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Revolución y contrarrevolución en Venezuela
por : Gustavo Dunga

01 Jan 2003 |

La situación en Venezuela es de una alta tensión y dramatismo. El 2 de diciembre, la gran patronal agrupada en FEDECAMARAS y la burocracia de la CTV (Central de Trabajadores de Venezuela), decretaron el “paro” general (en realidad un lock out patronal-burocrático) con el objetivo de presionar a Chávez a un adelantamiento de las elecciones o un referéndum para plebiscitar su permanencia en el cargo o en el peor de los casos apostar al caos económico y en el medio del descalabro alentar una nueva asonada militar. A casi treinta días de iniciada esta acción el burócrata sindical Carlos Ortega, que actuó como portavoz de la Coordinadora Democrática en la que está encuadrada la oposición, anunció en un mensaje de fin de año que: “el paro continúa hasta lograr el objetivo de sacar a Chávez” y llamó a la desobediencia civil por medio de la negativa a pagar impuestos.

Sin embargo, en los últimos días del año, el gobierno parece haber retomado la iniciativa política. Esto se traduce en la recuperación por medio de la Armada y la policía de varios de los barcos cisterna de la empresa estatal petrolera (PDVSA) fondeados en distintos puertos del país y la importación de alimentos para paliar el desabastecimiento provocado por el boicot patronal. A su vez el Alto Mando militar le ha juramentado lealtad.

De todos modos la crisis está aún lejos de resolverse. Es que las fuerzas de la reacción están dando un certero golpe al “corazón de Venezuela” que es la estratégica industria petrolera. Gerentes, cuadros medios, capitanes de barcos cisterna de la empresa PDVSA son la punta de lanza de este plan. Según varios informes de la prensa internacional, las principales refinerías de Venezuela, la de Paraguaná y la de El Palito se encuentran paralizadas. En los dos principales puertos, Cabello y Maracaibo, se encuentran con sus barcos tanqueros fondeados. Un gerente petrolero en huelga, Horacio Medina, señaló que la producción petrolera de Venezuela ha caído en 70%, unos 1,9 millones de barriles diarios, a consecuencia del paro. A su vez los gerentes del Distrito Gasífero de Anaco, ubicado a unos 300 kilómetros al este de Caracas y que genera el 75% del gas del país, acordaron reducir a su nivel mínimo la producción. Según funcionarios del gobierno las pérdidas ascienden a 1.300 millones de dólares y el país se ve acosado por las abultadísimas multas que deberá afrontar ante el incumplimiento de compromisos internacionales de exportación de crudo.

Las fuerzas de la contrarrevolución supieron pegar ahí donde más duele. Es que Venezuela es el quinto exportador mundial de petróleo y el 80% de sus ingresos provienen de la venta del crudo y en estos momentos las ventas al exterior se encuentran todavía paralizadas.

Estas dramáticas jornadas son el interludio de la ofensiva opositora para instaurar un régimen abiertamente proimperialista para recolonizar a Venezuela y transformarla en un punto de apoyo de la reacción en el continente americano en momentos que gobiernos como el de Lula en Brasil y Gutierrez en Ecuador muestran que la derecha neoliberal está en retirada. Luego que fuera derrotado el golpe proimperialista del Alto Mando y Carmona en abril de este año el objetivo de la oposición de desplazar a Chávez por la vía “institucional” o por medio de un golpe no ha cesado un solo día. Para ello han apelado a todos los recursos disponibles: furibundas campañas mediáticas, boicot a la producción, lock out, actos terroristas, fuga de divisas y hasta un intento frustrado de magnicidio.

La política de EE.UU. y la oposición

En abril quedó demostrado cómo el imperialismo yanqui estuvo detrás o al menos dejó correr abiertamente la intentona de Carmona y sectores del ejército ya que en forma apresurada lo reconoció como presidente. Lo mismo el lacayo de Bush en Europa José María Aznar. El acercamiento del presidente venezolano hacia Cuba junto a otros roces diplomáticos así como su condena a la guerra contra el terrorismo provocaron las iras y condena del Departamento de Estado contra Chávez.
La respuesta de los sectores populares a la intentona de Carmona y la división en las FF.AA. agitaron el fantasma de la guerra civil. Por eso el imperialismo norteamericano ha optado por una política más cautelosa hacia Chávez, aunque en la reciente crisis política, en declaraciones que deliberadamente luego son desmentidas, los funcionarios del Departamento de Estado han apoyado concienzudamente a la oposición. EE.UU. está preocupado ya que Venezuela es un importante proveedor de petróleo para el país por eso busca por ahora hacer claudicar a Chávez pero no por la vía que había intentado en abril. Es claro que el gobierno de Bush, embarcado en sus preparativos de guerra contra Irak, vería con buenos ojos un gobierno adicto en Caracas.

