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Terremoto político y revueltas de las periferias
por : Lucas Pizzutti

24 Nov 2005 |

El NO en el referéndum francés al Proyecto de Constitución Europea causó un terremoto político en el conjunto del Viejo Continente. En Francia el 55% y en Holanda el 63% de los votantes rechazaron el Tratado Constitucional dándole un golpe mortal al proyecto.

El NO holandés solamente profundizó las consecuencias del voto francés. Por primera vez en la historia, la “construcción europea” sufre un revés contundente, una contestación masiva, y hoy está en discusión la legitimidad de este proceso que lleva más de cincuenta años.

Dos países “fundadores” de la Comunidad Económica Europea, predecesora de la Unión Europea, fueron los que le pusieron la piedra tombal al proyecto más audaz en la historia de las burguesías europeas. Con el Tratado Constitucional quisieron dar un salto en los acuerdos políticos entre los Estados abarcando demasiados aspectos políticos y económicos, que desataron resistencias por derecha y por izquierda, llevando a un punto muerto el acuerdo. Este tratado constitucional fue el resultado de un acuerdo entre las principales potencias imperialistas europeas, que se hacían concesiones entre ellas, favorenciendo principalmente sus propios intereses, en desmedro de los nuevos países semicoloniales incorporados. Hoy es casi imposible que el Tratado sea aprobado: los intereses nacionales se expondrán más a la luz del día y los equilibrios políticos en el continente se deberán rehacer. Si el voto SI era un voto conservador, con miedo a los cambios, el voto NO pese a ser absolutamente ecléctico (va desde la extrema derecha a la extrema izquierda) le pega un duro golpe al statu quo laboriosamente trabajado por los burgueses durante más de sesenta años, y expone brutalmente las contradicciones de la “construcción europea”. Las revueltas de las periferias, hacen ver a las claras que los “viejos partidos", en particular los que se reivindicaban de la “clase obrera" como el PS y el PCF, no sirven para contener a los sectores más oprimidos y más pauperizados de la clase obrera y la juventud, en particular los inmigrantes y sus descendientes.

Con el fracaso de este Tratado se abre una nueva etapa en la política europea e internacional:

 1 Los gobiernos (y los partidos) del SI (todos los gobiernos de la UE) reciben un golpe a su legitimidad, y la validez de su proyecto estratégico. El principal damnificado es el “europeísta” y central gobierno francés. Lo mismo que las instituciones europeas.

 2 El voto NO fue un voto interclasista y con objetivos encontrados. Votaron NO la extrema izquierda contra los aspectos neoliberales del Tratado, hasta la extrema derecha contra la extensión de la UE, la entrada de Turquía y la inmigración, pasando por argumentos nacionalistas como que Holanda “aporta mucho dinero” a la UE. Ningún NO podía ganar solo, el “NO de izquierda” perdía si no se contabilizaban los “NO de derecha” y viceversa. Del conjunto del voto NO no puede salir ninguna alternativa política común por su heterogeneidad. Asimismo, los principales dirigentes del “Non de gauche", Laurent Fabius y el PCF, pusieron a la luz su rol reaccionario llamando a “restaurar el orden" de frente a las revueltas de las banlieues.

 3 La dinámica hacia la integración política y económica en Europa se frena, y se reabren/agudizan las disputas nacionales entre las principales burguesías del continente.

 4 Los Estados imperialistas europeos de conjunto, como polo, se debilitan frente a sus competidores imperialistas como los EE.UU. y Japón.

¿Por qué se votó No en Francia?

El referéndum era una trampa

Desde el año 2003, ante los ataques del gobierno derechista francés, se han vivido una serie de importantes huelgas (particularmente entre los empleados públicos) que en febrero de 2005 alcanzaron a importantes fábricas del sector privado como Citroën Aulnay. Si bien en su mayoría estos movimientos de lucha no triunfaron en sus reivindicaciones, el clima social en Francia se fue recalentando y el desprestigio del gobierno entre las clases populares cada vez se hizo mayor. El rechazo al gobierno y sus políticas hizo que la mayoría de los trabajadores identificaran a la liberal e imperialista UE con el gobierno francés. Como vemos, aún después del referéndum continuaron importantes luchas obreras (principalmente los portuarios y los choferes de Marsella) y a fin de octubre se desató el levantamiento de las periferias.

Al mismo tiempo, el hecho de que el “sistema UE” sea de acuerdos permanentes entre los Estados y diferentes sectores burgueses, en los que algunos ganan y otros pierden, hace que algunos sectores burgueses relativamente menores en Francia, como parte de la agricultura o la industria del pescado, rechacen a la UE porque forman parte de los sectores perdedores de los acuerdos. Pese a que tienen intereses antagónicos a la clase obrera, están en contra de acuerdos “liberales”, que los exponen a la competencia en el mercado internacional, y se oponen a la UE como “enemiga” del proteccionismo, que expone sus productos a la competencia extranjera. El hecho de que no existan ni una política impositiva común ni salarios comunes, hace que la competencia entre las distintas burguesías nacionales sea muy aguda en el seno de la UE, y esto hace que sectores burgueses perdedores (aún en los principales países imperialistas) piensen que su “patria” es “devorada” por la liberal Unión Europea.

El gobierno de Chirac había llamado al referéndum para ratificar su “punto fuerte”: la política exterior. La oposición a la guerra de Irak y la invocación de una política “europeísta” había gozado de aprobación entre la población, y le servía para amortiguar el rechazo hacia la política económica entre la mayoría de los trabajadores y el pueblo. Justamente por esto, el chiraquismo necesitaba un triunfo para ratificar su rumbo “neoliberal”. La presión del ala Sarkozy [1] de la UMP (Union Pour un Mouvement Populaire), rechazando el ingreso de Turquía en la UE y pidiendo el referéndum sobre el Tratado Constitucional hicieron el resto.

Pero así como se planteaba la cuestión en el referéndum no dejaba ninguna alternativa a los trabajadores. Por un lado, votar SI significaba el apoyo a la racista, imperialista y antiobrera Unión Europea, que pese a su nombre mantenía sus Estados, sus enormes diferencias y la opresión (entre imperialistas y semicoloniales, particularmente ex Estados obreros). Del otro lado, votar NO no dejaba claro por qué se estaba en contra del Tratado. Los lepenistas [2] se oponían por las “concesiones” que presuntamente hacía Francia hacia los otros países de la UE. La derecha católica, porque no se reivindicaba el catolicismo. Se oponían los que no querían que ingresen libremente los europeos del Este. También votaba NO la inmensa mayoría de la izquierda, argumentando que era contra el carácter antiobrero y antiinmigrantes del Tratado. Este sector era hegemonizado por el Partido Comunista y los socialistas “disidentes” Fabius, Emmanuelli, etc. Por lo tanto, si el voto SI era claro (conservador, reaccionario, de mantenimiento del statu quo), el voto NO no era claro ni homogéneo, ya que se votaba NO por izquierda y por derecha. Y el NO ganó de conjunto con los votos “por izquierda” y “por derecha”. Es irreal sostener que el Tratado Constitucional fue derrotado por izquierda; el NO de derecha jugó un rol importante numéricamente para la derrota del proyecto.

