FT-CI

Editoriales, Opinión y Análisis - Diarios de México

31/10/2006

- Represión contraproducente

Editorial La Jornada

31 de octubre de 2006

La argumentación oficial para el cruento ataque policial lanzado anteayer contra la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) hablaba de restablecer el orden, garantizar el libre tránsito, dar seguridad y proteger la vida y bienes de los habitantes de la capital oaxaqueña, y restaurar el estado de derecho. Luego del inicio del operativo, los voceros oficiales se jactaron de una acción incruenta, pacífica y respetuosa de la integridad física de los opositores, y ayer el presidente Vicente Fox aseguraba: "Hoy en Oaxaca se ha recuperado la paz y la tranquilidad".

Sin embargo, los hechos documentados refieren un escenario opuesto: mientras el titular del Ejecutivo federal hacía cuentas alegres, algunos medios manejaban imágenes con escaramuzas en las calles de la ciudad ocupada.

Por lo demás, la información disponible indica que la Policía Federal Preventiva (PFP) entró con violencia, que su incursión ha producido hasta ahora varios muertos y decenas de heridos, que las propias fuerzas públicas han violentado el derecho al libre tránsito, que han emprendido una persecución política injustificable ­ejemplificada por el cateo de medio centenar de domicilios­ y que en el centro histórico de esa urbe se reportan saqueos a comercios que no pudieron haber sido realizados más que por los propios efectivos federales.

Además, la quimera gubernamental de una incursión policial "limpia" resulta rotundamente desmentida por los señalamientos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, Amnistía Internacional y el alto comisionado y el relator de la ONU para Derechos Humanos, entre otros organismos, que expresaron su condena a la violencia oficial y su preocupación por los atropellos a las garantías fundamentales durante la embestida de la fuerza pública, la cual ha generado, asimismo, protestas internacionales en diversos países.

En cuanto al motivo central del movimiento oaxaqueño, la salida del gobernador, ha de apuntarse que la incursión de la PFP no ha sido útil a la causa del mandatario, a juzgar por barruntos de división en su partido, el PRI: mientras las bancadas de esa fuerza en ambas cámaras renunciaron a defenderlo, la dirgencia partidista le reiteró su apoyo. Tal desencuentro no ha menguado, sin embargo, el empecinamiento del todavía Ejecutivo estatal, quien persiste en aferrarse al cargo e incluso se permite presentar una controversia constitucional contra la Cámara de Diputados por el exhorto que ésta realizó para que renuncie o solicite licencia.

La agresiva presencia de la policía federal en Oaxaca no contribuye en nada a sostener a Ruiz Ortiz, pero las medidas represivas y la persecución contra el movimiento que busca su caída han obligado a la APPO a colocarse a la defensiva y a actuar en posición de desventaja.

Por lo que hace al tenso e incierto escenario político nacional, el envío de las fuerzas federales a la capital oaxaqueña no ha servido para introducir certezas, entendimientos o factores de distensión. Por el contrario, la torpe e irresponsable decisión ha multiplicado los desencuentros y las confrontaciones entre autoridades y actores institucionales, y ha dejado al descubierto, en toda su crudeza, el despiste de la clase política.

Ejemplos de ello son, por un lado, el exhorto del Senado a la APPO a "liberar el centro de Oaxaca", petición emitida en momentos en que la capital del estado se encuentra bajo el control de la PFP y, por otro, el llamado de Felipe Calderón al gobierno local (calificado de desgobierno hace unos días por el Senado) a que adopte "las decisiones que más unifiquen" a los oaxaqueños -como si lo la autoridad estatal no fuera, ella misma, el factor principal de discordia- y su elogio al "cuidado" de una fuerza policial que ha dejado cadáveres tendidos en las calles de la ciudad asaltada.

Semejantes incoherencias colocan al grupo en el poder -Fox, Calderón y los priístas incluidos- ante una severa pérdida de credibilidad que, como se ha comentado, alcanza ya resonancias internacionales. El descrédito afecta, por lo demás, a una institucionalidad y a una clase política que han sido incapaces de encontrar soluciones oportunas y eficaces para un conflicto político y social que dista mucho de haber sido resuelto y que, por el contrario, se ha complicado con el avance de las tanquetas antimotines sobre la capital de Oaxaca.

