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Las elecciones abren una crisis en la principal potencia de Europa
por : Marcelo Torres

09 Oct 2005 | (Solo en internet)

Después del duro revés que representó el NO francés y, en parte, holandés, ahora también las elecciones anticipadas en Alemania, son el reflejo de las dificultades que tienen que afrontar las burguesías y sus representantes parlamentarios ante la oposición de amplios sectores de masas a las medidas antipopulares de sus gobernantes. En Alemania, el “impasse” político producto del apretado resultado electoral y el surgimiento de alternativas por “izquierda” a las instancias de mediación tradicionales son el reflejo del comienzo del fin del status quo de posguerra.

Es que las recientes elecciones, que se enmarcan en un cuadro general de profundización de la crisis de los mecanismos de dominación democrático-burgueses, fueron la respuesta del gobierno rojiverde (Socialdemocracia y Verdes) ante la pérdida de legitimidad y consenso entre las masas.
Éstas empiezan a cuestionar paulatinamente las políticas neoliberales impulsadas por el gobierno y la oposición (CDU-CSU y Liberales) con el beneplácito de las direcciones sindicales.

Este lento pero sostenido proceso de recomposición de subjetividad y tendencia a la recuperación en las filas obreras se ha venido expresando en un aumento significativo de la actividad extraparlamentaria como las huelgas de aviso espontáneas, marchas masivas de los sectores más golpeados por las contrarreformas y, últimamente, las luchas de algunos sectores de los trabajadores por la recomposición salarial y mejores condiciones de trabajo como el compromiso tarifario alcanzado en la industria acerera o, últimamente, las luchas salariales en el sector salud.

¿Qué se esconde tras las elecciones anticipadas?

El llamado a elecciones anticipadas intenta relegitimar el legislativo en crisis para darle la posibilidad de seguir aplicando los planes de contrarreformas (Agenda 2010 y Hartz IV) que venía implementando el gobierno rojiverde con los votos de la oposición CDU-CSU y el Partido Liberal-Democrático (FDP), ahora duramente golpeado después de haber perdido sus bastiones históricos, últimamente Renania del Norte Westfalia.

El resultado de las elecciones muestra, distorsionadamente, una tendencia general a la profundización de la crisis de las instituciones del régimen de posguerra. Es decir, para los grandes pilares del régimen alemán como son la coalición CDU-CSU, por un lado, y el SPD, por otro, les resulta cada vez más difícil apoyarse en el consenso democrático para imponer sus políticas antiobreras. El aspecto monolítico que presentaban estos partidos algunos años atrás ha dado paso a una italianización de la vida política alemana: por un lado mayor movilización y confrontación social, por otro mayor represión y derechización del discurso político acompañado de un desprestigio creciente de las instituciones del régimen. La tendencia que marcan las últimas elecciones es, entonces, a una mayor polarización social que comienza a diluir el “voto útil” que va, en parte, a los extremos. Es decir que las masas empiezan a cuestionar la capacidad de gobierno no sólo del SPD sino que también de la CDU, que ganó las elecciones por un margen estrechísimo (CDU-CSU 35,2% y SPD 34,3%) no alcanzando su objetivo declarado del 45% de los votos y, además, perdiendo votos en relación a las elecciones de 2002.

Por otro lado, el Linkspartei sacó el 8,7 % de los votos (alrededor del 5% en el Oeste y 21% en el Este), los Verdes 8,1% (-0,4) y el FDP el 9,8 % (+2,5). Como tema aparte, pero no menos importante, es necesario mencionar que los nazis del NPD-Republikaner pudieron cimentar sus posiciones y, con respecto a las elecciones de 2002, aumentaron en un 1,6%. A la luz de estos resultados, y la evidencia de que Alemania es un país dividido, el próximo gobierno será un gobierno débil, incapaz de llevar adelante, al ritmo que lo venía haciendo el SPD, el desmontaje social. Además, los grandes de la coalición no se verán enfrentados solamente a su respectivo rival sino que, además, tendrán que lidiar con los sectores críticos al interior de sus partidos, reacios a la cogobernabilidad.

