FT-CI

VI Conferencia de la Fracción Trotskista - Cuarta Internacional

Latinoamérica y el golpe en Honduras

14/08/2009

En el marco de la VI Conferencia de la FT-CI, agrupamiento internacional del que forma parte el PTS, conversamos con algunos dirigentes de las organizaciones hermanas del PTS, reunidas esta semana en Buenos Aires. Reproducimos a continuación la entrevista a Eduardo Molina, miembro de la Liga Obrera Revolucionaria de Bolivia y parte del Comité Editorial de la revista Estrategia Internacional, donde analiza la situación abierta en América Latina a partir del golpe de estado en Honduras. Invitamos a nuestros lectores a ver esta y otras entrevistas en www.tvpts.tv.

¿Cuál es tu punto de vista sobre la situación abierta en Latinoamérica después del golpe de Honduras?

Eduardo Molina: Lo que marca el golpe en Honduras es una tendencia en la coyuntura que se caracteriza por el intento del imperialismo y las clases dominantes latinoamericanas por imponer un giro político a la derecha en la región como forma de responder a la recesión que se está viviendo este año. En el conjunto de América Latina la producción cayó el 3%, y en algunos países como México esa caída de la producción se eleva al 7%. Frente a esto, el imperialismo y las burguesías dicen “Basta de populismo, necesitamos gobiernos y políticas económicas más funcionales a nuestros intereses, defender la gobernabilidad y gobiernos en condiciones de contener a las masas y descargar los paquetes de ajuste y austeridad”. Por eso el programa de Barack Obama, del imperialismo, es en la práctica “Basta de extensión del populismo”, es poner “personal propio” al frente de los gobiernos que responda a los intereses imperialistas y disminuir los costos que significan los gestos populistas, el despilfarro del presupuesto estatal, el “mal reparto” según la necesidad de los empresarios, entre otras medidas”. Un programa para descargar el ajuste sobre las masas.

Este giro que se da en el conjunto de Latinoamérica, tiene su mayor expresión política en el golpe de Honduras, ¿no es así?

EM: Exactamente. El caso de Honduras concentra estos rasgos. La oligarquía hondureña está sufriendo, como toda Latinoamérica, el impacto de la crisis económica internacional, y sobre todo en EE.UU., país con gran peso en toda la región que históricamente Washington consideró su patio trasero. La caída de las exportaciones, de las inversiones extranjeras en estos países, la disminución de las remesas, asusta tremendamente a estas oligarquías. Y el peligro de que Zelaya llevara a Honduras a un gobierno con tintes populistas, y se acercara al bloque del ALBA, fue una señal de alarma que llevó a la burguesía a usar incluso métodos extremos como el golpe. No es casual que Honduras haya despertado una gran discusión política entre las burguesías latinoamericanas, donde sus representantes más de derecha discuten que hay que introducir “correctivos” en las democracias latinoamericanas para impedir la tentación de ir al populismo o la seducción de los “petrodólares” chavistas. Otros sectores todavía no quieren ir tan lejos, dicen “de Honduras vaya y pase pero veamos qué otras salidas son posibles”. En México y Argentina, han retrocedido las variantes de tinte populista, y se fortalecen variantes “confiables” para el régimen como el PRI en México y la centroderecha en las elecciones parlamentarias argentinas. Estos elementos marcan una tendencia: con la crisis económica y el desgaste de las viejas opciones políticas está la tentación de recurrir al golpe, es decir, a tendencias bonapartistas, autoritarias, para imponer disciplina y alinear los países con el imperialismo.

¿Cuál es la respuesta que dio el chavismo, que encabeza el bloque del ALBA, frente al golpe y esta nueva situación abierta?

EM: El golpe de Honduras muestra las enormes limitaciones e impotencia del chavismo, y en general del nacionalismo y el populismo, lo que no es la primera vez en la historia latinoamericana, no sólo para llevar a nuestras naciones a la liberación nacional, como es su discurso, sino incluso para oponerse a los golpes de la derecha reaccionaria y a los avances del imperialismo. No hay que olvidar que fue el propio Chávez quien en la reunión de Trinidad y Tobago hace pocos meses le regaló a Obama el libro Las venas abiertas de América Latina y lo presentó como un cambio de la política norteamericana, avalando la política de “buen vecino” que ensayaba la recién electa administración Obama. Una política que está al servicio de la continuidad de la agenda estratégica de Washington en la región.

Ese gesto no era porque Obama fuera a leer el libro y darse cuenta de lo qué es la expoliación del imperialismo en América Latina sino que, ante las masas, era como que se podría abrir una discusión con el imperialismo norteamericano.

EM: Claro, y esto llevó a bajar la guardia frente al imperialismo. Y es más, cuando fue el golpe de Honduras, después de los primeros discursos, el propio Chávez es uno de los que avaló junto con el resto de los gobiernos latinoamericanos, que fuera el gobierno de Obama, a través nada menos que de Hillary Clinton y el presidente costarricense Óscar Arias, quien condujera la búsqueda de una salida negociada a la crisis, lo que termina fortaleciendo a los golpistas y desarmando la posibilidad de generalizar el movimiento de resistencia, no sólo dentro de Honduras sino a nivel regional. No hay un sólo llamado consistente a la movilización para derrotar el golpe de parte del chavismo, de parte de las direcciones populistas o gobiernos como el de Evo Morales, más allá de las declaraciones y de los discursos.

