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¿Por qué Trotsky?
por : LTS-CC, México

04 Sep 2012 | Ponencia presentada en el acto “Trotsky en nuestro tiempo”, realizado el día 25 de agosto de 2012 en el Museo Casa León Trotsky en la ciudad de México.

Jimena Vergara


Compañeros y compañeras:

Este 72 aniversario del asesinato del revolucionario ruso León Trotsky se inscribe en momentos históricos que, dimensionados en su perspectiva, plantean la reapertura de las condiciones objetivas para la revolución. La crisis capitalista, las contradicciones interimperialistas y el reanimamiento de la lucha de clases configuran el fin de un largo periodo histórico que coloquialmente conocemos como neoliberalismo. La pregunta obligada en este contexto es ¿Por qué Trotsky? ¿Por qué se hace necesaria una reivindicación de su práctica y la recreación de su pensamiento?

En primer lugar porque la vida de León Trotsky, su rol en la revolución de octubre y su práctica revolucionaria han sido oscurecidas por la infamia. El estalinismo, en su voluntad de destruir cualquier tipo de oposición al interior de la Unión Soviética, intentó liquidar la herencia del bolchevismo, llamando a los más destacados dirigentes y militantes de la revolución de octubre “trotskistas”. Fabricó una historia que preparó las condiciones para perseguir, deportar, asesinar y acallar toda disidencia al interior y exterior de Rusia. Para quitar todo el filo revolucionario a la herencia del propio Lenin, construyó estatuas, lo embalsamó, erigió monumentos: la piedra y el concreto escondieron la verdadera enseñanza del autor de las Tesis de abril. Trotsky, por su parte, fue borrado de la historia, cientos de documentos fueron falsificados, el testamento de Lenin fue proscrito en la URSS. Aún ahora, hace apenas unos meses, fue reeditada la biografía sobre Trotsky del historiador Robert Service, con la anuencia de una importante casa editorial; un texto plagado de mentiras, tergiversaciones y errores groseros sobre el jefe del ejército rojo.

Para aquellos que nos consideramos de la tradición de Trotsky, pero también para aquellos interesados en preservar la historia, su reivindicación es un acto de desagravio, un rescate imprescindible de la verdad histórica. Pero ¿por qué el stalinismo llevó la persecución a los trotskistas hasta que su mano alcanzó al revolucionario ruso aquí mismo en este recinto, con un golpe asesino? Porque los bolcheviques leninistas, como se autodenominaban, encarnaban las lecciones de octubre y pusieron en pie la única corriente política organizada que planteó una alternativa contra la burocratización de la Rusia soviética y del partido comunista encabezada por Stalin, primero a través de la oposición de Izquierda y luego a través del movimiento por la Cuarta Internacional.

Es Trotsky quien dio un durísimo combate contra la reaccionaria teoría del socialismo en un solo país que pretendía ser la cobertura ideológica del conservadurismo burocrático. Quien defendió a sangre y fuego la democracia obrera, el pluripartidismo soviético y la necesidad de profundizar las medidas socialistas en Rusia a la vez de impulsar la revolución internacional, como salvaguarda de la propia Unión Soviética y como tarea central del comunismo. Fue Trotsky, finalmente, quien propuso el programa de revolución política, entendido como la lucha económica y política contra la burocracia parasitaria. El estalinismo pudo encerrar en los campos de concentración a los llamados trotskistas, asesinar a sus dirigentes u orillarlos a la muerte, pero en definitiva no liquidó sus ideas, ni pudo evitar que los herederos de la revolución de los soviets, mantuvieran limpias las banderas del comunismo, durante la larga noche estalinista.

La reivindicación que hacemos miles de trotskistas a los largo del mundo en la conmemoración de su asesinato, nada tiene que ver con el “culto a la personalidad” que durante el dominio burocrático de la Unión Soviética se realizó desde el Estado, para darle “barniz de idolatría religiosa” a los intereses de la casta encabezada por Stalin. Nuestro homenaje está al servicio, en cambio, de fortalecer las tareas y la estrategia de la revolución socialista en el presente.

