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América del Sur ante un gran giro político
por : Eduardo Molina

01 Jan 2003 |

El año pasado estuvo plagado de hechos dramáticos para América Latina, particularmente para Sudamérica (pues debe diferenciarse la situación y los ritmos a ambos lados del Canal de Panamá, ya que al norte prima una mayor estabilidad y alineamiento con Estados Unidos).

Inaugurado por las jornadas revolucionarias de Buenos Aires doce meses atrás, el año se cierra con dos acontecimientos como son la llegada de Lula al gobierno de Brasil, generando amplias expectativas no sólo dentro del gigante sudamericano, sino también más allá de sus fronteras; y la nueva crisis venezolana. En el curso de doce meses, importantes fenómenos políticos y de lucha de masas recorrieron a muchos de los países de la subregión. Baste recordar el intento de golpe en Venezuela y su derrota a manos del levantamiento de masas del 13 de abril; las grandes movilizaciones que frenaron los intentos privatizadores en Perú y Paraguay; el ascenso de frentes populistas y reformistas en Brasil, Ecuador y Bolivia reflejando el profundo descontento entre la población.

El primer semestre mostró un salto en el proceso de desestabilización regional que venía avanzando en el último trienio, desde el año 2000, a través de las convulsiones económicas y políticas en una serie de países del Cono Sur y de la Región Andina. Argentina fue la expresión más elevada de este salto. Con el estallido del Plan de Convertibilidad y la caída de De la Rúa ante el levantamiento de masas, mostró las potencialidades revolucionarias que se abren si los trabajadores y el pueblo irrumpen en la aguda crisis económica y política regional. Los temblores financieros de mediados de año en Brasil, amenazando romper el equilibrio inestable del gigante sudamericano, mostraron que esta desestabilización tendía a envolver toda la región.
Sin embargo, el péndulo político que había sido empujado violentamente a izquierda a inicios de año, sufrió una oscilación inversa en la segunda mitad del 2002, ya que la burguesía y el imperialismo tratan de torcerlo lo más posible hacia la derecha para restablecer el equilibrio amenazado o quebrado. Esto, tanto por medio de una política de contención democrática y desvíos electorales, apoyándose en los líderes reformistas y populistas; o, paralelamente a esta tendencia predominante, mediante salidas bonapartistas, como en Colombia, con el “gobierno de fuerza” de Uribe. Como mostró en Venezuela el fracaso del golpe de abril, esta vía resulta hoy demasiado riesgosa para la clase dominante, y no puede descartarse que termine provocando una contraofensiva superior de las masas (por ello prefieren alguna vía “institucional” para lograr la salida de Chávez como orientación para el paro actual).

Por otra parte, en Argentina, a pesar de la gran efervescencia social y política y la actividad de una amplia vanguardia, no se registraron nuevas acciones de masas comparables a las de diciembre, ni tampoco en otros países se reeditaron luchas como la del primer semestre.

El año se cierra así, teñido por el esfuerzo de la burguesía y el imperialismo para contrarrestar las tendencias a nuevas convulsiones económicas, sociales y políticas. Un intento que está lejos aún de haberse consolidado, pues debe remarcarse el carácter fluido, transitorio, de la coyuntura política regional, cuyos contornos aun no se han decantado (recién asume Lula en Brasilia y la crisis venezolana no se ha resuelto).

Las tendencias profundas

Los tres grandes fenómenos políticos que signaron el año han sido entonces, la tendencia a la irrupción revolucionaria de las masas, prefigurada en Buenos Aires; la tendencia a enfrentamientos más abiertos entre revolución y contrarrevolución anunciada en Caracas; y el fortalecimiento del “reformismo democrático”, cuyo mejor ejemplo es Brasilia, como intento de prevenir convulsiones superiores de la lucha de clases mediante políticas de “aggiornamiento” del régimen, “pactos sociales” y compromisos con el gran capital y el imperialismo.

Por esta vía, los reformistas en el gobierno o en el llano se aprestan a cumplir como función política general, la de adecuar los regímenes políticos burgueses a las nuevas relaciones de fuerza y a las nuevas condiciones generales dictadas por la crisis estructural, canalizando y “descomprimiendo” el malestar obrero y popular en los marcos de la “democracia” (Lula, Gutiérrez, Evo), jugando todo su peso para contener en los momentos más álgidos de la crisis al movimiento de masas (como el Frente Amplio en Uruguay), o buscando fortalecerse para “reconstruir la democracia” (como en Argentina desde el ARI hasta la CTA).

Si bien esta última tendencia es la que tiñe hoy con más fuerza el momento político en Sudamérica, las anteriores no han desaparecido de escena. Dado el carácter transitorio e inestable de la coyuntura, no pueden descartarse giros bruscos, mayores roces con el imperialismo, nuevas conmociones económicas y políticas, así como embates de masas.

Coyuntura política y crisis estructural

Hay una discordancia de fondo entre la coyuntura política, teñida por los esfuerzos de reestabilización, tanto con el “reformismo democrático” como, secundariamente, mediante salidas conservadoras o bonapartistas; y la naturaleza y profundidad de la crisis estructural o general que recorre la región, aunque naturalmente con diversos grados de maduración en los distintos países.

En esta edición de Estrategia Internacional se analizan tres procesos políticos claves: Argentina a un año de las jornadas revolucionarias, Venezuela y la nueva ofensiva de la “contra” proimperialista, y Brasil ante el gobierno de Lula.

Debe destacarse la importancia crucial del proceso brasileño hoy. Dada la importancia y peso del país y las expectativas que genera un gobierno de Lula y el PT (un fenómeno de impacto internacional), es el gran campo de pruebas del proyecto reformista y se ha convertido en el fiel de la balanza sudamericana. Nuestros camaradas de Estrategia Revolucionaria realizan un detallado análisis del nuevo gobierno del Planalto y sus perspectivas.

Incluso en Brasil las contradicciones económicas, sociales y políticas son demasiado grandes como para que el proyecto reformista de “redemocratización” y “humanización” del capitalismo semicolonial tenga resultados duraderos.
La situación de estos tres países, muestra las grandes dificultades que la burguesía y el imperialismo deberán enfrentar para lograr una reestabilización consistente y duradera en América del Sur.

Es que se trata del proceso de maduración de una “crisis nacional general” en una serie de países sudamericanos que, poniendo a la región ante una nueva encrucijada histórica, plantean objetivamente el horizonte de la revolución latinoamericana.

—I—

La dialéctica del capitalismo latinoamericano en los ‘90

La década pasada, que puede considerarse el auge del “ciclo neoliberal” fue una fase de recomposición de cierto equilibrio -relativo e inestable- de las formaciones sociales latinoamericanas.

El concepto marxista de equilibrio capitalista permite analizar la dinámica de una formación social capitalista (o un conjunto de ellas, o el sistema capitalista mundial como tal) como una totalidad orgánica, integrando los diversos aspectos de la misma –la economía, los antagonismos sociales y la evolución de la lucha de clases, la esfera de lo político, el Estado y las relaciones internacionales-, su interacción dialéctica y sus tendencias (a menudo contradictorias) para comprender la dinámica de conjunto.1 Lo característico del proceso histórico de los países latinoamericanos, ante todo debido a su condición semicolonial, es la extrema fragilidad con que el equilibrio orgánico se rompe, la violencia de sus rupturas y los bruscos giros entre momentos de restauración y ruptura del mismo.

Así, la historia regional tiende a ser una cadena de crisis sucesivas, separadas por cortas fases de estabilidad y expansión tras las cuales la descomposición del equilibrio replantea en toda su agudeza los límites del capitalismo local.
Del equilibrio inestable de los ‘90... al ocaso del “ciclo neoliberal” y la apertura de una crisis general

Se está desintegrando el equilibrio inestable que predominó durante la primera parte de la década pasada, bajo una combinación de circunstancias locales e internacionales bastante excepcionales, tanto a nivel internacional (curso de la economía mundial y disponibilidad de capitales dispuestos a fluir al mundo semicolonial, fortalecimiento relativo del imperialismo) como regionales (una serie de derrotas y reflujo de las masas, condiciones económicas para una recuperación tras la “década perdida” de los ‘80, alineamiento de las burguesías nacionales con el plan imperialista, etc.).

