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¿Hacia una recuperación sustentable de la economía mundial?
por : Juan Chingo , Lucía Galvez

31 Aug 2003 |

Luego de pasar los últimos años en problemas, la economía mundial parecería encaminarse a una recuperación cíclica empujada nuevamente por el crecimiento de la economía norteamericana. Al menos a esto apuestan los mercados financieros alentados por la fuertes medidas monetarias y fiscales llevadas adelante por los gobiernos y los bancos centrales. Contra este renovado optimismo, en esta nota demostramos la baja calidad de la recuperación en curso, y sostenemos que la misma difícilmente sea sustentable debido a que las fuerzas estructurales que llevaron al fin del boom de los ’90 no sólo no han aminorado, sino que pueden agravarse en el mediano y largo plazo. A pesar de la coyuntura, y a riesgo de equivocarnos, seguimos sosteniendo que los inicios del siglo XXI pueden ser una "década perdida para el capitalismo global".

Analizando la recesión generalizada de 1973-1974, que marcó el fin del boom de la post guerra, Ernest Mandel sostenía que: "En la historia del capitalismo, cada crisis de sobreproducción combina características generales, que dependen de las contradicciones fundamentales del modo de producción capitalista, con características particulares que se deben al momento histórico preciso en que se produce durante el desarrollo de este modo de producción" [1]. Tomando este método la crisis actual es producto de la siguiente combinación. Por un lado, es una crisis clásica de sobreproducción. Esta última es el resultado del descenso de la tasa de ganancia desde 1997 de la economía que venía actuando como locomotora de la economía mundial capitalista, la economía norteamericana. Por otro lado las particularidades de esta crisis están dadas por la sobreacumulación, el sobreendeudamiento y la sobreespeculación, a diferencia de las crisis que se dieron posteriormente a la Segunda Guerra Mundial. Esta forma particular se deriva del hecho de que en los últimos años la ofensiva capitalista ha venido aniquilando muchos de los controles que le fueron impuestos al capital desde el crack de los ’30 en adelante, tanto en el terreno de la producción como en el sistema financiero. Este proceso ha acentuado los rasgos básicos del modo de producción capitalista, esto es la tendencia a una mayor homogeneización, eliminando o integrando antiguas formas de producción; un mayor despliegue interno, mediante una diferenciación de funciones, en particular la financiera, y por último la tendencia a la interconexión que puede observarse en el salto que ha pegado la integración de la economía capitalista mundial. Por eso la actual crisis puede resumirse en la crisis de la mundialización y del modelo anglosajón que se volvió su forma predominante.

Las transformaciones financieras y corporativas como acicate para restaurar el beneficio

Antes de analizar la crisis del "modelo anglosajón" vamos a detenernos brevemente en las transformaciones financieras y corporativas que, originadas en los Estados Unidos e Inglaterra y luego difundidas en gran medida al resto de los países imperialistas, fueron impulsadas desde comienzo del ’80 y durante los noventa como forma de restaurar la rentabilidad del capital después de la caída de la tasa de ganancia en la década del ’70.

La liberalización financiera implicó la desintegración de las barreras entre los bancos de inversión, los bancos comerciales y las compañías aseguradoras establecidas por el New Deal como respuesta al sobreendeudamiento y a la sobreespeculación de la década del ’20 que terminó en el crack del ’29 y en la gran depresión. El punto más alto de este proceso fue en abril de 1998 cuando el Travelers Insurance, propietario del banco de inversión Salomon Smith Barney, se fusionó con el banco comercial Citicorp para formar el Citigroup, desde ese momento la institución financiera más grande de los Estados Unidos. Fueron estos grandes mastodontes bancarios que surgieron como producto de la desregulación financiera los que se beneficiaron enormemente con los honorarios de la suscripción de la emisión de acciones, del lanzamiento de bonos empresariales y de la organización de la oleada de fusiones y adquisiciones.

Estas modificaciones en el terreno de la banca fueron acompañadas por el desarrollo del "modelo anglosajón" o capitalismo accionario que buscaba otorgarle el poder dentro de la empresa a los accionistas con el objetivo de reestructurar las mismas de forma tal de imponer lo que se llamó "la dictadura de la rentabilidad". El mismo buscaba disciplinar a los managers o gerentes, buscando que cada decisión fuera tomada teniendo en cuenta su efecto previsible sobre la cotización en bolsa. Cada una de ellas debe "crear valor" (en el sentido de valor bursátil, no en el sentido marxista de valor creado por la explotación de la fuerza de trabajo). Esto, ya sea mediante la suba de la cotización de las acciones o el aumento de los dividendos, pasa a ser el único objetivo de las empresas. Como parte de atar a los managers a los objetivos de los accionistas se les garantizó sus ingresos a través de bonos atados a la ganancia o al valor total de la empresa, entregándole un porcentaje de las acciones o una parte correspondiente de sus ingresos en opciones accionarias (stock options). Este modelo corporativo fue la forma que adquirió la ofensiva burguesa contra el trabajo, destruyendo el viejo modelo fordista donde el aumento de la ganancia y de la productividad iba de la mano con el aumento del salario real, lo que creaba una relación de cooperación entre el management de las empresas y los trabajadores, representados en los sindicatos. La exigencia de altos beneficios llevó a los grupos, en nombre de la "satisfacción del accionariado" y del buen "gobierno de empresa" ("corporate governance"), a fusionarse para reducir empleos, salarios y suprimir todo lo que obstaculizara las ganancias empresarias. En ese período la moda era el "downsizing", literalmente reducción de tamaño, que era la forma de implementar despidos masivos.

