FT-CI

Las fuerzas policiales y las ilusiones pacifistas en la izquierda

A propósito de un artículo de Alejandro Guerrero sobre la policía

27/12/2013

A propósito de un artículo de Alejandro Guerrero sobre la policía

En un reciente artículo de Prensa Obrera [1], Alejandro Guerrero, ensaya una explicación sobre las tareas de los socialistas revolucionarios frente a las fuerzas policiales en la que resaltan dos elementos fundamentales: la negativa a partir de un claro criterio de clase, y la ausencia completa de referencia al autodefensa de los trabajadores (milicias obreras).

¿Ilusión y desengaño?

Llamativamente, Guerrero comienza su artículo sobre los sindicatos policiales “denunciando” que Massa, el PRO, De Gennaro, Moyano, los radicales y el FAP quieran crear sindicatos policiales para “ser un instrumento eficaz de regimentación y control de crisis” en las fuerzas represivas. Pero que no permitirían el derecho de huelga, ni serían sindicatos que puedan ejercer el boicot a los códigos de faltas y la oposición a reprimir las movilizaciones populares. Para colmo les atribuye a estas fuerzas políticas burguesas y a los burócratas de la CTA y la CGT, “la ausencia de caracterización de la policía en el Estado capitalista”. Más bien el que parece carecer de esta caracterización es el propio autor del artículo de Prensa Obrera.
No contento con esto, embellece al propio kirchnerismo al señalar que “la posición oficial del gobierno y del kirchnerismo, […] consideran a esas asonadas o sediciones como una reacción política”, sin decir una palabra respecto a que los kirchneristas, junto con el resto de las fuerzas que gobiernan las provincias, concedieron mansamente todas y cada una de las reivindicaciones policiales, incluyendo los reclamos de impunidad. Es decir, que si fue una asonada, los K y los gobernadores capitularon ante ella.
¿A qué se debe tamaña desorientación?

La pérdida de la brújula de clase

Según Alejandro Guerrero: “No hay ninguna necesidad de darles a los policías la categoría de ‘trabajadores’ o ‘proletarios’ para orientar un trabajo político hacia ellos. Encerrar la actividad socialista entre esos términos (trabajador, no trabajador) es, simplemente, una cretinada. En numerosas empresas, destacadamente en el subte y en aeronáuticos, el activismo ha organizado sindicalmente al personal de seguridad, que se encarga, como, es obvio, de proteger la propiedad de los patrones.”
Una descabellada comparación la de Guerrero que intenta poner un signo igual entre las fuerzas policiales y el personal de seguridad de subte y aeronáuticos, que no cumple ninguna tarea de coacción sobre los trabajadores y ni siquiera está armado. Más allá de que no es igual en todos lados el papel del personal de seguridad como sugiere livianamente Guerrero, para acercarse a la realidad en los ejemplos concretos que menciona lo que podría preguntarse el articulista es ¿por qué los aeronáuticos que como él dice han organizado sindicalmente al “personal de seguridad” no se propusieron hacer asambleas comunes con la policía de seguridad aeroportuaria? O ¿por qué a los trabajadores del subte no se les ocurrió proponerles a los policías federales que cumplían tareas en las estaciones que voten un representante propio para el cuerpo de delegados?

Lo cierto es que de un mismo plumazo, Guerrero despacha la necesaria delimitación de clase respecto a los miembros de las fuerzas policiales, junto con la definición elemental del marxismo de los destacamentos armados del Estado burgués.
La característica distintiva de estos destacamentos especiales armados, no es que defiendan la propiedad en general, como podría hacerlo el sereno de un garaje, sino que constituyen el corazón del Estado capitalista, que valiéndose de ellos detenta el monopolio de la violencia legal en determinado territorio. Se trata de una organización armada que se erige “por encima” de la sociedad para la dominación de una clase por otra, por eso es que cuenta con un mando centralizado estatal y disciplina militar. Una sutil diferencia, por ejemplo, con el “personal de seguridad” de aeronáuticos que se encarga de controlar el equipaje y tareas por el estilo.

Guerrero tal vez opine que Trotsky cometía una “cretinada” cuando decía que “El obrero, convertido en policía al servicio del Estado capitalista, es un policía burgués y no un obrero” [2], pero Trotsky está dando cuenta de una cuestión fundamental: a pesar de que formalmente siga percibiendo un salario (igual que cualquier mercenario a través de la historia), este obrero está pasando voluntariamente a formar parte orgánica de una de las instituciones fundamentales del Estado burgués, separada y enfrentada a su clase y al pueblo. Cambia mucho más que el torno por la cachiporra, cambia de clase, pasa ser un represor a sueldo.

