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El asesinato de Bhutto debilita a un aliado clave de EE.UU.
por : Ciro Tappeste

10 Jan 2008 |

La noticia del asesinato de Benazir Bhutto el pasado 27/12 se difundió como un reguero de pólvora en el país, casi más rápidamente que los primeros comunicados de las agencias de prensa internacional. Cuando se supo de los disparos mortales contra la ex Premier y líder del Partido del Pueblo Pakistaní (PPP), favorita de los comicios que habían de tener lugar el 8 de enero, los principales periódicos del mundo destacaron el dolor vivido por la desaparición de la que, pese a sus dos desastrosos mandatos, seguía representando para decenas de millones de trabajadores y campesinos pobres, a su padre, Zulfikar Ali Bhutto, presidente populista de izquierdas entre 1971 y 1977 que terminó derrocado por un golpe de Estado militar derechista y dos años más tarde ahorcado por el general Zia al Huq. Junto a cuatro días de enfrentamientos en barrios obreros y aldeas con las fuerzas represivas de la dictadura, un profundo malestar se apoderaba también de las cancillerías occidentales, pero por otros motivos. La Secretaria de Estado norteamericano no reaccionó inmediatamente con un comunicado, como de costumbre. En efecto, con el asesinato de Bhutto desaparecía la mejor carta del imperialismo, o para decirlo con las palabras de The Economist, se hacía añicos el plan promovido por Londres y sobre todo Washington de organizar elecciones en enero en las cuales hubiera logrado un importante resultado el PPP, otorgándole el puesto de Premier a Bhutto, dándole “un rostro democrático a [la] dictadura militar” de Musharraf (The Economist, 5-11/01/08)

Un régimen en dificultades

A Musharraf le costaba cada vez más gestionar la situación política y social del país. Por más que el general-presidente llegado al poder en 1999 con un golpe de Estado avalado por el imperialismo endureciera el régimen, la situación parecía estar escapándosele de las manos. Considerando la proximidad geográfica del país con Afganistán, uno de los ejes de la guerra global y permanente de la Casa Blanca, se entiende mejor por qué los diplomáticos occidentales se involucraron tanto en orquestar un pacto en torno a los comicios de enero entre las FF.AA. de Musharraf y el PPP de Bhutto.

Desde un punto de vista económico, hay que reconocer que Musharraf supo llevar a cabo una importante agenda de liberalizaciones y privatizaciones con el consenso de la cúpula de las FF.AA. que controlan sectores clave de la economía. Estas reformas combinadas con la bonanza económica que representa para el país la guerra en Afganistán, en términos de impacto comercial y flujos de dinero yanki destinado a la “lucha contra el terror”, llevaron al país a conocer una tasa de crecimiento extraordinaria... para los capitalistas. Mientras tanto, una fracción cada vez más importante del país se hundía en la miseria mientras veía con creciente hostilidad la guerra y la ocupación imperialista del vecino Afganistán, una guerra despiadada que pronto iba a tener repercusiones en el país y no sólo en las zonas tribales fronterizas en las cuales intervienen, a pesar de que Musharraf lo niegue, comandos especiales extranjeros.

A pesar de las masivas inversiones norteamericanas en términos de ayuda militar [1], el ejército pakistaní no puede o no quiere derrotar a una fracción jihadista del islamismo político que amenaza la estabilidad del país. Es que para sectores del ejército, el verdadero poder en Pakistán, muchos de estos militantes islámicos son un capital para la política exterior del régimen, no sólo en Afganistán donde ya en el pasado ayudaron a orquestar el régimen talibán, sino también en Cachemira, región perteneciente a la India pero disputada entre ambos países y que produjo en el pasado varias guerras y escaramuzas fronterizas. En este marco, si bien el país no conoció ninguna conmoción obrera o campesina de magnitud, un enorme hastío es perceptible entre la población. Esa bronca social se expresó en luchas parciales durante 2006 y 2007, pero sobre todo a través de la movilización nacional de los abogados que actuó como caja de resonancia de las contradicciones sociales y políticas del país, contra el autoritarismo del régimen. Frente a la pérdida de esta base social progresista el régimen, presionado por el imperialismo y para congraciarse con la oposición burguesa, realizó una dura masacre de los militantes islamistas que ocuparon durante días la histórica Mezquita Roja. Sin embargo, esta acción no sólo no aplacó las cosas, sino que desencadenó una radicalización de la lucha de los islamistas, con quienes el régimen vacila permanentemente en romper todo vínculo. Últimamente, en el Noroeste, jihadistas se apoderaron de todo el valle del Swat, sin que el ejército pudiera contraatacar.

El asesinato de Bhutto agrava la crisis del régimen

En este contexto Bhutto parecía ser la opción más acertada para asegurar un mínimo de estabilidad al país y sostener la fuertemente debilitada dictadura de Musharraf. Este se quedaba con la presidencia, dimitiendo a su puesto de jefe de las FF.AA., mientras que Bhutto y el PPP (en el marco de una coalición de gobierno, en el caso de no lograr la mayoría absoluta en las elecciones previstas originalmente para enero) aportaban garantías sociales y políticas para evitar que la profunda crisis del país desembocara en un caos abierto.