Estas transformaciones permitieron una recuperación de la tasa de ganancia la cual creció continuamente durante más de quince años. El punto de inflexión debemos ubicarlo en los años ’81-’82, aunque durante los ’80 y principios de los ’90 esta recuperación de la rentabilidad [2] no estuvo acompañada por un relanzamiento de la tasa de inversión. A diferencia de estos años del "neoliberalismo", lo excepcional del ciclo 1996-2000 fue que combinó una fuerte financierización de la economía junto con un acelerado proceso de acumulación ampliada del capital, lo que refuta las tesis que ligan financierización a estancamiento y parasitismo, negando toda posibilidad de acumulación de capital. Este último se desarrolló a un ritmo tal que no ha podido mantener en el tiempo la tasa de ganancia que los inversores esperaban obtener y que es la base de la actual crisis de sobreacumulación, sobreendeudamiento y especulación, al menos en una magnitud no vista desde las crisis anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Ascenso y decadencia del "modelo anglosajón"

Nuestra tesis es que el más flexible y dinámico comportamiento del sistema financiero y corporativo del "modelo anglosajón", junto a la posición privilegiada que Estados Unidos aún conserva en el sistema financiero internacional, que le permitió durante todos estos años atraer a bajo costo la plusvalía no acumulada como capital del resto del mundo, en especial después de la crisis asiática y en otros países de la periferia en 1997-1998, explica todo el brillo del boom de crecimiento norteamericano de 1996-2000, así como hoy día permite comprender las debilidades y desequilibrios de su economía.

En el capítulo de "El Capital" sobre "El papel del crédito en la producción capitalista", Marx sostiene la siguiente afirmación: "Si el sistema crediticio aparece como palanca principal de la sobreproducción y de la superespeculación en el comercio, ello sólo ocurre porque en este caso se fuerza hasta su límite extremo el proceso de la reproducción, elástico por su naturaleza, y porque se lo fuerza a causa de que una gran parte del capital social resulta empleado por los no propietarios del mismo, quienes en consecuencia ponen manos a la obra de una manera totalmente diferente a como lo hace el propietario que evalúa temerosamente los límites de su capital privado, en la medida en que actúa personalmente. De esto sólo se desprende que la valorización del capital fundada en el carácter antagónico de la producción capitalista no permite el libre y real desarrollo más que hasta cierto punto, es decir que de hecho configura una traba y una barrera inmanentes de la producción, constantemente quebrantadas por el sistema crediticio" [3]

El boom crediticio y accionario que se desarrolló en los Estados Unidos a fines de la década del ’90 llevó hasta límites impensables estas características que Marx otorga en general al sistema crediticio y a las sociedades por acciones.

Mientras la tasa de ganancia comenzó a declinar en los Estados Unidos desde 1997-1998, la tasa de acumulación creció y se mantuvo a un nivel elevado hasta el año 2000. La fuente de este salto espectacular de la acumulación capitalista durante estos años está en el abundante financiamiento, en particular el fenomenal incremento del financiamiento externo después de 1997. Esto es lo que prueba un reciente estudio de Dumenil y Levy quienes afirman: "La inversión comenzó a recuperarse de una forma usual, desde la recesión de 1991-1992 hasta 1995, pero esta expansión fue mantenida a pesar de la nueva declinación de la tasa de ganancia acumulada. La inversión fue realmente financiada por otras fuentes de financiamiento además de las ganancias acumuladas" (...) "Después de diez años de estancamiento alrededor del 1,3%, el radio de la inversión neta sobre el stock neto de capital fijo alcanzó un pico de 4,4% en el 2000, un nivel similar al mantenido entre 1963-1981 (...) Entre 1990 y 1997, la forma del financiamiento fue más bien estándar proviniendo mayormente de recursos internos (...) Esta situación cambió dramáticamente después de 1997, mientras los fondos internos alcanzaban un pico en este año y luego declinaban. Después de 1997 la contribución de dos componentes se incrementó: 1) nuevos préstamos; 2) la inversión extranjera directa (...) De esta forma, la continuación del boom más allá de los límites usualmente establecidos por la tasa de ganancia puede ser explicado por la voluntad de endeudarse y por la contribución de los inversores extranjeros. Esta es la primer importante característica del boom en su fase final, esto es desde 1997" [4]. [Subrayado nuestro]

Esta dinámica de la acumulación capitalista en estos años puede apreciarse en forma significativa en el sector de alta tecnología, la rama de la economía más dinámica. La interrelación entre las finanzas y la innovación tecnológica estimularon la expansión productiva a niveles gigantescos, más allá de la capacidad de rentabilizarlos al nivel de expectativas de ganancias esperados por los numerosos inversores que hacían subir las valuaciones accionarias de las empresas de este sector más y más (la burbuja del Nasdaq), dando por resultado al fin del ciclo una fenomenal crisis de sobreacumulación, sobreendeudamiento y especulación.

Así, en el sector de telecomunicaciones luego de la aprobación del acta de 1996, que desreguló el mercado telefónico, el Citigroup ayudó a 81 compañías telefónicas a recaudar 190.000 millones de dólares en deuda y en acciones, mucho más de lo que podían invertir sensiblemente forzando el ritmo de la expansión y asegurando la sobrecapacidad. Para la primavera del 2000, en el clímax del mercado accionario ascendente, la capitalización de mercado de las compañías telefónicas había alcanzado la friolera de 2,7 billones de dólares, cercano al 15% del total del conjunto de las corporaciones no financieras norteamericanas, a pesar del hecho de que producen menos del 3% del PBN. Con tal magnitud de activos en garantías, o como colaterales, las firmas telefónicas podían endeudarse sin límites. Según Robert Brenner "Entre 1996 y 2000 contrajeron 800.000 millones de dólares en deuda bancaria y lanzaron un adicional de 450.000 millones de dólares en bonos. Sobre esta base, fueron capaces de incrementar la inversión durante este periodo en términos reales a una tasa anual de más del 15% y crear 331.000 puestos de trabajo" [5]. El resultado de todo esto llevó a una brutal sobrecapacidad productiva. Como dice el mismo autor: "En el año 2000 no menos de seis compañías norteamericanas estaban construyendo nuevos, mutuamente competitivos, sistemas nacionales de fibras ópticas. Cientos más estaban tendiendo líneas locales y varias estaban también compitiendo en los lazos suboceánicos. Sumado todo, 39 millones de millas de fibra óptica cruzan ahora los Estados Unidos, lo suficiente para dar 1566 vueltas alrededor del globo. El inevitable subproducto ha sido un exceso gigantesco: la tasa de utilización de las redes telefónicas se mantiene hoy al desastrosamente bajo 2,5-3%, y el cable bajo mar a sólo el 13% (...) La consecuencia es una sorprendente magnitud de capital desperdiciado, que no puede ser valorizado a una tasa de retorno en el futuro previsible". Debido a que las telecomunicaciones daban cuenta de un desproporcionado porcentaje de la acumulación de capital en ese periodo, su declinación afectó con los mismos problemas a sus proveedores de otras ramas del circuito de alta tecnología que sufren la misma tendencia a la sobreacumulación. En otras palabras, la existencia de capacidad instalada ociosa es una crisis más general que afecta sobre todo al sector de alta tecnología, especialmente en la computación, los semiconductores y las firmas telefónicas. Así, en agosto del 2001, la tasa de utilización de la capacidad de producción alcanzaba un 76,2%, su punto más bajo después de la recesión de 1982. Esta es más aguda en las industrias de alta tecnología, donde la tasa de utilización de la capacidad pasó de un 88% en 1995 a un 63,4% en el año 2001.