Sobre esta base se abrió un nuevo ciclo de afluencia de préstamos y capital extranjero, permitiendo una reestructuración y modernización relativa del capitalismo semicolonial latinoamericano. El contenido fundamental de este proceso puede definirse como un vasto programa de contrarrevolución económica , social y penetración imperialista. Sobre esta base se sostuvo el dinamismo de la acumulación capitalista y las altas tasas de ganancia que atraían al capital extranjero y permitían ampliar el consumo de las capas medias.

Políticamente, la ofensiva del capital se apoyó en la extensión de la democracia burguesa como forma privilegiada de dominación, gracias al retroceso de la lucha de clases y el consenso en el bloque burgués-imperialista. La democracia fue un importantísimo punto de apoyo político para ampliar la base social de sus planes tras la promesa de una salida a la larga crisis latinoamericana a través del “mercado” en “democracia”.

Estas condiciones comenzaron a disgregarse en la segunda mitad de la década. A partir de 1998 –en que comenzaron a sentirse los efectos de la crisis económica detonada en el Sudeste asiático, la situación internacional comenzó a volverse contra América Latina, que como parte de la periferia mundial capitalista sufrió de manera agudizada las crecientes dificultades de la economía mundial.
Al mismo tiempo, el deterioro de los regímenes políticos en que se había apoyado la ofensiva neoliberal y la decadencia de sus representantes más conspicuos y la lenta pero importante recuperación del movimiento de masas en varios países socavaron el equilibrio formado en la fase previa.

La disgregación del equilibrio capitalista en varios países de Sudamérica (Argentina, Paraguay, Venezuela, etc.) y el fracaso del programa neoliberal para destrabar el desarrollo regional, empujan a una nueva situación de “bloqueo” –una encrucijada histórica comparable a las que vivió América Latina en momentos tales como los años ‘30, la segunda posguerra o los ‘70-, de la que no parece posible salir por los medios normales de la clase dirigente, al menos sin atravesar un período de grandes convulsiones económicas, sociales y políticas. El contenido esencial del proceso, tomado en su conjunto, es que están desplegándose las premisas de una “crisis política general”, según la definía Lenin2, como prerrequisito objetivo de un proceso revolucionario3.

—II—

El ALCA y las relaciones con el imperialismo

En esta situación de crisis, las negociaciones del ALCA, que deberán conducir al establecimiento de una zona continental de “libre comercio” hacia el 2005, son el tema decisivo de las relaciones entre el imperialismo norteamericano y América Latina y está conduciendo a crecientes roces y regateos, particularmente por parte de Brasil y Venezuela. Que Estados Unidos y Brasil hayan asumido en esa reunión la “presidencia compartida” de la decisiva fase de discusiones que se extenderá durante los próximos dos años, no implica que las diferencias puedan dirimirse facilmente y que el Acuerdo vaya a marchar sin grandes tropiezos.

Es que está sobre el tapete una redefinición estratégica de las relaciones de Latinoamérica con el imperialismo norteamericano y desde el punto de vista de las relaciones internacionales, el estado de los lazos con el mismo es evidentemente un componente decisivo de la estabilidad burguesa en la región.

El proyecto del ALCA es expresión del más ambicioso plan de colonización imperialista sobre América Latina desde que EE. UU. culminó su despliegue en la región como potencia hegemónica luego de la Segunda Guerra Mundial. El objetivo más general del imperialismo es reorganizar su “patio trasero” como un punto de apoyo en su lucha por reafirmar su hegemonía mundial y contener a sus socios-rivales imperialistas de Europa y Japón, que han ocupado en los últimos años importantes posiciones en las economías latinoamericanas.

En esencia implica conquistar un acceso privilegiado del capital norteamericano a los mercados, la mano de obra barata y los recursos de toda la región, y una nueva y profunda reestructuración de las economías latinoamericanas en función de las necesidades imperialistas. De ello es un antecedente el TLC (acuerdo de libre comercio entre EE.UU., México y Canadá) que está convirtiendo a México en una dependencia de la poderosa economía norteamericana, y gravitando con fuerza sobre América Central y el Caribe.

Bajo Bush, la estrategia de conformar un “bloque americano” está experimentando un nuevo impulso con el proceso del ALCA, con acciones tales como la aprobación del “fast track” por el Congreso norteamericano, que viabilizó el reciente acuerdo bilateral con Chile, el Plan Puebla Panamá, y otras medidas.
Por supuesto, el proceso no es sólo económico: implica un salto en el control político y militar por el imperialismo.

Las medidas políticas y militares promovidas en el marco de la “guerra contra el terrorismo y el narcotráfico” a escala mundial por Washington, se expresan en el renovado intervencionismo en Colombia o Venezuela y en la presión sobre Cuba. La política de mayor presencia militar (la multiplicación de “ejercicios conjuntos”) y bases permanentes (El Salvador, Curaçao, Ecuador), la política de asentar la preeminencia de las instituciones norteamericanas en los más diversos temas (narcotráfico, legislación comercial, de patentes e inversiones, etc.), el secante control tecnológico y la supervisión por agencias norteamericanas (DEA, FBI) o internacionales (BM, BID) de los más diversos aspectos de las políticas internas de los estados, son complementarias a las necesidades de un mayor control económico y expresiones ominosas del salto en la colonización.

La crisis de América del Sur y la ofensiva internacional de EE.UU.

En contraste con una situación internacional signada por el intento norteamericano de reafirmar su dominio mundial mediante la “cruzada contra el terrorismo” y los aprestos de guerra contra Irak, Sudamérica se ha transformado en un área de desestabilización con la que Washington debe lidiar y que puede complicarle los planes en el futuro próximo.

En efecto, la subregión se ha convertido un rosario de eslabones débiles en la cadena imperialista y no sólo por la magnitud de sus crisis económica y política, sino por la creciente resistencia a los planes imperialistas.
El conflicto con Venezuela, en momentos en que el precio del petróleo es un punto candente, es una muestra. Recomponer la estabilidad y profundizar el control de la región que históricamente ha considerado su “patio trasero” es un problema crucial para los objetivos mundiales del imperialismo yanqui, como muestra su presión para imponer el ALCA o la abierta injerencia en Venezuela, Colombia y otros países. Pero en este camino choca con la crisis de sus agentes más incondicionales, el giro en la relación de fuerzas más general y el ascenso de masas regional.

Estados Unidos necesita incrementar el saqueo de América Latina

Por otra parte, no es la “buena salud” del capital norteamericano sino más bien sus dificultades lo que ha dado renovado impulso al ALCA. La economía de EE.UU. acumula enormes déficits comerciales y necesita una mayor succión de capitales de todo el mundo para mantener su equilibrio. Enfrenta además una tenaz competencia comercial y financiera por parte de Europa y Japón.

Al mismo tiempo, América Latina es la única región con la que EE.UU. mantiene un intercambio comercial favorable y de la cual recibe un importante flujo de capitales “fugados”. Durante la última década la economía estadounidense ha recibido cerca de un billón de dólares en beneficios, pagos de intereses, royalties, y otras transferencias provenientes del Sur del Río Grande4.

Todo esto lo empuja a exacerbar el saqueo comercial y financiero a las semicolonias latinoamericanas, exigiendo el cumplimiento de compromisos financieros, forzar nuevas “oportunidades de negocios” para sus corporaciones, y ampliar su acceso a estos mercados.

Al mismo tiempo que drena ingentes recursos de América Latina buscando paliar sus propias dificultades financieras y su déficit comercial, el imperialismo norteamericano tiene poco que ofrecer bajo la bandera del “libre comercio” panamericano. Por eso, mientras presiona para lograr la total apertura de las economías latinoamericanas, se niega a abrir sus propios mercados e incluso levanta nuevas y elevadas barreras proteccionistas que, como en la rama de ciertos alimentos, acero, textiles y otras, afectan directamente a las exportaciones latinoamericanas, lo que promete complicar toda negociación.
En estas condiciones el avance del ALCA y las demás iniciativas norteamricanas hace prever la oposición de importantes sectores de masas, así como crecientes roces y fricciones con algunas de las burguesías de la región que, como la brasileña, esperan regatear mejores condiciones y lograr garantías para su subordinación al proyecto norteamericano.

