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Crisis en el “neoliberalismo lulista”
por : Paulo Matos

28 Aug 2005 |

En menos de un mes en Brasil, cayeron algunos de los principales ministros de Lula - entre los cuales está su histórico brazo derecho José Dirceu, fueron destituidos de sus cargos los principales dirigentes de la cúpula del PT y el Presidente de la CUT asumió el cargo de Ministro de Trabajo. Renunció a su cargo en el parlamento Valdemar Costa Neto, el Presidente del Partido Liberal de José Alencar, vice de Lula, y el todo-poderoso Palocci también se ve involucrado en esquemas de corrupción. Hasta ahora nadie puede prever las consecuencias de la crisis, a la vez que Lula ya empezó a caer en las encuestas en medio de amenazas de un juicio político por parte de sectores de los partidos burgueses de oposición. Al mismo tiempo, Lula y el gobierno siguen con una alta aprobación popular y predomina la pasividad entre la clase trabajadora y el pueblo pobre de la ciudad y del campo, aunque se están desarrollando importantes fenómenos de vanguardia a la izquierda de Lula, del PT y de la burocracia sindical.

Para analizar la complejidad de la crisis que está en curso en Brasil, es necesario buscar lo que hay detrás de los escándalos de corrupción, aunque estos sean los principales detonadores y catalizadores del proceso y estén permanentemente atribuyéndole una dinámica indefinida.

La importancia de esta crisis tiene que ver con el hecho de que el PT no es un partido orgánico de la burguesía y son el principal instrumento amortiguador de la lucha de clases en Brasil en los últimos 25 años. Las condiciones especiales que llevaron a un partido de origen obrero al gobierno central de un país históricamente oligárquico como Brasil son parte de los fundamentos de la crisis y la sacudida histórica que está sufriendo el PT plantea contradicciones estratégicas para el régimen de dominio en el país.

Lo que hizo con que Lula llegara al poder fue una combinación entre un riesgo de default que amenazaba la economía, la disgregación del bloque que gobernó junto a Fernando Henrique Cardoso y un giro a la izquierda en la psicología de las masas en relación a la ofensiva neoliberal de los ‘90, asentando las bases para un gobierno de frente popular preventivo que buscaba evitar el desarrollo de un escenario como el de Argentina de 2001. El desarrollo de estos elementos bajo el gobierno de Lula es clave para comprendernos el carácter y la dinámica de la actual crisis política.

Una expresión de las crisis en la hegemonía neoliberal en Latinoamérica

Durante los ocho años del gobierno de Fernando Hernrique Cardoso (FHC), varias veces estallaron escándalos de corrupción, como por ejemplo alrededor de los beneficios ilícitos surgidos de las privatizaciones o en la votación de la ley que permitió la reelección para presidente en 1998. Pero en ese entonces la alianza de partidos que componía el gobierno (PSDB-PFL-PMDB) estaba asentada sobre el mini-boom de la economía norteamericana de mediados de la década de los ‘90 y en los éxitos de los primeros años del Plan Real, que lograron contener la hiperinflación de los ‘80 y revertir por algunos años las tendencias recesivas en la economía. Esto garantizó al capital financiero internacional el control de los conflictos entre las distintas fracciones de la burguesía brasileña y una amplia base de sustento en el Congreso y una importante base de apoyo en las clases medias.
Entretanto, con las crisis económicas de los países asiáticos a partir de 1997, el default ruso y la recesión en EEUU de 2000-2002, volvieron las fuertes inestabilidades de la economía brasileña - ahora más agravada por las privatizaciones y el brutal aumento de la deuda pública - se desarticuló la hegemonía que giraba en torno a FHC. La primera demostración más evidente de esta desarticulación se dio cuando el bloque que sustentó a FHC no fue capaz de lograr una candidatura común para la sucesión presidencial de 2002.