Para utilizar las contradicciones primero hay que comprenderlas

Guerrero nos dice que hay que aprovechar las contradicciones de las instituciones del Estado burgués, incluidas las fuerzas represivas. Desde luego. Contamos con innumerables ejemplos, incluso en la Revolución Rusa, Trotsky se valió de miles de experimentados oficiales zaristas para poder poner en pie el Ejército Rojo. Claro, que el prerrequisito para aprovechar estas contradicciones es conocerlas. Siguiendo nuestro ejemplo, Trotsky no depositaba su confianza en convencer ideológicamente a aquellos oficiales, primero supo derrotarlos militarmente y luego utilizó la coacción para hacerlos servir a la revolución y asegurarse que no se diesen vuelta.
Ahora bien, Guerrero nos describe de la siguiente forma la contradicción existente en la policía: “La institución policial (represora) incorpora una contradicción entre su jerarquía y la base, entre las camarillas superiores -entrelazadas con el aparato estatal y las grandes corporaciones- y un personal de agentes”.

Para empezar, la institución policial no está simplemente “entrelazada con el aparato estatal” a través de sus “camarillas superiores” sino que de conjunto es un pilar fundamental del Estado burgués, que como su nombre lo indica está controlado por “las corporaciones” y no solo “entrelazado” con ellas.

¿Esto significa que no puede haber nunca un sector de la policía que niegue a reprimir? No, no es así, pero esto no va a pasar producto del desarrollo de una corriente sindical impulsada por el PO, que levante un programa de mayores salarios y el “boicot al código de faltas”, sino producto del enfrentamiento con la fuerza material de la movilización revolucionaria de los trabajadores.

¿Por qué esto es así? Porque a diferencia de las fuerzas armadas del Estado que tienen servicio militar obligatorio (como era en la Argentina cuando existía la colimba antes de la reforma de Menem en respuesta al caso Carrasco) o al caso de una guerra que obligue al reclutamiento masivo, las policías provinciales y federales son fuerzas “profesionales”. Significa que sus integrantes no son obligados por el Estado a ser parte, sino que voluntariamente aceptan, a cambio de un salario, reprimir a las luchas populares. Así ligan sus intereses materiales a la perpetuación del dominio de la burguesía.

Desde que existe el marxismo, plantea que cuando existen intereses materiales contrapuestos, no se pueden combatir simplemente con “ideas”, por eso no opinamos que a los burgueses se los puede convencer de que entreguen la propiedad de los medios de producción apelando a su “buena voluntad”. Tampoco a la policía se la puede convencer de esta forma, aunque a la “buena voluntad” la llamemos “programa”. ¿Qué interés material tiene un policía en llamar al “boicot al código de faltas”?

Muy distinta es la cuestión en los ejércitos que reclutan compulsivamente a un sector de los trabajadores y el pueblo. Por ejemplo, en la Revolución Rusa. Millones de campesinos eran obligados a formar parte del ejército zarista en la Primera Guerra Mundial, y se rebelaban para no morir en el campo de batalla. Los revolucionarios bolcheviques dedicaban enormes esfuerzos para fomentar la división entre la base campesina de soldados y el cuerpo de oficiales, y para organizar a estos “campesinos en uniforme” y poder ganarlos para la revolución. A ellos sí se los podía “convencer” con un programa (paz, pan y tierra). Y así fue que estos campesinos-soldados junto con los trabajadores rusos fueron los grandes protagonistas del triunfo de la revolución en 1917.

La gran ausencia: la importancia de la milicia obrera

Cabe reconocer como un verdadero mérito de Guerrero, el haber logrado escribir un extenso artículo desarrollando la relación entre “los socialistas” y la policía sin nombrar ni siquiera de pasada a las milicias obreras. Desde luego, si el problema en cuestión se limita a que las “camarillas superiores” de la policía están “entrelazadas con el aparato estatal y las grandes corporaciones” y de lo que se trata es de “ganar” como aliados al personal de agentes con un programa contra el código de faltas y anti-represión, es evidente que el armamento de los trabajadores disminuye mucho su relevancia para la revolución.

Ahora bien, si en realidad, las policías son fuerzas profesionales, a sueldo para reprimir las luchas populares (contando en su haber entre otros “hitos” el asesinato de más de 30 compañeros en el 2001 y muchos etcéteras), y tienen un interés material en que continúe la dominación burguesa, entonces parece mucho más necesario que los trabajadores desarrollen sus propios destacamentos de autodefensa.

