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Tras el discurso triunfalista sobre el “modelo K”, una agenda de normalización y vuelta a los mercados

28/04/2011

Los economistas que apoyan la política económica oficial gustan hablar de un modelo que no sólo sería redistributivo, sino que a la vez habría conquistado de forma duradera nuevos márgenes de autonomía para sostener una política económica basada en la intervención del Estado que impulse la demanda agregada para lograr “crecimiento con inclusión social”. En el discurso de los economistas K, este modelo habría probado su eficiacia contra los pronósticos agoreros. En otras oportunidades hemos cuestionado que pueda hablaese de redistribución progresiva en el “modelo K”, y hemos mostrado que esto es incluso reconocido por algunos economistas favorables a la política oficial.

Nos interesa acá poner en cuestión el optimismo sobre las condiciones para sostener el andamiaje en el que se baso la economía K durante los últimos años. Es que, aún en las condiciones más favorables, y gane quien gane las elecciones en octubre, lo que fue la economía en tiempos kirchneristas ya no será. La “gran Makro” tendrá poca magia para mostrar con el agotamiento de los dos pilares centrales que caracterizaron la bonanza de estos años: el superávit fiscal y el superávit comercial, también llamados superávits gemelos.

El primero de estos pilares, el superávit fiscal, significó que el Estado acumuló una masa de recursos que le permitieron adquirir más peso en la economía, erigiéndose en árbitro entre las distintas fracciones del capital. El origen de este superávit está en el formidable ajuste que se dio en 2002, profundizando la tendencia de los últimos años de crisis de la convertibilidad. Durante ese año el gasto cayó 37%, siendo uno de los principales factores la pérdida de poder adquisitivo de los salarios de los empleados públicos luego de la devaluación, el default de la deuda, y el congelamiento o reducción de partidas durante ese año. Gracias a este colchón, aunque el gasto aumentó durante los años siguientes, el resultado se mantuvo positivo. Estos recursos fueron la base para la intervención estatal, compensando a distintos sectores en pos de sostener la rentabilidad empresaria, mediante subsidios o financiación. También permitieron impulsar el crecimiento de los negocios de los capitalistas amigos, y aumentar el gasto social, lo que acompañó las limitadas medidas reformistas hacia los sectores en blanco de la clase trabajadora que fueron de la mano de mantener la estructura de flexibilización y precariedad laboral.

El segundo pilar, tuvo como correlato que la economía argentina tuviera un ingreso neto de dólares por el comercio desde 2003 en adelante, lo que le permitió armar un colchón frente a la persistente fuga de capitales, las remesas de dividendos y utilidades de las empresas extranjeras, y los pagos de la deuda pública externa. Aún considerando la salida de divisas por todos estos conceptos, el Banco Central pudo seguir aumentando su disponibilidad de dólares.

Se acabó lo que se daba

En términos estrictos, el superávit fiscal desapareció en 2009, aunque el maquillaje de las cuentas fiscales -con la incorporación al presupuesto de resultados que antes se contabilizaban por separado- y el impacto de la inflación sobre la recaudación, hayan permitido manejar la situación. Los dólares del Banco Central (BCRA) jugaron también su parte el año pasado, ya que el Fondo del Bicentenario permitió realizar pagos de deuda con fondos del presupuesto, liberando algunas partidas y evitando hacer lo mismo pero tomando deuda en el mercado.

Sin embargo, ésta posibilidad podría verse restringida desde este año, por una circunstancia que también implicará de concretarse la vuelta de nuevos condicionantes sobre la economía nacional.

El superávit comercial podría encogerse de manera significativa, en relación a los valores de los últimos años. En los primeros dos meses del año, las exportaciones argentinas crecieron 27 por ciento, y las importaciones 45 por ciento. Si estos ritmos se mantuvieran, el superávit comercial, que el año pasado fue de u$s 12.807 millones, caería hasta u$s 5.541 millones, es decir, una caída del 46%. ¿Qué significaría esto en los hechos? Considerando que la salida de dólares se estima rondará los u$s 10 mil millones -en concepto de pago de la deuda, remesa de utilidades y dividendos y fuga de capitales- el resultado sería un balance externo negativo de casi u$s 5.500. Situación inédita en la era kirchnerista, que por primera vez desde 2002 tendría como resultado una salida neta de dólares.

Sin embargo, es probable que esta reducción del superávit comercial a ritmo acelerado no se mantenga. Probablemente las importaciones aumentarán menos, al menos en la medida en que las iniciativas del secretario de comercio Guillermo Moreno tengan algún éxito. La mayoría de los pronósticos anuncian que el saldo comercial rondará un saldo positivo de u$s 10 mil millones, por lo que el saldo de cuenta corriente sería nulo en 2011.

