de la clase obrera.

 

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