Para apaciguar los ánimos se han presentado en el país la Fundación Carter, la ONU y el presidente del “Ministerio de Colonias” que es la OEA, Cesar Gaviria. El objetivo de este último es negociar una salida “institucional” a la crisis tratando de apelar a los sectores moderados del chavismo y el antichavismo en una suerte de gobierno de unidad nacional o un cronograma de salida elegante para el ex coronel de paracaidistas. Lógicamente estas opciones implican la capitulación lisa y llana de Chávez y presuponen en el futuro intentos abiertos por derrocar al presidente. Por eso la desconfianza total y el rechazo a la mediación de Gaviria y la OEA es una de las medidas que se deben impulsar.

Por su parte la oposición, aunque coincide en echar a Chávez, parece no terminar de ponerse de acuerdo de qué manera. Esta se encuentra dividida entre un sector “moderado” y otro “radical”. Es un frente heterogéneo sin un programa claro ni métodos comunes aunados en la llamada Coordinadora Democrática. Se albergan en él desde los representantes de la gran burguesía de FEDECAMARAS hasta la burocracia sindical de la CTV, pasando por la jerarquía eclesiástica. También son apoyados por los maoístas del grupo Bandera Roja. Producto de la crisis de los partidos tradicionales que se derrumbaron con el viejo régimen no cuenta aún con figuras potables para liderar unificadamente sus propósitos. Una de las causas de la división es que sectores patronales no ven con buenos ojos la alianza con la cúpula de la CTV o de sectores de las clases medias que consideran a la burocracia como impresentable. Su principal vocero, luego del fiasco de Carmona, es el líder de la CTV Carlos Ortega. Sin embargo, acarrean detrás de sí a gran parte de los sectores medios y “niños bien” de los barrios residenciales de Caracas y un sector de los trabajadores y empleados mejor pagados o sometidos al control de la burocracia sindical. Cuentan a su vez con el apoyo de los medios privados de comunicación que han lanzado una furiosa campaña abiertamente golpista contra el régimen de Chávez.

Después del golpe de abril, ¿pacificación?

Una vez restituído en la presidencia, Chávez no se cansó de llamar a la pacificación y la conciliación nacional a una oposición que había quedado derrotada, debilitada y confundida. Los sucesos de hoy día dejan a todos los trabajadores venezolanos y latinoamericanos una gran lección: que no hay posibilidad de conciliar los intereses de los trabajadores y el pueblo pobre, con los de la oligarquía capitalista y el imperialismo y de que a su conspiración permanente sólo se le puede contestar con una política ofensiva y tajante, aprovechando que habían sufrido una derrota táctica, para golpearlos en forma decisiva y vital en las bases de su poder económico, político y militar.

El golpe de abril –cuyo programa era una declaración de guerra contra los trabajadores y el pueblo- fue desbaratado por el levantamiento espontáneo de las masas obreras y populares de Caracas y otras ciudades. Fue fundamentalmente gracias a ellas –mientras la Fuerza Armada Nacional se dividía y una parte se plegaba al golpe- es que Chávez retuvo el poder en esas dramáticas jornadas.
El 13 de abril se produjo una irrupción de masas –de carácter básicamente espontáneo- que fue probablemente la mayor acción masiva desde el Caracazo de 1989 y significó un vuelco favorable de la relación de fuerzas. El país quedaba profundamente fracturado social y políticamente en dos campos abiertamente enfrentados. La oposición había salido debilitada y dividida. Una parte de sus cuadros al interior del ejército quedaba desplazada. Se habían dado casos de confraternización entre la tropa, la oficialidad de baja graduación y la población movilizada. Entre las masas se vivía una sensación de triunfo y se puso en marcha un acelerado proceso de organización popular, con círculos bolivarianos, comités de tierra, sindicatos clasistas y asambleas populares.

Sin embargo, esta situación favorable fue completamente desaprovechada, y cuando se han cumplido desde entonces exactamente ocho meses, es la oposición quien vuelve a la carga.