En conclusión, esta realidad muestra que durante la década de los ’90 y particularmente al final de ésta, los Estados Unidos pudieron atenuar las contradicciones del periodo abierto con la crisis del boom de la posguerra a inicios de los ’70, lanzando una fenomenal expansión, pero cuyo carácter exacerbó al mismo tiempo sus contradicciones a largo plazo como demuestran los elementos planteados más arriba.

La enorme imbricación del sistema financiero norteamericano y su abundante liquidez en el corazón del sistema productivo -alentado como ya hemos dicho por la abundante provisión de capital extranjero a bajo costo- llevó al límite la tendencia a la superabundancia de mercancías que no representan trabajo socialmente necesario inherente al sistema crediticio. Como dice Ernest Mandel: "En los primeros tiempos del capitalismo industrial, cada capitalista podía darse cuenta enseguida de si el tiempo de trabajo invertido para producir las mercancías era o no tiempo de trabajo socialmente necesario. Le bastaba para ello dirigirse al mercado, y buscar en él compradores para esas mercancías a su precio de producción. Cuando el comercio y el crédito se interponen entre el industrial y el consumidor, el industrial comienza por realizar de manera automática el valor de sus mercancías. Pero, desde ese momento, ignora ya si éstas encontrarán o no una salida real, si encontrarán un ’último consumidor’. Mucho tiempo después de que él haya gastado el dinero, contravalor de las mercancías producidas, puede ocurrir que éstas no sean vendibles, que no representen tiempo de trabajo socialmente necesario. La depresión es entonces inevitable. El crédito tiende a alejar esa depresión, haciéndola más violenta cuando acaba por producirse" [6]. En otras palabras, el "modelo anglosajón" lleva hasta el final la tendencia al despilfarro de las fuerzas productivas, profundizando la característica predominante del modo capitalista de producción en la época imperialista [7].

La sobreacumulación de capital, la liberalización financiera y el "modelo anglosajón" dieron a su vez como resultado un fenómeno novedoso: esto es el enriquecimiento de los managers de las empresas en contra de los intereses no sólo de los trabajadores, sino de los mismos accionistas, los cuales mediante el capitalismo accionario buscaban disciplinar a sus intereses. Así según The Economist: "Muchos de los escándalos corporativos que los Estados Unidos, especialmente, ha sobrellevado en los recientes años reflejan una abierta criminalidad. (...) El otro gran escándalo en curso no es una cuestión de una ruptura de la ley, es el hecho de que los jefes se han venido acostumbrando a gratificarse a sí mismos como propietarios, no obstante de asumir pocos de los riesgos de la propiedad, mientras los reales propietarios, los accionistas en las compañías concernientes, les han permitido hacerse de esto" [8].

Los managers se han quedado con las "zanahorias de oro" como permiten apreciar las siguientes cifras. De acuerdo a la revista Fortune, en 1970 la compensación real anual promedio rondaba 1.3 millones de dólares (en dinero actual) para los top 100 jefes ejecutivos, alrededor de 39 veces el pago de un trabajador promedio. Para el final de los ’90, sin embargo, el promedio para los top 100 de Fortune era 37.5 millones de dólares, o 1000 veces el nivel salarial de un trabajador común.

Esta extraordinaria "expropiación de los expropiadores" ha sido el particular producto de un contubernio entre las firmas de contabilidad, los bancos de inversión, los proyectistas de la nueva ingeniería financiera y los top managers de las empresas, los responsables de la "transparencia" que el capitalismo anglosajón y sus balances trimestrales promulgaban. Esta forma de capitalismo reproduce a un nivel superior las características que Marx atribuía a la sociedad por acciones de su época: "Esto constituye la abolición del modo capitalista de producción dentro del propio modo de producción capitalista y por consiguiente una contradicción que se anula a sí misma, que prima facie se presenta como mero punto de transición hacia una nueva forma de producción. Se presenta luego en la manifestación, también, como tal contradicción. En determinadas esferas establece el monopolio, por lo cual provoca la intromisión estatal. Reproduce una nueva aristocracia financiera, un nuevo tipo de parásitos en la forma de proyectistas, fundadores y managers meramente nominales; todo un sistema de fraude y engaño con relación a fundaciones, emisión de acciones y negociación de éstas. Es una producción privada sin el control de la propiedad privada" [9]. [Subrayado nuestro]

La misma contradicción lleva a The Economist hoy día a plantear que "estamos frente a un capitalismo accionario que sufre un vacío de propiedad", o a sostener que "estamos frente a un extendido y abierto abuso del capitalismo, por los capitalistas", o en el mismo sentido a afirmar que "el principal peligro para el éxito del capitalismo son las mismas personas que uno podría considerar asimismo como sus más ardientes promotores: los jefes de las compañías, los propietarios de las compañías y los políticos que incansablemente insisten que ellos son pro-business".