Las crisis en la hegemonía neoliberal han sido un aspecto común en los distintos países de la región, como pudimos observar en Argentina de 2001, cuando el vicepresidente Chacho álvarez renunció por escándalos de corrupción relacionados con la implementación de la reforma laboral en ese país y cuando las disputas entre las distintas fracciones burguesas alrededor de una salida para la depresión económica se polarizaron.
En Brasil, estas crisis se expresaron por una vía distorsionada, primero por la ascenso de un ex obrero metalúrgico a la Presidencia de la República por primea vez en la historia del país, y después en las contradicciones y dificultades que Lula ha tenido para gobernar.

FHC también estuvo involucrado en varios escándalos de corrupción, como por ejemplo en las denuncias de irregularidades en las privatizaciones y en la compra de votos para la votación de la ley que permitiría la reelección en 1998. Pero siempre pudo controlar esos escándalos, impidiendo la apertura de una Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI) por la abrumadora mayoría de su base en el Congreso. Ya el gobierno Lula, desde 2003, para aprobar la reforma de las jubilaciones y las posteriores medidas importantes que envió al Congreso, tuvo que contar con una parte importante de los votos de los partidos burgueses de oposición (PSDB-PFL). El hecho de que la base parlamentaria de Lula fue y es relativamente mucho menor que la que tuvo FHC es parte fundamental de las dificultades que el gobierno tiene para controlar la crisis actual y fundamenta la necesidad del gobierno petista de montar un esquema de corrupción mucho más estructural y extendido que el de FHC para lograr una base de sustento mínima en el Congreso.

El hecho de que el PT no sea un partido orgánico de la burguesía hizo y hace que, para atraer el capital financiero internacional, el gobierno de Lula tenga que implementar un neoliberalismo en varios aspectos aún más brutal que el de FHC, realizando brutales ajustes fiscales, ajustes monetarios y reformas constitucionales extremadamente antipopulares. Al mantener las más altas tasas de interés del mundo, al cortar cada vez más los presupuestos para infraestructura y gastos sociales como educación, salud y reforma agraria, al implementar ataques como las reformas de las jubilaciones o la laboral, Lula no sólo genera conflictos con sectores importantes de la burguesía sino también con el propio PT, dificultando la administración de la crisis que se desarrolla en “las alturas” y acelerando el desgaste con la base social que lo eligió con ilusiones en el discurso antineoliberal.

Las contradicciones del transformismo petista

El transformismo es un concepto que el marxismo utiliza para explicar el proceso de asimilación de direcciones de las clases subalternas por las clases dominantes. El PT, en la medida que surgió del ascenso de huelgas de los ‘80 - el principal de toda la historia de la clase trabajadora brasileña, es una importante expresión de este fenómeno.
Desde que Lula asumió el gobierno en 2002, el PT pasó de ala izquierda del régimen a ser el principal aplicador y garantizador de los planes neoliberales. Pero la participación explícita del PT en millonarios esquemas de corrupción ha significado una sacudida histórica en la relación de este partido con las masas, pues cayó la máscara de “ética y moral” que era una de sus principales banderas.

Entre los pilares de sustento del PT, el que se mantiene fuerte es el poder de contención de la lucha de clases que ejerce a través de la relación orgánica que tiene con las direcciones de las principales organizaciones del movimiento de masas. Las direcciones de la CUT, el MST y la UNE [1], con su política de “presionar al gobierno para que vaya a la izquierda”, han impedido un ascenso de masas generalizado contra los ataques neoliberales y la corrupción del gobierno de Lula.

Mientras tanto, la gravedad de la actual crisis política, combinada con características cada vez más derechistas del gobierno, ha planteado nuevas y fuertes contradicciones para estas direcciones, agravadas por la integración del Presidente de la CUT, Luis Marinho, al Ministerio de Trabajo.