El posicionamiento de Brasil

De ello da muestra el New York Times: “un gobierno de izquierda del PT y una administración republicana conservadora en Washington pueden transformarse en una combinación volátil... Los dos lados están en desacuerdo, a veces acentuadamante, en cuestiones que van del ALCA a Fidel Castro... o el conflicto en Colombia”.5 En efecto, a pesar de la insistencia en mantener buenas relaciones, de la voluntad política de Lula de lograr un compromiso con EE.UU. y de la cautela hacia el mismo que manifiesta el gobierno de Bush, es evidente que hay poderosos intereses materiales en juego difíciles de conciliar. La venta de petróleo brasileño al jaqueado Chávez es un ejemplo de los potenciales roces que pueden suscitarse.
La política de Itamaratí de reflotar el Mercosur y postularse como “líder sudamericano” para discutir desde una mejor relación de fuerzas con EE.UU. encuentra nuevo impulso con el gobierno de Lula. Éste ya ha anunciado su intención de revitalizar el acuerdo del Mercosur, para poder oponer a los norteamericanos un “bloque sudamericano” en las negociaciones.

Esta política no se opone al ALCA pero busca mejores condiciones para la inserción brasileña en el mismo. Para Brasil se trata de limitar los peligros, aprovechar las oportunidades del futuro “bloque continental” y lograr que Washington reconozca en Brasilia a un “interlocutor privilegiado” y a un poder regional cuyos intereses deben ser respetados.

La disgregación del “Consenso de Washington”

Mientras Estados Unidos pretende acelerar la negociación del ALCA, se descompone el llamado “Consenso de Washington”, que condicionó las relaciones continentales desde hace más de una década, expresando los términos del “pacto semicolonial” que aceptaban en su conjunto las burguesías latinoamericanas para “beneficiarse” del ingreso de capital extranjero.

Los términos fundamentales de ese “consenso”: apertura, privatizaciones, garantías a la inversión extranjera, etc., ya no reúnen las condiciones de legitimación social y política ni recrean las expectativas de crecimiento económico de principios de los ‘90. Tienden a primar la polarización, indefinición y regateos en los términos de la subordinación a EE.UU. de lo que da cuenta la prensa al hablar de un “eje Brasilia-Caracas-La Habana” dispuesto a contrapesar ciertas imposiciones norteamericanas.
Esta polarización regional pone en discusión los marcos que regirán en el próximo período las relaciones entre Estados Unidos y su “patio trasero”. Es que un salto en la colonización regional –y como decía Lenin, la condición semicolonial es una relación dinámica6, cambiante- significa discutir un nuevo pacto semicolonial que modifique los términos económicos y políticos de la relación con el imperialismo hegemónico.
Si bien es cierto que la fortaleza relativa del poder imperial y el servilismo de las clases dominantes locales –para las que el ALCA aparece como una opción estratégica obligada- le abren un importante espacio a sus planes, no es menos cierto que estratégicamente, reorganizar a todo el continente bajo un control más absoluto de sus monopolios es una tarea superior a las verdaderas fuerzas de que dispone Norteamérica y puede terminar provocando una desestabilización aún mayor. La presión de Washington puede terminar actuando como el “aprendiz de brujo” de la leyenda y detonar fuerzas que escapen a su control.

—III—

La crisis económica

Los alertas de CEPAL sobre el riesgo de una “crisis sistémica” y el reconocimiento de que ya se está cumpliendo una nueva “media década perdida” de estancamiento comparable a los años ‘80, no son más que una tardía y tímida constatación de las proporciones de la crisis latinoamericana. Tras una de las recesiones más prolongadas y severas en largos años, es previsible que al menos en una serie de países se produzca cierta recuperación. De hecho, tras la caída en términos absolutos del año pasado, se pronostican modestos índices de crecimiento para el 2003. Sin embargo, una recuperación así no constituye por sí misma base suficiente para una nueva fase expansiva de largo aliento. Las fluctuaciones cíclicas –recesiones o recuperaciones- de la coyuntura son inherentes a la economía capitalista, pero la dinámica de las tendencias básicas que sigue la curva del desarrollo capitalista local muestra que el esquema de acumulación –el llamado “ciclo neoliberal”- que maduró en la región durante los últimos lustros está agotándose y que reemerge en sus problemas estructurales la decadencia histórica del capitalismo latinoamericano.

La recesión

Desde hace cuatro años, América Latina –y con mayor crudeza la mayoría de los países sudamericanos- atravesó por una dura recesión, que en el caso de Argentina, Paraguay o Uruguay ha terminado por transformarse en depresión abierta. Nuevamente es necesario aquí introducir la diferencia –de carácter relativo- entre aquellos países que han logrado una inserción más estrechamente vinculada al imperialismo por distintas vías, como México o Chile en un polo, y la mayoría de los países sudamericanos más gravemente deprimidos.

Según CEPAL: “Las economías de América Latina y el Caribe cayeron en un 0.5% en 2002. Con este resultado, el PIB per cápita de este año se situó por debajo del nivel de 1997, completando “media década perdida”. El promedio regional estuvo marcado por las economías de América del Sur, especialmente Argentina, Uruguay y Venezuela, pero el bajo dinamismo fue generalizado en prácticamente toda la región. La tasa de desocupación de la región alcanzó un máximo histórico de 9.1% de la fuerza de trabajo, a pesar de un aumento importante del empleo informal. Las condiciones sociales se deterioraron concomitantemente, y en 2002 hubo 7 millones de latinoamericanos y caribeños que engrosaron las cifras de pobreza de la región. El contexto externo desfavorable fue determinante para los malos resultados económicos.” 7

A la magnitud alcanzada por esta recesión contribuyen tres elementos decisivos: la crisis económica internacional (provocando fuertes tendencias a la baja en los precios de la mayoría de las materias primas que exporta América Latina, aunque los precios del petróleo suban debido a las amenazas de guerra contra Irak y la crisis venezolana); las crecientes dificultades de la economía norteamericana (que hacen que EE.UU. no pueda cumplir el papel de “locomotora de la economía mundial”, ni su crecimiento “arrastre” a las economías latinoamericanas que dependen en amplio grado del mercado y los capitales norteamericanos), lo que unido al débil crecimiento en Europa y el estancamiento japonés deprime las posibilidades comerciales de América Latina; y los mercados internos comprimidos y con la mayoría de los nichos atractivos para el capital extranjero ya ocupados, por lo que el flujo de nuevos préstamos o inversiones directas se ha ido reduciendo, mientras crece la salida de recursos para el pago de la deuda externa y en otros conceptos.
Adicionalmente, la sincronización de la crisis regional impide que las economías más grandes contrapesen la crisis de las más debilitadas (como actuó el Mercosur a mediados de los ‘90, donde el dinamismo de la economía brasileña arrastró a la Argentina y a todo el Cono Sur).

Esto no niega la posibilidad de una recuperación, de hecho hay síntomas de reanimamiento, sin embargo, las perspectivas para el 2003 siguen siendo muy limitadas.

Crisis del esquema de acumulación

Más allá de las oscilaciones de la coyuntura, la perspectiva de una nueva “década perdida” muestra el agotamiento del patrón o esquema de acumulación que se fue conformando en el período anterior, como intento de escapar a la crisis del llamado “modelo de sustitución de importaciones” o de “crecimiento hacia adentro” que se hundió definitivamente con la crisis de los años ‘70.

De ello da cuenta el estallido del Plan de Convertibilidad en Argentina, luego de que este país fuera uno de los “mercados emergentes” modelo en los ‘90, llegando al extremo en las privatizaciones, la “apertura” y la desnacionalización de la economía. Este no ha sido un hecho aislado, sino expresión acabada de las contradicciones a que conduce el plan “neoliberal” y marca un punto de inflexión en la crisis.

Al diluirse las condiciones internacionales que caracterizaron los años ‘90 permitiendo una afluencia masiva de capitales a la región, se plantea la perspectiva de un “contraciclo” de reflujo de capital hacia los centros, provocando el “cortocircuito” las principales desproporciones del esquema vigente, al debilitarse uno de sus sustentos decisivos.

Al mismo tiempo, los altísimos niveles de explotación impuestos al proletariado y la expoliación del excedente local por el gran capital nacional y extranjero, son insuficientes para sostener las necesidades de la reproducción ampliada en los términos actuales o para atraer un nuevo flujo en gran escala de inversiones y préstamos. Por otra parte, el giro en la relación de fuerzas general, a nivel social y político, cuestiona las posibilidades del capital de imponer una nueva reestructuración y nuevos términos de explotación, sin enfrentar el riesgo de una contraofensiva obrera y popular.