No habría que omitir, en el recuento de este saldo de desastre, el resentimiento, la desconfianza y la exasperación de muchos habitantes de esa urbe ante lo que perciben, justificadamente, como una agresión inmerecida del gobierno federal, el cual no es visto en el ámbito local como el garante de las libertades ni el propiciador de paz y seguridad, sino como el protector de un gobernante repudiado.

Se tiene una idea parcial del costo de la torpe decisión represiva en vidas, en lesiones, en perjuicios y en saldos políticos negativos. Falta por verse cuánto dinero público ha invertido el Ejecutivo federal en una acción que no ha resultado benéfica para nadie y que, por el contrario, ha agravado el problema que pretendía resolver.

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Los muertos de Oaxaca

Editorial de El Universal

31 de octubre de 2006

Nos afrenta la creciente lista de muertos en Oaxaca provocada por la carencia de disposición y de habilidad para negociar el problema magisterial y social de una manera pacífica. La atención mediática se centra en el cadáver de un periodista extranjero. Sin embargo, estos lamentables fallecimientos son, en realidad, los más recientes de una larga lista de muertes anteriores, no cubiertas por la prensa, pero que a diario se suscitan por hambre y carencias en una de las entidades con mayor marginación del país.

No exageramos. Oaxaca es la tercera entidad más pobre de México, con un índice de marginación de 2.13, apenas arriba de Chiapas (2.31) y Guerrero (2.41). La franja sureña que va del Pacífico al Golfo tiene un fuerte componente de población indígena y viejos rezagos en alimentación, salud, educación, vivienda, empleo y comunicaciones.

Oaxaca es un fresco ejemplo de estados con potencialidades económicas vastas, pero con poblaciones muy pobres, sobreexplotadas y marginadas.

Ningún proyecto es factible cuando los habitantes no tienen los servicios más indispensables y, al mismo tiempo, los grupos de poder locales se enfrascan en disputas mezquinas.

La solución a los problemas de Oaxaca deben hacerse entonces en dos tiempos: cambios en lo inmediato y reformas para el largo plazo.

Para resolver la coyuntura se han comenzado a dar pasos con el ingreso de la Policía Federal Preventiva a la capital del estado para restablecer el orden alterado durante los últimos cinco meses, lo cual celebra una parte importante de la población oaxaqueña.

También, todo parece indicar que el ciclo del gobernador Ulises Ruiz Ortiz ha terminado. No se ve que haya las condiciones para que la entidad recobre gobernabilidad bajo su mando, ni mucho menos que pueda ser él quien encabece la colosal tarea de la restauración total de Oaxaca. Legisladores de todas las bancadas en el Congreso de la Unión, incluso los senadores de su propio partido, el PRI, le han sugerido que piense en su retirada, planteamiento que debe considerar con toda seriedad.

Es muy probable que el gobernador Ulises Ruiz Ortiz haga mutis, pero nada garantiza que quien lo sustituya sea mejor que él. Por eso es que hay que trabajar en las reformas para el largo plazo que el estado necesita. Los ciudadanos requieren mejores instrumentos de fiscalización y control de los gobernantes, para que no tengan que enfrentarlos ocupando los edificios públicos y levantando barricadas en las calles.

Si hay alguna lección de lo ocurrido en Oaxaca es que todos los conflictos nos atañen, por pequeños o locales que parezcan, y que la mayoría de los problemas que desembocan en estallidos sociales tienen causas profundas y comunes que debieron ser atendidas a tiempo, para evitarlos.

Los problemas fundamentales de la entidad están lejos de ser resueltos, y mientras ello no suceda la paz social estará en riesgo permanente, por lo que hay que empezar hoy a evitar las probables muertes de mañana.
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La batalla de Oaxaca

La Jornada

Luis Hernández Navarro

Martes 31 de octubre de 2006

De hinojos, con la bandera nacional en alto, con su sangre como ofrenda, un ciudadano se coloca frente a los vehículos de la Policía Federal Preventiva (PFP) para tratar de evitar su paso. No es el único. No lejos de allí, decenas de oaxaqueños se tiran al piso para formar una alfombra humana que evite el avance de las tanquetas que lanzan chorros de agua a presión.

