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Cuba, la época imperialista y las contradicciones de la transición al socialismo
por : Eduardo Molina

31 Aug 2003 |

Cuba no es socialista (como tampoco lo fueron la URSS y el resto de los países así mal llamados). Es el ABC del marxismo, que una sociedad socialista, o mejor dicho comunista, significa un amplio desarrollo de las fuerzas productivas, una profunda transformación de todas las relaciones sociales y un alto nivel cultural, superiores a los alcanzados por el capitalismo maduro, donde los productores asociados dirigen sus asuntos sin necesidad de un Estado colocado por encima de la sociedad. Un estadío así, sólo puede alcanzarse sobre una base internacional y tras un periodo histórico de transición, en el cual es necesario el Estado obrero, instrumento de la dictadura del proletariado (es decir, de la clase obrera organizada como Estado). Aun después de haber triunfado la revolución, el destino histórico de esa transición no está asegurado, como lo mostraron dramáticamente la evolución de la Unión Soviética o de China.

La contradicción fundamental de las sociedades en transición ya había sido señalada por Marx [1] y brota de que aunque el capitalismo y la propiedad privada de los medios de producción han sido abolidos, durante un periodo las normas de distribución siguen siendo burguesas (retribución salarial del trabajo, papel de los estímulos materiales, desigualdades en el acceso a los bienes de consumo, etc). Sólo el más amplio desarrollo de las fuerzas productivas y del nivel de vida material y cultural de la sociedad permitirá la superación de las normas de distribución heredadas y su reemplazo por normas socialistas en el marco de una sociedad basada en la abundancia y la cooperación entre los productores.

A esta contradicción fundamental se unen otras: la inevitable supervivencia de elementos de mercado mientras se avanza progresivamente hacia su extinción; de ciertas divisiones sociales de clase, la necesidad de un Estado de dictadura del proletariado, la existencia temporal de sociedades en transición aisladas en un mundo todavía capitalista y por lo tanto mortalmente hostil, el atraso cultural de las clases explotadas que toman el poder, etc.

De estas contradicciones transitorias se desprende que, como señala Trotsky: “Las leyes que gobiernan la sociedad transicional son muy diferentes de las que gobiernan el capitalismo. Pero no en menor medida se diferencian de las futuras leyes del socialismo” [2].

La complejidad de los problemas de la transición deriva de que mientras “La economía socialista avanzada será armónica, internamente proporcionada y en consecuencia estará libre de crisis; por el contrario, la economía transicional del capitalismo al socialismo es una encrucijada de contradicciones” [3]. Desde el punto de vista económico, para dirigir la construcción socialista, es preciso dominar el “arte de la planificación” pues, “Sólo se puede imprimir una dirección correcta a la economía de la etapa de transición por medio de la interrelación de estos tres elementos: la planificación estatal, el mercado y la democracia soviética. Sólo de esta manera se podrá garantizar, no la superación total de las contradicciones y desproporciones en unos pocos años (¡esto es utópico!) sino su mitigación, y en consecuencia, el fortalecimiento de las bases materiales de la dictadura del proletariado hasta el momento en que una revolución nueva y triunfante amplíe la perspectiva de la planificación socialista y reconstruya el sistema” [4].

De hecho, en las primeras etapas de la transición al socialismo es prácticamente inevitable recurrir a cierto grado de mercado, ceder márgenes a la actividad privada doméstica o hacer ciertos acuerdos bien delimitados con el capital extranjero, particularmente en los países económicamente atrasados, donde las graves dificultades de la edificación socialista hacen necesaria una primera fase que Preobrajensky, Trotsky y otros marxistas rusos denominaban “acumulación primitiva socialista” para alcanzar el nivel del capitalismo desarrollado. Por supuesto, tampoco pueden evitarse retrocesos temporales: es el ejemplo histórico de Lenin, Trotsky y los bolcheviques en Rusia después de 1922, aplicando con la NEP (Nueva Política Económica) que incluía acuerdos comerciales y de inversiones con el mundo capitalista y la restauración de amplios márgenes para el mercado y para la actividad como recursos obligados para poder reconstruir la economía tras la guerra civil.