Como si esto no bastara, un gobierno de coalición dependería, además, de los votos del Bundesrat (Senado) para lograr hacer pasar sus políticas. En este sentido, cada presidente regional del CDU tendría de facto el derecho a veto pudiendo así ensanchar su potencial de chantaje frente al gobierno federal, mientras que el FDP y el Linkspartei, en la oposición, la capacidad de torpedear las desiciones del parlamento federal. Recién en las elecciones a parlamento regional y comunal de 2006 la coalición de gobierno podría, de alcanzar la mayoría de 50 contra 19 escaños en el Bundesrat, mejorar su posición. [1]

Los culpables de la pauperización de millones: el gobierno “rojo” y la oposición

El gobierno socialdemócrata logró modificar, con la valiosa ayuda de la burocracia sindical, el tejido estatal y social de tal manera que hoy en día 20% de los asalariados en Alemania trabaja en el sector de bajos sueldos. Los costos salariales han descendido drásticamente, más que en los países anglosajones. El sector de las telecomunicaciones y de energía ha sido privatizado. Los gastos por concepto de pensiones y en sector de la salud están incluso por debajo de la media europea. Los derechos a beneficios del “estado social” no han aumentado de ninguna manera sino que han disminuido drásticamente. Para las sociedades de capital, Alemania es casi un paraíso fiscal. Cada año se disminuye en 1% el número de los empleados estatales. Es decir que estamos ante una precarización profunda del proletariado y las clases subalternas en Alemania y una relación de fuerzas a favor de la burguesía. Sin embargo, la clase obrera alemana no ha sufrido reveses irreversibles ni mucho menos ha sido derrotada. El grillete al tobillo de la clase obrera alemana es su subjetividad socialdemócrata modelada en el período de posguerra, conocido como los 30 gloriosos, ayudado por el mecanismo de contención que representa la socialdemocracia.


Nace una “nueva” alianza de “izquierda”

Los resultados de las elecciones han significado un terremoto en el panorama partidario alemán. Ante el panorama electoral del próximo periodo han cobrado fuerza los sectores “críticos” no tradicionales como el WASG que persigue una política de corte keynesiana y cuyo caballo de batalla en el oeste del país es Oskar Lafontaine y el neoreformista PDS, ex stalinista, en el Este con Gregor Gysi.

La alianza electoral Linkspartei-PDS apunta a frenar el proceso de descomposición que afecta a la socialdemocracia brindándole un hogar a los burócratas sindicales medios, descontentos con el curso demasiado neoliberal que había adoptado el SPD.

Perspectivas

Con absoluta certeza los ataques de la burguesía continuarán con o sin socialdemocracia y verdes, con o sin CDU en el gobierno. Una prueba de que ésta, más allá de la debilidad del gobierno, seguirá profundizando sus ataques son los anuncios poselectorales de despidos masivos de 10.000 trabajadores en la planta Mercedes-Benz (DaimlerChrysler) de Stuttgart o los anuncios de Siemens de deslocalizar la producción a otras regiones.

El tiempo y las masas demostrarán si el nuevo gobierno estará en condiciones de llevar adelante esta política de confrontación sin sufrir duros reveses en el camino. Y es que estamos ante los síntomas iniciales de cambios profundos en el régimen de la segunda potencia mundial. El resultado electoral pone de manifiesto los elementos de crisis orgánica que vienen polarizando la sociedad alemana.

Por esto es necesario construir una alternativa política a la conciliación de clases y la cogestión de la miseria. Es necesario enarbolar las banderas del clasismo e internacionalismo proletarios, dando una lucha política al interno de los sindicatos para depurarlos de los traidores y convertirlos en verdaderos instrumentos de lucha. Para esto necesitamos construir desde ya un partido revolucionario que haga suyas nuestras banderas.

 

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