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Economía Argentina - Debate

Las vanas ilusiones sobre la “desconexión” de la economía argentina

14/07/2011

Quienes creen que las contradicciones del capitalismo pueden conciliarse en los marcos de este régimen social, señalan siempre que con desdén que para los marxistas revolucionarios las crisis serían “iluminadoras” o “redentoras”. Con estas mismas palabras expresó su crítica el director de la Biblioteca Nacional Horacio González, en la charla “Los intelectuales, el kirchnerismo y la izquierda”, organizada por el Instituto del Pensamiento Socialista Karl Marx (puede verse aquí). Según el intelectual kirchnerista, de lo planteado en dicho debate por Christian Castillo, se deduciría que para el PTS la crisis sería un horizonte de expectativas, casi una promesa de redención, en base a la cual se puede “enhebrar” la acción presente.

Ciertamente, hay entre las organizaciones que se reivindican trotskistas, algunas que abiertamente defienden el catastrofismo, y transforman a este en base de su análisis y orientación política. Nosotros hemos polemizado contra esta visión en reiteradas oportunidades (ver por ejemplo “Entre el escepticismo y la catástrofe inminente”, en Lucha de Clases Nro. 7 y “Gradualismo y Catastrofismo”, en Lucha de Clases Nro. 8). Ya tendremos tiempo de volver sobre esta cuestión. Pero antes es importante considerar otros “usos” que se hacen hoy de la crisis en el discurso nacional, que nada tienen que ver con los marxistas revolucionarios, y en un sentido opuesto al que pretende la intelectualidad K.

¿Qué ilumina la crisis actual?

Contrariamente a lo planteado por Gonzalez, quienes toman la crisis (que ocurre en otras latitudes) como “iluminadora” son aquí el gobierno y sus voceros en los medios. Contraponiendo los apuros que aquejan a los países desarrollados de Europa y EEUU, y algunos países asiáticos como Japón, con la situación argentina, “enhebran” un discurso celebratorio de la política económica oficial, que sería el supuesto artífice de una situación de crecimiento económico a paso firme. Desde esta lectura, en Europa se estaría viviendo algo así como nuestro 2001, una crisis aguda del neoliberalismo, pero que tendría como promesa aprender de los ejemplos latinoamericanos, para ingresar en un sendero de “crecimiento con inclusión”. La crisis mundial, es entonces “iluminadora” de las virtudes del modelo K, que habría finalmente hallado la piedra filosofal para evitar las crisis capitalistas. El periodista Alfredo Zaiat reproduce un pensamiento similar en su columna del domingo 10, planteando que el conjunto de la región habría logrado crear colchones frente a la crisis gracias a una política macroeconómica heterodoxa. Como si las condiciones que permitieron los superávit comerciales y la acumulación de dólares -el gran colchón que menciona Zaiat- no debieran su origen eminentenmente a la situación de la economía mundial durante la última década, especialmente el elevado crecimiento chino pero también el consumo europeo.

Esta lectura denota, por empezar, un sesgo bastante provinciano, que no es capaz de ver que estamos ante el desarrollo de una crisis que no conoce fronteras. Es profundamente erróneo creer que la misma tiene una localización geográfica acotada –limitando sus efectos a los países más desarrollados que persisten en las políticas neoliberales-, y que lo es básicamente de un régimen de acumulación específico, el neoliberalismo, y no del sistema como tal.

En lo que hace a las perspectivas de mas largo plazo, la crisis de 2008 ha puesto patas para arriba la organización de la economía global articulada por las potencias imperialistas y el gran capital multinacional desde finales de los ’70, a través de sucesivas reestructuraciones y reformas que permitieron hacer frente a la “estanflación” (recesión con inflación) que puso fin al boom de posguerra. Estas reestructuraciones permitieron restablecer la rentabilidad cargando los principales costos sobre los trabajadores en todo el mundo. En esta reorganización de la economía mundial gestado a partir de los ’80, la economía norteamericana mantuvo un rol preeminente, pero en un rol algo distinto al que había jugado desde la posguerra. Se transformó de manera creciente en el comprador “en última instancia” de la producción global (ya lo era en cierta medida, pero no en la misma escala), permitiendo que distintas economías se basaran en modelos de desarrollo exportador, aunque a la vez EEUU mantuvo una fuerte competencia con Alemania y Japón en sectores de tecnología de punta. Como resultado, la economía norteamericana se trasformaría en el gran deudor del mundo, agigantando un déficit en su comercio exterior que prácticamente ha crecido de manera continuada, y que fue la base para la prosperidad de los “tigres” y “nuevos tigres” asiáticos (hasta que fueron golpeados por la crisis de 1997), y sobre todo de China. Y también se vio cómo crecían los activos norteamericanos en manos de extranjeros.