Desde nuestro punto de vista el pensamiento de Trotsky conserva gran actualidad. Y para entender la vigencia de su pensamiento, es menester ubicar a Trotsky en la historia; aquellos que intentemos recrear sus ideas, haríamos mal en utilizarlo dogmáticamente, renegando de su propio método, de su propia forma de abordar el análisis de la realidad social que fue profundamente holista, flexible, dialéctico a la vez que intransigente en los objetivos revolucionarios de la clase obrera y su dirección política.

León Trotsky perteneció a la tercera generación de los marxistas clásicos y junto con Lenin o Rosa Luxemburgo se consagró como uno de sus representantes más rutilantes, más lúcidos. Esta generación, a decir del historiador Perry Anderson, tuvo una característica fundamental que los hermanaba con los fundadores del marxismo: la ligazón entre teoría y práctica. Pero mientras a Marx y a Engels les tocó teorizar y militar en una época donde la revolución burguesa todavía tenía oxígeno en Europa y la clase obrera estaba configurando sus primeras organizaciones, ideas políticas y luchas ejemplares, a Lenin, a Trotsky y a Luxemburgo les tocó la época de crisis, guerras y revoluciones. Patriotas de su tiempo, trataron de desentrañar con el arsenal legado por sus maestros, el nuevo periodo histórico que ponía en la palestra mundial, el problema de la revolución proletaria.

Y lo hicieron también en un momento de crisis del marxismo, debatiendo duramente con otros planteamientos al interior del movimiento socialista europeo. Parafraseando a Lenin, después de treinta años sin revolución (se refería a las últimas décadas del siglo XIX), hubo que saldar cuentas con el revisionismo pacifista, que había surgido producto de la adaptación de los marxistas a las condiciones de paz burguesa que se habían instalado en Europa. Muchos socialistas rompieron con la idea de hacer la revolución, entendida como la toma del cielo por asalto, como el concurso de las masas en el gobierno de su propio destino. Es el caso de la estrategia gradualista de Beristaín, que consideraba que paulatinamente, conquistando espacios en el parlamento, la dirección de los sindicatos y algunas reformas sociales, la clase obrera podría ir construyendo el socialismo, transformando de a poco el Estado capitalista. Es el caso de la estrategia fatalista de Kautsky quien consideraba que, el desarrollo capitalista y sus profundas transformaciones, devendrían casi naturalmente en la extinción de las contradicciones estructurales del sistema.

Trotsky y Lenin por su parte, comprendieron que el capitalismo en su fase imperialista implicaba el despliegue de fuerzas profundamente convulsivas: se abría un periodo de grandes guerras, de grandes cataclismos económicos y por supuesto, de procesos revolucionarios. Comprendieron que era necesario dejar atrás el legado tacticista de las épocas de paz y acudir a la estrategia (entendida como el arte de organizar las operaciones aisladas para ganar la guerra). Y ganar la guerra para los socialistas significa destruir al capitalismo y erigir otra forma de organización social, al servicio de las grandes mayorías. Con la revolución de 1905 en Rusia, donde los obreros de Petrogrado pusieron en pie sus propias formas de organización democrática, lo soviets, era imperativo pensar cómo el proletariado llegaría efectivamente a la toma del poder.

Por ello es que los marxistas de ese momento introducen la diferencia entre estrategia y táctica al pensamiento marxista como plantea el propio Trotsky:

“Antes de la guerra, solo habíamos hablado de la táctica del partido proletario; esta concepción correspondía exactamente con los métodos parlamentarios y sindicales predominantes entonces, y que no sobrepasaban el marco de las reivindicaciones y de las tareas corrientes”. Para Trotsky “La estrategia revolucionaria cubre todo un sistema combinado de acciones que tanto en su relación y sucesión como en su desarrollo deben llevar al proletariado al poder”.

Bajo esta perspectiva, la acción política y la teoría marxista configuran una unidad indivisible, subordinada a la resolución de las tareas concretas de un momento histórico concreto, caracterizadas por la vigencia de la revolución proletaria, etapa que desde nuestro punto de vista se mantiene. Surge un marxismo con preponderancia estratégica que para nosotros es lo que define al marxismo revolucionario en nuestros días y Trotsky, sin lugar a dudas, es uno de sus principales exponentes.