Por primera vez en una década no habría entrada significativa de dólares. Todo sugiere que este resultado será el inicio de un deterioro más profundo en los años próximos. El crecimiento económico viene generando un crecimiento aún más fuerte de las importaciones -entre otras cosas porque las empresas están respondiendo la mayor demanda trayendo productos del extranjero en vez de ampliar la capacidad.

Aunque las exportaciones aumentan también, lo hacen a un ritmo más lento. En el caso de las exportaciones agrarias, no será fácil repetir años como 2010 y 2011, en los que ayudó el clima y los precios.

La inflación, que para el año pasado, puede calcularse que rondó un 27% es otro elemento que opera en favor del deterioro del balance comercial. Si la moneda no se deprecia, es decir que la paridad entre el peso y el dólar se mantiene igual, y suben los precios, en los hechos está ocurriendo una apreciación real del tipo de cambio: la misma cantidad de dólares tiene menos poder de compra en la economía argentina. En realidad, el peso viene registrando una permanente depreciación, es decir que la paridad no se mantiene fija. Pero como estas depreciaciones son muy reducidas (10% en 2009 y 4,5% en 2010) no compensan los aumentos de precios. El resultado: la producción local es cada vez más cara en comparación con la extranjera. Frente a esto, responder con una fuerte devaluación está descartado, porque empujaría a un salto en los niveles de inflación.

En este contexto, el gobierno está recibiendo una ayuda importante de las condiciones macroeconómicas de Brasil. El país vecino, un de los principales destinos de la producción de la industria local, mantiene una fuerte apreciación de su moneda. Por eso, aunque el peso argentino se apreció en relación al dólar, no lo hizo frente al real. Lo mismo ocurrió con otras monedas. Esto da un poco de “colchón” cambiario, si las condiciones externas no cambian. Sin embargo, las alarmas que hay en Brasil por la entrada de capitales de los últimos meses -que agravó aún más la apreciación de la moneda- podrían empujar un rápido cambio de rumbo hacia la depreciación del real. Esto pondría fin a gran parte de la ventaja cambiaria que conserva la economía argentina. La inestable situación de la economía internacional (que suma nuevas incertidumbres como la rebaja de la calificación de la deuda norteamericana) podría traer también malas noticias por el lado de las ventas externas a Europa y Asia. Pero incluso si todo esto no sucede, es muy probable que la inflación ponga fin al colchon cambiario durante durante 2012.

Por eso, por muchas medidas que tome Guillermo Moreno para frenar la avalancha de productos importados, es muy probable que las compras al extranjero sigan aumentando. Incluso una buena noticia para el gobierno, como es el poderoso crecimiento de la industria automotriz, que hoy ya podría producir un millón de autos, significa aumentar la presión sobre el balance externo, ya que esta industria es deficitaria en términos de comercio exterior (importa autopartes y vehículos por un valor superior a lo que exporta por ambos conceptos). Incluso si los acuerdos para sustituir importaciones son algo más que anuncios para zafar hasta las elecciones, difícilmente puedan evitar la reducción del balance externo.

Ahora sí, sin reservas

Este escenario genera enormes dificultades para la política económica. Durante los últimos años, al Estado le faltaron los recursos propios para cerrar el programa finaciero, pero había dólares abundantes en el BCRA. Si algunas maniobras permitían hacerse de esos fondos, el problema podía patearse para adelante creando deuda intraestado.

Pero el recurso a las reservas del BCRA para cerrar las cuentas fiscales se encuentra de acá en más limitado: si se mantiene y se profundiza el uso de los dólares en manos del central, en el nuevo contexto de balance externo nulo o negativo, se liquida un colchón importante frente a la vulnerabilidad externa [1]

La situación actual hace más complicado también soportar una fuerte fuga de capitales, como la que se dio entre finales de 2007 y comienzos de 2010, y que resultó en la salida de u$s 55 mil millones durante esos años. Las reservas alcanzan actualmente los u$s 52.427 millones, si el comercio no permite seguir compensando las salidas, dificilmente podría hacerse frente a una situación como la de esos años.

FMI, Club de París, y la vuelta a los mercados

Por eso, la agenda de normalización impulsada por Boudou en sus primeros actos como ministro, y que pasó rápidamente a repudiar cuando fue regañado por Néstor y Cristina, se impone de forma inexorable. Para un gobierno que ha pagado religiosamente todas las deudas y que por las generosas concesiones dadas en los bonos emitidos en la renegociación de 2005 y su reapertura en 2010, permitió un fuerte aumento de la deuda cuya carga -aunque cínicamente presenten la intervención al IndeK como una patriada contra los rapaces bonistas- el camino de dejar de pagar las deudas no parece muy probable.

Tampoco es de prever que dejen de destinar fondos a los capitalistas. Aunque seguramente tratarán de reducir los subsidios a empresarios, lo cierto es que los intentos de llevarlo a cabo vienen fracasando desde hace años. La persistencia de la inflación hacer prever más bien que estos irán en aumento; aunque el mayor gasto no tenga mucho efecto desde el punto de vista limitar los aumentos de los precios soportados por los trabajadores, y sólo sirva para sostener la ganancia empresaria.