En las calles de la Oaxaca son mujeres, niños, jóvenes, ancianos quienes se enfrentan de manera no violenta a los gendarmes federales. En pequeñas cartulinas escriben: váyanse, no son bienvenidos. Son miles de personas las que usan su cuerpo como única arma para resistir la agresión policial. Han convertido el miedo en rabia, la humillación en dignidad.

En tres barricadas la tensión sube de tono. Hay quienes arrojan palos y piedras. Unos pocos quieren aventar molotovs. Otros más lanzan cohetones. Grupos de jóvenes y pobres urbanos desean enfrentarse con los uniformados. Desde Radio Universidad, voz del movimiento contra Ulises Ruiz, los locutores insisten una y otra vez en enfrentar de manera pacífica la incursión de los gendarmes federales. Paciencia, calma, inteligencia, recomiendan. No caer en provocaciones, insisten.

El ofrecimiento gubernamental de un operativo de disuasión limpio y sin contacto se esfuma desde los primeros momentos. Son palabras. La policía arroja gases lacrimógenos, blande los toletes, dispara armas de fuego, catea domicilios particulares, detiene ciudadanos, agrede a periodistas y confisca su material gráfico. Su consigna es avanzar con todo, tomar edificios públicos, borrar las huellas que den testimonio de sus tropelías, hacer sentir su fuerza.

Como en Atenco, el gobierno monta una gran campaña mediática para tapar las atrocidades de sus gendarmes. El secretario Abascal declara que no hubo muertos, que el saldo es blanco. Lo mismo hace el presidente Fox. Pero la voz de los difuntos los desmiente. Los más de 50 detenidos los refutan. Los heridos lo niegan. Otra vez más, como en Lázaro Cárdenas y como en el mismo Atenco, la agonizante administración de Vicente Fox se mancha las manos de sangre.

Es la batalla de Oaxaca. Es la revuelta popular más importante en muchos años y el intento de sofocarla por la vía de la represión. En ella está contenida la prefiguración del rumbo que pueden tomar las protestas populares en México. Aunque el poder diga que la incursión busca garantizar la seguridad pública, lo que para él está en disputa ahora es la destrucción de la nueva sociabilidad tejida desde abajo y el sotenimiento de Ulises Ruiz. En cambio, para quienes intergran el movimiento lo que se pelea es su proyecto autónomo, tanto como su vida misma.

La batalla de Oaxaca es un combate en el que el gobierno federal juega sus cartas como siempre, pero el movimiento popular despliega las suyas con imaginación y audacia. Mientras las fuerzas federales se comportan como un ejército de ocupación extranjero engolosinado con las posiciones que ocupa, los oaxaqueños enarbolan centenares de banderas patrias y cantan el Himno Nacional. En la disputa por los símbolos patrios, la gobernación perdió el primer asalto. No bien la PFP tomó el centro de la ciudad y posiciones estratégicas, los ciudadanos levantaron nuevas barricadas a sus espaldas. La gente que desde sus comunidades serranas había apoyado el movimiento baja a la capital del estado. No van a marchar solamente. Los cercados rodean a sus agresores.

En Oaxaca, Vicente Fox está pagando con sangre la alianza política para avalar la toma de posesión de Felipe Calderón como Presidente de la República el próximo primero de diciembre. "Yo no creé este problema", dice el defenestrado mandatario estatal.

El gobierno federal se hizo cargo de la cuenta de las tropelías de una administración local a la que sus ciudadanos repudian. Fox cubrió la factura de Ulises Ruiz a un precio estratosférico. El Partido Acción Nacional solventó el importe de las barbaridades perpetradas por el Partido Revolucionario Institucional. La dimensión de este compromiso puede ejemplificarse muy bien parafraseando la escena final de la obra de Bertolt Brecht Los días de la Comuna, en la cual el aristócrata celebra el aplastamiento sangriento de la Comuna de París de 1871, de la que la sublevación oaxaqueña es hija legítima:

PRIÍ STA (a media voz): Mister Fox, para usted esto significa la inmortalidad. Ha devuelto Oaxaca a su verdadera soberana, México.