Porque, desde nuestro punto de vista, el marxismo encarna la síntesis teórico práctica de las experiencias del proletariado de más de 150 años de historia, que implica, en su manifestación práctica contemporánea, la vigencia de la lucha por la toma del poder, la construcción de estados revolucionarios, democráticamente organizados, transicionales, que expropien el conjunto de los medios de producción y dispongan la riqueza para satisfacer las grandes necesidades sociales.

Pero para Trotsky –y para los marxistas de hoy– el objetivo no solo es la conquista del poder, el estado proletario es un medio, una trinchera que favorece el desarrollo de la revolución socialista internacional y genera en su dimensión global, las condiciones para construir el comunismo a escala planetaria, destruir las clases sociales y al estado mismo.

Se trata entonces de destruir ciertas relaciones sociales y poner en pie nuevas. Hoy por hoy 200 monopolios succionan toda la riqueza social que se produce, las relaciones capitalistas impiden organizar la sociedad de otra manera. Si en la etapa imperialista cobran importancia fundamental los problemas específicos de la insurrección, la toma del poder y la dictadura del proletariado es menester forjar la organización que pueda asumir la directriz de estas tareas en perspectiva estratégica, y prepararse desde mucho antes para ello. La existencia de un partido revolucionario educado en la teoría marxista y la lucha de clases como el bolchevique hizo posible la toma del cielo en Octubre. Por el contrario, la inexistencia de un fuerte partido comunista en Alemania, frente a la debacle de la socialdemocracia, impidió que el proletariado más poderoso de Europa para ese momento, siguiera el camino de los obreros rusos. Hoy, aunque el marxismo sea débil, está planteado justamente articularlo y vincularlo a la juventud combativa y la clase obrera, lo cual debe expresarse en el surgimiento de organizaciones revolucionarias superiores, pero las mismas, aunque todavía tengan mucho trecho por andar, debemos considerar cada lucha obrera, sindical, democrática o juvenil, cada actividad política como escuelas de preparación para momentos decisivos.

Pero la actividad del partido no está por fuera de la acción consciente del proletariado. Son las y los trabajadores quienes mueven los resortes fundamentales de la economía capitalista: en la industria, la manufactura, los servicios, las comunicaciones, los puertos y los transportes. El concurso de la clase obrera, en alianza con los explotados y oprimidos es clave en primer lugar para paralizar al Estado capitalista, dislocarlo en su columna vertebral. Sus métodos de lucha como la huelga son fundamentales, pero también lo es conquistar la independencia política, romper con las direcciones burguesas y superar la perspectiva de los líderes sindicales y políticos reformistas, de esa forma su potencialidad revolucionaria se podrá mostrar en la lucha de clases. Y también es clave para construir un nuevo tipo de poder y un nuevo tipo de sociedad. Organizar la riqueza social, con el concurso democrático de los productores para que satisfaga las necesidades del conjunto de la sociedad. De ahí la importancia para los marxistas de la Tercera Internacional y en especial para Lenin y Trotsky del lugar del partido y del lugar de los soviets como órganos de democracia directa y basamentos de la dictadura del proletariado.

La noche negra del estalinismo degradó enormemente el marxismo y por supuesto liquidó la apuesta de un marxismo con preponderancia estratégica como el de Lenin y Trotsky. A decir de Perry Anderson, sólo Trotsky hasta su muerte y los trotskistas trataron de mantener viva esta tradición. El marxismo de postguerra, a la sombra del estalinismo va a perder su ligazón con la práctica, para convertirse en pensamiento academizado. Durante los ascensos revolucionarios que sacudieron el mundo para los últimos años de los sesentas, las ideas marxistas vuelven a hacer pie en la juventud y sectores de trabajadores, pero el capitalismo logra salir nuevamente de la crisis y se fortalece a partir de la imposición del llamado neoliberalismo a escala global.

