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A modo de Editorial

Una nueva "primavera de los pueblos"

26/02/2011

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El año 2011 comenzó con una oleada de levantamientos y movilizaciones obreras y populares. Si bien el epicentro de la intervención del movimiento de masas está en el mundo árabe y musulmán, donde están en curso distintos procesos revolucionarios, empieza a tener repercusiones en otras regiones del planeta, aunque aún se exprese en acciones con menor grado de profundidad y radicalización. Con el antecedente de la huelga general en Guadalupe en 2009, las movilizaciones y huelgas en Grecia en 2010 y la resistencia de los trabajadores y los jóvenes secundarios en Francia contra la reforma del sistema de pensiones de Sarkozy, esta oleada de luchas parece estar anunciando el inicio de un nuevo ciclo ascendente de la lucha de clases, con el trasfondo de la crisis económica internacional que ya lleva tres años.

El torbellino de la acción de masas en el mundo árabe y musulmán

Un repaso por los principales acontecimientos muestra el curso vertiginoso que ha tomado la entrada en escena de las masas en el mundo árabe.

Tunez, 17 de diciembre de 2010. Un joven con título universitario pero que se ganaba la vida con un puesto de venta ambulante, decidió inmolarse en protesta por la situación de miseria a la que el gobierno dictatorial de Ben Ali lo condenaba, al igual que a la gran mayoría de los jóvenes, trabajadores y desocupados. Este hecho trágico disparó un imponente levantamiento obrero y popular que el 14 de enero de 2011 derribó a Ben Ali que había permanecido en el poder durante 23 años, con el sostén de Francia, antigua potencia colonial y principal socio comercial, y el apoyo de Estados Unidos que valoraba sus servicios en la “guerra contra el terrorismo”. La caída de Ben Ali no terminó de calmar las aguas: el domingo 20 de febrero miles de tunecinos volvieron a movilizarse reclamando la caída del “gobierno de transición” encabezado por Mohammed Ganouchi y exigieron el llamado a una asamblea constituyente.
El proceso tunecino desató una oleada revolucionaria que se extendió como un reguero de pólvora por el Norte de África, la península arábiga y el mundo musulmán. Las calles de Yemen, Jordania, Bahrein, Marruecos, Argelia, se llenan de jóvenes, trabajadores, mujeres, pobres de las ciudades, desocupados, que piden el fin de lo regímenes despóticos –dictadores o monarcas– que son los que durante décadas han mantenido con puño de hierro las condiciones de opresión más brutales que permitieron imponer privatizaciones, ajustes y precarización laboral, para beneficio de las elites locales y las grandes transnacionales imperialistas.

Egipto, 25 de enero de 2011. Millones de personas, la gran mayoría jóvenes, sin empleo o con salarios de hambre, toman las calles de El Cairo, Alejandría y otras ciudades del país exigiendo la renuncia de Hosni Mubarak, uno de los principales aliados de Estados Unidos e Israel, en el poder desde 1981. El dictador resiste. Los manifestantes permanecen en la plaza Tahir. El ejército se preserva sin reprimir y mientras tanto negocia con Mubarak y el gobierno de Obama cómo organizar la salida de la dictadura sin darle a las masas un triunfo. Mientras las marchas se suceden y el ejército se preserva no reprimiendo las protestas, Mubarak intenta sostenerse en el poder ante la presión de las masas. Hasta que una imponente oleada de huelgas que paraliza los principales sectores de la economía, termina precipitando la caída de Mubarak el 11 de febrero. El ejército, que era pieza central del régimen y ha quedado intacto como principal sostén del estado, se hace cargo del gobierno. Sectores importantes de las clases medias parecen conformarse con las promesas de libertades democráticas dadas por la junta militar de gobierno, pero los trabajadores, alentados por la victoria conseguida, extienden las huelgas desafiando la prohibición de hacer huelgas y reuniones sindicales que intenta imponer el gobierno militar. Consiguieron que se vaya el dictador y ahora quieren salarios, mejores condiciones de vida, libertad sindical y exigen que se vayan los directores de las empresas nombrados por Mubarak. El pronóstico todavía es abierto: existe una posibilidad de que el ejército, apoyado por el imperialismo, la burguesía local y sus variantes políticas, logre sortear con éxito la “transición” y estabilizar una salida de “reacción democrática”, pero también existe la posibilidad que la dinámica de enfrentamiento con la clase obrera atraiga nuevamente a la lucha a amplios sectores de masas. O que la junta, que ha tomado en sus manos la redacción de una nueva constitución sin participación popular alguna, ceda finalmente muy poco y empuje también por esa vía de nuevo a las masas a las calles.