Es la fuerza material de la movilización revolucionaria de los trabajadores la que puede “disuadir” a la policía de no reprimir, de ahí que es un contrasentido hablar de las tareas de los socialistas frente a la policía por fuera del desarrollo de milicias obreras.
Si nos preparamos para esto, mejor sería un poco menos de Guerrero y un poco más de Lenin, quién sabía hablar claro cuando decía: ¡Impedir el restablecimiento de las fuerzas de seguridad! […] ¡Organizar una milicia que abarque al pueblo entero, auténticamente universal, dirigida por el proletariado! Esta es la tarea del día, esta es la consigna del momento, que responde por igual a los intereses bien comprendidos de la ulterior lucha de clase, del ulterior movimiento revolucionario y al instinto democrático de cada obrero, de cada campesino, de cada trabajador explotado, que no puede dejar de odiar a la policía, a las patrullas de la gendarmería, a los esbirros de la aldea, el imperio de los terratenientes y capitalistas sobre hombres armados con poder sobre el pueblo.” [3]

Esto lo planteaba Lenin en medio de la revolución, aunque nos preparamos para momentos de este tipo, nuestra situación actual en la Argentina está lejos de aquella, y las milicias obreras no son creaciones artificiales que surgen de un día para el otro desligadas de la experiencia de la clase obrera.

Por esto mismo el Programa de Transición escrito por León Trotsky, no contiene ni una palabra sobre los sindicatos policiales, y le dedica, sin embargo, una buena parte a la autodefensa obrera. Señala que los trabajadores tienen que saber que cuanto más fuerte sea su lucha más fuerte será el contraataque del capital. Y así plantea, según la escala de la lucha y el nivel de enfrentamiento, la creación de destacamentos obreros de autodefensa, comenzando desde la puesta en pie de piquetes de huelga para una lucha particular hasta la conformación de milicias obreras cuando los enfrentamientos se hacen más agudos. Se trata también de una preparación para que el desarrollo de la autodefensa pueda avanzar junto con la propia experiencia de las masas.
Por todo esto es fundamental destacar desde ahora la importancia de la autodefensa para los trabajadores y no sembrar falsas ilusiones sobre la posible “bondad” de las fuerzas represivas del Estado burgués, ni en el desarrollo de fuerzas a favor de la clase obrera dentro de las filas policiales mediante métodos normales (pacíficos) de mera propaganda.

Las presiones del pacifismo y del discurso burgués de la “seguridad”

La ideología de “la seguridad” que siempre ha tenido un peso importante en la democracia burguesa desde sus orígenes, se ha desarrollado exponencialmente durante las últimas décadas hasta convertirse en el pilar fundamental de las actuales democracias para ricos. No solo se ha transformado en el discurso “transversal” de todas las fuerzas políticas burguesas (como lo vimos en las recientes elecciones legislativas), sino que también lamentablemente ejerce su presión sobre las fuerzas que reivindican la independencia de clase.

Los revolucionarios no depositamos ninguna confianza en que la policía burguesa pueda “convertirse” por las ideas a la causa de la revolución, pero tampoco tenemos ninguna expectativa respecto a su capacidad para garantizar la “seguridad” de los trabajadores y el pueblo. Parte de la experiencia de un sector de masas durante los recientes motines consistió en ver cómo la policía misma incitaba saqueos y armaba zonas liberadas. Esta experiencia se suma al reconocimiento “vox populi” de las policías como principales organizadoras de la trata de personas y del narcotráfico, además de los miles de casos de gatillo fácil y el hostigamiento a la juventud que las caracteriza.

La milicia obrera no solo es fundamental para la autodefensa frente a los capitalistas, sino que, como decía Lenin, esta milicia “gozaría del respeto y la confianza ilimitados del pueblo, pues ella misma sería una organización del pueblo entero”, y en tanto tal sería una verdadera garantía para “la seguridad” de los trabajadores. “Esta milicia desplegaría –decía también Lenin- las funciones que, hablando en lenguaje científico, entran dentro de la esfera de la ‘policía del bienestar público’, la inspección sanitaria, etc.” [4]

Sin duda, luego de la derrota del asenso obrero de los ’70 y la desastrosa estrategia de la guerrilla en la Argentina, el pacifismo ha hecho mella en las filas de la izquierda a todo nivel, incluso hay quienes hablan con razón de un verdadero “trauma”. Pero el desarrollo de la lucha de clases no tolera recaídas de este tipo, ni ilusiones autocomplacientes.

Parte de la preparación de un partido revolucionario implica poner blanco sobre negro en este aspecto, de lo contrario cuando la burguesía eche mano nuevamente a la espada corremos el riesgo de salirle al cruce con una simple ceremonia.

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