El neoliberalismo instaló el sentido común, del cual se convenció también la mayor parte de la izquierda, de que ya no valía la pena luchar por destruir el capitalismo, sólo había que luchar por humanizarlo, darle una cara menos agresiva, atemperar el poder monopólico, etc. Se instaló el lugar común de que no se puede vencer y de que el capitalismo se ha quedado de una vez y para siempre. Pero nosotros pensamos que renunciar al horizonte revolucionario es renunciar a cumplir todas y cada una de las aspiraciones de las mayorías, a expensas de una minoría parásita. Con la caída de la Unión Soviética y los estados obreros del Este de Europa se profundizó la idea de que no hay alternativa posible, mientras en Rusia, las consecuencias de la restauración capitalista han sido desastrosas: ¿Es que la restauración trajo más democracia para las masas rusas como pregonaban los ideólogos pro capitalistas? Categóricamente no, el gobierno de Putin, extraído de los sótanos de la KGB encarcela a las feministas de Pussy Riot y prohíbe las marchas homosexuales. Paradójicamente, este ataque autoritario se da en el país donde el Estado Obrero, antes de su estalinización, legalizó el aborto, despenalizó la homosexualidad y estableció la legislación más avanzada del mundo en relación a los derechos de las mujeres. De la mano del capitalismo, Rasputín ha venido por sus fueros.

Por ello, nuestra apuesta es rescatar y recrear en nuestra práctica cotidiana el legado de Trotsky, convencidos de que nuevos fenómenos económicos, políticos y sociales, están pre anunciando (así como a principios del siglo XX), nuevas convulsiones sociales. De ahí que nuestra corriente internacional se haya dado a la tarea de poner el trotskismo a la ofensiva, mediante la difusión, recuperación y edición sistemática de su legado, ahora con la edición de las Obras Escogidas que recién presentamos en este recinto durante la semana y que impulsa el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones León Trotsky con sede en Argentina.

Se trata de que cada vez más jóvenes y trabajadores conozcan y discutan las ideas del creador del Ejército Rojo y las del marxismo en general para forjar en las luchas concretas una alternativa revolucionaria, un marxismo con preponderancia estratégica. Lo hacemos manteniendo su filo, distinto a otras perspectivas que han renunciado a cuestiones tales como la lucha por el poder obrero y se han adaptado a la idea de que hay que dejar detrás las “viejas estrategias”. No se trata de la recuperación de una lengua muerta, sino de una estrategia política para las agudas tareas de los años por venir.

Es imposible entender la talla de Trotsky si no comprendemos que para él, la formación de un partido revolucionario implica errores, aciertos, avances, retrocesos y la conquista de posiciones. Bajo su lógica, todas las victorias, desde el triunfo de una huelga hasta la toma del poder en un país, son resortes para impulsar la preparación o el desarrollo triunfante de la revolución: es decir, de la guerra civil, de la extensión de la toma del poder a escala nacional y la conquista de la dictadura del proletariado. Por ello, entender a Trotsky es entender su obra a la luz de su práctica política: En Petrogrado en 1917 que marcó la conquista del primer estado obrero de la historia; en Alemania en 1923 que abría la posibilidad de desencadenar la toma del poder en una de las principales potencias imperialistas y cuya derrota posibilitó el aislamiento y la burocratización de la URSS; en Barcelona en 1937 donde se planteaba la posibilidad de detener el curso de la humanidad hacia la segunda guerra mundial con el triunfo de la revolución española, obrera y socialista. Después, batallando contra el fascismo, el estalinismo y poniendo su energía para construir una organización revolucionaria. Es en estos momentos de quiebre histórico, donde podemos dimensionar en toda su amplitud el legado revolucionario de Trotsky.

Esperemos que en las tomas estudiantiles en Chile, en las huelgas mineras en Sudáfrica, en las asambleas del #YoSoy132 y en todo escenario de la lucha de clases donde la juventud y los trabajadores sean sus principales protagonistas, el nombre de Trotsky se vuelva a dejar oír para poner a temblar a burócratas, patrones e imperialistas. ¡Viva León Trotsky!

*Ponencia presentada en el acto “Trotsky en nuestro tiempo”, realizado el día 25 de agosto de 2012 en el Museo Casa León Trotsky en la ciudad de México.

 

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