Pero este esquema, donde el elevado consumo norteamericano se mantuvo sobre la base del endeudamiento creciente, el déficit externo y la valorización de los activos, ha recibido un golpe mortal en su centro articulador. Aunque la rápida iniciativa de los países que durante el último boom habían acumulado fuertes superávits para aumentar el gasto público encarando inversiones públicas, incentivando la demanda y rescatando empresas permitió evitar un escenario de catástrofe. Junto con los planes de estímulo realizandos también en los países desarrollados -epicentro de la crisis- permitieron gestar una recuperación a “dos velocidades” -débil en Europa, EEUU y Japón y más fuerte en los BRIC y otros países de Asia y América Latina. Pero este esquema de emergencia, que fue el que permitió que para países como Argentina siguiera la demanda firme de commodities, no se parece en nada a una reorganización sostenible de la economía mundial. China, segunda economía mundial y la que muestra la mayor tasa de crecimiento, no ha dejado de ser eminentemente exportadora. El problema es a quién vender cuando los consumidores norteamericanos no dan señales de retomar el ritmo de consumo previo, ni tendrían cómo financiarlo.

En un terreno más inmediato, la aguda crisis fiscal que aqueja a muchas economías de la zona Euro desde comienzos de 2010 es el emergente más contundente del hecho de que las medidas de contención de la crisis devinieron nuevos eslabones débiles (Para un análisis detallado de las contradicciones generadas por los mecanismos de salvataje ver el artículo de Paula Bach “Economía: las medidas de contención devienen eslabones débiles” en Estrategia Internacional Nro. 27 y también la reciente Crisis económica internacional: una actualización necesaria). La crisis de liquidez y solvencia a consecuencia de la caída de Lehman Brothers afectó las economías Europeas necesitadas del flujo de capitales para saldar su cuenta externa -bajo las estrictas condiciones de los acuerdos de Maastricht. La necesidad de aumentar el gasto público llevó esta difícil ecuación al límite, conduciendo rápidamente a las mismas la borde mismod de la bancarrota. Si en EEUU distintos datos sugieren que haber iniciado una senda de austeridad llevó nuevamente a una senda recesiva, la situación en Europa es una bomba de tiempo. Grecia podría ser el Lehmans de la banca europea. Las consecuencias que podría tener para la Eurozona una cesación unilateral de pagos en el país helénico son ominosas; una quita negociada también acarrearía numerosas pérdidas. A diferencia de la crisis del 2008 con epicentro en EEUU, en está se pondrá además en juego un elemento ordenador central de todo un continente económico como es el Euro. Las consecuencias de tamaña tormenta dificilmente sean menores que lo vivido en 2008, con la diferencia de que a los Estados de la mayoría de los países los encontrará ya en una situación comprometida luego de todos los esfuerzos realizados para contener la depresión de fines de 2008 y comienzos de 2009.

Como ya hemos señalado en otra parte, estamos en tiempos de agudos desequilibrios y vuelcos inesperados en la situación mundial. La intervención estatal como respuesta a la crisis de 2008 ha permitido ganar tiempo, pero no ha dado lugar a salidas de fondo. Considerar que Argentina se encuentra blindada de esta situación gracias a la política kirchnerista -que habría encontrado la receta para resolver todos los males del neoliberalismo- y contraponer la situación Argentina con suena más a una expresión de deseos de que nada altere el clima de conformismo social que se ha gestado con el modesto bienestar de los últimos años, que a la conclusión de un análisis mínimamente fundado.