Los trotskistas estamos a favor de los Estados Unidos Socialistas de Europa. Esto quiere decir que queremos que Europa esté unida, pero dirigida por gobiernos de trabajadores organizados en consejos obreros. Bajo el látigo de los grandes capitalistas Europa nunca se pudo ni se podrá unir. Después de cincuenta años de “construcción europea”, vemos que siguen el imperialismo, la explotación y los roces por “intereses nacionales” de las principales burguesías, demostrando que la “unidad burguesa de Europa” es una utopía reaccionaria. Por esto, no nos oponemos a la UE en defensa de nuestro Estado nacional (imperialista), sino desde una perspectiva revolucionaria obrera e internacionalista. Y por esa razón apoyamos todo movimiento que vaya en contra de los intereses de la burguesía y vaya en el camino de darle a los trabajadores mayor independencia de sus explotadores. Para los revolucionarios el voto es una cuestión táctica: sólo participamos de las elecciones cuando permiten a los trabajadores expresar su peso o mostrar una vía de independencia de clase. En este referéndum no existía ninguna de esas posibilidades: el voto NO “de izquierda” se mezclaba con el NO “de derecha” super-chauvinista y euroescéptico, los “NO a las privatizaciones” se contaban igual que los “NO a los inmigrantes”.
Es por eso que los trotskistas de la FT en Francia favorecíamos cualquier tipo de boicot activo a estas elecciones, que permita expresar una política independiente, organizado por las organizaciones obreras locales [3]. La izquierda francesa, por los límites que se puso ella misma al llamar a votar NO, no supo o no quiso hacer una campaña contra el chauvinismo del NO de derecha.
Ahora veremos la composición social de la votación, y más en profundidad los argumentos de los distintos partidos.

Un NO popular

El voto NO en Francia tuvo un alto componente obrero y popular. A menor nivel de educación y de ingresos mayor porcentaje de votos por el NO (esto y los datos siguientes se encuentran en el dossier del diario Libération del 1 de junio firmados por Hervé Le Bras y Jacques Lévy). También fue mayor entre el voto rural y de periferia que en los centros urbanos metropolitanos. Aún entre las clases medias y pequeños comerciantes también hubo mayoría de NO. Sin embargo, está muy lejos de ser un voto “de clase”. Aún dentro de la clase dominante y dentro de los cuadros empresariales, el voto NO es minoritario, pero igualmente alcanza al 40%. Si vemos el porcentaje de fidelidad de votos, podemos constatar que la extrema derecha (FN, MPF [4], MNR [5]) que llamó a votar NO tuvo una fidelidad de más del 90% de sus votantes, lo mismo sucede con el PCF [6] y la extrema izquierda. El PS, que llamaba a votar SI, tuvo un 54% de infidelidad con la consigna de la dirección. Mismo dentro de los votantes de la derecha gubernamental, hubo un 25% de votos NO. Si vemos las motivaciones encontramos un hartazgo con la política del gobierno, el rechazo a la Europa “liberal”, de los “grandes bancos y las multinacionales” (argumento compartido entre el PC, la extrème gauche y la extrème droite) y el rechazo a los recortes al “Estado de bienestar”. El rechazo a los “oscuros tecnócratas de Bruselas” (argumento muy utilizado) por un lado rechaza el antidemocrático mecanismo de las instituciones europeas, y por otro lado “libera” en parte al gobierno y a la patronal francesas (de gran peso en Europa, ciertamente) de las responsabilidades de los padecimientos de los trabajadores. Al mismo tiempo un 67% de los que votaron NO afirman que hay “muchos extranjeros” en Francia, un 27% que dice que vota NO para defender la independencia de Francia, o un 22% que no quiere el ingreso de Turquía. Pero el punto más llamativo en cuanto concierne a la sensación de que Francia era (o es) “víctima” de la Unión Europea, es la convicción del 68% de los franceses de que “El texto podría ser renegociado en un sentido más favorable a Francia” (estos últimos datos fueron extraídos del diario Libération del 31/5, encuesta hecha por el Institut Louis Harris).

Como conclusión podemos decir que, para una parte importante de la población francesa, la UE es vista como una amenaza, y que los expone sea al “capital globalizado”, sea a la competencia de los trabajadores extranjeros o al ingreso del islam. Por otro lado vemos que hay una parte de los que votaron NO que quiere una “Europa Social”, y, fundamentalmente, no tienen intenciones claramente nacionalistas o aislacionistas. Votando NO pensaban ponerle un freno a la Unión Europea tal como es ahora (liberal, antiobrera, racista, etc.) y abrir la discusión para la construcción de una “nueva Europa solidaria y social”. El voto NO de conjunto pone en crisis a los mecanismos de la UE, a los regímenes y a los partidos (particularmente a los socialdemócratas y a los socialcristianos) que gobernaron durante sesenta años Europa Occidental. Pero como no se pueden unir todos los NO de izquierda y derecha, a partir de los resultados de estos referéndum no se plantea ninguna alternativa a los regímenes y gobiernos actuales.

Los NO francés y holandés reforzaron en primer lugar las tendencias de los estados imperialistas a chocar contra los otros Estados por sus intereses, dando menor espacio al “consenso pro-europeo”. El enfrentamiento entre Blair y Chirac sobre el presupuesto europeo es una muestra clara de esta tendencia. La reapertura de la discusión sobre las horas de trabajo (Gran Bretaña y los países del Este se oponen a la larga semana de 48 horas que propone la Comisión Barroso [7]... porque quieren que se trabaje más) se inscribe en esta tendencia. Los partidos euroescépticos también reciben un estímulo con este voto, así como los partidos de izquierda.

Sin embargo, no podemos olvidar que se trata sólo de elecciones. No fue un movimiento de masas en lucha que obligó a los gobiernos francés y holandés a no adoptar el Tratado Constitucional. Tampoco se produjo un crack económico que hiciera colapsar la economía y temblar a los gobiernos y a los acuerdos internacionales.
Actualmente sigue rigiendo el tratado de Niza, el de Maastricht [8] y las instituciones europeas y los gobiernos, que aunque desprestigiados continúan funcionando. Incluso Chirac solamente cambió su equipo de ministros y no llamó a nuevas elecciones. También en los últimos meses se vio la ofensiva represiva de Sarkozy contra los inmigrantes (deportaciones), dejando claro que el gobierno busca recuperar base social dirigiéndose al “NO de derecha”. Si los trabajadores no intervienen en este momento de debilidad del sistema de partidos francés, las patronales y los mismos golpeados partidos burgueses aprovecharán el tiempo para recomponerse. Asimismo, los revolucionarios que militan en las organizaciones obreras deben más que nunca dar una batalla contra el chauvinismo, ya que después del NO las patronales y sus partidos, junto a los burócratas sindicales, utilizarán el odio al “extranjero” y las culpas de “Bruselas” como chivo expiatorio de la crisis que ellos mismos provocan.