En estas condiciones:

El nivel del endeudamiento externo se hace insostenible, pues alcanzando los 750.000 millones de dólares -una suma superior al PBI de Brasil o de México- impone desorbitantes compromisos de pago anuales, al mismo tiempo que se restringe el acceso a nuevos créditos. La suspensión de pagos de Argentina y otros síntomas, como las dificultades financieras de Brasil, plantean la posibilidad de una nueva “crisis de la deuda” de dimensiones internacionales.

El mayor deterioro de los términos del intercambio comercial agrava esta situación, al restringir los ingresos latinoamericanos y dificultar la obtención de excedentes comerciales con que equilibrar la salida neta de recursos financieros. La dependencia de importaciones de alto valor agregado y la rigidez de las mismas, tiene por contrapartida un crecimiento lento de exportaciones de materias primas y productos poco elaborados, cuyos precios tienden a la baja (salvo el petróleo, dada la crisis en el Golfo Pérsico).

El “esfuerzo exportador” al que se orientó la reestructuración capitalista de los ‘90, realizado a costa de una “apertura” económica sin precedentes, como muestran los persistentes saldos comerciales negativos de la mayoría de los países latinoamericanos ha fracasado. Esto que impide compensar la necesidad de financiamiento externo y sostener el dinamismo de las economías regionales, demuestra la frustración en la búsqueda de una “reinserción” internacional ventajosa a la que habían apostado las burguesías locales.

La depresión del mercado interno, agravada por las políticas recesivas que se ven obligados a implementar los gobiernos para sostener sus compromisos financieros y satisfacer las exigencias de los grandes grupos capitalistas, la banca y los acreedores externos, luego de los profundos cambios de la década pasada, impide que el mercado doméstico pueda compensar al menos en parte las dificultades. El nivel de consumo de las masas se halla constreñido por la caída de los ingresos, el alto nivel de desempleo y subempleo, el estrechamiento del mercado que pueden proporcionar las capas medias y la caída de las inversiones públicas y privadas. Por otra parte, en el esquema actual toda reactivación del mercado interno refuerza la necesidad de importar y depende del restablecimiento del crédito, es decir, está estrechamente vinculada al curso del “flanco externo”.

Intentos de salida burguesa a la crisis estructural

En estas condiciones, no parece haber salidas estratégicas claras para las economías latinoamericanas, aunque pesa la tendencia económica hacia la inserción en el esquema del ALCA, con Estados Unidos como mercado fundamental. Esta orientación, basada en una “profundización del modelo exportador”, propugnada por el FMI y otras agencias imperialistas y apoyada por importantes sectores del establishment local, de la cual Chile es presentado como el “modelo”8, es esencialmente el curso que siguen México, Colombia y otros.

Como una variante (más que como una alternativa, pues no cuestiona la subordinación al proyecto imperialista), se busca combinar el impulso a las exportaciones con cierta protección, de hecho, al mercado interno –Brasil, Argentina, etc.-. El plan económico de Lula en Brasil, cortado a la medida de la gran burguesía paulista, responde esencialmente a la búsqueda de un compromiso entre mercado interno y exportaciones, acreedores e industriales, consumo e inversión, para redinamizar la economía (en realidad, sin “redistribuir la renta”, es decir, sin cambiar la actual relación entre salarios y ganancias).

Este proyecto, en un país de las dimensiones y características de Brasil, podría lograr un respiro y aún cierta expansión de las economías locales, al poner ciertos límites a la extracción del excedente regional y a la desarticulación de los mercados locales. A su vez, esto podría arrastrar al menos en cierta medida a las otras economías sudamericanas (como Argentina).

Sin embargo, y aún cuando se dé una cierta reestabilización económica en el próximo período, parece difícil relanzar duraderamente la expansión sobre las bases actuales, sin que medie un período de estancamiento económico y convulsiones sociales y políticas.

En última instancia, la crisis estructural muestra el agotamiento histórico de la “curva del desarrollo capitalista” en América Latina. La inserción dependiente en la economía mundial hace que sufra las consecuencias agudizadas de la crisis internacional, ya que como se ha visto más arriba, el imperialismo desvía una parte creciente de sus dificultades y costos sobre la periferia.

—IV—

La crisis política

La agudización de la inestabilidad política e “ingobernabilidad”, los “cortocircuitos en la democracia”, que tanto temen los periodistas y “politólogos”, expresan la apertura de una aguda crisis de la dominación política burguesa, tal como esta se estructuró en el período precedente.

En la base de la crisis política y sus manifestaciones particulares está la discordancia creciente entre la superestructura político-estatal y los tiempos de la crisis económica y político-social, lo que origina una crisis orgánica9, una “crisis de autoridad” a nivel del Estado en su conjunto.

La situación general expone el fracaso de las clases dominantes latinoamericanas en los planes y promesas fundamentales en que basaron su hegemonía durante el último período: el “mercado” y la “democracia” como vías para superar la crisis de la mano del capital extranjero. El proyecto burgués condujo a la actual crisis sin precedentes en todos los terrenos: a la humillación nacional bajo los dictados imperialistas, a la extrema polarización social y a las penurias agravadas de esta nueva “década pérdida”. Por otro lado, se asiste a la recomposición de las más amplias capas sociales y al inicio de un nuevo ascenso de masas, mientras que se fisura el bloque burgués-imperialista.

Como un elemento de esta crisis, puede anotarse el descrédito del discurso neoliberal, que fuera el cemento ideológico privilegiado de la dominación burguesa en el último período, como muestra el retroceso y fracaso electoral de los partidos, figuras y coaliciones más directamente ligados al neoliberalismo en la mayoría de los países de la región. El discurso mismo del neoliberalismo está en franca retirada.10
La crisis del dominio burgués, como expresión específica en lo político de la disgregación del equilibrio capitalista, reactúa trabando la “gestión de los negocios comunes” por la burguesía y dificulta que ésta pueda actuar eficazmente sobre los demás aspectos de la desestabilización (aplicando a tiempo medidas económicas de fondo, por ejemplo).

Pero las formas y los órganos de la dominación burguesa no se adaptan fácilmente a las nuevas condiciones. Por el contrario, el imperialismo y los establishment locales ejercen una gran presión conservadora y defienden con toda su fuerza cada una de las posiciones conquistadas durante la ofensiva “neoliberal”, pese al giro desfavorable en la relación de fuerzas con las demás clases nacionales.

Por supuesto, la crisis de dominio muestra diversos niveles de desarrollo y características en cada caso: Venezuela es un caso agudo de fractura del estado y el régimen. La caída de De la Rúa en Argentina fue un claro ejemplo del impacto de la irrupción de masas, detonada por el súbito agravamiento de la crisis económica, en una situación de “crisis orgánica”. En Brasil, la burguesía brasileña aún sin enfrentar un alto nivel de lucha de clases, debió recurrir a Lula y a un frente popular preventivo, para negociar en mejores condiciones con Washington y alejar el riesgo de un “estallido a la argentina”.

La definición de crisis orgánica11, implica que se trata de una crisis de largo plazo que involucra a la totalidad de la estructura estatal capitalista y sus instituciones de dominio, a la unidad del bloque dominante y a sus bases sociales, y genera condiciones de posibilidad más favorables para la diferenciación política de la sociedad y que las clases explotadas irrumpan buscando un curso independiente. Su enorme importancia estratégica reside en que devela, parafraseando a Lenin, que “los de arriba no pueden seguir viviendo como hasta entonces”; es decir, la existencia de una crisis “de una u otra forma, entre las ‘clases altas’, una crisis en la política de la clase dominante que abre una hendidura por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas”.12

Es posible decir que una situación de crisis orgánica desarrollada es siempre, desde el punto de vista de las oportunidades que abre a los explotados, potencialmente una situación prerrevolucionaria o revolucionaria (aunque finalmente no se desarrolle en esa dirección). La definición misma de crisis orgánica indica que la actividad de las clases dominadas aún no ha alcanzado el nivel para incidir decisivamente y no son éstas todavía las que ocupan la centralidad en la escena con su acción independiente.