La elección de Lula en 2002 expresó un giro a la izquierda de las masas en relación a la ofensiva neoliberal de la década de los ‘90. Desde entonces, ese giro no se revirtió, pero está contenido por las ilusiones y expectativas depositadas en Lula. Para defender el gobierno, las direcciones petistas son obligadas a tomar en cuenta esa psicología de las masas en su discurso. Por esto inventaron la conspiración de uno golpe de derecha contra el gobierno, y exigen que Lula deje de ser neoliberal. Esta política se ha mostrado eficaz en lo inmediato, pero estratégicamente presenta fuertes contradicciones, pues crea un clima de enfrentamiento de clases antagónico a la estrategia históricamente conciliadora del PT. Entra en contradicción también con el giro a la derecha que Lula está dando para responder a la crisis, acelerando la experiencia de las masas con sus direcciones.

Los procesos de reorganización política y sindical que se venían desarrollando desde que Lula y el PT se hicieron neoliberales pueden dar un nuevo salto en el próximo período, con una nueva oleada de rupturas con el PT que podría darse luego de las elecciones internas para los cargos en el aparato de este partido el 18 de septiembre, además de una gran discusión que atraviesa la Central Única de Trabajadores (CUT) y que abre la posibilidad de ruptura de un nuevo sector del ala izquierda de esa Central.

El ciclo precario de crecimiento económico

Aparentemente, no existe una relación más directa entre la actual crisis política y la economía, pues esta última no sufrió cambios abruptos con los recientes acontecimientos. Por el contrario, mientras la crisis se agrava, la economía continúa expresando varios indicadores positivos, aunque la venida del Secretario del Tesoro norteamericano John Snow a Brasil y los recientes análisis de los organismos financieros internacionales en el medio de la crisis demuestre la preocupación del imperialismo con relación a las perspectivas futuras y puede adelantar un declive del flujo de capitales internacionales para el país a mediano y largo plazo.

El mantenimiento de los indicadores económicos positivos coyunturalmente ha ayudado al gobierno a administrar los conflictos con los sectores descontentos de la burguesía y alimentar las ilusiones de cambios en las clases subalternas. Mientras tanto, el escenario internacional que fue la base para el ciclo de recuperación actual empieza a mostrar señales de cambio. Los EE.UU. aumentaron sus tasas de interés para contener su inflación, lo que tiende a disminuir el flujo de capitales internacionales para el país. La forzada valorización del real con relación al dólar, el aumento de los costos de los insumos y pesticidas agrícolas y las sequías en las regiones sur y centro oeste del país, que alcanza los principales productos de la pauta de exportaciones, tienden a cambiar la dinámica de las exportaciones.

En el marco de este ciclo precario de recuperación económica vivido desde 2004, el gobierno brasileño no logró disminuir nada la deuda pública del país. Por el contrario, esta deuda viene creciendo a pesar de los sucesivos pagos de intereses y amortizaciones. Este factor plantea concretamente la posibilidad de que, en la medida en que se reviertan las condiciones económicas internacionales que hoy sustentan el ciclo de crecimiento, se plantee de nuevo el escenario de crisis como la que tomó cuenta la economía en 2002 y 2003.

Carácter de la crisis y situación de la lucha de clases

Son contradicciones de carácter más estructural, en varios aspectos semejantes a las que se desarrollan en Brasil, los que hicieron estallar una crisis orgánica en Argentina en 2001, o también en otros países de la región, como Bolivia o Ecuador.

Crisis orgánica es un concepto utilizado por los marxistas para expresar la existencia de una desigualdad entre la dinámica de crisis entre las fracciones burguesas y el funcionamiento de las instituciones del régimen de dominio por un lado y, por otro lado, la dinámica de la lucha de clases, el grado de organización y la subjetividad de las clases subalternas. Es decir, que existe una crisis de hegemonía en las clases dominantes, motorizada por las contradicciones más estructurales tanto en el ámbito de la economía como en el ámbito de la política y en la psicología de las masas, pero no existe una situación revolucionaria motorizada por la radicalización política del movimiento de masas.