Los límites de Chávez y el carácter de su régimen

Como vemos, si se ha llegado a esta situación es en gran parte responsabilidad de Chávez y sus llamados a la pacificación y a la moderación luego del triunfo popular del 13 de abril. Los titubeos, vacilaciones e inconsecuencias para enfrentar a los golpistas se deben al carácter burgués del régimen chavista. Si al inicio de su mandato Chávez intentó, sustentado en las FF.AA. en el entusiasta apoyo popular y la coyuntural alza del precio del crudo, jugar el rol de árbitro entre las clases nacionales y el imperialismo y recomponer el desvencijado régimen político a la vez que garantizar la paz social, hoy este proyecto se encuentra en una franca bancarrota.

Con la instauración de la Quinta República, basada en la Constitución Bolivariana, Chávez se postuló para recomponer la estabilidad de una Venezuela en la que el viejo régimen de dominio burgués, del “Pacto de Punto Fijo”, basado en los partidos tradicionales (AD y COPEI), se hallaba en descomposición. Agotadas las posibilidades de la “Venezuela Saudita” basada en una colosal renta petrolera, con la amenaza de nuevos Caracazos como el que conmocionó al país en 1989, era imprescindible un cambio de régimen. Chávez se presentó como el árbitro capaz de “reconciliar a la nación”, apelando a las masas pobres con una retórica antineoliberal para prevenir que las masas siguieran un curso independiente que amenazara al orden burgués.

Las características del régimen chavista lo emparentan en cierta medida con las características del bonapartismo sui generis, un tipo de régimen que León Trotsky definió y que se dio con frecuencia en los años ‘30 y en la segunda posguerra en los países semicoloniales. Este tipo de gobierno, basado en el Ejército y el aparato estatal, intenta “elevarse” por encima de las clases sociales para arbitrar entre los intereses sociales en pugna, dándole concesiones al movimiento de masas para mejorar sus márgenes de maniobra frente al imperialismo. Estos gobiernos, por su carácter burgués, incluso habiendo tenido importantes roces con el imperialismo terminan capitulando y son impotentes para enfrentar a la reacción interna.

Así, el chavismo es un “populismo de manos vacías” que puede oscilar a izquierda o a derecha, como en la práctica ha mostrado Chávez en estos años, pero que por su carácter de clase, es incapaz de romper con el imperialismo y satisfacer las demandas elementales de las masas del campo y la ciudad. Confirma además, que la lucha por las reivindicaciones nacionales en una semicolonia, no puede quedar en manos de la burguesía nacional. Los ejemplos trágicos para las masas de Perón en el ‘55 y Allende en el ‘73 son una prueba irrefutable.

Hoy los pilares en que se apuntalaba su proyecto están en completa crisis. La Fuerza Armada Nacional y la policía se encuentran dividida. Aunque el Alto Mando, por ahora, se mantiene fiel al presidente es indudable que el fraccionamiento corroe a la institución. Así lo demuestra el desacato constante de oficiales medios y altos que piden la renuncia del presidente y que se han atrincherado en la Plaza Altamira de Caracas siendo uno de los símbolos de la agitación de la oposición. Recientemente y como uno de los disparadores del “paro cívico” fue la intervención de la Policía Metropolitana de Caracas; fiel su comandancia a las órdenes de un intendente opositor.

No le va mejor en la estructura política que armó para tomar el poder. En el seno de su gabinete son notorias las diferencias entre un ala “neoliberal” y otra nacionalista. El fundador del MVR y principal operador político del chavismo, Miquelena, días antes de la asonada de abril se pasó a la oposición. Sus aliados del MAS y el PPT antes, durante y después del golpe de abril se hayan en una profunda crisis. En consecuencia, a pesar de tener mayoría parlamentaria, su bancada se haya dividida entre un sector moderado y otro oficialista. En ambos sectores hay fuertes sospechas de corrupción y ha sido un dócil instrumento del régimen. Así mismo, a pesar de haber renovado el personal burocrático en los ministerios y oficinas de gobierno las viejas prácticas de clientelismo y arbitrariedades no han desaparecido.

Con las reformas en el régimen que ha instrumentado Chávez, la burguesía puede respirar tranquila. Así lo demuestra que los tribunales de justicia y la corte electoral hayan excarcelado a los líderes del golpe de abril y hoy den vía libre a la oposición para llevar adelante el referéndum.