El NO “de izquierda” y el NO “de derecha”

La izquierda

Los partidos de la extrème gauche francesa (como la LCR [9]) rechazaban el Tratado argumentando que se profundizaba el curso neoliberal de la economía, acrecentando las privatizaciones, debilitando los “servicios públicos” a los que se los expondría a la competencia.
Que con la “Directiva Bolkenstein” [10] se contrataría en los países de Europa Occidental a trabajadores del Este con salario y condiciones de trabajo inferiores. Mientras que el Tratado Constitucional tenía como fin cohesionar la Unión Europea, reafirmar muchos acuerdos ya hechos, y servir como plataforma para que las principales potencias capitalistas europeas puedan desarrollar sus proyectos imperialistas y competir mejor contra los EE.UU., algunos referentes del “NO de izquierda” veían curiosamente que el Tratado favorecía... a los EE.UU.. Agregaban que la adhesión a la OTAN como norma “constitucional” más nombrar a un comisario de Relaciones Exteriores obligaba a que la UE se discipline a los EE.UU., mostrando también ellos un nacionalismo “europeísta” (en última instancia profrancés y antiyanqui). Uno de los impulsores del “NON de gauche”, el “altermundialista” director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet, decía que “En el extranjero algunos han interpretado este NO como un debilitamiento de Europa frente a los Estados Unidos y que deja a la gran potencia americana sin contrapeso. Ellos se equivocan: la Constitución habría alineado todavía más a la Unión Europea (particularmente en el plano militar) a Washington” (Espoirs, Le Monde Diplomatique, junio, edición francesa). El PCF también utilizó el antiamericanismo para justificar el estado actual de Francia y Europa. Aún después del NO, MG Buffet [11] sostiene que “Las potencialidades del mundo de hoy son esterilizadas por la mundialización capitalista, la superpotencia de los Estados Unidos, la violencia de las decisiones del FMI y la OMC, el ascenso de los nacionalismos y los integrismos” (10/06/05, www.pcf.fr). ¡Como si la Francia imperialista (su gobierno, su Estado, sus patrones) fuera una víctima y no fuera también responsable del estado actual del mundo, e inclusive de los padecimientos de los mismos trabajadores franceses y de los jóvenes marginados de sus periferias!
También se denunciaba que las instituciones europeas estaban integradas por burócratas que no fueron votados por nadie y que obedecen a los intereses de las grandes empresas. Por último, no se proclaman como “antieuropeístas” sino que piden una “Europa Social y Democrática”. Era un NO para frenar el ataque hacia las conquistas de los trabajadores, y, en un cierto sentido, para “mejorar” la actual Unión Europea.

Pero aún dentro del “NO de izquierda” se encontraban argumentos de tipo nacionalistas, como es tradición en el PCF, que iban más allá del “antiamericanismo”, y que caían en el más abyecto chauvinismo tradicional francés contra Gran Bretaña. En el volante del 17 de junio, publicado también en su sitio web (www.pcf.fr), ellos decían que “En contra del punto de vista de los otros 24 estados miembros Gran Bretaña exige ver disminuida su contribución al presupuesto europeo de 5,1 miles de millones de euros, ¡Dos tercios de lo que debería contribuir! Habían obtenido este favor en 1984, mientras que eran menos ‘ricos’ que la media de los países europeos. Hoy, Gran Bretaña es uno de los países más desarrollados de la Unión Europea y uno de los abogados más encarnizados del ultraliberalismo. Sus exigencias empujan hasta el fondo la lógica actual: sacrificamos la agricultura europea y los fondos de solidaridad, y demos espacio a la guerra económica libre y no falseada”.

¡Como si no hubiera habido una verdadera “guerra económica” entre los principales países de la UE para ver quién aportaba menos a los llamados “fondos de solidaridad”! Ningún observador honesto puede decir que el UMP francés, la derecha italiana de Berlusconi, o los “socialistas de mercado” como Schroeder no sean también unos “abogados encarnizados del ultraliberalismo”, como acusa el PCF sólo a los británicos. Hemos de recordarle al PCF que fue el mismo Chirac en su tradicional entrevista del 14 de julio quien se encargó de difundir las “ventajas” del modelo francés, y lo “poco” que destina Gran Bretaña en comparación con Francia a la investigación, a la educación, etc., “olvidándose” del quite de las 35 horas, la privatización de EDF-GDF, los contratos precarios, etc., es decir, de lo profundamente antiobrero del modelo “social” francés.

¡Como si existiera realmente una agricultura “europea”! Toda persona bien informada sabe que la PAC [12] está organizada de modo de favorecer a los productores agrícolas franceses (y en menor medida como ayuda a otros países imperialistas como Italia) en desmedro de la agricultura de los países semicoloniales entre los que se encuentra el nuevo integrante de la UE: Polonia. La PAC es una política que favorece las producciones “autóctonas” de Francia, Italia, etc., mientras que hace un severo proteccionismo con los productos que arriban del llamado Tercer Mundo. Hemos de recordarle al PCF que entre las prioridades de Chirac, como lo ha dicho en su tradicional entrevista del 14 de julio, está la defensa de la PAC, o sea, de la tradicional base social de la derecha francesa: los productores agrícolas. Si es verdad lo que afirma Chirac, que Francia (un país con una superficie cultivable veinte veces menor que Rusia, o alrededor de diez veces menos que los EE.UU., Brasil o China) es el segundo productor agrícola del mundo, no lo debe sólo a las virtudes de sus campesinos: lo debe a que es un país imperialista que construyó una política agrícola a su favor en Europa y tiene una agresiva política imperialista en el resto del mundo. Contrariamente a lo que dice el PCF la Francia imperialista no es víctima sino victimaria en lo que concierne a la agricultura.

Como conclusión podemos decir que el NO de izquierda es un voto de protesta ecléctico: por un lado algunos quieren “mejorar” la UE, pero al mismo tiempo quieren que “su” país tenga “más peso” en la UE, incluyendo al mismo tiempo gente que quiere acabar con la UE porque es liberal y “proyanqui”.