Es cierto que no se podía comparar al prestigio de Bhutto en el 2008 con la popularidad que gozaba cuando llegó al poder por primera vez en 1988. Acusaciones de corrupción, una gestión económica desastrosa para las masas, la implementación de medidas neoliberales durante sus dos mandatos habían carcomido su crédito político. Sin embargo, Bhutto parecía ser el único líder de alcance nacional por el único partido de base social nacional, el PPP, capaz de evitar un posible escenario catastrófico con importantes repercusiones no sólo para la región sino para la misma estrategia de EE.UU. en la zona.

Desde un punto de vista militar, Bhutto aseguraba poder llevar adelante una depuración de los elementos más descontrolados de las FF.AA., relanzar la impopular ofensiva contra el terrorismo en las zonas fronterizas, permitiendo incluso a fuerzas extranjeras intervenir directamente en territorio nacional. Desde un punto de vista político y social, bajo un discurso vagamente democrático (que ni siquiera cuestionaba a la dictadura militar) y promesas de cambio, Bhutto a la cabeza de un gobierno del PPP representaba un dique de contención, contra las tensiones sociales del campo y las ciudades, como canalización de las reivindicaciones democráticas de las masas y la clase media, tanto como un símbolo de unidad ante las tendencias centrífugas de las cuatro provincias pakistaníes.

No sólo con su muerte aquel programa de pacto con la dictadura salta por los aires sino que deja a las claras que el principal aliado de Washington en la región no controla un sector importante de una de las claves de la ofensiva guerrerista imperialista para la zona: las FF.AA. y los servicios de inteligencia pakistaníes. Por más que lo niegue Musharraf, ya que sería un reconocimiento de su propio fracaso, está más que claro que el atentado contra Bhutto, como el atentado de Karachi de octubre pasado al regreso de la ex Premier después de un largo exilio llevan la huella de los servicios de inteligencia. Formados por la CIA contra el régimen pro soviético de Kabul a fines de los ‘70, el contexto actual de crisis de hegemonía norteamericana y de tensiones internacionales deja un margen de maniobra enorme a todo un sector castrense que se fue autonomizando de Musharraf, lo chantajea y trata de actuar en función de sus propios intereses (control de buena parte del aparato económico, privilegios, etc.) sin alinearse sistemáticamente con la política exterior de la Casa Blanca.

Una situación muy complicada para los EEUU

La situación es muy complicada para Musharraf y su amo de la Casa Blanca. Un triunfo abrumador en las elecciones postergadas para febrero del PPP, inesperadamente dinamizado por la oleada de fervor probhuttista, o una nueva mayoría en coalición con la Liga Musulmana del ex Premier Nawaz Sharif, pueden significar un peligro de muerte para su ya débil presidencia. Peor aún, si este intenta, como hace unos meses, recurrir al estado de sitio y burlar el resultado de las urnas, esta provocación podría desatar una enorme movilización de masas contra la dictadura.

Pero aún una cohabitación pacífica entre Musharraf y el PPP no resuelven los problemas de fondo para la burguesía pakistaní y sus mandantes imperialistas. Nadie parece capaz de encarnar un liderazgo social y político semejante al de Benazir Bhutto, ni su viejo opositor y hoy en día potencial aliado del PPP Nawaz Sharrif, menos aun su viudo, el impopular Asif Zardari, mientras que en la cúpula del PPP los viejos caciques tratan de hacerse simbólicamente con los restos mortales de la hija de Zulfikar Ali Bhutto para reivindicar su liderazgo en el interior del partido.

Sólo la clase obrera puede dar una salida progresiva

Al difundirse la noticia de la muerte de Bhutto, después de los primeros instantes de profundo estupor, el pueblo pakistaní, los trabajadores de las principales concentraciones urbanas del país, salieron a la calle a manifestar su odio a la dictadura. Expresaron su bronca social y política asaltando cárceles y liberando los presos, quemando bancos, oficinas electorales y estaciones ferroviarias. Durante cuatro días, a pesar de las órdenes dadas por Musharraf de “disparar a matar” contra cualquier manifestante o sospechoso, se enfrentaron con las fuerzas de represión. En ningún momento la dirección del PPP, que sigue gozando de cierta popularidad y tiene un rol clave en la dirección de los principales sindicatos, ni tampoco las direcciones gremiales llamaron a organizar nacionalmente una huelga general contra Musharraf, las fuerzas de seguridad responsables de la muerte de Bhutto y por tirar abajo el podrido régimen pakistaní. La única salida progresiva para el país depende de la capacidad de recomposición de la numerosa e históricamente combativa clase obrera pakistaní en estrecha alianza con los pobres de la ciudad y el campo. Esta recomposición se dará no sólo contra la dictadura y los partidos más abiertamente reaccionarios, sino también contra los que combinan cierta demagogia social con un programa oscurantista. Se dará también contra el mismo PPP que con Bhutto como Premier, el pacto con Musharraf y la política actual de la dirección del partido luego del asesinato de su líder demostró ser un obstáculo frente a cualquier tentativa de cambio progresivo para el país.

 

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