En síntesis, todas las instituciones del estado y el régimen como las FF.AA., el parlamento, la justicia que limitan toda acción “audaz” del chavismo se encuentran no sólo en crisis sino también en la esfera de los agentes de la burguesía proimperialista.
En el plano económico tampoco le ha ido mejor. En un principio, Chávez, pretendió dinamizar el capitalismo venezolano, protegiendo al “capital productivo”, ampliando el crédito a pequeños y medianos productores, y sumando el capital extranjero al “desarrollo nacional”, como muestra su insistencia en atraer inversiones al petróleo y otras áreas. Ese rumbo, lejos de beneficiar a los trabajadores, descargó sobre ellos el peso de la crisis, como la devaluación del Bolívar en febrero del 2002, aumentando la carestía de la vida, y el recorte del gasto social en un 20%. Esto, mientras la burguesía fuga miles de millones de dólares por año, la deuda externa se paga puntualmente, no hay impuestos progresivos a los ricos y las empresas extranjeras del petróleo se llevan jugosas ganancias.

Por esta vía, que no afecta en nada a las bases de la gran propiedad burguesa ni de la subordinación al capital extranjero, no hay “desarrollo nacional” viable y menos, transformación alguna de las viejas condiciones de explotación burguesa y saqueo imperialista. Así, el 80% de los venezolanos sigue estando bajo la línea de pobreza. Un 60% sobrevive como puede en la “economía informal”. El desempleo abierto llega al 20%. La patronal continúa apelando a los despidos y la flexibilización laboral, mientras la inflación recorta los salarios. Entre tanto, el destino de la cuantiosa renta petrolera sigue beneficiando ante todo al capital más concentrado y a los inversores extranjeros.

Es en la crisis económica donde hay que buscar el origen del pase de gran parte de las clases medias al campo de la oposición y no meramente en cuestiones ideológicas. El empobrecimiento generalizado afectó a la clase media venezolana que creció y se desarrolló al amparo de la renta petrolera en los años del boom. Esta clase media, compuesta por profesionales liberales, arribistas de las multinacionales, estudiantes, pequeños industriales es profundamente conservadora y atrasada cultural y políticamente. El chavismo, por su carácter de clase, al no afectar ningún interés económico fundamental de la gran burguesía y el imperialismo no pudo satisfacer ninguna de las aspiraciones económicas de las clases medias que vieron en estos años decaer profundamente su nivel de vida debido a la fuga de capitales, la inflación y la liquidación de sus ahorros. El clientelismo y la corrupción, prácticas habituales del nuevo régimen tampoco sedujeron a los sectores medios. Esto, más la constante propaganda imperialista, de los medios privados de comunicación y la presión de las figuras burguesas de la “sociedad civil” volcaron al bando de la subversión golpista a gran parte de los sectores medios y son usados como punta de lanza histérica de la reacción. Por otra parte los sectores medios unidos por lazos de origen y culturales a los cuadros medios del ejército pueden jugar un papel de atracción hacia la salida golpista.

Sin embargo, el régimen sigue contando con la adhesión de importantes sectores de los postergados y trabajadores de Venezuela. A pesar de que es poco lo que han recibido de Chávez como la tibia reforma agraria y aumentos salariales absorbidos por la inflación, más del 30% de los sectores populares –según algunos medios- siguen apoyando al presidente. Es que el ascenso del chavismo significó de alguna manera el salto a la vida política nacional de las masas pobres del campo y la ciudad. Este fenómeno se potenció y amplió con el protagonismo que tuvieron en abril en la derrota del golpe. Desde entonces las masas trabajadoras más explotadas, los pobres y marginados de la ciudad, protagonizan una irrupción claramente política: enfrentando al golpismo y defendiendo lo que consideran sus conquistas. Lograron un gran triunfo político, al costo de decenas de muertos y cientos de heridos, experimentando un salto en su experiencia y politización. Así lo demuestra que al calor de las jornadas de abril hayan surgido asambleas populares en los barrios pobres, comités de vecinos, sindicatos clasistas y que los llamados círculos bolivarianos sean el eje de organización de muchas movilizaciones.

Perspectivas

La situación en Venezuela se torna día a día cada vez más tensa. A pesar de la iniciativa política gubernamental un equilibrio de esas características no puede durar mucho en el tiempo sobre todo con el petróleo como rehén de la reacción. Aparentemente el llamado de los líderes de la oposición a la desobediencia civil y la negativa a pagar impuestos podría ser una muestra de que el “paro cívico” se está desgastando y estaría próximo a levantarse. De darse este escenario, Chávez, podría buscar un acercamiento a la patronal y el imperialismo aunque esto a la larga no descarta que la oposición vuelva al acecho ya que los EE.UU. y la burguesía no lo consideran “su” hombre.