Pero en Brasil aún no se desarrolla una crisis orgánica abierta como en Argentina, Bolivia o Ecuador, y ni tampoco hay en Brasil situaciones revolucionarias como las que estos países vivieron en los últimos años. Lo que ha impedido que estalle en Brasil una crisis de este tipo es el transformismo petista, que otorga al PT un rol de contención y administración de las contradicciones más estructurales del desgaste de la ofensiva neoliberal.
Mientras tanto, el PT está siendo brutalmente corroído por la ejecución de este papel. Este acelerado desgaste del PT es lo que plantea un puente de ligazón entre la crisis en “las alturas” y la pasividad de “los de abajo”, pues mientras en lo inmediato define una situación no revolucionaria, estratégicamente apunta a nuevos fenómenos superiores de la lucha de clases, aunque los indicadores que tenemos hasta ahora no permitan identificar los ritmos en que se dará este proceso.

En esto sentido, la crisis de hegemonía en Brasil aún no es abierta, explícita, en pleno desarrollo y sí, está contenida, sofocada por el gobierno petista, expresándose de forma distorsionada en la caída de algunos de los ministros más próximos de Lula y de la cúpula del PT al mismo tiempo en que el gobierno y principalmente Lula mantienen una alta popularidad y la economía expresa importantes indicadores positivos. Esto es lo que explica cómo una crisis de la magnitud de la que está en curso en Brasil se desarrolle sin radicalización política o acciones independientes del movimiento de masas, aunque no se puedan prever los efectos en la lucha de clases de esta sacudida histórica del PT a mediano plazo. Es decir, es una crisis orgánica latente combinada con una situación no revolucionaria, lo cual está completamente en abierto sobre cómo terminará.

Luchemos para que las masas oprimidas impongan una salida independiente de la burguesía para la crisis

La política del gobierno y del ala derecha del PT para responder a la crisis es rifar la cabeza de algunos sectores importantes de sus cuadros a cambio de estabilizar la situación y retomar la ofensiva. La burocracia de la CUT y la dirección del MST, junto con la izquierda petista, en la medida que se rehúsan a romper con el gobierno y el PT, terminan sosteniendo por “izquierda” la política de Lula y las alas neoliberales del petismo. La política de la oposición burguesa del PSDB y el PFL es desangrar al PT para retomar el control central del Estado en 2006, pero sin rifar a Lula, lo que tendría consecuencias imprevisibles. Mientras tanto, gana cada vez mayor peso dentro del PSDB y del PFL la propuesta de enfrentar los riesgos que implicaría cortar la cabeza de Lula con un juicio político, como pudimos ver recientemente cuando Valdemar Costa Neto (Presidente del Partido Liberal de José Alencar) y Duda Mendonça (publicista de Lula) hicieron denuncias que golpean más directamente a Lula, lo que podría cambiar drásticamente todo el escenario político. Y el hecho de que para sostener su imagen el gobierno tenga que rifar piezas que hasta entonces venían cumpliendo un rol clave en el juego político, como por ejemplo Marcos Valério (empresario que administraba el esquema de coimas), atribuyen un potencial explosivo a la situación.

En la medida en que la clase trabajadora no se moviliza e impone con su propia fuerza una salida independiente de la burguesía, del gobierno y del PT para la crisis, lo más probable es que impere la impunidad y continúe siendo aplastada con más neoliberalismo, sea petista o tucano [2].
Frente a este escenario, es necesario levantar una política capaz de apoyarse en la bronca de las masas con relación a la corrupción y los ataques neoliberales para movilizar a la clase trabajadora alrededor de una salida para la crisis basada en su propia fuerza.