FOX: México... son ustedes, los priístas, ladies and gentlemen...

Por lo pronto, el gobierno federal ha comenzado ya a pagar el precio de la alianza. En varias ciudades europeas se han ocupado consulados mexicanos o efectuado mítines frente a sus edificios. En México las acciones de protesta contra la acción policiaca se han extendido a otros estados y grupos de maestros preparan un paro nacional. Y según afirmó el dirigente indígena Adelfo Regino: a ver cómo le hace ahora Felipe Calderón para ir a Oaxaca.

No hay regreso a la normalidad fincado en el uso de la violencia. No hay forma de sanear el tejido social con la ocupación policiaca. La gobernabilidad requiere de la aceptación de que los gobernados reconozcan la legitimidad de sus mandatarios. Esa aceptación no existe y no vendrá con toletes y botas. Por el contrario, el fermento de la inconformidad se ha esparcido a todos los rincones de la entidad con el nuevo agravio. Si hasta ahora algunos sectores de la sociedad habían permanecido neutrales, el atropello federal los ha obligado a tomar partido.

El acuerdo con la dirección del sindicato magisterial para volver a clases este lunes naufraga. No hay condiciones para hacerlo. La sangre de los muertos está aún fresca y la indignación es enorme. Los maestros que habían aceptado el repliegue se vuelven a movilizar. La presencia policiaca es un agravio inadmisible que ha calado hondo.

La batalla de Oaxaca no termina aún. Por el contrario, la solución al conflicto en la entidad es hoy mucho más compleja que hace unos días y parece más lejana. La frase es trillada, pero inevitable: quisieron apagar el fuego echándole gasolina.

— 

- Oaxaca amanece sin clases, ni vigilancia ni transporte

Alejandro Torres y Jorge Octavio Ochoa

El Universal

Martes 31 de octubre de 2006

Manifestantes sustraen equipo de bomberos para fortalecer un retén cerca de la Universidad; en el centro sólo unos cuantos comercios laboraron durante unas horas. En el entorno, vehículos y camiones incediados obstaculizaban las vialidades, junto con montones de basura

OAXACA, Oax.- La ciudad de Oaxaca amaneció ayer sin servicio de bancos, sin transporte público, sin servicios de emergencia, sin vigilancia, sin recolección de basura y sin clases en las aulas.
Miles comercios cerraron sus puertas, hubo robos y vandalismo intermitentemente, las calles fueron evitadas por la mayoría de sus habitantes.

En el centro sólo unos cuantos comercios laboraron durante unas horas. En el entorno, vehículos y camiones incediados obstaculizaban las vialidades, junto con montones de basura.

La Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) trasladó su campamento a la explanada de la plaza de Santo Domingo, muy cerca del zócalo, y advirtió que no retirará las barricadas que ha colocado en diversos rumbos mientras no se retire la PFP.

A pesar de la presencia de las fuerzas federales de apoyo en el centro de la ciudad, las clases en las escuelas públicas no pudieron ser reanudadas ayer como lo comprometió la sección 22 del sindicato magisterial.

Tan sólo hubo un reinicio de clases parcial en el resto de la entidad, dijo el dirigente de esa sección, Enrique Rueda, sin precisar en cuántas.

El secretario de Seguridad Pública federal, Eduardo Medina-Mora, recorrió la madrugada del lunes el zócalo oaxaqueño, donde recibió un informe de los mandos que dirigen el operativo y la presencia de la PFP en la capital

Más tarde informó que siete elementos de la PFP fueron heridos durante el operativo de ingreso y toma del zócalo, tres de ellos con lesiones de gravedad por quemaduras que les provocaron las bombas molotov que les lanzaron quienes trataron de impedir el avance de las tropas.

Informó que algunos elementos de la tropa fueron lesionados, aunque no de gravedad, por golpes de rocas y proyectiles que les lanzaron durante su avance por las calles de la ciudad.

Dijo que 23 personas fueron detenidas en flagrancia, y entregadas a la Procuraduría de Justicia del estado.