La derecha

Del otro lado la extrema derecha francesa, como el FN y el MNR (que alcanzaron el 20% en las presidenciales de 2002, y no bajan del 15% desde el año 1988), junto a la derecha monárquica y “euroescéptica” del MPF de De Villiers (7% en las últimas elecciones europeas) ponían el grito en el cielo por lo “liberal” que es la Unión Europea y hacían campaña con el “miedo al extranjero”. Al mismo tiempo que hablaban demagógicamente del modelo “francés” del “Estado de Bienestar”, criticaban fundamentalmente la “apertura de las fronteras” que deja “indefensos” a los productores agrícolas, y a las empresas francesas en general contra la competencia china y del Este europeo, atacando también a la Directiva Bolkenstein como competencia desleal contra los “franceses”. Ellos también mezclaron una temática “social” con reivindicaciones chauvinistas. El Frente Nacional de Le Pen dice que “El rechazo de la Constitución por un segundo país fundador de la Unión Europea muestra la fractura creciente que existe entre los pueblos y sus dirigentes. Después de Francia, Holanda le dice NO a una Europa federalista, antinacional y antisocial que destruye nuestros empleos y amenaza nuestra identidad” (www.frontnational.com, 2 de junio). Estos argumentos podrían ser compartidos en buena parte por el ala más nacionalista del “NO de izquierda” (el PCF o Chevenement [13]). Pero la ultraderecha tomó el nacionalismo económico como el caballito de batalla para la campaña electoral. Agitaron el fantasma del “plomero polaco”, tan evocado por la prensa burguesa francesa, que simbolizaba al trabajador calificado de Europa oriental que “vendría en masa” a “sacarle el trabajo a los franceses”. Lo argumentaba el FN de la siguiente manera “Europa debe inmediatamente tomar medidas de reestablecimiento de la preferencia comunitaria (sic) para proteger nuestras industrias, frenar la política destructora de dumping social y permitir a los Estados miembros reestablecer el control en las fronteras” (www.frontnational.com ). Por último, la campaña chauvinista y racista de la ultraderecha tomaba como bandera la entrada de Turquía (que sólo podría entrar a la UE luego de severísimos exámenes en el lejano 2015) exaltando el “peligro de islamización” de Europa. Era un NO proimperialista y proteccionista, populista de derecha, cuasi racista, que al mismo tiempo coqueteaba con ciertas “reivindicaciones sociales”.

Los que hicieron campaña por el NO de izquierda, se cuidaron bien de hacer una gran campaña contra la extrema derecha y contra las falsedades chauvinistas como el “plomero polaco” [14], sabiendo que los “NO de derecha” también sumaban votos. Del lado del FN de Le Pen, hicieron una campaña de bajo perfil para asegurar los votos de su base (que les respondió con fidelidad), evitando ser utilizados por el gobierno con una campaña del tipo “Voto NO=Le Pen”. Los mismos argumentos que utilizaron para llamar a votar “NO", la “inmigración", el “islamismo", son los que utilizan actualmente para pedir el estado de sitio y las deportaciones masivas de los jóvenes que protestan en las periferias. Durante la campaña electoral por el referéndum ellos no hicieron una campaña maccartista ostentosa para no obligar a la izquierda a salir a enfrentarlos. El mismo líder ultraderechista afirmó respecto a los NO “de izquierda” que “todos los NO son bienvenidos porque colaboran con la causa de Francia” (Libération 25/05/05). Los dirigentes de la “izquierda” o la “extrema izquierda” no tuvieron el coraje de hacer la afirmación de que los votos NO de derecha “sirvieron a la causa de Otra Europa”.
Pero es indudable que “sirvieron a la causa” del triunfo del NO, por el que la mayoría de la izquierda francesa hizo una enorme campaña.

Los gobiernos y partidos del SI reciben un golpe en su legitimidad y en la validez de su proyecto estratégico

El voto SI fue un voto conservador, de miedo a que se abra una crisis. Fue en defensa del statu quo, no cuestionaba la política imperialista. En el caso del voto SI “socialista”, a lo sumo se decía que a la UE hay que hacerla “más social desde adentro”, pero escondiendo el aspecto más brutal de “Europa fortaleza” [15]. En los primeros días de octubre, con el asesinato de inmigrantes que quisieron entrar en Europa a través de los enclaves coloniales españoles de Ceuta y Melilla (por parte del gobierno más “izquierdista”: el de Zapatero), la UE mostró su aspecto más brutal e imperialista. Los promotores del voto SI, sin decirlo abiertamente, defendían la “Europa fortaleza”, parte inescindible de la Europa del Capital.

Sin embargo, intentando mostrar su faceta “progresista” se hace aún demagogia de “solidaridad” y “hermandad” con las otras potencias del Viejo Continente, y de que Europa representa un “modelo social alternativo” al de los EE.UU., opinión no muy compartida en las banlieues francesas. También con el argumento de que había que mantener la “paz” (en el interior de Europa occidental, no en el resto del mundo) llamaban a apoyar por “izquierda” al Tratado Constitucional. Pero la gran mentira consistía en negar la política imperialista hacia el llamado Terecer Mundo y su “patio trasero” de Europa Central y Oriental, y el rechazo al ingreso de inmigrantes que mueren a centenares cada año intentando entrar en países de la UE (sea en el mar o en sus fronteras blindadas). El SI conservador (particularmente la derecha francesa) retomaba el argumento del “modelo social”, pero resaltaba las presuntas virtudes del “mercado único” y la creación inédita del Euro. Pero todo esto no alcanzó.
El conjunto de los partidos gubernamentales en Europa apoyaron el SI al Tratado. Tanto los Populares Europeos (PP Español, UMP francés, Forza Italia, CDU alemana, etc.), como los Socialistas Europeos (PSOE, PS francés, DS en Italia, PSD alemán, Labour Party británico, etc.) y los del Bloque Liberal (UDF francesa, la Margherita italiana, el PLD británico, los Liberales alemanes, etc.) [16] apoyaron la ratificación del tratado con un discurso que daba como continuidad “natural” del proceso de “construcción europea” la ratificación del Tratado Constitucional. Daban por “sobreentendido” que el proyecto europeísta tenía el consenso de las masas (al menos en los países continentales), y la realidad les ha dado un duro golpe.

Y si estos partidos han actuado en forma clara y abierta a favor del SI, tenemos que constatar que hoy en Europa no existe un “electorado cautivo”, ni una masa “acrítica” que sigue a las direcciones partidarias en todas sus iniciativas, ni siquiera para los partidos “históricos” que han dirigido la clase obrera al menos en los últimos cincuenta años. Gran parte de los trabajadores franceses que habían votado como “mal menor” al PS contra la UMP un año atrás, luego votaron por el NO contra la dirección del PS. Igualmente, la Confederación Europea de Sindicatos (CES), que agrupa a los más importantes sindicatos de Europa, llamó a los trabajadores a apoyar el proyecto de Tratado Constitucional. Esta posición provocó una crisis interna en la CGT francesa, ya que Thibault [17] ha debido enfrentarse con los dirigentes regionales, ligados al PCF que apoyaba el NO, y que hicieron votar una resolución de apoyo al NO, desautorizando a la dirección y a la misma CES. Tanto en Francia como en Holanda la inmensa mayoría de los trabajadores ha votado NO, dejando a contrapie a las burocracias sindicales, dejando ver que los lazos “orgánicos” que las unen con sus bases se están debilitando notoriamente.