La mundialización del proceso productivo de mano de las trasnacionales

Durante las décadas pasadas se desarrolló un importante avance cualitativo y distinto en la internacionalización de la economía comparado con otros periodos de expansión u homogeneización capitalista, característicos de este modo de producción desde sus orígenes. El mismo puede observarse en la creciente centralización internacional del capital motorizada por la oleada de fusiones y adquisiciones, el crecimiento del comercio mundial en forma más rápida que la producción, en especial el comercio intra-firma y por el creciente peso de la inversión extranjera directa en los países centrales y en los países de la periferia, como expresión del agudizamiento de la lucha competitiva entre las grandes corporaciones, así como de los procesos de relocalización del capital.

Lo específico y el centro de esta nueva oleada de internacionalización de la economía es la mundialización del proceso productivo de mano de las trasnacionales. Este proceso, que se aceleró a partir de los ’70, como forma de contrarrestar la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, fue adquiriendo una importancia cada vez mayor en el funcionamiento de la economía mundial. Esto último puede apreciarse en el aumento de la inversión extranjera directa (IED). Según el último informe de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, el stock global de inversión extranjera directa creció más de 10 veces entre 1980 y el 2002, alcanzando los 7.100 billones de dólares [10].

La nueva división del trabajo que la estrategia productiva de las grandes corporaciones fue imponiendo, ha implicado una creciente gravitación de la ley del valor a nivel mundial. La mayor influencia de las trasnacionales, sobre todo en el campo de la producción de bienes transables, pero cada vez más en otras áreas de valorización del capital, como los servicios, tiende a la formación de precios mundiales en cada vez más ramas de la economía.

Esto es distinto del "imperialismo clásico" donde los países de la periferia capitalista eran integrados a la economía mundial como abastecedores y productores de materias primas para los centros metropolitanos. También es diferente del despliegue en los años del boom de las multinacionales y su instalación de filiales en mercados protegidos. Lo nuevo es que la "especialización" primaria como productores de materia prima, se combina con la integración de un importante número de países de la periferia a los circuitos de la producción manufacturera internacional administrados por las trasnacionales, proceso permitido por el abaratamiento significativo del transporte y de las comunicaciones.

Es importante resaltar que, a diferencia de lo que sostienen las tesis "globalizadoras", que suponen que la mayor internacionalización del proceso de producción a nivel de la gran industria aparentemente dejaría atrás las fronteras nacionales y las diferencias de productividad y de salarios entre los diferentes países, en realidad éstas se profundizan como base para abaratar la fuerza de trabajo y como base de la obtención de las ganancias extraordinarias de las grandes trasnacionales. La despiadada competencia de los países de la periferia con el fin de atraer a los capitales mediante el bajo nivel de los salarios, un descenso de las cargas fiscales al capital, la casi nula protección social o de la legislación sobre el medio ambiente, son una muestra de esto.

El resultado es la formación de una nueva división del trabajo, en donde ciertos países (los países centrales) tienden a concentrar los trabajos complejos y la ciencia básica, otro número de países (determinadas zonas de la periferia) la explotación intensiva de la fuerza de trabajo y un tercer sector de países funcionan esencialmente como reservorios de población obrera privados de toda posibilidad de integrarse en el proceso de producción como es el caso de gran parte del continente africano. En otras palabras, la acumulación capitalista en las ultimas décadas ha llevado a una internacionalización de la producción de plusvalía en la industria manufacturera, seguida en forma inevitable por la internacionalización de la compra de la mercancía fuerza de trabajo [11]. Esta nueva estructuración de la economía mundial les permite obtener ganancias extraordinarias, garantizar nuevos mercados para sus productos, presionar sobre los precios de las materias primas y preservar su monopolio tecnológico.

El salto registrado en la mundialización fue incentivado en la ultima década por una enorme expansión geográfica y sectorial de la acumulación capitalista. Geográficamente, este proceso se logró a expensas de la desaparición o retroceso de las antiguas formas de producción de la mayoría de los países de la periferia, el llamado "modelo de sustitución de importaciones" y la liquidación de las economías planificadas burocráticamente de los países llamados "socialistas", que frente al agudizamiento de la competencia quedaron rezagados en su productividad. Pero esta ampliación geográfica fue acompañada por una extensión a nuevos ámbitos de valorización del capital como lo prueba la oleada de privatizaciones en casi todos los países del orbe, como parte de un proceso de mercantilización general que abarca también la educación, la cultura, las jubilaciones y la medicina, por nombrar sólo algunas de las aéreas significativas.

Estos procesos han permitido la recuperación de la tasa de ganancia y la extensión del capital. Pero junto con estos efectos benéficos para la acumulación capitalista, han tendido a reforzar la sobreabundancia de mercancías y capitales y la estrechez del mercado. Lo primero es un subproducto, por un lado, de las transformaciones del sistema financiero que permite a los grandes grupos corporativos lanzar sus propios bonos u obligaciones negociables dejando atrás los límites de la intermediación bancaria y por otro lado, de la más rápida difusión de productos, procesos e innovaciones. Desde el punto de vista de la realización, la desaparición de viejas formas de producción lo han privado de regiones que absorban el excedente de mercancías de la sobreacumulación y sobreproducción existente en los países metropolitanos en los momentos de crisis. Esto se manifiesta en el vuelco exportador de los países dependientes que ha sido la regla de la actual acumulación capitalista global en las últimas décadas, graficado en forma patente por el caso chino donde las exportaciones dieron cuenta del 75% del crecimiento de conjunto en el año 2002. A su vez, al imponer una norma de ganancia en todos los países han reforzado las contradicciones clásicas del capitalismo al debilitar los mecanismos anticíclicos que operan tradicionalmente a nivel nacional o regional, como prueba la existencia del pacto de estabilidad europeo que restringe el manejo monetario y fiscal de los gobiernos europeos en momentos de recesión. Estos elementos tanto de la oferta como de la demanda son un factor estructural que agrava la actual crisis económica mundial. Junto a la sobreacumulación en los Estados Unidos son estas fuerzas las que empujan las tendencias deflacionarias a nivel internacional.