El Cuerpo de Bomberos de la ciudad fue ayer víctima de la delincuencia. Un grupo aproximado de 30 jóvenes embozados se introdujo a la estación y sometió a los bomberos con armas de fuego, cohetones, tubos y palos, para robar una camioneta que era usada para atender emergencias.

En la unidad había equipo de rescate, extinguidores, uniformes y cascos. Algunos de los cascos eran usados más tarde por estos jóvenes que, en la esquina de Cinco Señores, muy cerca de la universidad, derribaron un poste de alumbrado público para usarlo como barricada contra un eventual ingreso de la PFP a la zona.

Además del robo, dañaron una ambulancia y una unidad de emergencias de la misma estación. Ante esa actitud hostil hacia este cuerpo de rescate, desde ayer la ciudad de Oaxaca se quedó sin el servicio de bomberos.

Ayer por la tarde el reportero de TV Azteca, Federico Anaya, fue agredido por varias personas que le arrojaron objetos y le dieron puntapiés, mientras lo sujetaban, en represalia por la cobertura de esa televisora.

Nuevo campamento

La dirigencia de la APPO decidió ayer instalar un nuevo campamento en la plaza de San Domingo, muy cerca del zócalo, tras verse imposibilitada de acceder al zócalo, como lo había anunciado el domingo cuando convocó a sus simpatizantes a marchar desde tres distintos puntos de la ciudad.

Además de anunciar que ahí instalaría su nuevo campamento -que empezó a montar en la tarde-, dijo que su comisión única de diálogo no acudiría la mesa de negociación con la Secretaría de Gobernación en la ciudad de México, como se tenía previsto para ayer.

Jesús Rodríguez, integrante de la dirigencia de la APPO, informó en el mitin que esa organización también mantendrá las barricadas en varias arterias de la ciudad. Aclaró, sin embargo, que en la plaza de Santo Domingo no instalarían retenes.

Durante el mitin, en el que participaron miles de simpatizantes de la APPO, maestros y ciudadanos que apoyan su movimiento, informó que los diputados federales del PAN y PRD se habían pronunciado por la salida Ulises Ruiz del gobierno estatal, lo que provocó el júbilo.

Más agua y gas

A pesar de los constantes llamados de los dirigentes de la APPO a sus simpatizantes para no confrontarse con la PFP , ayer se produjeron algunos enfrentamientos en el centro de la ciudad, protagonizados principalmente por jóvenes embozados.

La APPO realizó ayer tres marchas que partieron, poco después de las 11:00 horas, del mercado de Santa Rosa, del Instituto de Educación Pública de Oaxaca (IEPO) y de la Procuraduría General de Justicia del estado.

Todas se dirigieron al zócalo por diversas vías, y calles antes del zócalo se unificaron y entraron hacia las 13:10 horas a la plaza de Santo Domingo.

Mientras las marchas llegaban a la plaza, sobre la calle de Bustamante se vio a varios jóvenes que empujaban un carrito de supermercado donde transportaban varias bombas molotov que más tarde usaron para provocar incendios frente a las líneas de la PFP.

Las fuerzas federales respondieron estos ataques, primero con gases lacrimógenos para dispersarlos, y luego con chorros de agua a presión lanzados desde las tanquetas, con los cuales también se apagaron los fuegos.

Desayuno para 2 mil

En su primera mañana, ya en el zócalo de la ciudad, los miles de efectivos de la PFP tenían lista la primera olla para alimentar a los primeros elementos de la tropa que se formaban. En total, se preparó desayuno para 2 mil elementos de las fuerzas federales de apoyo.

Un reducido número de comerciantes de la zona abrieron sus negocios, aunque después del mediodía la mayoría de ellos había vuelto a cerrar.

Las calles que circundan el mercado, en el centro, hablan por sí solas del estrago que ha causado la ausencia de servicios públicos, pues el hedor por la basura que apilada en grandes cantidades y el excremento en las calles eran fuentes de un hedor insoportable.

Por la noche, la ciudad parece abandonada. Todos los comercios, sin importar su ubicación cierran a las seis de la tarde. Después, es casi imposible encontrar a alguien en la calle y mucho menos un taxi. En algunos rumbos ni siquiera hay iluminación. Oaxaca vive una larga y oscura noche. (Con información de David Aponte y Alejandro Suverza)

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