Naturalmente la combinación entre mercado y planificación es contradictoria, conflictiva. Las concesiones al mercado entrañan siempre inmensos riesgos: el fortalecimiento de las fuerzas internas hostiles al socialismo y la exposición a las presiones del mercado mundial capitalista. Las principales armas contrarrestantes a este peligro son el carácter proletario revolucionario del poder político y la más amplia participación de las masas trabajadoras en la toma de decisiones y en el control de las concesiones, sus objetivos y alcances, mediante la más amplia democracia obrera; el desarrollo de los mecanismos de la economía nacionalizada (propiedad de los principales medios de producción y de la tierra, monopolio del comercio exterior, papel de la industria y la banca estatal) y que la clase obrera sea la principal beneficiaria (mediante la elevación sistemática de su situación material y cultural). Por otra parte, el problema decisivo es la dirección del desarrollo: ¿Los “efectos saludables” (para usar una expresión de Trotsky [5]) de las concesiones fortalecen al sector estatal de la economía y ayudan al desarrollo de la clase obrera como clase social dirigente, o minan las bases de la economía nacionalizada y fortalecen a las capas hostiles al socialismo?

Uno de los efectos decisivos del aislamiento de la revolución rusa y el retraso de la revolución mundial durante el siglo XX fue el monstruoso desarrollo del fenómeno burocrático, introduciendo un nuevo obstáculo histórico contrarrevolucionario en la dinámica de la transición al socialismo. La consolidación de la burocracia en los estados obreros, como una casta parasitaria y privilegiada, fue posible expropiando políticamente a las masas trabajadoras e imponiendo un régimen totalitario para consolidar sus propias posiciones. Desde el punto de vista de la dirección económica, esto significa: a) que las necesidades materiales y políticas de la burocracia pasan a ser un factor determinante en la política económica y en la planificación; y b) que se liquida la planificación democráticamente centralizada (articulando dialécticamente los tres términos de mercado, plan y democracia obrera), para degenerar en planificación burocrática.

La burocracia es orgánicamente enemiga de la democracia obrera y se considera omnipotente: “por eso prescinde tan fácilmente del control del mercado y de la democracia soviética” [6]. Los planes burocráticamente centralizados, guiados no por los intereses de las masas trabajadoras en la transición al socialismo, sino por los intereses de la burocracia, provocan enormes costos económicos y sociales, conducen al estancamiento y finalmente abona el terreno para la descomposición: “las ventajas productivas del socialismo, de la centralización, de la concentración, de la administración unificada son incalculables. Pero la aplicación errónea, particularmente del abuso burocrático, las puede convertir en sus opuestos” [7].

Es cierto que en una primera etapa y pese a la burocracia, Rusia, China y otros estados obreros lograron extraordinarios avances: “El papel progresista de la burocracia soviética coincide con el periodo dedicado a introducir en la Unión Soviética los elementos más importantes de la técnica capitalista (...) Ahora bien, cuanto más lejos se vaya, más se tropezará con el problema de la calidad, que escapa a la burocracia como una sombra. Parece que la producción está marcada con el sello gris de la indiferencia. En la economía nacionalizada, la calidad supone la democracia de los productores y de los consumidores, la libertad de crítica y de iniciativa, cosas incompatibles con el régimen totalitario del miedo, de la mentira y de la adulación” [8]. El dominio burocrático significa el bloqueo de la transición y la imposibilidad de alcanzar los altos niveles de productividad, desarrollo tecnológico y bienestar material y cultural necesario para el desarrollo socialista. Desesperada por el fracaso de sus desastrosos “planes”, la burocracia “redescubre” las bondades del mercado y por medio del mismo, se reconcilia con el capital, pasándose finalmente del parasitismo de la economía de transición a su destrucción abierta y a la restauración del capitalismo. Este es el camino que siguieron las burocracias stalinianas y maoísta después de los acontecimientos de 1989-1991 en los mal llamados “países socialistas” –ante el aborto de los incipientes procesos de revolución política– se pasaron abiertamente a la restauración buscando “reciclarse” como nuevas burguesías.

A pesar de sus peculiaridades, el proceso cubano encuadra en líneas generales dentro de esta dinámica histórica. La prolongación del dominio del castrismo, defendiendo con sus métodos burocráticos la revolución que parasita (es decir, hundiéndola al mismo tiempo) demostró que sólo podía conducir a la ruina.

 

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