“El tabú del europeísmo fue infringido” titulaba el Corriere della Sera del 6 de junio. De ahora en más se abre un período de reposicionamientos políticos “Se abre un verdadero cambio de fase histórica. La post-guerra y sus culturas políticas están acabadas, la Unión Soviética ha desparecido, el anticomunismo y el Estado de bienestar no volverán nunca más... se cerró el paréntesis feliz pero ilusorio de los decenios del gran protectorado USA-URSS y de sus organizaciones socialdemócratas y socialcristianas...” (Corriere della Sera 06/06/05). Más allá de algunas exageraciones, el venerable periódico de la vieja burguesía italiana pone en evidencia que el rey está desnudo, que la Unión Europea no goza de un consenso total y que el “europeísmo” no representa al “sentido común” de las masas europeas. Porque lo que está claro es que los que “no volverán” serán los famosos “30 gloriosos”, o sea, el último período largo de crecimiento basado en la destrucción provocada por la Segunda Guerra Mundial y la contención de la clase obrera de parte del stalinismo (poderosísimo en aquel entonces). Sin crecimiento económico las contradicciones estructurales, las diferencias acumuladas entre los distintos países imperialistas europeos debían ver la luz alguna vez.

La UE es la heredera de la Comunidad Económica Europea, fue un bloque económico creado en los años ’50 (en un período de gran crecimiento económico e impulsado también por los EE.UU.) para hacerle frente al bloque “comunista” dirigido por la URSS. Los regímenes de la Europa Occidental son los herederos de la vieja CEE y tenían como proyecto a largo plazo la “construcción europea”. Con el voto NO, particularmente el francés, se infringe el mito del europeísmo. El discurso ideológico de buena parte de la burguesía europea era que “el comunismo había caído” y que el nuevo ideal (o directamente “sueño”, como lo llama J. Rifkin [18]) a seguir era el “europeísmo”. Sin el “bloque comunista” como gran coartada política, la “construcción europea” tarde o temprano debía rendirle cuentas a la realidad. Sin la necesidad de mantenerse unidos frente al bloque del COMECON [19], los burgueses europeos en primer lugar comenzaron a enfrentarse más abiertamente a sus rivales imperialistas norteamericanos. Después de los referéndum, se podría abrir un período en el que se acrecienten las rivalidades intereuropeas. La cumbre de la UE de octubre fue un fracaso, hoy no hay ningún bloque político hegemónico en Europa. Pero el vapuleado eje franco-alemán cuenta con la ventaja de que el gobierno norteamericano está atravesando su crisis más importante, y no puede organizar al polo pro-norteamericano como polo de atracción contra Francia y Alemania.

La cantidad de contradicciones acumuladas, desde ataques a la clase obrera hasta pérdidas económicas de sectores burgueses grandes y pequeños por la competencia con otros capitalistas (europeos o extraeuropeos, como los EE.UU., Japón o China) pasando por el tradicional chauvinismo de los países centrales, hacen que el “sueño europeo” sea una pesadilla para vastos sectores sociales. Por otro lado, los EE.UU. no quieren que Europa se desestabilice, pero al mismo tiempo no quieren que allí se conforme una gran coalición capaz de desafiarlos en la conquista del mundo. El proyecto de expansión de la UE entró en una grave crisis, ya que el voto NO desestabiliza el “frente interno” en países “fundadores” de gran importancia como Francia y Holanda, y reabre tensiones económicas y políticas (como lo muestra la falta de acuerdos de la cumbre de jefes de Estado y de gobierno). Si bien la burguesía más concentrada del continente apostaba (y apuesta) por la construcción de la UE, hoy es políticamente imposible contener en el recipiente de la UE el conjunto de los intereses encontrados de las distintas clases y sectores de clase en Europa.

La idea de incorporarse a la Unión Europea era un enorme poder de atracción y de estabilización para el conjunto de los Países de Europa Central y Oriental. Este fue un enorme factor para que los procesos de restauración capitalista se realizaran sorprendentemente en forma gradual y pacífica, con la excepción de los Balcanes, pero que luego de la intervención de las tropas imperialistas se estaban incorporando también a esta dinámica. El límite al que ha llegado el proceso de integración y expansión de Europa altera esta ecuación geopolítica que repetimos fue clave para garantizar la estabilidad de esta zona de la periferia que en el pasado fue uno de los grandes focos de conflictos en la política mundial (desde los momentos previos a la Primera Guerra Mundial hasta la Segunda). Si esto es así para los países recientemente incorporados, el congelamiento de la extensión abre una perspectiva de enorme incertidumbre para regiones como los Balcanes, donde la perspectiva europea contenía el siempre vivo conflicto nacionalista o en países como Ucrania que necesita un decisivo apoyo para su frágil “revolución”. En otras palabras, el congelamiento de la extensión puede provocar tensiones y convulsiones en su patio trasero.

Los síntomas venían desde antes

La crisis de la UE pone en crisis a sus sostenedores, y una de sus víctimas principales es el importante PS francés. Su proyecto social liberal era el de “capitalismo con rostro europeo”, o sea, coqueteando con el Foro Social Mundial y en alianza con el PC para llevar adelante una política neoliberal e imperialista. Todo ajuste o privatización “socialista” era justificada desde que era necesario para la “construcción europea” y que la “solidaridad” se expresaba en esta construcción. Henri Rey, investigador del Centre d’études de la vie politique française (CEVIPOF), especialista en el Partido Socialista, dice que por su “fragilidad” y por sus “reveses electorales”, “el PS no puede contar más con regularidad con el voto de los sectores populares, que lo han abandonado... El PS no aparece como el representante de la clase obrera y de los asalariados modestos..” (Libération, 31/05/05, pág. 9). El fino hilo que unía a la clase obrera y los sectores populares a la “construcción europea”, que era el Partido Socialista, se ha cortado.

En el caso del SPD alemán el proceso tiene alguna similitudes con el de su partido “hermano” francés. Los ataques de Schroeder a los trabajadores alemanes, particularmente con los planes “Hartz IV” y la “Agenda 2010” [20], han provocado que su base histórica, la clase obrera, comience a enfrentarse con la socialdemocracia en el gobierno. Si en las recientes elecciones evitó una derrota importante fue porque era visto como mal menor, frente a las brutales declaraciones antiobreras de su contrincante derechista Angela Merkel. Un síntoma de la crisis entre la clase obrera y el SPD es el surgimiento de un importante partido a su izquierda, el Linkspartei. Este partido, si bien es dirigido por los ex stalinistas de la RDA y ex funcionarios socialdemócratas (como Oskar Lafontaine) y su programa es tibiamente reformista, muestra no sólo el descontento en los laender de la ex RDA (25% de los votos) sino también en el oeste en donde obtuvo un significativo 4%, con amplia mayoría de votos obreros.

Hoy podemos decir que el proyecto político de la socialdemocracia a nivel continental, y francés en particular, está severamente cuestionado. La expulsión de Fabius [21] y sus socios de la dirección del PS, por parte de los derrotados en las urnas (la dirección de Hollande), es una muestra de impotencia para dialogar con los votantes del NO (por falta de proyecto), entre los que se encuentran más de la mitad de sus tradicionales votantes. Esta crisis llega aún a los más “prestigiados” dirigentes socialdemócratas, como el español Zapatero, que había ganado el referéndum por el Tratado Constitucional, y hoy está golpeado también interiormente por la pérdida de legitimidad de su proyecto europeísta. Del otro lado, el gobierno derechista más europeísta (el francés) sufrió una grave paliza, ya que no sólo perdió el referéndum sino que además tuvo la “irresponsabilidad” con sus sostenedores burgueses de llamarlo y perderlo. Se abrió una discusión en la derecha francesa (en la cual De Villiers quiere participar abiertamente) sobre cual es el proyecto para Francia y para Europa y sobre quienes serán los candidatos que mejor la representan. La curiosidad francesa reside en que la representación del Estado (Chirac) está terriblemente desprestigiada, mientras que el gobierno como representación del régimen, sostenido por las dos alas del UMP (De Villepin y Sarkozy), es más fuerte que la presidencia y le hace de colchón.