Sin embargo, a grandes trazos también se pueden dar otros escenarios de profundizarse la crisis y no tomar medidas de fondo contra el golpismo.
Una salida puede ser que, preventivamente, algún sector de la oficialidad ante el descalabro y el fantasma de la guerra civil desplacen a Chávez en forma preventiva y en nombre de la “unidad nacional” vayan entregando poco a poco el poder a la oligarquía. Este panorama sería trágico para las masas ya que se instauraría un régimen que se propondría recolonizar el país y sería punta de lanza y apoyatura para la reacción en el continente, amén de desatar el revanchismo contra las clases populares que osaron desafiarlos todo este tiempo.

Otra variante es que Chávez, desgastado por el descalabro económico, renuncie a la presidencia en nombre de evitar el derramamiento de sangre entre hermanos y entre en el pacto de los moderados que propone la OEA y efectúe una transición a un nuevo gobierno.

Aunque poco probable, por la experiencia de abril y la falta de líderes claros de la oposición, es un baño de sangre encabezada por una junta cívico-militar que instaure una dictadura semifascista y se asiente aplicando métodos de guerra civil contra los sectores populares.

De no mediar una respuesta contundente de los trabajadores y el pueblo para aplastar a la subversión todas estas variantes van en contra de los más elementales intereses de las masas populares. Una vez más es preciso acudir a la experiencia histórica de Allende y Perón para demostrar los límites del nacionalismo burgués y las capitulaciones que prepara.

¿Cómo enfrentar al golpismo?

Chávez ha dicho que con las FF.AA. restablecerá el orden y garantizará la producción, pero en un principio tuvo que dar marcha atrás en su intento de abordar el barco “Pilín León” que bloqueaba el puerto de Maracaibo porque la justicia dictaminó que los marinos de guerra no estaban capacitados para poner en funcionamiento un barco cisterna. No se puede confiar ni en las FF.AA.”leales” ni en las instituciones burguesas.

Es precisa la lucha consecuente contra la contrarrevolución: esto es la movilización amplia de los trabajadores y el pueblo pobre por la defensa de lo que consideran sus conquistas y contra el golpismo patronal-imperialista que pretende recolonizar el país.
Para ello es preciso luchar por la expropiación de los conspiradores de FEDECAMARAS, de todas las cámaras patronales y terratenientes, dueños de los principales resortes de la economía, y la expulsión del país del imperialismo. Un punto clave de este programa es la nacionalización genuina de toda la industria de los hidrocarburos en sus tramos de producción, refinación y comercialización como primer paso para la administración obrera y desplazar a la meritocracia gerencial que hace negociados con la renta petrolera. No pago de la deuda externa y ruptura de todos los pactos que subordinan a Venezuela al imperialismo. Las empresas, bancos e industrias que cierren deben ser nacionalizadas, abiertas y puestas a funcionar bajo control de los trabajadores y los sectores populares. Lo mismo los grandes medios de comunicación, que son verdaderos agitadores contrarrevolucionarios. Para ganar para estas acciones a los sectores pobres del campo es preciso alentar la ocupación de los predios de los latifundistas golpistas en el camino de una verdadera reforma agraria.

Contra el desabastecimiento, el mercado negro y la especulación es necesario que los sectores populares tomen en sus manos la distribución de alimentos y bienes básicos que están en los almacenes de los acaparadores, intermediarios y grandes comerciantes.

Los conspiradores tanto civiles como militares deben terminar con sus huesos en la cárcel. Para enfrentar las provocaciones, los actos terroristas y el sabotaje de los gorilas hay que desarrollar, generalizar y centralizar comités de autodefensa armados de los trabajadores y el pueblo. No se puede confiar en el Alto Mando ni en los oficiales medios ya que están unidos por múltiples lazos a la burguesía y los sectores medios que responden a la reacción. Los soldados y suboficiales tienen que tener derecho a desobedecer las órdenes de los oficiales golpistas y denunciar todo intento de conspiración. Sólo la presión revolucionaria de los trabajadores y el pueblo en armas decidirá a los elementos más firmes de la base del ejército a plegarse contra la reacción y neutralizará a los timoratos.

De nada valen las amenazas “contra la oligarquía y el fascismo” del presidente Chávez. Ni siquiera las respuestas de contragolpe como los grandes actos multitudinarios si no existen consignas concretas y objetivos precisos. Estas son meras vacilaciones que no hacen más que envalentonar a la burocracia sindical y a la gran burguesía. La reacción patronal – imperialista sabe donde golpear. Las masas que restituyeron a Chávez en abril saben bien quienes son sus enemigos y ya han dado sobradas muestras de sacrificio y heroísmo para acabar con la contrarrevolución.

 

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