En agosto y septiembre, los sectores minoritarios de la izquierda que hoy se ponen contra el gobierno, el PT y la burocracia sindical organizan actividades nacionales contra la corrupción y los ataques neoliberales del gobierno. En Brasilia, el día 17 de octubre, la Conlutas, el PSTU y el PSOL realizaron un acto con cerca de 10 mil personas. Los días 24 y 25 de septiembre, el PSOL y la “izquierda de la CUT” realizarán un Encuentro en San Pablo convocado con el nombre de “Asamblea Nacional Popular y de Izquierda”. Estos son importantes hechos que permiten medir la fuerza de los sectores frente a la crisis, que hasta ahora no lograron ninguna acción que influencie en la correlación de fuerzas políticas nacionalmente, a pesar de que aparecieran más en los medios de comunicación. Hasta ahora, el acto del día 17 confirma que el terremoto político por arriba aún no consigue movilizar sectores de masas contra la podredumbre en el gobierno y el régimen y los activistas antigubernamentales y antiburocráticos son un sector de vanguardia extremadamente minoritario.

El PSTU, que reúne gran parte de los sindicatos antigubernamentales y antiburocráticos en la Conlutas, en las vísperas de la marcha del día 17 pasó en forma totalmente abrupta y sin hacerse ninguna autocrítica de una posición absolutamente reformista a una totalmente abstracta y ultra izquierdista. Hasta el día 15 de agosto, el PSTU exigía que Lula deponga en el Congreso, llegando incluso al ridículo de publicar en su página de Internet el número del expediente del trámite que hicieran en Brasilia y hasta llamar al PPS y al PDT para hacer un frente único en la lucha contra la corrupción (política derrotada dentro de la Conlutas SP y ABC). Después del día 15 de agosto, el PSTU pasó a una política abstracta, de ultra izquierdismo antiparlamentario, dando un ultimátum a la clase trabajadora para que prepare una huelga general y haga una revolución obrera y socialista.

El PSOL, que canaliza el espacio electoral de descontento con el gobierno de Lula a través de la figura de la senadora Heloísa Helena, defiende que el Congreso convoque un plebiscito para revocar el mandato de Lula y enseguida realizar nuevas elecciones generales. Esta política no sólo pone al PSOL como parte integrante del régimen de dominio que vivimos hoy, alentando la confianza en las instituciones podridas que están ahí, sino que asimila trazos bonapartistas tratando a la clase trabajadora como base de maniobra incapaz de decir más que “Lula sí” o “Lula no”, y evidenciando el objetivo de fondo de la dirección de este partido que es ganar algunos votos o cargos parlamentarios apoyándose en la corrosión del PT.

Los marxistas revolucionarios luchamos por acabar definitivamente el sistema capitalista de explotación del hombre por el hombre e instaurar un gobierno de los trabajadores, de los campesinos y del pueblo pobre, basado en un Consejo Nacional de diputados revocables electos por unidad de trabajo, donde los explotadores no tengan derecho a voto. Pero comprendemos que la mayoría de la población y ni siquiera la mayoría de la clase obrera compartan hoy esta perspectiva revolucionaria. Sin embargo, grandes sectores de la población están indignados con la corrupción y los ataques a los trabajadores y al pueblo.

Contra las salidas reaccionarias que los partidos dominantes quieren imponer, de impunidad y de más neoliberalismo, sin tener que esconder las divergencias que existen entre ellos, el PSOL y el PSTU deben poner el peso sindical de la Conlutas y el peso parlamentario de Heloísa Helena al servicio de la construcción de un Polo que exija que los sindicatos, la CUT y el MST (que dirige el movimiento campesino) rompan con el gobierno y luchen por una Asamblea Constituyente Libre y Soberana, que no sólo garantice la investigación y el castigo de los corruptos, sino que comience a discutir el hambre, el desempleo, el salario, la tierra y la entrega, es decir, los grandes problemas estructurales del país. Una Asamblea con miles de diputados electos proporcionalmente a la población de cada lugar del país, que garantice que las masas oprimidas impongan su fuerza y decidan las medidas necesarias para salir de la crisis.

Esta seria la única forma de que las masas hagan una experiencia con los límites de la democracia burguesa en su máxima expresión como es en una Constituyente Libre y Soberana, y se convenzan de que es necesario luchar por otro poder, revolucionario, basado en las fábricas, en el campo, las minas, y en la base del ejército, o sea, la base de un gobierno de los trabajadores, los campesinos y el pueblo pobre.

 

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