En el resto de Europa, dentro de la derecha gubernamental, las alas euroescépticas o simpatizantes de los EE.UU. toman mayor vigor en esta disputa interna. Si en Francia se fortalece el “amigo de los EE.UU.” Sarkozy, lo hace exaltando un discurso chauvinista, ya que cuando llama “lacra" (racaille) [22] a los inmigrantes de las periferias, se está dirigiendo a la base social del “NO de derecha", en particular de los pequeños comerciantes o productores agrícolas. Su demagogia chauvinista-racista es el basamento de su popularidad actual. Asimismo, Tony Blair anula el referéndum sobre el Tratado Constitucional para acallar a las grandes simpatías euroescépticas no sólo entre la burguesía sino entre la población. Pero la política “antieuropea” más audaz la han lanzado en Italia: Tremonti (vicepremier italiano) y la Liga Nord [23] lanzan la “nostalgia de la lira” después del fracaso del referéndum francés, y a importantes sectores de masas no les parece tan utópico y lo ven con simpatía (el 35% de los italianos vería bien el retorno a la lira según las encuestas). Incluso el mismo camaleónico Jacques Chirac ve “una energía de nueva ambición” (Libération, 15/07/05) en el voto NO, y no pierde oportunidad de atacar verbalmente a Gran Bretaña, desde las Olimpíadas o la cocina hasta el “modelo social”, en el marco de la pelea por el Presupuesto Europeo. El PP español o la CDU alemana vuelven al ataque contra los aspectos “liberales y anticristianos” de la UE, y suavemente se despegan de su apoyo (que nunca fue muy entusiasta) del Proyecto de la Constitución de la UE. También es llamativo que los únicos dos países que deciden cerrar las fronteras (salir provisoriamente del acuerdo de Schengen [24]) después de los atentados de Londres sean justamente los dos en los que se ha votado NO: Francia y Holanda.

Curiosamente, el débil gobierno de Blair, que ganó las elecciones con poco más del 35%, es quien más se fortalece con esta situación, ya que los NO francés y holandés le ahorran el hecho de hacer un referéndum que iba directo a la derrota, se presenta como un “puente” entre Europa y los EE.UU., y le permite pelear más abiertamente por los intereses de la burguesía británica en el seno de la UE sin la carga de ser acusado de “euroescéptico”. Queda por ver como repercutirán los atentados en el mediano plazo en Gran Bretaña: si se empieza a desarrollar un sentimiento de que Blair tuvo la culpa del atentado por haber metido el país en la guerra de Irak (escenario tipo Aznar), o si por el contrario se refuerza una base social chauvinista que justifique lo actuado por el Primer Ministro. La debilidad actual de Bush, después de la crisis de Nueva Orleáns que hizo emerger la existencia de pobreza y racismo en la gran potencia americana, no ayuda a los gobiernos más “atlantistas” en su puja por la orientación de Europa.

Como primera conclusión podemos decir que los proyectos políticos que contemplen salirse de la UE (sea por izquierda o por derecha) comienzan a ser considerados como “viables” por sectores de masas.
Si los partidos tradicionales de Europa (socialcristianos y conservadores, o socialdemócratas), así como los viejos sindicatos, después de la derrota del Tratado en los referéndum quedan deslegitimados por el apoyo a éste, los regímenes construidos en torno a ellos se debilitan notoriamente. En este contexto, una intervención de la clase obrera deberá confrontar con enemigos desprestigiados. Esta es una nueva oportunidad para construir partidos revolucionarios.

De igual manera, los sectores nacionalistas (euroescépticos o directamente neofascistas) pueden sacar partido de la crisis de la UE. Los enfrentamientos interburgueses, sea por el presupuesto, la PAC, el déficit, la integración de Turquía, Rumania o Bulgaria, etc., son un terreno en el cual los ultraderechistas se sienten cómodos llevando adelante discursos nacionalistas. En todos los países de la UE existen importantes partidos ultraderechistas (en Francia, Dinamarca, Holanda y Bélgica superan el 10% de los votos) y van a aprovechar esta crisis para culpabilizar de la situación a los “extranjeros” y a los inmigrantes. Ellos intentan aprovechar la revuelta de las periferias, para subir la voz con sus venenosos reclamos xenofóbicos y racistas.

El euro también existe

Pese a su momento de gran debilidad política, la UE (o una buena parte de ella) tiene un gran punto de fuerza estructural de la que no gozaba en otras épocas: el euro. La moneda multinacional (abarca 12 estados, la mayoría imperialistas) refleja de un modo inequívoco el grado de interrelación de estas economías, que se desarrollaron particularmente durante los últimos cincuenta años. Pese a que varios países superaron el techo del 3% del déficit previsto en el acuerdo de Maastritch, y que el Tratado Constitucional ha sido rechazado en dos países importantes, el euro se mantuvo en el mercado mundial. Su valor descendió ligeramente en los últimos días frente al devaluado dólar, sin que esto signifique una crisis (ni mucho menos un crack). El euro es la “conquista” más importante de la burguesía europeísta. Esta moneda ata la economía de doce países y crea un mercado único en el mundo. Dentro de la “zona euro”, Alemania es el país más importante económicamente, Francia es la única potencia atómica, y existen importantes potencias económicas como Italia o España. Ninguno de estos países puede dirigir solo la “zona euro”, o sea Europa continental. La unidad económica, creada para tener una plataforma común para competir en el mercado mundial contra los EE.UU., es hoy el punto más fuerte y el núcleo de la UE.
Al mismo tiempo, los obliga a mantenerse unidos. Si alguno de los grandes países de la “zona euro” decidiera romper con la moneda única, estaría virtualmente declarando la guerra (en primer lugar económica) contra el resto de estos países. Esta perspectiva en los próximos años pareciera impensable, pero sin embargo sabemos que la política es “economía concentrada”.