Por último, el principal obstáculo a la marcha de la mundialización es que ésta ha aumentado las brechas entre las naciones ricas y pobres, entre la burguesía y el proletariado, y entre las regiones prósperas y en decadencia en forma significativa en un corto periodo. Esta realidad otorga total actualidad a las tesis clásicas del imperialismo, analizadas entre otros por Trotsky, cuando planteaba: "Pero al aproximar económicamente los países y al igualar el nivel de su desarrollo, el capitalismo obra con sus métodos, es decir, con métodos anárquicos, que zapan continuamente su propio trabajo, oponiendo un país y un ramo de la producción a otro, favoreciendo ciertas partes de la economía mundial, frenando o paralizando el de otras. Sólo la combinación de estas dos tendencias fundamentales, centrípeta y centrífuga, nivelación y desigualdad, consecuencias ambas de la naturaleza del capitalismo, nos explica el vivo entrelazamiento del proceso histórico. A causa de la universalidad, de la movilidad, de la dispersión del capital financiero, que penetra en todas partes, de esta fuerza animadora del imperialismo, éste acentúa aún esas dos tendencias. El imperialismo une con mucha más rapidez y profundidad en uno sólo los diversos grupos nacionales y continentales; crea entre ellos una dependencia vital de las más íntimas; aproxima sus métodos económicos, sus formas sociales y sus niveles de evolución. Al mismo tiempo, persigue ese ’fin’, que es suyo, por procedimientos tan antagónicos, dando tales saltos, efectuando tales razzias en los países y regiones atrasados que él mismo perturba la unificación y nivelación de la economía mundial, con violencias y convulsiones que las épocas precedentes no conocieron" [12]. La mundialización comandada por la sed de ganancia de las trasnacionales, no ha anulado sino que ha reforzado el desarrollo desigual de países, regiones y ramas de la economía, que caracteriza al movimiento del capital durante la época imperialista.

Recuperación cíclica al costo de hipotecar y exacerbar los desequilibrios de la economía mundial

Hemos explicado las fuerzas estructurales que han llevado a la ruptura del equilibrio inestable de los ’90 y que crean las bases potenciales, de pegar un salto, de una crisis sistémica del capitalismo mundial. El círculo virtuoso de la economía norteamericana de 1996-2000 es cosa del pasado y la posibilidad de revivirlo con el brillo y las alturas del pasado son inexistentes como demuestra la pérdida de ímpetu del "modelo anglosajón" y de la mundialización [13]. En este marco, la persistencia de una economía mundial ultradependiente de los Estados Unidos para su crecimiento, ó "Estados Unidos-céntrica", es fuente de crecientes tensiones y desequilibrios como demuestra la realidad actual.

Frente a la perspectiva de achicamiento de la economía mundial capitalista en el próximo periodo, la pregunta a responder es cómo se distribuirá la carga de la crisis entre los tres polos de la tríada imperialista y entre éstos y los países de la periferia capitalista en los años flacos por venir.

En lo inmediato, podemos observar los siguientes movimientos y medidas que afectan al centro del sistema imperialista mundial y al factor más dinámico de crecimiento de la economía en los últimos años, Estados Unidos, y entre la economía norteamericana y las otras regiones del planeta.

Por un lado, en los Estados Unidos estamos en presencia de una intervención gubernamental y de la Reserva Federal en gran escala sobre la economía con el objetivo de mitigar la crisis, graficada en una política fiscal y monetaria expansiva. Ejemplo de lo primero es que, en los últimos tres años el balance presupuestario ha pasado de un superávit del 1% del PBN en el año 2000 a un déficit estimado del 4% en este año. Por su parte, las tasas de interés han caído en el mismo periodo 5,5 puntos porcentuales, estando hoy en su nivel más bajo desde 1958. Con la posibilidad de tomar préstamos en dólares a sólo un 1% de tasa, estamos entrando en lo que algunos analistas llaman "una era de dinero barato". La existencia de estas bajas tasas de intereses para la industria juega el rol de evitar el saneamiento de la crisis sobre un cuerpo económico que sufre de una aguda sobreacumulación. Como plantea Richard Bernstein, el estratega jefe de Estados Unidos de Merrill Lynch citado en un artículo en el Financial Times: "La facilidad de capacidad de las compañías para refinanciar sus balances podría prolongar el vital ajuste en la economía sosteniendo a las compañías débiles y la sobrecapacidad deflacionaria. Señala a la rama fabricante de chips como una donde el exceso de capacidad ha sido sostenido por el retorno del financiamiento barato. Pero argumentos similares pueden ser hechos sobre las industrias automotrices y aeroespacial. Si está en lo correcto, sin las dolorosas bancarrotas y los recortes del empleo que corrijan la mala distribución de capital en el boom de fin de los 90´, los precios y las ganancias continuarán cayendo" [14].

En otras palabras, el mantenimiento en forma artificial de la "burbuja crediticia", provoca que permanezcan los desequilibrios en la economía [15] y crezca cada vez más el riesgo y la exposición del sistema financiero al que se pretende salvar, aumentando cada vez más los niveles de liquidez que se traducen en nuevas alturas de endeudamiento. Una muestra de esto es lo que se plantea en el último número de la revista "The Pulse of Capitalism". Allí se compara la crisis japonesa del ’90 con la actual situación de los Estados Unidos. Entre los puntos en común se plantea que: "Una gran similitud es el rol que la deuda jugó, primero en desatar el boom y luego en socavar cualquier recuperación", señalando que en el caso del Japón, una gran preocupación de los funcionarios era la salud del sistema bancario y el tamaño de sus malos préstamos, que alcanzaban los 362.000 millones de dólares, el equivalente al 8% del PBN. Y agregan: "Los Estados Unidos no han experimentado tal masivo colapso financiero, pero los ingredientes están allí. Durante los pasados cinco años, la deuda crediticia total ha crecido a un impresionante 10,452 billones de dólares ó un 49% mientras el producto bruto se ha incrementado 2,1272 billones ó un 26%. Esta disparidad entre las tasas de crecimiento no puede continuar, la economía no puede prosperar sin el continuo crecimiento de la deuda. Eventualmente, nosotros podríamos afrontar problemas de default de deuda tan severos como los de Japón". [16].