—V—

La erosión de la democracia burguesa

Las democracias burguesas latinoamericanas, fuertemente degradadas por su carácter semicolonial, cristalizaron en los ‘90 ciertas relaciones de fuerza entre las clases nacionales y con el imperialismo.

Tras dos décadas de aplicación de planes proimperialistas, de represión y de entrega a su amparo, la legitimidad de sus instituciones se ha debilitado ante sectores importantes de la población y sus posibilidades de amortiguar las enormes tensiones sociales y políticas se ha erosionado: la crisis orgánica de la dominación burguesa se manifiesta en los recurrentes “cortocircuitos” de la democracia semicolonial. Allí donde la crisis se agudiza, sus mecanismos ceden una y otra vez: Argentina, Paraguay, Ecuador; o bien, quedan profundamente cuestionados como en Bolivia.
La caída de un gobierno constitucional en Argentina mediante una movilización de masas, reeditando en escala ampliada los acontecimientos de Ecuador (1997 y 2001) tiene una gran importancia sintomática: el ascenso de masas enfrenta directamente al régimen democrático burgués y es en este sentido un punto de inflexión para los regímenes del continente.

Cada vez hay menos márgenes para profundizar los planes proimperialistas con los métodos de “legitimación” de la democracia burguesa utilizados durante los ‘90. Esto se expresa en el rápido debilitamiento de gobiernos recién electos, en los reiterados impasses y escándalos parlamentarios, en la crisis de “transiciones” como la peruana o paraguaya, en múltiples fenómenos de “inestabilidad” e “ingobernabilidad”, en la desintegración de los partidos políticos y coaliciones que implementaron durante la década pasada los planes neoliberales.

Más allá de las diversas situaciones nacionales (basta comparar México y Argentina, o Chile y Venezuela), interesa señalar que el cenit de las “democracias latinoamericanas” parece haber quedado atrás, al menos que haya profundas readecuaciones a las nuevas condiciones generales.

Tendencias bonapartistas y frentepopulistas

La pérdida de eficacia de los mecanismos democráticos normales en el cuadro de crisis orgánica favorece un mayor grado de autonomía relativa ante la “crisis de autoridad” del aparato estatal (político y militar). Estas condiciones son propicias para la formación de tendencias bonapartistas: que surja un árbitro “inapelable” por encima de las fuerzas de clase en pugna cuando los antagonismos se revelan irrefrenables, pero ninguna puede imponerse decisivamente. En este momento, las mismas surgen “por derecha” y “por izquierda” de la democracia aunque tratando de mantenerse bajo su envoltura.

De una parte, Venezuela muestra con Chávez el resurgir de un proyecto populista y apoyado en las FF.AA., emparentado con los gobiernos de tipo bonapartista sui generis de izquierda, que florecieron en América Latina por largas décadas, desde la crisis del ‘30.13 Su objetivo es amortiguar la crisis mediante reformas políticas limitadas, regateando con el imperialismo y apoyándose en el movimiento de masas. La crisis del chavismo muestra los estrechos límites para reeditar ese tipo de gobiernos en las actuales condiciones de crisis económica, social y política.

Por otra parte, en Colombia el “gobierno de fuerza” de Uribe expresa la tendencia a bonapartismos contrarrevolucionarios, apoyado en el aparato militar y el respaldo imperialista, con base social en el giro a la derecha de las capas medias y elementos fascistizantes, como el reclutamiento de miles de civiles para la represión. Esta salida plantea también dificultades para la burguesía y el imperialismo, pues puede terminar provocando contraofensivas de las masas.

El otro gran fenómeno político que se registra, es el desarrollo de movimientos frentepopulistas de carácter democrático y preventivo, cuyo mayor exponente es el gobierno de Lula. Como muestra el caso de Gutiérrez en Ecuador (y el propio Chávez), “bonapartismo populista” y “frentepopulismo democrático” están estrechamente ligados, aunque su mecánica política, su relación con las instituciones estatales –el ejército- y con el movimiento obrero y de masas no sea idéntica.
La clave común es el carácter preventivo, pues surgen en condiciones de crisis general, pero en ausencia de un auge revolucionario de masas (en fases más maduras, naturalmente, surgirán fenómenos más “clásicos”) y con la expresa tarea de evitar su desarrollo (así el propio Chávez consideraba su misión histórica “evitar la guerra civil entre venezolanos” y Lula es presentado como el hombre “capaz de unir a los brasileños”).

—VI—

Fluidez de las alianzas de clase

Si en los años ‘90 fueron un rasgo importante las alianzas reaccionarias de clase bajo la hegemonía del bloque burgués-imperialista, que llegaron a arrastrar no sólo a las capas medias, sino a importantes franjas de trabajadores, hoy la distribución de las fuerzas sociales está cambiando radicalmente.

La crisis afecta a todas las clases y capas sociales, cuyas relaciones entran en un estado de fluidez, desplazamientos en la disposición de fuerzas sociales objetivas (que está conduciendo a nuevas alianzas de clase), y diferenciación política. Los fenómenos (de carácter intermedio, difusos e inmaduros) que recorren el panorama de las clases son expresión de que se transitan todavía las fases iniciales del proceso de escisión de la sociedad en campos antagónicos.

Fisuras interburguesas

En la clase dominante se están produciendo fracturas de importancia estratégica, pues señalan el fin de la relativa unidad burguesa e imperialista que predominó durante los ‘90 y la disputa abierta de camarillas y fracciones de capitalistas por intereses sectoriales. Si bien el entrelazamiento de intereses entre los capitales locales e imperialistas dio un salto enorme en la década pasada (como revelan la relación de los burgueses locales con el endeudamiento externo, los lazos en la propiedad de empresas, la dependencia tecnológica, comercial y financiera respecto de las transnacionales, etc.), los intereses de las burguesías locales agentes del imperialismo y los de éste no son homogéneos. La crisis y la presión imperialista reabren roces y fisuras, tendiendo a conformarse dos polos, unidos sin embargo por la común necesidad de extremar la extracción de plusvalía al proletariado y por la relación con el capital extranjero bajo una u otra modalidad:

Por un lado, el que se ha dado en llamar “financierizado” o “neoliberal” (las fracciones de la gran burguesía cuyos intereses más importantes están en el nivel financiero, núcleos de grandes exportadores, terratenientes, representantes de los acreedores externos).
Por otro lado, el llamado polo “productivo” o “proteccionista”, que busca preservar ciertos márgenes para su acumulación amenazada por la crisis y la voracidad de las finanzas y el imperialismo. (grandes sectores exportadores y ligados al mercado interno, fracciones burguesas no monopolistas arruinadas).

Estas fracturas emergieron abiertamente en Argentina desde el año 2000 con las divisiones del establishment, se expresan hoy en Brasil con las orientaciones opuestas de la gran burguesía mercadointernista y exportadora de Sao Paulo y Minas Gerais –defendiendo un programa “neodesarrollista” y apoyando al frente popular lulista-, y sectores financieros y de los grandes terratenientes del Nordeste, presionando por un programa más incondicionalmente “aperturista” y “neoliberal”.
Las grietas en el bloque burgués se expresan de diversas formas en Bolivia, Venezuela, Uruguay, o Perú.

El protagonismo político circunstancial de las capas medias

Las capas medias –que conocieron una notable expansión en los ‘90-, son la base social fundamental de las “democracias latinoamericanas” y constituyeron el núcleo de las alianzas reaccionarias en que se apoyó el “programa neoliberal”. La actual crisis amenaza directamente su situación social, polarizándolas entre una minoría enriquecida y amplios sectores amenazados por la pauperización. La situación pone en movimiento a los estratos medios y los empuja a un nuevo protagonismo político (que por su naturaleza social puede ser errático e inestable), que las convierte en actores de los más diversos fenómenos, sean reaccionarios (como en Colombia o Venezuela), reformistas (como en Brasil o Uruguay), o progresivos (como en las Jornadas Revolucionarias en Argentina).

Su comportamiento no es homogéneo. Sectores de la clase media son base social tanto de la oposición gorila en Venezuela como del chavismo (capas pequeñoburguesas plebeyas, baja oficialidad militar).