En el marco de estos vientos reaccionarios que empiezan a recorrer América Latina, cuyo hito podríamos decir que es que es el golpe de Honduras. ¿Qué reacciones o respuestas vienen generando en el continente?

EM: Estos vientos reaccionarios provocan dos tipos de respuesta: por un lado, mayor polarización regional porque genera discusiones entre los Estados; por otro, los ataques comienzan a desarrollar procesos de resistencia de masas. Quizás el mejor ejemplo, además de la resistencia contra el golpe de Honduras, es lo que hemos visto en Perú, donde el intento del gobierno de Alan García de entregar los recursos naturales de la amazonía peruana a las transnacionales terminó provocando una resistencia de masas de las comunidades indígenas y campesinas de la zona que terminó en los enfrentamientos de Bagua, con alrededor de 50 muertos (20 policías y 30 campesinos) y una serie de protestas regionales en Puno, la zona de Cuzco, que muestran que estos planes no van a pasar impunemente, que hay disposición a resistir de las masas y que la polarización se va a expresar así, en choques con los trabajadores, con el pueblo pobre resistiendo a esos ataques.

La crisis abierta con las nuevas bases militares norteamericanas en Colombia expresan esa polarización...

EM: Desde el punto de vista de la relación entre los Estados, estamos viendo cómo la mayor presión imperialista, aunque sea bajo la sombrilla del “bueno vecino” de Obama, está conduciendo a discusiones que enfrentan a los distintos países. El caso más notable es la crisis que se ha abierto alrededor del anuncio de apertura de nuevas bases militares norteamericanas en Colombia. Esto no es nuevo, ya era parte de la agenda norteamericana de los tiempos de Bush, que con estas bases pretendía recuperar el retroceso que había significado la pérdida la base de Manta en Ecuador, y el próximo fin del arrendamiento de bases en Curaçao, cerca de las costas venezolanas. Esto significa un posicionamiento de Colombia como aliado estratégico, económico, político y militar de EE.UU. jugando un rol clave en la región. Esto divide aguas porque es una amenaza directa a Venezuela y a otros países, pero también afecta los intereses de Brasil. Desde hace mucho tiempo, Brasil considera como un problema estratégico el control autónomo de la cuenca del Amazonas. Este acuerdo entre Colombia y Norteamérica afecta esos intereses y el intento de la burguesía brasileña de actuar como el ordenador de la región, el moderador, el líder regional con autonomía inclusive desde el punto de vista militar. Entonces, el despliegue de bases militares de EE.UU. en Colombia es una amenaza directa a los intereses políticos de Brasil porque este país se viene postulando como moderador regional en relación a gobiernos como el de Chávez o a situaciones de inestabilidad, como la de Bolivia el año pasado. Está jugando este rol a favor del imperialismo como estamos viendo en Haití, conduciendo la ocupación militar desde hace años.

Entonces, que los norteamericanos entren y desplieguen sus propios dispositivos militares y de inteligencia en las puertas del Amazonas es visto como una amenaza y como una burla a los compromisos que esperaba obtener Lula de Obama. ¡Pero siguen manteniendo muy buenas relaciones! Es más, se va a reforzar ese rol, como lo estamos viendo ya en la reunión de UNASUR, donde Lula, seguido por Cristina Kirchner salen a hablar, no para denunciar e imponer una condena a la presencia norteamericana en Colombia sino para moderar a los otros gobiernos, calmar y seguir negociando. Y de hecho nadie cuestiona ni plantea una ruptura con EE.UU. ni el retiro inmediato de las bases militares.

Desde este punto de vista vemos polarización. En la reunión de UNASUR no estuvieron presentes Uribe, Alan García ni Tabaré Vázquez, es decir, los gobiernos más próximos a EE.UU. se abstuvieron de participar, pero por otro lado los demás gobiernos mostraron la más completa impotencia para cuestionar siquiera profundamente la presión militar norteamericana, que no es más que la continuidad de su política y de sus planes económicos por otros medios, es decir, presencia militar para tener agentes sólidos y prepararse estratégicamente para enfrentar los levantamientos de masas que puedan llegar a venir y sostener un orden favorable al imperialismo en la región.

Esto nos plantea otro problema: nosotros estamos viendo que hay acciones de resistencia del movimiento de masas tanto en el terreno económico como político y democrático, como vimos en Honduras, pero hubo distintas acciones en varios países de la región. Es este proceso que necesita ser desarrollado alrededor de una firme campaña internacional por la derrota del golpe en Honduras, por el triunfo de las masas hondureñas. Desde ese punto de vista estamos viendo que las corrientes y gobiernos nacionalistas han sido completamente incapaces de promover ninguna acción seria.

La tarea de derrotar el golpe en Honduras es posible pero descansa completamente en las manos de los trabajadores y los pueblos latinoamericanos, sin confiar en ninguna negociación, ni acuerdos, ni pactos con los golpistas, ni mucho menos en la intermediación democrática de Hillary Clinton, de Obama y demás, que es a lo que apuestan los gobiernos latinoamericanos. La obligación de toda corriente que se dice realmente antiimperialista o mínimamente democrática es poner todas sus fuerzas en la movilización por nuestros hermanos hondureños, por la derrota del golpe.

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