En otras palabras, las medidas fiscales y monetarias señaladas más arriba, sólo pueden posponer la crisis en el corto plazo. Tomando en cuenta que en el año 2004 se juegan las chances de reelección de Bush esto es una posibilidad altamente probable. Los analistas más optimistas pronostican un crecimiento de la economía norteamericana que empuje nuevamente a la economía mundial. Pero este "boom post-boom", como algunos economistas denominan a la recuperación frágil de la economía después de la debacle del boom económico del 1996-2000, sólo es posible al costo de desorganizar aún más el aparato económico y financiero de los Estados Unidos, es decir socavando cada vez más los cimientos de la economía. Es esto lo que demuestra la más baja tasa de ahorro nacional en su historia, el record de endeudamiento de los consumidores y el déficit de cuenta corriente más grande que jamás haya experimentado.

A nivel internacional, clausurado por decisiones políticas y económicas la restauración del equilibrio interno, la caída del dólar que se vino sucediendo en los últimos meses, habría estado mostrando que los Estados Unidos habían elegido una salida externa a su crisis en contra de sus competidores imperialistas. Sin embargo, la negativa de Japón y últimamente de Europa, de permitir una apreciación exagerada de sus monedas [17] por sus duros costos económicos y sociales, que redundaría en un aumento de la competitividad norteamericana, parecen poner fin por el momento al necesario reequilibrio de la economía mundial.

La resistencia a ajustarse a las nuevas realidades de la economía se manifiesta en el aumento de la brecha entre la producción actual y la producción potencial (una indicación de la capacidad instalada ociosa), en los países de la OCDE ha pasado de 0,4 en el año 2001; creciendo al 1,2 en el año 2002 y 1,8 en el año 2003. Esto se traduce en el siguiente panorama de los polos de la tríada imperialista. Por quinta vez en sus doce años de estancamiento, la economía japonesa se encamina hacia una recuperación coyuntural. Sin embargo, nada pronostica que ésta deje atrás las fuerzas estructurales que han hundido a su economía en una depresión económica a ritmo lento. Por su parte, el 2003 ha sido el año en donde la economía europea entró en recesión. Mientras, la economía norteamericana, desde el comienzo del hundimiento de la bolsa de valores a principios del 2000, ha venido creciendo un anémico 1,7% anualizado. Esto incluye una recesión suave en los tres primeros trimestres del año 2001 y una inusualmente débil recuperación en los subsiguientes siete trimestres. La baja calidad de la recuperación actual se manifiesta en que ésta es la más débil con respecto al promedio de los anteriores ocho períodos post recesivos de la economía norteamericana en los últimos cincuenta años, a pesar de que la actual experiencia está ocurriendo en el medio de las más grandes políticas de estímulos fiscales y monetarios. El más cercano paralelismo es la recuperación que siguió a la recesión de inicios de los ´90. Peor aún, comparada con la famosa "jobless recovery" (recuperación sin creación de empleos) de la década pasada, en lo que respecta a la mejora del empleo y la recuperación de la inversión de las corporaciones la actual es mucho peor, siendo la única en donde el consumo ha seguido creciendo incluso durante la breve recesión del año 2001. Esta contradicción entre el empleo y la inversión y el crecimiento del consumo más allá de lo previsible es difícil que pueda ser sustentable en el tiempo.

El choque entre la necesidad económica y los obstáculos políticos, en los principales países imperialistas, está postergando la solución a la crisis de la economía internacional y aumentando las probabilidades de una salida no traumática a la misma.

Esto significa la continuidad, a grados extremos, de los desequilibrios fundamentales de la economía internacional, una economía mundial "Estados Unidos-céntrica". La magnitud de esta dependencia puede observarse en las fuentes de crecimiento de la economía mundial durante los siete años que van desde 1995 al 2002. Según datos recientemente revisados, los Estados Unidos dieron cuenta de un 96% del crecimiento acumulado en el producto bruto mundial (a tasas de intercambio de mercado), esto es casi tres veces más la porción del 33% que le corresponde a la economía norteamericana en la economía global. Hoy, que Estados Unidos pueda seguir jugando este rol está fuertemente cuestionado por los crecientes desequilibrios internos que hemos planteado. Por su parte, el débil crecimiento de la demanda interna en Europa y Japón les impide a éstos actuar como motor de reemplazo de los Estados Unidos en el crecimiento de la economía mundial. Esta línea de falla de la actual economía internacional se manifiesta en el peligroso déficit de cuenta corriente de la economía norteamericana que ya ha alcanzado la friolera del 7% del PBN. ¡Nunca el mundo tuvo que solventar semejante carga financiera!

Semejante déficit de cuenta corriente puede empeorarse de fracasar las actuales medidas, monetarias y fiscales, destinadas a estimular la economía, lo cual es altamente probable debido a la sobreacumulación y sobrecapacidad existente en la economía. De no ser este el caso, y las autoridades económicas y políticas tienen éxito en revivir el ciclo económico, la necesidad de financiar este brutal endeudamiento (que puede saltar a 3 mil millones de dólares por día), obligará a otorgar concesiones al capital extranjero ya sea mediante un aumento del retorno de los bonos del Tesoro norteamericano o un abaratamiento del precio de las acciones. Como dice el analista en jefe de Morgan Stanley, Stephen Roach: "No veo una salida fácil de los imperativos del rebalanceo global. Este sucede o a través de un realineamiento fundamental de las monedas o por una crisis de financiamiento internacional (...) Cuanto más el mundo evita los imperativos del ajuste del déficit norteamericano, más grande la posibilidad de una fuga de conjunto de todos los activos denominados en dólares" [18].