La movilización política de las clases medias (en condiciones de debilidad política burguesa y escasa presencia del proletariado) tomada en su dinámica, encuentra una analogía en la crisis de los años ‘30, que actuó catapultando a la pequeñaburguesía latinoamericana a la escena política, contribuyendo a la formación de tendencias nacionalistas, de izquierda o reaccionarias. Hoy, puede convertirse en la base para el surgimiento de los más diversos y radicales fenómenos políticos por derecha y por izquierda; un motor de la politización general de la sociedad, un factor de desestabilización para la democracia burguesa y de crisis para los partidos tradicionales que no pueden responder a sus demandas.

Formación de alianzas de clase transitorias

Las capas medias son un componente clave de las nuevas alianzas de clase en gestación, polarizadas entre un bloque conservador, dirigido por el ala más financierizada del capital y apoyado en los sectores altos de la pequeñoburguesía y en las nuevas capas medias beneficiarias de la “modernización” capitalista; y un bloque “neopopulista” o “reformista democrático”, dirigido por la burguesía “proteccionista”, apoyado en amplias capas de las clases medias urbanas y rurales, y que busca arrastrar, a través de sus direcciones, a sectores masivos de la clase obrera y el campesinado, por lo que se inclina a aceptar cambios políticos limitados que mejoren su relación de fuerzas. El mejor ejemplo de estas alianzas de clase es el de Brasil, representado políticamente por la alianza entre Lula y Alencar. Allí la pequeñoburguesía provee buena parte del electorado y los cuadros políticos del PT, mientras que la alianza social que expresa Lula se basa en el “compromiso” entre la burguesía, las capas medias y el trabajo. La clave de estas alianzas está en la subsunción política del proletariado, que no ha entrado aún en una fase de auge. Su carácter transitorio reside en las débiles bases materiales para responder al descontento de las clases explotadas y en que la acumulación de experiencia política por las masas en movimiento es aún limitada. Su función histórica es, por un lado, apuntalar los intentos de readecuación del régimen burgués canalizando en su provecho el movimiento de masas; y por otro, impedir que surja un tercer campo independiente: el de la alianza obrera, campesina y popular, y se consume así la tendencia a la escisión de la sociedad en campos antagónicos.

—VII—

Un nuevo ciclo ascendente de la lucha de clases

En este escenario social está desarrollándose en América del Sur un amplio ascenso de masas, motorizado por el agravamiento sin precedentes de los padecimientos de las masas del campo y la ciudad.

El mismo, que desde el 2000 alcanzó importantes hitos en las grandes movilizaciones de masas de los países andinos (Ecuador y Bolivia), ha dado un salto superior con las jornadas revolucionarias de diciembre del 2001 en Argentina. Allí, bajo el embate de las masas cayó el gobierno constitucional de De la Rúa, detonando los primeros pasos de un proceso revolucionario, constituyendo un salto en el ascenso, tanto por trasladar el centro del mismo a las ciudades y a un país altamente urbanizado y con fuerte peso proletario, como por la radicalidad misma de las acciones y el surgimiento de importantes fenómenos de vanguardia.

Esta tendencia se vio continuada a principios de abril en Venezuela, cuando un gran levantamiento espontáneo urbano, obrero y popular, barrió el intento golpista y abrió las puertas a un importante proceso de movilización y organización con activas franjas de vanguardia.

La nueva oleada de movilización se continuó a mediados de año con el triunfo de masas en Paraguay contra el intento privatizador de González Macchi, el levantamiento de Arequipa y todo el Sur de Perú contra la privatización de la energía eléctrica, la posibilidad -abortada por el FA y el PIT-CNT- de un “diciembre” uruguayo y otras luchas de masas.

Sin embargo, esta nueva oleada de movilización que recorrió la primera mitad del año, fue canalizada con los triunfos electorales reformistas en Brasil y Ecuador, con el desvío electoral en Bolivia y el impasse de la movilización en Argentina que no ha vuelto a registrar grandes acciones comparables a las de diciembre, a pesar de la debilidad del régimen político. No obstante, importantes procesos de lucha continuaron recorriendo la región: en El Salvador (huelgas y movilizaciones encabezadas por los médicos y trabajadores de la salud), Perú (luchas estudiantiles, de maestros y de empleados) y Bolivia (ocupaciones de tierras, mineros de Huanuni, efervescencia entre los cocaleros), mientras que en Venezuela, la nueva prueba de fuerza lanzada por la oposición con el paro de diciembre volvió a tensar al extremo la polarización social y política.

Situaciones prerrevolucionarias y revolucionarias

Los hitos más avanzados del ascenso se han producido en situaciones prerrevolucionarias o revolucionarias en varios países: Ecuador (1997-2000), Bolivia (2000), Paraguay, Argentina (las Jornadas Revolucionarias). Estos han sido magníficos logros políticos de las masas y están conformando un terreno favorable a un desarrollo superior de la lucha de clases. Por otra parte, en diversas regiones del campo latinoamericano, el enfrentamiento social y político alcanzó ribetes de una guerra civil larvada, intermitente: Colombia, el Chapare boliviano, Chiapas, el agro paraguayo.

La evolución de la crisis general en Sudamérica y los movimientos de la superestructura política son incomprensibles sin estos elementos. Las grandes acciones históricamente independientes de las masas han conmovido el orden burgués. Sin embargo, la clase dominante ha logrado contener o disolver en varios casos mediante desvíos o derrotas las situaciones más agudas, al menos temporalmente.

La principal razón objetiva está en que no hay un auge revolucionario del proletariado, mientras que políticamente, la responsabilidad recae por entero en las direcciones reformistas y populistas que han puesto todo su empeño en recomponer el maltrecho régimen burgués. Esto quita continuidad al ascenso y amortigua el desarrollo de las situaciones abiertas por las masas, ampliando los márgenes de maniobra de la burguesía y amortiguando el desarrollo del proceso.

Características del ascenso

El mismo, que transita sus fases iniciales, se caracteriza por:
Su extensión geográfica, extendiéndose por el Cono Sur, los Andes, y Venezuela, aunque la tendencia al aumento en los conflictos y movilizaciones de distinto orden es mucho más amplia, como muestran desde la lucha de los campesinos de Atenco en México a la resistencia de los mapuches en Chile. El giro a izquierda de las masas en Brasil, es un importante síntoma que se reflejó, aunque de manera distorsionada, en el triunfo electoral de Lula y el PT. Esto no niega que haya países donde predomine la pasividad (Chile) o se encuentren en una fase defensiva (como Colombia).
La amplitud social y el auge del movimiento campesino e indígena y los “movimientos sociales”. En las primeras fases del ascenso, los explotados y oprimidos del campo han jugado un gran papel, empujados a la lucha desde hace una década, bajo la presión de la reestructuración capitalista en el campo, convirtiéndose en protagonistas del más extraordinario ascenso campesino e indígena a escala continental desde principios de los años ‘50 y ‘60. Con ella se combina el renacer en gran escala de la lucha contra la opresión racial y cultural de los pueblos originarios y las minorías negras del agro y de la ciudad.

Diferentes sectores de trabajadores, de pobres urbanos, de capas medias empobrecidas, de sectores oprimidos social, cultural o sexualmente protagonizan variadas experiencias de lucha y organización, aunque muchas veces dispersa, esporádica o limitada a reivindicaciones sectoriales. Los “movimientos sociales” de esta heterogénea naturaleza son parte de una fase del ascenso en que la fuerza social ampliamente decisiva de las sociedades latinoamericanas, el proletariado, no juega un rol independiente, que pueda centralizar al conjunto de los movimientos. Entre tanto, son grandes acontecimientos políticos (como un ataque bonapartista, por ejemplo) y el agravamiento de la situación económica los que empujan a la convergencia, al menos circunstancialmente, de las variadas expresiones del movimiento de masas tendiendo a la unidad obrera y popular.

A ello ayuda el carácter político de la movilización de masas, que choca directamente contra los planes proimperialistas, como en Argentina, Bolivia, Perú, Paraguay, Costa Rica, etc., o al enfrentar intentos reaccionarios, como en Venezuela. Si bien no se obtienen mejoras económicas directas, dada la situación de recesión, sí se han logrado importantes triunfos políticos: desde derribar a un gobierno constitucional como el de De la Rúa, o derrotar el golpe de Carmona en Venezuela, a frenar las privatizaciones en Paraguay o Perú.