Dos caminos, entonces, son de prever para cerrar las cuentas: el primero, es la continuidad del ajuste inflacionario: reducción de partidas congeladas en términos nominales, mientras aumenta la recaudación de manera formidable gracias a las subas de precios. Gracias a la mejora de la recaudación y la caída en términos reales del gasto global, hasta es posible anunciar el aumento nominal de algunas partidas, y que el resultado en términos reales siga siendo una disminución del gasto.

Sin embargo, esto no alcanza. El gobierno tiene la exigencia de mantener el gasto público en aumento. No centralmente para aumentar el “gasto social”, como pretende el gobierno para reivindicar el déficit como producto de una política redistributiva, y como denuncian algunos medios de la oposición patronal escandalizados por “el desbarranque del gasto”. Son los pagos de la deuda y los subsidios a la ganancia empresaria los componentes que más vienen aumentando. No por nada, es el Ministerio de Planificación el que muestra este año una explosión del gasto que supera los niveles de incremento de cualquier otro.

Por eso, luego de años de pregonar que la Argentina ya no estaría sometida a los vaivenes del Fondo Monetario Internacional (FMI) y que estamos en una senda de desendeudamiento de la cual no hay vuelta atrás, hoy ya es innegable que ni una cosa ni la otra son ciertas (como tampoco lo es que haya habido desendeudamiento). Para “profundizar el modelo”, no queda otra que cumplir con la revisión del FMI bajo el artículo IV de su estatuto, en pos de avanzar con las estancadas negociaciones con el Club de París. Terminar con estas cuentas pendientes se ha vuelto una cuestión urgente. La necesidad de dar los pasos que faltan en ese camino, explica la presencia del FMI en estos días en Argentina.

El “modelo K”, sin los pilares que caracterizaron la última década de crecimiento, sólo puede sostenerse sobre la base de nuevo endeudamiento. Si durante estos años, aunque la deuda siguió aumentando mejoró su perfil porque la deuda privada y externa fue sustituida por bonos en manos de organismos públicos, ahora es necesario recrear las condiciones para volver a los mercados. La incapacidad de endeudarse en el exterior, que fue presentada muchas veces como una virtud en los últimos años, ya no puede serlo.

La “soberanía nacional” de la era K, atada a los superávits gemelos

El verso de los márgenes autonomía conquistados durante el kirchnerismo, consistió en los hechos en el usufructo de las condiciones excepcionales logradas por la economía argentina profucto del descalabro de 2001. Sobre la base de los enormes costos cargados en la espalda de la clase trabajadora, se sanearon las cuentas públicas, y se recuperaron la ganancia y el crecimiento. El superávit fiscal y los abundantes dólares en el Banco Central permitieron manter a raya las exigencias externas, a fuerza de pagar generosamente; mientras el capital extranjero repatriaba dividendos a lo loco gracias a las posiciones conquistadas en la economía nacional que, lejos de retroceder, siguieron en aumento. Los economistas K, hablan de consolidar el modelo productivo, mientras la burguesía aprovechó estos años apara amasar fortunas manteniendo baja la inversión y sin que ningún cambio cualitativo se haya registrado bajo estas conciciones excepcionales. Agotada la bonanza, la “produndización” del modelo continúa con más deuda, ajuste inflacionario y la vuelta del FMI. Las ganancias empresarias aumentaron en el último año, junto con las remesas de utilidades y dividendos de las grandes empresas extranjeras que avanzaron como nunca en el control de sectores fundamentales de la economía.

En las antípodas de la política K, es necesario romper todos los compromisos con los organismos financieros internacionales, declarar el no pago de toda la deuda, establecer el monopolio estatal del comercio exterior, nacionalizar los recursos estratégicos, y avanzar en apropiarse íntegramente de la renta agraria mediante la nacionalización de las grandes propiedades, en vez de seguir pichuleando por una porción de la renta como hace el gobierno con las retenciones y podría hacer con nuevas medidas en los próximos tiempos. Estas medidas, junto con la nacionalización bajo administración de los recursos estratégicos -que en los últimos tiempos siguieron eminentemente en manos privadas extranjeras- bajo administración obrera, son las vías elementales para romper con la dependencias que se mantuvo incólume en tiempos kirchneristas.

25 de abril de 2011

  • NOTAS
    ADICIONALES
  • [1Agreguemos de paso que la limitada depreciación nominal del tipo de cambio durante 2010 (4,5%) en comparación con el nivel de depreciación más elevado que tuvo en 2009 (10%), limita otra fuente de recursos que el BCRA transfiere al tesoro, que son las utlidades que el Banco Central tiene por la depreciación de la moneda. Esto ocurre porque sse reducen sus pasivos monetarios (los pesos en circulación) en relación a sus activos..

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