Este último escenario, un colapso del dólar y de los activos denominados en esa moneda (como vimos, una probabilidad creciente en el mediano y largo plazo) alteraría todo el panorama político y geopolítico internacional. Para algunos analistas, como André Gunder Frank, el dólar "es literalmente un tigre de papel, está impreso en papel cuyo valor se basa únicamente en la aceptación y confianza mundial, que puede declinar o ser retirada por completo de un día para otro y hacer que pierda la mitad o más de su valor. Además de reducir el consumo y la inversión norteamericanos, así como la riqueza expresada en esa moneda, cualquier declinación del dólar comprometería la capacidad de los Estados Unidos para mantener y desplegar su aparato militar. Por otra parte, un desastre militar debilitaría la confianza en el dólar y con ello su valor" [19]. De ahí la importancia para los EEUU de mantener la iniciativa frente al desafío a su ofensiva que significan las actuales operaciones guerrilleras en Irak. Para otros, el punto de inflexión podría ser la entrada del ahorro doméstico en territorio abiertamente negativo, lo cual significaría que Estados Unidos dependería en forma absoluta para sus inversiones del resto del mundo.

En el marco de las fuertes tensiones políticas y geopolíticas que el curso unilateralista de los Estados Unidos está generando entre la burguesía de los países imperialistas y los países semicoloniales y en las masas del mundo entero, este panorama económico negativo puede aumentar más la presión. Los peligros para el capitalismo de conjunto de los actuales descalabros económicos están latentes. Como dice The Economist: "Cuando dichos excesos han ocurrido en el pasado, hubo una reacción política que explota la bronca popular, como bajo las presidencias de Teddy Roosevelt y Woodrow Wilson en el 1900. [Esto permanece como una fuerte posibilidad hoy], aún a pesar de que la popularidad del famosamente pro-negocios presidente George Bush está corriendo alto, gracias a la guerra contra el terrorismo y Saddam Hussein. El peligro es a menudo expresado como una sobrereacción a los excesos, de un excesivo periodo de regulación sobre el capital. Ese peligro existe; pero la peor posibilidad es que la bronca frente a los abusos capitalistas vaya a inclinar la balanza en la política doméstica hacia el proteccionismo, como una equivocada forma de ayudar a los débiles y los vulnerables, y consentir las sospechas de los mercados y los negocios".20

Una forma débil de proteccionismo viene creciendo en el último tiempo en forma acelerada, los acuerdos bilaterales de libre comercio (FTAs en sus siglas en inglés). Como plantean dos profesores de la Universidad de Columbia: "Nosotros estamos observando posiblemente la más grande división de los economistas y los políticos del periodo de posguerra. Desafortunadamente los economistas tienen razón. La firma desmedida de acuerdos bilaterales plantea una amenaza mortal al sistema de comercio multilateral. Y señalan como una de las razones de esto que los acuerdos bilaterales de comercio están socavando el principio esencial de la Organización Mundial del Comercio(OMC): que la tarifa más baja aplicada a un miembro debe ser extendida a todos los miembros (la regla de la nación más favorecida, MFN en sus siglas en inglés). Mientras que es cierto, que los arquitectos de la OMC/Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT) hicieron la excepción con las áreas de libre comercio con respecto a la regla MFN, ellos seguramente no previeron que la proliferación de acuerdos fragmentaría el sistema comercial. Para el fin del año pasado, 250 FTAs han sido notificados a la OMC. Si aquellos actualmente bajo negociación son concluidos, el número se aproximará a los 300. El resultado es "spaghetti bowl" [mescolanza] de reglas, definiciones arbitrarias de procedencia del producto y una multiplicidad de tarifas, dependiendo la fuente. Y los mismos autores señalan que mientras los europeos comenzaron este camino, los norteamericanos están ahora persiguiéndolos con celo, explotando su poder hegemónico y el privilegio del acceso preferencial a su mercado multibillonario" [20].

Más gravemente aún, durante la reciente crisis en Irak, el emponzoñamiento de las relaciones imperialistas, en particular entre Francia, Alemania y los Estados Unidos, llevó a proferirse amenazas económicas a uno y otro lado del Atlántico y muchos sostienen, que la reciente caída del dólar que ahogó a la economía europea, fundamentalmente a la Alemana, fue una represalia de Estados Unidos contra ésta y el país galo por su vehemente oposición a la guerra. A su vez, el avance de China en el comercio mundial es utilizado como excusa de las dificultades en los países centrales y es visto cada vez más como chivo expiatorio de los problemas de crecimiento de estos. Este es el caso de Japón, principal abanderado de las campañas contra China en el sistema internacional que exige una urgente reevaluación de su moneda, aunque también de crecientes grupos de poder en los Estados Unidos. Los recientes duros comentarios del Secretario del Tesoro Norteamericano, John Snow, antes de su visita oficial a Pekín, urgiendo a las autoridades chinas a permitir la libre flotación de su moneda de manera tal "que las firmas norteamericanas no estuvieran en desventajas", han subido el tono de la disputa.

¿Serán estos los primeros escarceos de una guerra comercial y política abierta que provoque una nueva fragmentación del sistema de comercio internacional, como fue el caso de la creación de bloques comerciales cerrados y hostiles que transformó el crack del ’29 en la gran depresión de los ’30?

No lo sabemos. El salto en la integración de la economía mundial durante las últimas décadas y las lecciones que la burguesía mundial sacó de esa catástrofe económica -la más importante del capitalismo en su historia- actúan como importantes factores contrarrestantes; a pesar del empeoramiento de las relaciones políticas y geopolíticas ente las grandes potencias en el último tiempo que han afectado la efectividad de las políticas de coordinación internacional, que fueron un componente importante para el restablecimiento de un equilibrio capitalista temporal luego de la crisis de los ’70. En este marco, la creciente politización de las relaciones económicas entre los distintos países frente a los problemas de la economía mundial es una muestra de los peligros que acechan a la actual economía política del sistema internacional.