Yemen, 28 de enero. Decenas de miles de personas en Sanaa, la capital del país, y otras ciudades, exigen la renuncia de Ali Abdullah Sale, en el poder desde hace 33 años. Esa es la primera de una serie de movilizaciones que continuaron a pesar de la dura represión del régimen. Los motores de la lucha contra la dictadura yemení son profundos. Sale asumió el gobierno del entonces Yemen del Norte en 1978 y, en 1990, siguió en la presidencia de la República de Yemen, tras la reunificación capitalista del país en 1990. Este aliado norteamericano y de la monarquía saudita viene llevando adelante desde hace años una guerra sucia contra la población shiíta del norte y contra un movimiento separatista en el sur. Preside el país más pobre del mundo árabe, en el que casi la mitad de la población vive en la miseria y la desocupación alcanza al 35% de la población. Sin embargo este pequeño país tiene una importancia estratégica para Estados Unidos que desarrolla acciones militares encubiertas en su territorio persiguiendo supuestamente a combatientes de Al Qaeda e intenta organizar un recambio gubernamental con líderes opositores afines a sus intereses.

Libia, 15 de febrero. La represión contra una movilización antigubernamental en la ciudad de Bengasi, al este del país, desató un levantamiento insurreccional local contra el régimen de Kadafi. Las fuerzas de seguridad se pasaron del lado de los manifestantes que no sólo se hicieron de las armas sino también del control de la ciudad. Pero cuando las movilizaciones llegaron a Trípoli, la capital y sede del poder de Kadafi, la respuesta fue brutal. Aviones bombardearon barrios y dispararon sobre manifestantes. En solo un par de días la represión ya ha dejado centenares, si no miles, de muertos y desaparecidos. Kadafi , un coronel pretendidamente “tercermundista” devenido neoliberal, amigo de Bush, Blair y Berlusconi, que se ha mantenido en el gobierno desde 1969 usufructuando para él y su clan familiar gran parte de la cuantiosa renta petrolera, ha decidido resistir en el poder a fuerza de balas.
Indudablemente, por el grado de violencia de la represión del régimen y por la radicalidad del levantamiento, es el proceso más agudo con fuertes elementos de descomposición estatal, lo que abre la perspectiva de una guerra civil con resultado incierto, o incluso una situación de caos con enfrentamientos intertribales, en un país que es el doceavo exportador mundial de petróleo. Las potencias imperialistas, que en la última década hicieron buenos negocios con Kadafi , pasaron a oponerse al dictador –a diferencia de Italia con fuertes intereses cruzados en su antigua colonia– esperando que quizás su caída abra otras oportunidades para sus intereses, siempre y cuando se evite el escenario de desintegración y caos, aunque tampoco se puede descartar que de darse esta perspectiva, se utilice como excusa para desplegar alguna fuerza vinculada a la OTAN. Por su parte, los militares egipcios, que deben gerenciar su propia “transición” ven con preocupación que la fractura del ejército libio lleve a una situación descontrolada en el norte de África. Por eso, seguirían apoyando a Kadafi. El levantamiento en Libia ha dejado al desnudo a los gobiernos que se han alineado en la defensa del dictador como hizo Daniel Ortega, o hasta el momento se han callado ante la masacre como en el caso de Chávez. Incluso Fidel Castro justificó el accionar de Kadafi en nombre de una supuesta “resistencia al imperialismo”.

Bahrein, 16 de febrero. Las fuerzas de seguridad abren fuego contra una movilización que, inspirándose en Túnez y Egipto pedía mejores condiciones de vida, cobrándose la vida de dos manifestantes. Este pequeño país, con un 70% de la población shiíta y un 30% sunita, está gobernado desde fines del siglo XVIII por una dinastía monárquica sunita ligada a Arabia Saudita. El motor de la rebelión es la marginación de la mayoría shiíta –que compone el grueso de la clase obrera del país- de las estructuras del poder político. Aunque su peso demográfico y político es menor, la crisis en Bahrein puede tener consecuencias impredecibles para el imperialismo y la monarquía de Arabia Saudita. Bahrein es la sede del cuartel general de la quinta flota de marines norteamericanos, indispensable para la operación de las fuerzas de ocupación en Irak. Además, puede ser una fuente de inspiración para la población shiíta de Arabia Saudita, concentrada en las provincias petroleras del este.

En apenas semanas, esta intervención explosiva del movimiento de masas del norte de África y la península arábiga, motorizada por las consecuencias de la crisis económica –en particular la suba de los precios de los alimentos– y el odio a los regímenes dictatoriales y proimperialistas, parece haber alentado la resistencia más allá de las fronteras de esta región.

Las movilizaciones empiezan a extenderse a otras regiones del globo

En Oaxaca, México, asomó nuevamente el fantasma de la Comuna de 2006. Los maestros volvieron a tomar las calles en protesta por una medida del presidente Calderón que favorece a la educación privada. El 15 de febrero, junto con otros sectores populares, se enfrentaron durante siete horas con las fuerzas policiales y de seguridad, al día siguiente realizaron un paro de actividades y una movilización masiva para repudiar la represión y exigir la renuncia de funcionarios públicos.