Iluminaciones que oscurecen

Mientras los apologistas del kirchnerismo enhebran este discurso sobre los méritos de la política oficial, que habría incrementado los grados de autonomía a contrapelo de la situación mundial, vemos que en realidad el kirchnerismo ha logrado capear las contradicciones que aquejan desde hace un tiempo a la economía Argentina gracias a los efectos que hasta el momento ha tenido la crisis y las medidas tomadas para enfrentarla.

Aunque muchos kirchneristas no quieran hacerse cargo de esta pieza central del inventario completo del “modelo” K, el mismo difícilmente existiría sin la cosecha de los efectos de la devaluación del peso frente al dólar encarada por Duhalde en 2002, que no sólo significó mayor competitividad sino una formidable caída del costo laboral en dólares (que para 2003 había desdendido en un 60% en relación a los niveles de 2001). La tan reivindicada “redistribución de la era K”, apenas significó una reversión de las consecuencias distributivas que trajo este mazazo al salario –y no se dio siquiera plena ni mucho menos pareja para los distintos sectores, ya que algunos gremios alcanzaron un nivel hasta 15 o 20% por encima de los niveles de 2001, mientras en otros el salario de bolsillo sin horas extras ni nada no alcanza los 1800, lejísimos de cualquier canasta básica elemental.

La ventaja competitiva empezó a entrar en el ocaso ya en 2008, producto de la suba de precios. Con la inflación, que se aceleró desde 2006, el dólar fue perdiendo capacidad de compra en el país. O sea que los bienes que habían llegado a tener precios locales muy por debajo de los internacionales –para ventaja del capital nacional- sufrieron un paulatino acotamiento de esa ventaja. Eso no significó la desaparición de los dólares del comercio exterior –este año habrá superávit por u$s 10 mil millones- pero sí un achicamiento de los márgenes extraordinarios de ganancia que lograron los empresarios en el país (no su desaparición). Existe una tensión cada vez más marcada entre la defensa del margen (vía aumento de precios) y mantener la competitividad (que exige, por el contrario, mantener los precios). Sólo una nueva depreciación fuerte del peso en relación al dólar podría resolver esta encrucijada, pero en las condiciones actuales no haría más que acelerar la inflación.

Es aquí donde aparece un elemento central, no “enhebrado” por los apologistas del kirchnerismo. Mientras el discurso oficialista busca contrastar los padecimientos de las políticas económicas ortodoxas con el buen pasar otorgado por la política local, en realidad hoy este último está atado a condiciones externas que ayudan a compensar las complicaciones que viene sufriendo el esquema desde hace algunos años.

Por empezar, desde 2007, el desinfle de las varias burbujas inmobiliarias que se habían desarrollado en EEUU y varios países Europeos, generaron una estampida de los inversores hacia nuevos nichos de activos con los que se pudiera especular. Uno de ellos fueron los productos financieros asociados a la comercialización de granos y otras mercancías por el estilo, englobadas en lo que se conoce como commodities. La masiva compra de estos activos disparó sus precios, generando para los inversores altas ganancias que motivaron el creciente ingreso de nuevos jugadores. Es decir que comenzó a desarrollarse también aquí una nueva burbuja. No todo es espuma, sin embargo: la demanda China y de otros países venía alimentando ya la suba de precios, además de la exportación de volúmenes físicos cada vez mayores. Pero esto se disparó a partir de 2007. Hubo una ligera caída en los precios de los granos luego de Lehman Brothers, pero pasado el pánico de los primeros tiempos, menos de un año después volvía a mostrar una senda ascendente.

En el último semestre, esta disparada estuvo alimentada por otra medida, también asociada a las respuestas dadas por el gobierno norteamericano a ls crisis “neoliberal” que tanto buscan contraponer los voceros oficiales al “modelo” K. La masiva emisión de dólares anunciada en diciembre de 2010 (el llamado Quantitative Easing II) disparó nuevamente los precios de las commodities. Tuvo, además, otro efecto virtuoso para la economía local: al inundar el mundo de dólares, se generó una presión para que esta moneda se depreciara en relación a otras. Fue así como el Real brasilero -entre otras varias monedas- aumentó su paridad con el dólar. Pero esto no sucedió con el peso argentino, que se mantuvo en una paridad casi inalterada. De esta forma, mientras el país pierde competitividad en dólares por aumento de precios, la gana en relación a otros países como Brasil porque el dólar se aprecia. Cabe agregar, por último, que el flujo de capitales hacia el país vecino, viene incentivando una creación de crédito barato que alimenta el consumo, entre otras cosas, de autos argentinos.