Proceso de recomposición de la subjetividad obrera y popular

Al calor de la experiencia política y de la lucha de clases, se ha iniciado un proceso de recomposición que se refleja en ciertos avances en la subjetividad general de las masas, aunque la clase obrera no es la clase que mejor lo expresa. Por tanto, no muestra aún tendencias claras a la independencia política aunque sí una mayor diferenciación elemental de clase y un renacimiento del sentimiento antiimperialista. Este cambio puede verse en el creciente rechazo a las “reformas” neoliberales y a todo intento de “profundizarlas”; en el proceso de experiencia con la “democracia de ricos”. Como expresión del cambio en el estado de ánimo general de las masas, se extiende una creciente politización.

Se avanza en la radicalización en los métodos de lucha: recuperando la espontaneidad y creatividad de las masas y los métodos de acción directa en los paros activos, los bloqueos de calles y caminos (Argentina, Ecuador, Bolivia), los paros cívicos o regionales (Colombia, Perú), el enfrentamiento organizado con las fuerzas represivas (el Chapare y el Altiplano en Bolivia), hasta incluir el levantamiento generalizado de la población, de carácter semiinsurreccional, (Ecuador, Cochabamba, Arequipa, Buenos Aires, Caracas, etc.).

Surgen formas de organización avanzadas: bajo la presión de las masas en movimiento se han impuesto por cortos períodos diversas formas de frente único para la lucha de las organizaciones existentes, como los efímeros Parlamentos Populares en Ecuador (centros organizadores del levantamiento del 21 de enero), a los Frentes de Resistencia, regionales o Cívicos en Perú (en la lucha contra Fujimori y en el Arequipazo), o el Congreso Democrático del Pueblo en Paraguay (que dirigió el levantamiento contra las privatizaciones). En los procesos más avanzados han surgido formas que constituyen embriones, si bien incipientes, de organismos de democracia directa (de carácter soviético) como la Coordinadora del Agua en Cochabamba (Bolivia) en abril de 2001.

En Argentina, los piquetes de desocupados desde los Cutralcazos a Tartagal y las Asambleas Populares en los barrios surgidas luego de las Jornadas de diciembre expresaron las tendencias a la autoorganización en sectores de vanguardia. El papel de las comisiones internas y las nuevas direcciones surgidas en el movimiento de fábricas tomadas muestra los primeros elementos de un poder obrero en germen.
En Venezuela, es sintomático que después de abril surgieran distintos organismos de vanguardia cuya ala izquierda tiende a escapar al control del chavismo (Comités Bolivarianos, Comités de Tierras, etc.).

Estos fenómenos todavía puntuales o con escasa continuidad, representan jalones en el aprendizaje de los sectores avanzados, elementos muy progresivos aunque iniciales en la preparación subjetiva de la clase obrera y sus aliados. ¿En qué sentido avanzará la recomposición de la subjetividad? Es natural que las masas que comienzan a ponerse en movimiento busquen un punto de apoyo en su memoria histórica, ante todo, en las tradiciones populistas, nacionalistas y reformistas. Las corrientes burguesas y pequeñoburguesas y la burocracia de los sindicatos tratan de contener y moldear el inicio en la recomposición de la subjetividad, integrando a los procesos más progresivos bajo las mediaciones del orden burgués. El ascenso continental del reformismo y el populismo apunta en esa dirección y se apoya en el bajo nivel de intervención del proletariado. Sin embargo, las bases materiales para esta estrategia son demasiado estrechas, el debilitamiento de los aparatos respecto al poder que tenían en la posguerra, la agudización de los antagonismos sociales y de la crisis política, hacen que sus posibilidades estratégicas sean limitadas. El signo de la recomposición en la subjetividad de masas es aún indefinido. Por lo pronto, las experiencias más avanzadas, si bien puntuales, muy minoritarias, sigue un curso que choca con la estrategia de las direcciones actuales y crea puntos de apoyo iniciales para un desarrollo en sentido revolucionario, si bien éste será largo, difícil y complejo.


—VIII—

Situación y perspectivas del proletariado

La clave del carácter contradictorio y tortuoso del ascenso y de la subjetividad en estas primeras fases radica en el papel secundario que juega todavía el proletariado latinoamericano. Particularmente sus sectores más concentrados aún no han entrado en acción. Esta situación no niega que sectores de la clase trabajadora hayan jugado un papel importante. Los maestros, el personal de salud y otros sectores de empleados públicos han jugado un papel de vanguardia en países como Colombia –donde han protagonizado numerosos paros activos nacionales o sectoriales-, o en Bolivia, donde en 5 años, maestros y trabajadores de salud han parado el equivalente a un año de labores. Sectores de trabajadores estatales también han sido vanguardia en la lucha contra las privatizaciones, como en Costa Rica, Paraguay o Perú.
También han sido numerosas las huelgas en la industria y el transporte privados. Sin embargo, no han significado un salto en la irrupción del proletariado ni que éste haya comenzado a imponer su centralidad en el ascenso. Incluso en Argentina los sectores decisivos del proletariado, uno de los de mayor tradición a nivel regional e internacional, no han protagonizado grandes acciones de conjunto desde la caída de De la Rúa.

La clase obrera, el gigante social de América Latina, con sus enormes concentraciones de millones de obreros en Brasil, México y Argentina, se está recuperando lentamente de una de las situaciones más difíciles –sino la más difícil- de su historia como clase.

La clase obrera comienza a incorporarse al ascenso desde un nivel de experiencia práctica y subjetividad muy bajo, y disuelta en la lucha de “todo el pueblo” contra los ataques privatizadores, los ajustes fiscales, etc., sin poder apoyarse en la escuela de la lucha económica que jugó un papel tan importante en el auge obrero de los ‘70.
La recesión económica no repercute mecánicamente en la actividad y consciencia de las masas obreras. Sus efectos dependen del conjunto de la situación política y de cómo el proletariado llega a la misma, especialmente desde el punto de vista subjetivo: la confianza en sus propias fuerzas, la política de sus direcciones ante la crisis y la desocupación, etc.

En este sentido, la recesión provocó efectos contradictorios: retrasó la lucha de los sectores más concentrados de la clase obrera, aunque promovió la acumulación de descontento y un incipinete giro a izquierda entre las masas (como puede verse en Brasil, Bolivia o Ecuador) y empujó en situaciones extremas la acción radical de fracciones de vanguardia (como los desocupados o las fábricas tomadas en Argentina).

Perspectivas de una mayor intervención obrera

Pese a que la recesión y la desocupación masiva tienden a retrasar la intervención del proletariado como clase, la situación de conjunto (la crisis política de la burguesía y de sus instituciones, las brechas en las alturas, la efervescencia de los aliados del proletariado) conforma un “caldo de cultivo” más favorable a la entrada en escena de la clase obrera. Una recuperación económica podría alentar aún más este proceso, al permitir a los trabajadores recobrar fuerzas.

El acceso al gobierno de Lula, al alimentar enormes expectativas entre los trabajadores del Brasil, puede terminar despertando un ciclo de luchas en las empresas a pesar del masivo apoyo al pacto social que propone.
En Argentina, en medio de la prologada crisis y la efervescencia social y política, es posible que en el próximo período sectores más amplios del proletariado comiencen a luchar por la recomposición del salario, a cuestionar a la putrefacta burocracia peronista y a levantar programas progresivos.

Es posible que la clase obrera –tal como ocurrió en el ascenso de los ‘70 (debe recordarse que para el populismo de los ‘60 era una clase “aburguesada”)- sea la última en entrar en acción de manera decisiva. Debido al carácter mismo del proceso y la situación actual, el proceso de irrupción del proletariado puede ser contradictorio y tortuoso. La entrada en escena de sus sectores decisivos puede necesitar de grandes convulsiones políticas o económicas. No obstante, así como una mayor polarización obliga a sectores de vanguardia a dar pasos más audaces, tanto una mejora relativa de la situación económica como el desarrollo de la crisis política podrían alentar a la lucha de sectores obreros.

Además, en Argentina hay síntomas (si bien aún muy minoritarios) de radicalización obrera: el movimiento de toma de fábricas en Argentina que alcanza a decenas de empresas de pequeña y mediana escala, y las experiencias de vanguardia en la producción bajo control obrero, como muestran las experiencias de Zanon y Brukman. La existencia de importantes sectores de vanguardia, que acumulan una importante experiencia de lucha y organización, que poseen una experiencia con el régimen y desconfían de las direcciones tradicionales, es un hecho nuevo. Decenas de miles de jóvenes y trabajadores, desde Buenos Aires a Caracas son un fermento activo de la movilización, un componente de radicalización política e ideológica que desde hace largos años no aparecía en el panorama social y político regional y que pueden contribuir a la recomposición del movimiento obrero.