En la actualidad ya empiezan a notarse los límites. Que la Liga Nord de Italia (al fin y al cabo un partido de gobierno en un país del G8) haga campaña pública contra el euro es una prueba de que la fortaleza económica relativa de la “zona euro” se va a enfrentar cada vez más a una fragilidad política cada vez mayor. Por otro lado, con el ingreso de los nuevos países semicoloniales a la Unión, una buena parte de los “fondos estructurales” tendrían que ser destinados a los nuevos ingresados. Para poder saquearlos mejor, los europeos occidentales necesitan mejorar la infraestructura, y necesitan sanear la economía de los ex Estados obreros de Europa Central. Esto está provocando que países como Francia no acepten reducir los subsidios agrícolas que reciben, lo mismo Italia, que los ingleses no renuncien al “cheque británico” [25], los españoles reclamen seguir teniendo ayudas, etc.. En pocas palabras, nadie quiere ceder su parte, todos quieren que ceda el “otro”, y en la última cumbre de junio nadie cedió y se abrió en Europa un “período de reflexión” muy tenso. La apertura de negociaciones de la Unión Europa con Turquía y Croacia (mientras está en seria crisis la cohesión interna) no es una muestra de “buena salud” de la UE, sino una forma de patear los problemas hacia adelante. Es parte de la necesidad de dar señales de vida después de un año que sólo ha traído crisis.

La extensión al Este, a tan sólo un año de haberse producido le está costando muy cara a los principales imperialismos europeos y, tal vez, esté marcando el límite definitivo del expansionismo del bloque franco-alemán.

Francia en la encrucijada

El NO en el referéndum mostró la distancia existente entre los “partidos tradicionales” (socialistas y conservadores o gaullistas) y las masas. Hizo ver (una vez más) que el régimen francés de partidos no sólo no responde a las necesidades de las masas, sino que se está demostrando incapaz de imponer su impronta “ideológica” a las grandes mayorías. En las elecciones presidenciales de 2002, en las que Le Pen dejó fuera a los socialistas para el segundo turno, uno de los grandes hechos fue que la llamada “extrema izquierda” obtuvo el 11% de los votos [26]. Esas elecciones fueron una muestra distorsionada de la polarización que comienza a existir en la sociedad francesa, y que se expresa también en el importante movimiento huelguístico del 4 de octubre de 2005.
La lucha radical de los portuarios de SNCM y de los portuarios de Marsella y Córcega, que fueron más allá de lo que pretendía la burocracia de la CGT [27], hacen ver que la crisis del régimen también toca a la vendida burocracia sindical francesa. Pero la revuelta de las periferias deja al desnudo que hay importantes sectores sociales (los inmigrantes, la juventud obrera de origen africano o árabe) que el régimen solamente se limita a reprimir, ya que ni siquiera tiene mediaciones que los contengan.

Aunque desde el inicio del levantamiento el gobierno aparezca compacto (para hacer frente al levantamiento juvenil de las banlieues), el gobierno está dividido entre el ala Chirac-De Villepin de un lado y el sector de Sarkozy por el otro. Pero la “oposición socialista” también se encuentra dividida entre los que apoyaron el SI y los que apoyaron el NO. Esto les impide aprovechar la crisis gubernamental para posicionarse como alternativa burguesa al UMP. Por el lado de la izquierda, el PCF (pese a haber llamado a votar NO) no puede romper su alianza de supervivencia con el PS: la bancada de diputados comunistas como las decenas de intendentes del conurbano parisino deben su existencia a que el PS necesita los pocos votos del PCF para vencer en las segundas vueltas a la derecha [28], y les “regala” algunos puestos a cambio de sus votos.
El PCF no pude sobrevivir solo en el antidemocrático sistema electoral francés, una alianza PCF-LCR sin un sector considerable del PS es impensable. Por eso la suerte del stalinismo francés está ligada a la del PS: al no haber elecciones proporcionales un eventual “Linkspartei francés” podría llegar a no obtener ningún diputado (como le sucede al Frente Nacional, pese a que no bajan del 15%). Tanto el PS como el PCF, se posicionaron en defensa de la “restauración del orden" [29] en las banlieues. La “izquierda" del PS, la que votó NO, no expresó ninguna posición alternativa a la dirección de Hollande. No podemos olvidar que la última vez que se había aplicado el “Estado de Emergencia" (en 1983 en Nueva Caledonia), o sea, contra población colonial, Laurent Fabius era el primer ministro de François Mitterrand. Una lista del “NON de gauche” no sería otra cosa que un acuerdo electoral de conciliación de clases, hegemonizada por los “social-liberales” del PS, si no el PCF no entraría, ya que se arriesgarían a perder miles de cargos, funcionarios, dinero, etc.

Aún en una hipótesis difícil, una lista del “NON de Gauche", hegemonizada por la minoría del PS y el PCF, sería un acuerdo político de enemigos encarnizados de los trabajadores, de los inmigrantes, de la juventud de las banlieues y de los pueblos oprimidos. Los argumentos nacionalistas con los cuales ellos llamaron a votar NO, la negación de que Francia sea una potencia imperialista, tienen su continuidad con el llamado a la represión a una juventud originaria de sus ex colonias. El levantamiento espontáneo de los jóvenes de las “cités", [30] que en su mayoría son negros o árabes, nos hace constatar que los principales partidos que llamaron a votar NO (minoría PS, PCF, FN, MPF), sin distinción de “derecha” o “izquierda", plantean la represión como solución.

La crisis del régimen, la crisis de la UE y la revuelta

La explosión iniciada en Clichy-sous-bois el 28 de octubre se produce en el marco de una crisis de las instituciones. La explotación imperialista, deja en los países semicoloniales una terrible secuela de miseria, saqueo y guerras. Como contrapartida produce un inevitable flujo migratorio hacia los países imperialistas ricos. Por más que los intenten frenar, como lo hace el “socialista” Zapatero en Ceuta y Melilla, la situación insoportable en el llamado Tercer Mundo, hace que millones decidan huir hacia donde haya mayores posibilidades de supervivencia (Europa, EE.UU., Japón, Australia, etc). Los habitantes de las “cités” francesas, son en su mayoría hijos o nietos de inmigrantes de las mismas ex colonias francesas (Marruecos, Argelia, Senegal, Benin, Burkina Faso, etc.). Los inmigrantes “nuevos” son una importante minoría. El imperio colonial los “acogió” instalándolos en las periferias de las ciudades, y vivían haciendo los trabajos que los franceses no aceptaban. Si la inmigración en masa comenzó en los años ’60, cuando la alta tasa de ganancia necesitaba de la incorporación de mano de obra barata, entonces podemos hablar de que en las cités se acumulan cuarenta años de marginalidad y racismo, lo que los obliga a encerrarse en sí mismos. Desde los años ’80, con la crisis económica, Francia (y Europa) adoptaron una política restrictiva para el ingreso de inmigrantes. Las guerras imperialistas contra Irak (en el ’90 y en 2003), contra Afganistán, más el impacto del 11de setiembre de 2001, hizo que la población musulmana (la mayoría de los inmigrantes en Francia y en Europa) fuera estigmatizada aún más, siendo blancos predilectos del racismo y de la demagogia de ultraderecha. En la política exterior, Francia hace mucha demagogia hacia los países árabes por su enfrentamiento interimperialista con los EE.UU., pero en la política interior los magrebíes (como los negros) son verdaderos ciudadanos de segunda. Tienen el doble de desocupación, pueblan las cárceles y viven en los ghettos más insalubres. La explosión de fin de octubre estaba latente desde hace años. En la actualidad, la crisis en las alturas producto de la falta de proyecto, particularmente de los partidos de la “gauche”, el PS y el PCF, y de los viejos sindicatos (CGT, CFDT, FO) que no tienen nada que ofrecerle a los desheredados de las banlieues, es la razón última de esta revuelta, ya que nadie consiguió frenar a los jóvenes hasta hoy [31]. La misma Unión de Organizaciones Islámicas de Francia lanzó una “fatwa” para condenar los incidentes, al tiempo que los imanes organizan rondas en las barriadas para “calmar” a los jóvenes, pero hasta ahora sin resultado. Este escenario puede repetirse en casi toda Europa. En la “Europa Fortaleza”, los “ciudadanos de segunda” han hecho su primera aparición política, aunque elemental, y despertaron gran simpatía a nivel internacional entre los más oprimidos. Hay quienes los comparan con el rol jugado por los estudiantes para desencadenar el proceso revolucionario abierto en el ’68. Aún es muy prematuro aseverar que es así, pero indudablemente un nuevo actor político entró en escena (los hijos de la inmigración de las periferias), y los revolucionarios debemos tener una atención especial hacia ellos.