Como se ve, lo que queda fuera de la iluminación oficialista, es que la compleja situación externa ha creado hoy condiciones que son actualmente el principal sostén del “modelo” K. También oscurece que frente a cualquier cambio en la misma -algo cada vez más ineludible- las condiciones de la economía argentina podrían deteriorarse muy rápidamente. Aunque los desequilibrios son manejables mientras se sostenga la ayuda externa, la economía tiene baja “capacidad de reacción” ante cualquier cambio brusco. Ni siquiera habría hoy condiciones para aplicar algunas tibias medidas de estímulo como se implementaron a fines de 2008 (planes de canje para autos y electrodomésticos, planes REPRO para evitar despidos costeando con fondos públicos una parte de los salarios, planes de trabajo en cooperativas), que fueron un fracaso desde el punto de vista de la contención económica: en seis meses se destruyeron no menos de 90 mil puestos de trabajo en el sector de empleo registrado (si le creemos a la estadística oficial que ha estado propensa a recibir manipulaciones similares a las del índice de precios del IndeK en todos los rubros) que se estiran hasta más de 200 mil si consideramos a la destrucción de puestos de trabajo en sectores no registrados o “en negro”.

¿Catastrofismo o práctica preparatoria?

Si no se trata de proyectar una crisis iluminadora, tampoco se puede dar tozudamente la espalda a las convulsiones que recorren el planeta, y que en menos de dos años han generado un vuelco en la situación política en grandes porciones del planeta. Ya durante 2009 y 2010 vimos cómo en Europa jóvenes y trabajadores se movilizaron en respuesta a los ataques lanzados por empresarios y gobiernos para hacer frente a la crisis, socializando las pérdidas del capital y cargando la cuenta sobre los trabajadores y sectores populares. Este año comenzó con la primavera árabe, motorizada porque al descontento de larga data con los regímenes opresivos en la mayoría de los países de Medio Oriente, se sumó la severidad de los efectos de la crisis.

El capitalismo argentino está lejos de ser inmune a una crisis planetaria que salió por el momento de estado crítico, pero que podría generar nuevos episodios muy convulsivos en un futuro inmediato, incluso en apenas algunos días según como se procese el casi ineludible default griego. Como se vio entre la primavera de 2008 y mediados de 2009 (donde, aunque el IndeK no lo diga la economía cayó fuerte y se destruyeron casi 200 mil puestos de trabajo), no hay medida de este gobierno que prometa seriamente ningún desacople de la situación mundial.

La burocracia sindical, aliado clave del gobierno aunque lo hayan relegado en las listas de diputados, había actuado de una manera que -haciendo un ejercicio de muy buena voluntad- podríamos definir como como muy tibiamente reformista entre 2004 y 2008 mientras crecía fuerte el empleo -negociando algunas mejoras pero por detrás de las expectativas, diviendo efectivos y contratados-, pero fue correa de transmisión de las necesidades empresarias apenas sobrevino la crisis en 2008, permitiendo la rescisión de contratos para los no efectivos (que se negaron a reconocer como despidos) y permitiendo bajas de salarios (o no reclamando subas mientras seguía habiendo inflación). Sólo los sectores clasistas, ligados en muchos casos a los troskistas del PTS, dieron una pelea seria por defender las condiciones de efectivos y contratados, contra los despidos, y por evitar que la crisis fuera aprovechada por los capitalistas para recuperar posiciones a costa de la clase trabajadora. IVECO, Kraft, Paraná Metal, son algunos ejemplos de las batallas protagonizadas por sectores clasistas, en las que el gobierno y los burócratas sindicales estuvieron del otro lado.

En el marco de las convulsiones mundiales, y con la experiencia hecha de la crisis reciente, sostener la ilusión gradualista de que el kirchnerismo irá avanzando pasito a pasito en algunas mínimas cuestiones nacionales y en generar una módica redistribución del ingreso, no es más que una utopía abiertamente reaccionaria.