—IX—

Una nueva oleada de reformismo latinoamericano

El ascenso de Lula y el PT es la mayor expresión de este fenómeno político, como recambio democrático esencialmente preventivo ante la magnitud de la crisis general y los comienzos del ascenso, que se expresa también en el MAS en Bolivia, el frente de Gutiérrez en Ecuador, el Frente Amplio en Uruguay, los sandinistas en Nicaragua, los proyectos del ARI y la CTA en Argentina, etc.

Alrededor de este tipo de frentes buscan reacomodarse los aparatos reformistas tradicionales, como el desprestigiado stalinismo latinoamericano en sus distintas versiones, y sectores de la burocracia sindical –como la CTA en Argentina-; así como nuevas mediaciones más a izquierda, que reflejan movimientos de masas activos como los campesinos e indígenas en Bolivia o Ecuador (FZLN, MST de Brasil, etc., entran en esta lógica). Los “frentes político-sociales” que impulsan, buscan subordinar a la estrategia de colaboración de clases y presión sobre el régimen burgués a los nuevos “movimientos sociales”, organizaciones de base, etc., que surjen a su izquierda e impedir que sigan un camino independiente.

Este auge del reformismo democrático se convierte en un peligroso obstáculo para el ascenso, con su política basada en la reforma del régimen y en la “recuperación de la democracia”, con su ideología conciliadora que disuelve a la clase obrera en el “pueblo”, y por su papel desmovilizador.

Sin embargo, sus posibilidades están limitadas por los estrechos condicionamientos que impone la naturaleza y profundidad de la crisis capitalista en Latinoamérica. Hay una enorme contradicción entre estos límites y las enormes expectativas que despiertan un Lula o un Gutiérrez, lo que puede acelerar la experiencia de las masas con las mismas, particularmente si el proletariado comienza a jugar un papel central.

—X—

La encrucijada latinoamericana

Según algunos analistas, luego del llamado “ciclo neoliberal” de ofensiva burguesa e imperialista se estaría a las puertas de un nuevo “período de reformas” –la “primera modernización democrática” del siglo XXI. En nuestra región, el agente político de esta “transformación” serían los movimientos políticos como el encabezado por Lula. Es decir, ante la crisis general, se pretende lograr una “democratización” y una cierta “renacionalización” por vía electoral, sin afectar a la gran propiedad ni romper con el imperialismo, y a través del consenso con el gran capital nacional y extranjero, buscando evitar mayores enfrentamientos en la lucha de clases.
Es evidente la imposibilidad de conciliar bajo este programa los enormes antagonismos con el imperialismo y entre las clases nacionales. Esto no niega la posibilidad de una fase de expectativas, de amortiguamiento de las contradicciones, de cierta reestabiliazión.

Pero sigue en pie la contradicción entre el clima político de la coyuntura (ejemplificado en los llamados de Lula a la conciliación y la unidad) y la profundidad y el carácter estructural de la crisis latinoamericana. El carácter inestable, transitorio de la coyuntura, mantiene abiertas tres hipótesis estratégicas: la de una “democratización” por vía reformista; la de un asentamiento conservador, contrarrevolucionario; o bien, que prosiga la maduración de un proceso revolucionario de alcance continental.
La debilidad estratégica del proyecto reformista ante la actual encrucijada histórica y las dificultades en la actual relación de fuerzas que enfrentan los proyectos más abiertamente contrarrevolucionarios plantea como hipótesis más probable la de que no pueda ser cerrada la crisis general, y que prosiga la lenta, difícil y contradictoria formación de una etapa superior de la lucha de clases.

Así, la actual coyuntura podría ser no el comienzo de un nuevo ciclo de estabilidad y “democratización” evolutiva y pacífica para el capitalismo latinoamericano, sino el preludio de una larga fase de convulsiones (de enfrentamientos crecientes entre revolución y contrarrevolución), etapa en la cual el proletariado y sus aliados puedan avanzar en la preparación subjetiva para sus tareas revolucionarias.
En el horizonte estratégico se dibuja la perspectiva de que la maduración de la crisis general del capitalismo regional, agravada por la política imperialista de saqueo del mundo semicolonial y la senilidad de las burguesías nativas y con la existencia de fuertes proletariados como el brasileño y el argentino, la gran combatividad de sus clases explotadas y la enorme tradición obrera y revolucionaria al cabo de más de un siglo de intensa lucha de clases, abran la posibilidad de que uno o varios países de Sudamérica jueguen, en los primeros lustros del Siglo XXI, el papel que cumplió Rusia en los inicios del siglo XX.

NOTAS:

1 Nos basamos en la elaboración de este concepto por Trotsky. Ver León Trotsky, “La situación mundial”, en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición (compilación de escritos), CEIP, Buenos Aires, 1999. Pág. 31 y ss.

2 Vladimir I. Lenin. “El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”, en ”Obras Completas”, segunda edición en castellano, editorial Cartago, Buenos Aires, 1960. Tomo XXXIII, págs. 190 y ss. “La revolución es imposible sin una crisis nacional general (que afecte tanto a los explotados como a los explotadores)”.

3 Este concepto se emparenta de manera estrecha, metodológica y políticamente con categorías que utilizan fructíferamente Trotsky (el análisis del equilibrio capitalista, por ejemplo, pero también el de la relación entre las condiciones objetivas y subjetivas para la revolución, etc.), Gramsci (el concepto de crisis orgánica, sobre el que se volverá más abajo) y otros dirigentes de la Tercera Internacional. Así, para Lenin, en 1913, analizando la situación rusa en el período previo a la Guerra Mundial y que desencadenaría la Revolución en 1917, dice: “El estado de las masas de la población de Rusia, el empeoramiento de su situación en virtud de la nueva política agraria (a la que han tenido que apelar los terratenientes feudales como última tabla de salvación), la situación internacional y el carácter de la crisis política general que se ha plasmado en nuestro país constituyen la suma de condiciones objetivas que hacen revolucionaria la situación de Rusia a causa de la imposibilidad de realizar las tareas de la revolución burguesa por el actual camino y por los medios de que disponen el gobierno y las clases explotadoras”. V. I. Lenin. “La celebración del Primero de Mayo...” Op. Cit. Tomo XIX, pág. 466.

4 Datos señalado por J. Petras.

5 NYT 29-10-02.

6 V. I. Lenin, “El izquierdismo enfermedad infantil del comunismo”.

7 CEPAL.

8 La “excepción” chilena se basa en algunos nichos de exportación, complementarios con la economía de los centros imperialistas y aprovechados gracias a la profunda reestructuración productiva de los últimos lustros, posible por el bajo nivel de industrialización previo, las secuelas de la derrota histórica de la revolución chilena en 1973 y la solidez de la dominación política burguesa. En modo alguno es una situación generalizable al resto de América del Sur.

9 En Gramsci, la crisis orgánica es aquella en que “los partidos tradicionales (...) ya no son reconocidos como expresión propia de su clase o de una fracción de ella” A. Gramsci. “Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno”. Nueva Visión, Buenos Aires, 1972. Pág. 62.

10 Una reciente encuesta realizada a nivel latinoamericano “Respecto de la satisfacción con el funcionamiento de la economía de mercado” muestra un promedio de respuestas favorables de sólo 24% para toda América Latina, bajando a 17% en América del Sur y sólo 2% en Argentina. Más allá de lo cuestionable de estas encuestas, refleja un cambio en el clima de opinión. Latinobarómetro 2002 (18.500 casos en 17 países latinoamericanos, Agosto 2002). Tomado de Burdman, Julio. “El giro antimercado de América Latina”, en Nueva Mayoría, 28/10/02.

11 A. Gramsci, “Antología”, Siglo XXI, México 1986.

12 V. I. Lenin. “La bancarrota de la Segunda Internacional”, en “Obras Completas“, Tomo XXII, págs. 310 y ss.

13 L. Trotsky. “La industria nacionalizada y la administración obrera”, 12/05/1939, en Escritos Latinoamericanos, CEIP, Buenos Aires, 1999. Pág. 151.

 

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