La clase obrera debe proponer una vía independiente

La Unión Europea entró en la crisis más importante de su historia, justamente en el momento en el que había alcanzado sus máximos logros: el euro y la extensión al Este. Pero al mismo tiempo, el cemento ideológico con el que construyó este armazón, el europeísmo, se deshace ante la avalancha de los NO francés y holandés y se desencadena una crisis mayor. La revuelta de las banlieues destapó que dentro de la “fortaleza Europa”, la relación con los “hijos del colonialismo” en el interior de la metrópolis es explosiva.
La primera reacción de las burguesías ante la crisis del NO fue la de relanzar un discurso de “defensa de los intereses nacionales”. Los gobiernos actuaron de esta manera en la cumbre de la UE, dejando poco margen para el consenso, supuestamente siguiendo el “mandato de las urnas” en Francia y Holanda.

Los trabajadores de los países imperialistas no tienen nada que ganar con la “defensa de los intereses nacionales”. La profundización de estas tendencias históricamente llevó a sangrientos conflictos, particularmente cuando se enfrentaron los países europeos. Y para enfrentar a sus competidores imperialistas cerrando sus mercados necesitan derrotar a su propia clase obrera para imponer sus productos en el resto del mundo y financiar las aventuras militares. Y para esto también utilizan el chauvinismo contra las “minorías étnicas”, o sea, los inmigrantes provenientes del llamado Tercer Mundo (ex colonias), para dividir a la clase obrera entre trabajadores de primera y segunda que se enfrenten entre ellos.

Pero la UE no representa una alternativa al nacionalismo: tan sólo cambia el eje del conflicto, en vez de enfrentarse entre los europeos todos juntos enfrentan a los EE.UU.. Al mismo tiempo la UE no es “reformable”; es un proyecto imperialista organizado por las principales multinacionales del continente que aspira a tener un gran mercado interno, recolonizar su “patio trasero” de Europa del Este, para tener una plataforma sólida para la gran batalla, en principio política y económica, contra los EE.UU.. Para llevarlo adelante necesita imperiosamente bajar el costo del trabajo, o sea aumentar la explotación de los trabajadores en los principales países (Francia, Alemania, Italia, Suecia, etc.) y expoliar a los pueblos y saquear los recursos de las semicolonias.
Frente a las alternativas que nos propone la burguesía, sea la UE o la defensa de los Estados imperialistas, los trabajadores debemos iniciar el camino hacia una alternativa que no hunda al continente en la miseria o la guerra: los Estados Unidos Socialistas de Europa.
Ir en esta perspectiva implica luchar en primer lugar contra el chauvinismo en los países centrales y apoyar desde éstos las luchas de los trabajadores y oprimidos de los países semicoloniales. El voto NO expresaba el hartazgo con las políticas neoliberales pero también el racismo hacia los inmigrantes. Si bien es un punto de crisis para muchas de las burguesías europeas (no para la inglesa, por ejemplo), no es de ninguna manera un punto de apoyo para las luchas de los trabajadores. El hecho de que el desgastado gobierno francés suba su popularidad durante la revuelta con un discurso cuasi abiertamente racista, hace patente el hecho de que el NO no representó “un triunfo obrero y popular” como sostienen partidos como la LCR francesa, sino que era un voto “antiliberal” ecléctico que tenía también en su seno reivindicaciones chauvinistas y racistas. El chauvinismo expresado en la figura del “plomero polaco” por los reaccionarios como De Villiers durante la campaña por el NO, fueron el precedente del famoso “racailles” (lacras) de Sarkozy.
Esto sólo hace enfrentarse a los trabajadores entre ellos. Los trabajadores así como deben enfrentar a los insignes representantes del SI, como Chirac, Sarkozy u Hollande en Francia, Berlusconi y Prodi en Italia, etc., deberán enfrentar también a los representantes del NO como el neoliberal Laurent Fabius, los ultraderechistas como Le Pen, o inclusive a los “comunistas” como MG Buffet que cogobernaron Francia con el privatizador Jospin, etc.. Los revolucionarios decimos que se debe romper con la lógica perversa del “bloque del NO de izquierda”, que va en el camino de la conciliación de clases, de la defensa del Estado imperialista y racista y que sólo sirve para lavar la cara a dirigentes antiobreros y despreciados por los trabajadores que gobernaron Francia de 1997 a 2002. La unidad de los trabajadores locales con los inmigrantes es una de las bases primordiales para llevar adelante una lucha con éxito contra las patronales y sus gobiernos. Los revolucionarios entendemos la violencia desatada en las banlieues, producto de la política profundamente racista del Estado imperialista, pero no compartimos esos métodos ya que son impotentes para derrotar la política del Estado francés y el imperialismo. La organización de los combativos jóvenes de la periferia en organizaciones comunes de la clase obrera, que luche contra el racismo y la represión policial, por el reparto de las horas de trabajo entre ocupados y desocupados, y por la legalidad de todos los inmigrantes será un primer paso en el camino de unir a la clase trabajadora. Las burocracias sindicales que han apoyado el SI, así como los partidos comunistas que han apoyado el NO se oponen a la unidad de los trabajadores y a su autoorganización. Hay que echar a los burócratas sindicales que colaboran con el statu quo de explotación, imperialismo y racismo, que dejan a los jóvenes de la banlieues solos, recuperar a los sindicatos y transformarlos en organizaciones revolucionarias que defiendan al conjunto de la clase y no sólo a los sectores más acomodados. De no hacerlo así, dejaremos a la juventud pobre urbana para que se organice en bases étnicas o religiosas, contribuyendo a fragmentar y debilitar a la clase obrera y sus aliados. Hace falta construir partidos revolucionarios, trotskistas cuartainternacionalistas, que desde la clase trabajadora jueguen un rol decisivo en crear una nueva dirección revolucionaria de la clase obrera, echando a los viejos burócratas, para abrir una nueva perspectiva para los trabajadores europeos.

 

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