Señalar la perspectiva de crisis no es lo mismo que esperar que la crisis actuará como un catalizador que abrirá sin más a los revolucionarios la posibilidad de llegar con nuestro programa hacia las masas. Como muy bien plantea Fernando Rosso, esta lógica catastrofista despunta cierto “mecanicismo economicista en estas forma de pensar la dinámica de la lucha de clases y la relación entre lo objetivo y lo subjetivo. No un economicismo ‘fatalista’ con el mismo sentido que el de la Segunda Internacional o del stalinismo, donde el “desarrollo de las fuerza productivas, llevaba necesariamente al socialismo”. Pero si un “fatalismo” donde la crisis terminal del capitalismo, cobra un valor sin límite y “soluciona” en sus nueve décimas partes los problemas objetivos y subjetivos de las masas, de la clase y del partido, en el camino a la lucha por la revolución.Según este esquema, el PO […] tiene el programa histórico de la clase obrera. La catástrofe capitalista hace su parte. La clase obrera ‘empalma’ con el partido que tiene ‘su’ programa y por lo tanto solo hace falta agitarlo correctamente”.

La perspectiva de crisis mundial y del agotamiento del ciclo kirchnerista, da un marco a nuestras hipótesis estratégicas, en base a las cuáles se desarrolla nuestra pelea actual por forjar sectores conscientes y militantes de la clase trabajadora. No se trata de un deseo ni una expectativa; como planteba Christina Castillo en respuesta a González, “al revés, la voluntad política que queremos construir, es para que se levante un programa que evite que le pueblo trabajador pague los costos de las crisis [...]. nosotros seríamos cínicos si viendo el estado del capitalismo mundial, viendo lo que está pasando en todo el mundo, viendo que país por país, se endeudan los estados para rescatar los bancos, no le dijéramos a los trabajadores y el pueblo Argentino, miren que acá lo que se viene no es la felicidad, já, já, já já , acá no estamos en el Cristina el país de las maravillas, estamos en el medio del mundo capitalista que tiene estas grandes contradicciones, en donde zafamos por dos años mas o menos, por la suba del precio de las materias primas, pero ojo que esta es una crisis que todavía no dio su último punto […] Si frente a esa dinámica, a esas tendencias, no hay una fuerza anticapitalista con arraigo en el movimiento de masas, con peso en la case obrera para enfrentarla, nos van a pasar por arriba como otras veces aún cuando haya resistencia popular”.

El agotamiento del ciclo kirchnerista en un contexto de crisis capitalista global plantea un escenario de choques de clases más agudos para el cual debemos prepararnos. Es como preparación para esta perspectiva que hoy buscamos elevar las luchas duras que vienen desarrollando distintos sectores de la clase trabajadora al terreno de la expresión política, como venimos de hacer en la campaña electoral de Neuquén. No “enhebramos” a futuro un escenario de crisis que vaya a transformarse en un operador político que permita a los revolucionarios y su programa conquistar hegemonía. Apostamos al desarrollo político de los sectores combativos y antiburocráticos de la clase trabajadora con los cuáles damos una batalla común por recuperar los sindicatos de la mano de la burocracia sindical peronista que los transforma en órganos de la conciliación de clases, Intervenimos en cada batalla de clase buscando prefigurar una alianza de clases donde la clase trabajadora pueda hegemonizar con un programa de batalla real y no discursiva contra el imperialismo, que rechace el pago de la deuda externa (pagada generosamente por este gobierno a pesar de lo cual el desendeudamiento no ha pasado de ser un mito), recupere los recursos estratégicos mantenidos en esta década en manos de empresas extranjeras o apenas “argentinizados” para que empresarios como Eskenazi se asociaran a las multinacionales, que se apropie íntegramente de la renta agraria expropiando las principales tierras, en vez de presentar como una gesta heroica el regateo de una pequeña porción de la misma mediante retenciones. Que de respuesta a las más acuciantes necesidades de la clase trabajadora y el pueblo pobre, las cuales durante una década de bonanza económica extraordinaria han sido respondidas con migajas mientras los empresarios recibieron el nivel de ganancias más alto de los últimos 30 años.

13 de julio de 2011

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