Una renovada ofensiva sobre el trabajo

Más allá de cómo se reparta la crisis económica entre los principales países del sistema mundial, lo que está claro es que la misma es utilizada por las distintas burguesías imperialistas para relanzar una renovada ofensiva sobre el trabajo. El crecimiento del desempleo es un fenómeno que se repite en cada uno de los países centrales. Este aumento de la desocupación es acompañado a su vez por un ataque al salario directo e indirecto de los trabajadores, como muestra la ofensiva generalizada sobre las jubilaciones.

En los Estados Unidos la tasa de desempleo ha subido por encima del 6% en los últimos meses, después de promediar el 4% durante todo el 2000. Los duros tiempos económicos han frenado virtualmente el crecimiento real de los salarios que experimentó la economía norteamericana en las etapas finales del boom de la década pasada, el primer periodo sostenido de aumento de éstos por encima de la inflación desde los ´60. Como dice la revista In These Times: "En los últimos dos años y medio ha habido un cambio cualitativo en el mercado de trabajo. El país ha dejado atrás el tiempo cuando los trabajos eran relativamente abundantes y los sueldos subían para la mayoría de los trabajadores, a un tiempo en el que los trabajadores deben luchar por encontrar hasta los trabajos de sueldos más bajos. Para la mayoría de los trabajadores, los sueldos ahora apenas le siguen el paso a la inflación, y con empleadores reduciendo o eliminando la cobertura de salud, aún los trabajadores ocupados a menudo se encuentran mucho peor de lo que estaban hace dos años" [21].

En Europa, el eje de la ofensiva patronal ha sido un ataque coordinado de los gobiernos de los distintos países sobre el sistema de pensiones por reparto, cuya "reforma" busca aumentar la edad jubilatoria al tiempo que intentan crear las condiciones para el desarrollo de los fondos de pensión. Esto último aumentaría los negocios para la banca y los sectores financieros que ansían quedarse con el salario diferido de millones de asalariados, lo que hincharía nuevamente la bolsa suscitando una demanda suplementaria de títulos. En los Estados Unidos donde este sistema ya esta más desarrollado, las bajas tasas de interés están afectando los fondos de pensiones de renta fija de las empresas y otros ahorros personales. Las empresas están renunciando a estos compromisos diseñados durante el mercado alcista de las pasadas décadas, que en las actuales circunstancias económicas significan fuertes cargas adicionales a sus beneficios, poniendo en la incertidumbre el monto que los trabajadores van a recibir cuando se jubilen. A su vez muchas compañías están despidiendo a los trabajadores justo antes de que adquieran plenos derechos sobre sus pensiones (o realizan una fusión a tal fin). Este ataque se complementa con el hecho que como consecuencia de las caídas bursátiles de los últimos años que ha disminuido los fondos de pensión, muchos trabajadores se ven obligados a retrasar la edad de jubilación o aceptar una caída de los fondos a los cuales han aportado durante toda su vida. Como señala correctamente Michel Husson: "Las ’reformas’ burguesas de jubilaciones ganan pues de todas las formas. Si los asalariados quieren, y pueden, trabajar más tiempo, esto mantiene la presión ejercida por el paro, principalmente sobre los jóvenes; si se jubilan a la misma edad que antes de la ’reforma’, deben contentarse con una pensión disminuida, y el valor de la fuerza de trabajo baja otro tanto por ello. En total, las ’reformas’ de las jubilaciones, bajo pretexto de ajuste técnico a evoluciones demográficas ineluctables, representan de hecho una ofensiva sin precedente contra el estatuto del asalariado" [22].

Esta ofensiva sobre las jubilaciones, podría complementarse en los Estados Unidos con un intento de privatización de la seguridad social y el Medicare que permita al estado desprenderse de sus obligaciones de pago, otorgando esta fuente lucrativa de negocios al capital privado. Si la burguesía logra "convencer" a los trabajadores de la ventaja de esta medida, la magnitud de la suma involucrada podría recrear, al menos para la banca y otros agentes del sistema financiero, una fuente de negocios dorados como en los mejores momentos de la década del ´90.

Frente a esta ofensiva de la burguesía, hasta el momento la respuesta del proletariado ha sido negativa, otorgando concesiones significativas frente al temor y la amenaza de pérdidas mayores, aconsejado a seguir este camino de resignación por las direcciones de los sindicatos o no pudiendo superar los límites impuestos por la burocracia sindical en los casos en los que ha salido a la lucha, como Francia, Austria o Alemania recientemente.

El agravamiento de la crisis capitalista puede cambiar y radicalizar las respuestas de la clase trabajadora frente a la ofensiva burguesa. Sin embargo, contra todo objetivismo su reacción no depende de ningún determinismo económico. Como decía Trotsky "(...) los efectos de una crisis sobre el curso del movimiento obrero no son todo lo unilaterales que algunos simplistas imaginan. Los efectos políticos de una crisis (no sólo la extensión de su influencia sino también su dirección) están determinados por el conjunto de la situación política existente y por aquellos acontecimientos que preceden y acompañan la crisis, especialmente las batallas, los éxitos o fracasos de la propia clase trabajadora, anteriores a la crisis. Bajo un conjunto de condiciones la crisis puede dar un poderoso impulso a la actividad revolucionaria de las masas trabajadoras; bajo un conjunto distintos de circunstancias puede paralizar completamente la ofensiva del proletariado y, en caso que la crisis dure demasiado y los trabajadores sufran demasiadas pérdidas, podría debilitar extremadamente, no sólo el potencial ofensivo sino también el defensivo de la clase" [23]. Esta última variante, fue lo que sucedió en los últimos veinte años de ofensiva neoliberal, la que se asentó luego del desvío-derrota del ascenso general del movimiento obrero y de masas del ’68-’76 y el posterior retroceso y fragmentación de la clase obrera. Por lo tanto, superar la actual división de las filas obreras, sacarse el lastre de la burocracia sindical y construir una dirección revolucionaria que sepa procesar las actuales lecciones de los combates en curso apoyándose en la experiencia histórica del proletariado mundial, son las tareas esenciales para que la nueva clase obrera surgida al calor de las derrotas de las décadas pasadas pueda aprovechar la crisis del capital para pasar a la ofensiva.

 

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