En Bolivia, los trabajadores y sectores populares participaron de forma masiva en la jornada de protesta centralizada convocada por la Central Obrera Boliviana el 18 de febrero, contra los efectos inflacionarios del fallido intento de “gasolinazo” de Evo Morales y por el aumento de salarios. Aunque el rol de la COB es el de canalizar para descomprimir la lucha, es una confirmación de que el descontento por las medidas antipopulares del gobierno del MAS tiende a expresarse activamente con la movilización.

Incluso en Estados Unidos, donde lo que venía primando en la escena política es la emergencia de la extrema derecha agrupada en el Tea Party, la ofensiva del gobernador republicano de Wisconsin, Scott Walker, que pretende liquidar el rol de los sindicatos de empleados públicos en las negociaciones colectivas, provocó una importante respuesta de los trabajadores del sector público y los docentes, que se movilizaron por decenas de miles junto con los estudiantes, y acciones de solidaridad en varios estados el 23 de febrero. Aunque la dirección de los sindicatos y el partido demócrata juegan un rol en mantener controlado el movimiento, este es un síntoma importante que quizás preanuncie el despertar de la clase obrera norteamericana, muy golpeada por la crisis económica y que viene sufriendo un fuerte retroceso desde la década de 1980.
Mientras estamos escribiendo estas líneas, los trabajadores y la juventud en Grecia han vuelto a la lucha contra los planes de ajuste impuestos por la Unión Europea y el FMI, enfrentándose duramente con la policía antimotines en las calles de Atenas.

Son acciones prácticamente simultáneas de la lucha de clases como no se daban desde hace mucho tiempo. Estos acontecimientos ya están reactuando sobre la economía. El proceso en el mundo árabe y musulmán está llevando al aumento en los precios del petróleo y otras materias primas como el trigo. El destino de Libia, un importante abastecedor de petróleo a varias potencias de la Unión Europea, profundiza el temor de los mercados internacionales de que una disparada descontrolada del precio del crudo desencadene nuevas derivaciones de la crisis económica internacional. Además, por la importancia de la región para los intereses geopolíticos de Estados Unidos, la pérdida de aliados fundamentales como Mubarak, puede profundizar la crisis hegemónica del imperialismo.

En los inicios de un nuevo período

Después de 30 años de restauración burguesa, estamos asistiendo a las primeras etapas de un nuevo período histórico en el que las masas están retornando a la escena, aunque con contornos y alcances todavía indefinidos.

Las analogías históricas, aunque imperfectas por definición, son de gran utilidad ara analizar los procesos nuevos. En ese sentido, hemos usado la analogía con la restauración borbónica para comprender el significado profundo de la contrarrevolución neoliberal. Aunque ningún proceso histórico se repite, la actual oleada puede ser comparada con la llamada “primavera de los pueblos”. Históricamente, se conoció como “Primavera de los pueblos” a la oleada revolucionaria que comenzó en
Francia en febrero de 1848 y rápidamente se extendió a Prusia y numerosas regiones de Alemania, al Imperio Austríaco, a Hungría que estaba bajo su control, Polonia, Italia y otros pueblos de Europa central, en el marco de la crisis económica que había estallado en 1846. Esta oleada desigual empezó a ser contenida con la salida de la crisis de la economía, a mediados de 1850 y se cerró con el fin del proceso en Alemania ese mismo año y el autogolpe de Luis Napoleón Bonaparte en Francia el 2 de diciembre de 1851.

El límite de esta analogía histórica es que a diferencia del siglo XIX, esta nueva “primavera de los pueblos” ocurre en la época imperialista, de crisis guerras y revoluciones. Tampoco estamos en el momento en el cual el proletariado moderno hizo su primera gran irrupción revolucionaria (como fue la insurrección de junio de 1848 en Francia) sino con una clase obrera que ha pasado por la experiencia de revolución y contrarrevolución del siglo XX.

Sin embargo, preferimos la analogía con ese período, que expresó el fin del período de restauración europea abierto con la caída de Napoleón en 1815, que el del ascenso iniciado en 1968, ya que este contó desde un inicio con mayor centralidad proletaria y las masas no venían de un largo período de retroceso. El proceso actual carga sobre sus hombros las consecuencias de las tres décadas de restauración burguesa y esto no puede dejar de tenerse en cuenta para saber que este ciclo de la lucha de clases que se está abriendo será sin dudas tortuoso pero a la vez difícil de contener, ya que se da en el marco de la crisis capitalista mundial. En el ’68, donde también los jóvenes fueron protagonistas aunque con la presencia de una importante vanguardia radicalizada que se venía fogueando en la lucha contra la guerra de Vietnam en varios países, todavía continuaba el boom de la posguerra (la crisis se desataría con fuerza recién en 1973) mientras que hoy aunque los capitalistas lograron evitar la depresión a costa del monumental endeudamiento de los estados, la crisis en curso es más profunda que aquella que se dio a mitad de los ‘70.

La lucha por construir una dirección revolucionaria

Las potencias imperialistas primero se vieron sorprendidas por los acontecimientos que golpearon a sus aliados y agentes más relevantes como Ben Ali para Francia o Mubarak para Estados Unidos. La hipocresía imperialista quedó claramente expuesta, desacreditando aún más el discurso sobre la defensa de los “derechos humanos”. Durante más de treinta años, Estados Unidos, Francia, Italia, Gran Bretaña, entre otros han sostenido regímenes dictatoriales brutales, desde Mubarak hasta la monarquía saudita.

Pasado el desconcierto inicial, la política de Obama y de los países imperialistas de la Unión Europea es tratar de preservar lo más posible de los regímenes cuestionados por las masas mientras se presentan discursivamente como del lado de los manifestantes para tratar de imponer “transiciones pactadas” de recambio, buscando que no se alteren en lo esencial sus posiciones geopolíticas y sus negocios. En lo que hace a Egipto esto implica, en primer lugar, que se mantengan los acuerdos con el Estado de Israel y la subordinación política a las necesidades yanquis. De ahí que en las próximas semanas y meses en el mundo árabe musulmán se defina si vamos a procesos donde los trabajadores y las masas explotadas logren imponer sus demandas y liberarse de la dominación imperialista y de sus socios locales, o si estos lograrán contener el descontento popular y que la caída de los regímenes dictatoriales solo dé paso a regímenes con formas más o menos democrático burguesas pero que no cuestionen lo central del orden imperialista, tal como ocurrió durante la década de 1980 en América latina, aunque a diferencia de Latinoamérica, no se viene en esta región de derrotas históricas como fueron los golpes contrarrevolucionarios que terminaron con el ascenso de la década de 1970.

El elemento que juega en contra de esta perspectiva es que estamos en un contexto de crisis capitalista mundial que dificulta hacer concesiones sustantivas que logren desactivar los reclamos obreros y populares. Además, el carácter autocrático de la mayoría de los regímenes hace que las mediaciones políticas favorables al imperialismo sean todavía muy débiles.

Desde el ángulo del movimiento obrero, la principal debilidad es, como señalamos, la baja subjetividad revolucionaria con la que entra a este proceso luego de tres décadas de restauración burguesa. Las masas, en particular sus sectores avanzados, salen a la lucha pero sin una estrategia clara para derrotar el poder de la burguesía en vistas de imponer su propio estado, lo que impide llevar la lucha hasta el final. Tampoco por el momento parece haberse expresado una clara conciencia antiimperialista, aunque los regímenes y gobiernos contra los que se han desatado los levantamientos son abiertamente proimperialistas y las masas en el pasado expresaron su bronca contra estos por su apoyo a la guerra contra Irak o su rol cómplice frente a los ataques sionistas a Palestina.

Sobre esa debilidad el imperialismo y las clases dominantes locales, buscan contener los procesos en sus primeras etapas y desviarlos.
Todo dependerá de que en el curso de este período la nueva vanguardia obrera y juvenil logre poner en pie verdaderas organizaciones revolucionarias que permitan llevar a los trabajadores, campesinos pobres y al conjunto de los explotados al poder.

En la región que hoy es epicentro de los levantamientos, aunque el movimiento obrero y popular tiene una importante tradición de lucha antiimperialista, las fuerzas marxistas revolucionarias han sido históricamente débiles, con la excepción parcial de Argelia. Sin embargo, los hechos que allí están sucediendo indudablemente tienen y tendrán repercusiones entre los trabajadores, los jóvenes y los sectores populares de todo el mundo. La vuelta a la escena de la acción independiente de las masas favorece la construcción de partidos obreros revolucionarios, particularmente en países donde la lucha de clases no solo tiene tradición, sino que mantuvo importantes niveles a lo largo de estos años, junto con una fuerte presencia y tradición trotskista como Francia, donde nuestros compañeros impulsan el Colectivo por una Tendencia Revolucionaria (Plataforma 4) en el seno del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) y en Argentina, donde el PTS viene dando pasos importantes en la organización de la vanguardia obrera y juvenil. Los acontecimientos que estamos viviendo no hacen más que reforzar nuestras energías en la lucha por poner en pie partidos revolucionarios arraigados en la clase obrera y por reconstruir la IV Internacional, el Partido Mundial de la Revolución Social.

23 de febrero de 2011

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